En el Nuevo Testamento la palabra “salvar” se emplea en una variedad de situaciones y contextos. En entregas anteriores que tratan esta pregunta vimos que el término en griego koiné, sótso, quiere decir “salvar, preservar del peligro, librar, rescatar; conservar o llevar sano y salvo”.

Por ejemplo, en el Libro de los Hechos se emplea sótso una vez para describir la “salvación” que Dios brindó a los israelitas al librarlos de la esclavitud en Egipto (Hechos 7.25). Por otro lado, también se usa para referirse a la posibilidad de salvarse del peligro mortal durante una tormenta en alta mar (Hechos 27.31); los náufragos luego llegan “sanos y salvos” a tierra (Hechos 27.44). Sótso también puede significar “curar, sanar” físicamente como en el episodio de la curación del hombre rengo en Hechos 4.9: “Hoy se nos pide cuenta del bien que hicimos a un enfermo y de cómo fue curado” (compárese Hechos 14.9). Inmediatamente después de esta curación, con el mismo término en griego, se afirma que Jesús puede también salvar en un sentido definitivo, una salvación que supera tanto la curación de la salud como el rescate de la vida física: “Sepan ustedes y todo el pueblo de Israel: este hombre está aquí sano delante de ustedes por el nombre de nuestro Señor Jesucristo de Nazaret, al que ustedes crucificaron y Dios resucitó de entre los muertos….En ningún otro hay salvación, ni existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos” (Hechos 4.10 y 12).

De manera que, si bien sótso puede significar “sanar” o “salvar” la vida física, es en el plano espiritual donde “los Hechos de los Apóstoles” más emplea este término y sus derivados. Los sucesos en los Hechos todos transcurren a partir de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús. El libro mismo se redacta como consecuencia del asombroso hecho de que después de su resurrección, Jesús jamás vuelve a morir. Su vida indestructible demuestra que Dios ha obrado de forma definitiva para que los hombres podamos vencer la muerte y conocer la “vida
abundante” (Juan 10.10). Por lo tanto, después de su glorificación, los apóstoles de Jesús se convierten en “testigos de la resurrección” (Hechos 1.8, 1.22) quienes empiezan a proclamar las buenas noticias de “salvación” (Hechos 13.26) y a Jesús como el “Salvador” (Hechos 5.31). Anuncian que así como Jesús resucitó, Dios ofrece a los hombres salvación definitiva de la muerte; es decir, la vida eterna (Hechos 13.26-48). Este aspecto de la salvación será el tema de la próxima entrega de este blog.