Salvarse como liberación de los enemigos.    

Antes en esta serie de notas vimos que una de las acepciones más comunes de la idea de salvar en el Antiguo Testamento es la de liberación del poder de una nación enemiga. Por ejemplo, los “jueces” de Israel salvan al pueblo de naciones invasoras. El profeta Isaías, a su vez, habla de la manera en que Dios libera a Israel de los ejércitos de Siria y Samaria.

El éxito militar en la historia de Israel en la Biblia seguramente alcanza su punto culminante con el Rey David, unos mil años antes de Jesús. Este rey no sólo salva a Israel de la amenaza de los filisteos, la mayor amenaza extranjera de la época, sino también él conquista nuevos territorios, llevando las fronteras israelitas a su máxima extensión geográfica.

El comienzo de la esperanza mesiánica.

Dios promete a David, “tu trono estará firme, eternamente”, palabras que inmediatamente se interpretan como el establecimiento eterno de la “casa” de David, la dinastía que él inició (2 Samuel 7.12-16, 27-29, 22.51). Profecías posteriores incluso hablan de uno de sus descendientes como un futuro “David” (p. ej. Ezequiel 34.23), es decir, el “Mesías”. Por lo tanto, siglos después, la esperanza popular en la época de Jesús es que la llegada del Mesías liberará a los judíos de su condición de pueblo vasallo en el Imperio Romano. Esta expectativa tiene su origen en la manera en que Dios anteriormente ha salvado a su pueblo durante siglos por medio de los “jueces”, reyes y especialmente, diez siglos antes por medio de David.

El pueblo espera otro tipo de liberación. 

Si imaginamos que somos ciudadanos comunes de Judea del siglo primero, súbditos involuntarios de Roma, ¿cómo nos impactará la idea que el Mesías “salvará a su pueblo de sus pecados”? (Mateo 1.21) Seguramente no es el tipo de liberación que estamos esperando y por eso, Mateo, al comienzo de su evangelio, aclara que la salvación tiene que ver con ser salvados de los pecados, no con una liberación geopolítica.

Empezar a entender la salvación desde el contexto de Mateo.

¿Qué significa ser “salvados de los pecados”? El mismo evangelio de Mateo ayuda a esbozar una respuesta. Como hemos visto en otros textos, en este evangelio el verbo “salvar” (sotso) puede referirse a salvarse de un inminente peligro natural (Mateo 8.23-27), sanarse de una enfermedad (Mateo 9.20-22) o salvar la vida física misma (Mateo 24.22).

El pecado como una enfermedad espiritual. 

Sin embargo, cuando se trata de la manera en que el Mesías “salva a su pueblo de sus pecados”, Mateo aclara que este tipo de salvación es por medio del perdón, un hecho que se clarifica cuando Jesús demuestra su autoridad para “perdonar pecados aquí sobre la tierra” (Mateo 9.1-8). En este relato de la curación de un paralítico, Jesús, por medio del poder visible de sanar a un enfermo, demuestra su autoridad invisible para perdonar pecados. En el párrafo siguiente se refuerza esta idea, ya que inmediatamente después Jesús llama como discípulo a Mateo mismo, a pesar de que éste pertenece a un notorio sector de “pecadores”. Al elegirlo, Jesús demuestra que el Mesías es una especie de médico que ha venido para los enfermos espirituales: “No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos …. no he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mateo 9.9-12). En este contexto el evangelio presenta, entonces, el “pecado” como una condición de enfermedad espiritual: el llamado de parte de Jesús es el primer paso de la salvación/curación. Este llamado, aclara el evangelista Lucas, invita dar el siguiente paso: “el arrepentimiento” (Lucas 5.32).

Por otra parte, hemos visto que la salvación puede referirse a liberación. Este aspecto liberador se evidencia cuando Jesús puntualiza que su misión es dar su propia vida como “rescate por muchos” (Mateo 20.28). Aquí el concepto de “salvación/liberación” está presente en la misión del Mesías presentada como un “rescate”, pero ya no en el ámbito militar, sino en el plano espiritual. En un momento culminante, a la mesa durante la última cena con sus discípulos, Jesús vuelve a hablar de dar su vida como “rescate” por muchos: la copa es “su sangre derramada por muchos para el perdón de pecados” (Mateo 26.27-28). La sangre derramada, el rescate, trae perdón de pecados, es decir, salvación. Así el Mesías “salva a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1.23). ¿Entienden los lectores originales de Mateo todo lo que involucra este tipo de salvación? Veremos este punto en la próxima entrega de “preguntas y respuestas”.