Vimos anteriormente que la misión del Mesías es “salvar a su pueblo de sus pecados”, por lo que tenemos que preguntarnos: ¿en qué consiste el pecado? Por ejemplo, llama la atención que los evangelios suelen mencionar juntos a los “cobradores de impuestos y pecadores”. En la Parte 6 de ¿Qué debo hacer para ser salvo? mencionamos que los cobradores de impuestos en la época de Jesús eran “pecadores notorios” simplemente porque su condición pecaminosa era muy visible ante los ojos de la sociedad. ¿A qué se debe esta visibilidad? ¿Su “pecado” era peor que el de otras personas?

Funcionarios públicos deshonestos, traidores. 

En primer lugar, los cobradores de impuestos tenían fama de ser deshonestos, ya que solían cobrar de más y quedarse con la diferencia. Por ejemplo, el cobrador Zaqueo, en el momento de su conversión, reconoció que antes había sido deshonesto (Lucas 19.6-8). Es decir, las personas que ejercían este oficio abusaban de su posición como funcionarios públicos. Además, ya que eran judíos que trabajaban para el gobierno romano, la gente los veía como traidores. Estos factores contribuían a su visibilidad como pecadores, pero no nos definen el término “pecado”, el cual veremos a continuación.

La definición del pecado en la Biblia… y en el léxico popular. 

Uno comete pecado si infringe o quebranta la ley (1 Juan 3.4). Los maestros religiosos de Israel contemporáneos de Jesús, por “ley de Dios” correctamente entendían no solamente los Diez Mandamientos y las otras enseñanzas morales de la Ley de Moisés, sino también sus aspectos rituales y ceremoniales. Sin embargo, erraban al considerar que las tradiciones religiosas populares integraban la ley divina. Debido a estas mismas tradiciones solían chocar con Jesús (ver Marcos 7.1-23). Él, al dar a conocer en qué consistía el pecado, iba más al fondo de la cuestión, ya que lo percibía como un problema del corazón, una enfermedad espiritual que alejaba al ser humano de Dios y su voluntad: por eso el pecado infringe la ley divina. El Nuevo Testamento nos enseña que esta condición espiritual afecta a todo ser humano cuando alcanza una edad de ser responsable de sus acciones (ver por ejemplo Romanos 3.23, 5.12, 7.9-10). Puesto que afecta a toda persona consciente, es una condición casi universal (quedarían exentos, por ejemplo, los bebés). Por lo tanto, distinguir solamente a ciertos sectores sociales como “pecadores”, entre ellos los “cobradores de impuestos”, no es acorde con el concepto bíblico del pecado. ¿Por qué, entonces, en la sociedad judía en tiempos de Jesús sí se solían hacer tales diferenciaciones?

¿En qué sentido para la mentalidad popular los cobradores de impuestos sobresalían como “pecadores”? 

Sencillamente, había algunos sectores sociales que se veían como más pecaminosos por sus decisiones de vida. Por ejemplo, además de la habitual deshonestidad de los cobradores, su pecaminosidad era también una cuestión de impureza ceremonial. En la sociedad de la época en que vivía Jesús, un judío que entraba en contacto con los no judíos (“gentiles”), u otras personas ceremonialmente “impuras”, se contaminaban y no podía participar de las ceremonias del judaísmo hasta no cumplir con un rito de purificación. El cumplimiento riguroso de los preceptos de ley de Moisés, y las tradiciones que la acompañaba, en la creencia popular aseguraba un estado de pureza ceremonial; por lo tanto, los que no se adherían a la ley, como los no los gentiles, estaban “impuros”. Entrar en contacto con tales personas transmitía la misma condición de impureza. Por este motivo, los sacerdotes que llevaron a Jesús al pretorio para ser interrogado por el gobernador romano Pilato, no quisieron entrar, ya que se trataba de un lugar profano, al ser frecuentado por gentiles. No querían contaminarse, porque deseaban participar de la fiesta de Pascua el día siguiente (Juan 18.28). En cambio, los cobradores de impuestos eran judíos que trabajaban para los romanos y como consecuencia, estaban permanentemente en contacto con gentiles. Por eso, vivían en un estado de impureza ceremonial frente a la ley mosaica. Es decir, por su mismo oficio demostraba públicamente un aparente desprecio hacia las leyes de Dios. Como consecuencia, la sociedad judía de la época evidentemente colocaban a los cobradores a un mismo nivel moral que las prostitutas (ver Mateo 21.31-32, Lucas 18.9-14). Sin embargo, Jesús notó que personas que pertenecían a estos dos “oficios” solían reconocer más fácilmente su necesidad de arrepentirse. Frecuentemente eran más sensibles al mensaje del reino de Dios que las personas religiosas, cuyas faltas, por ser menos notorias, quizás quedaran inadvertidas ante los ojos de los hombres. Y al contar con la aprobación de los demás, a veces las personas hasta el día de hoy no se sienten motivados a examinar su propio corazón. Jesús vino para llamar a los pecadores, pero solamente las personas que reconocen su enfermedad espiritual son capaces de escuchar su llamado.