Salvación experimentada en dos facetas diferentes de una misma realidad.  

En entregas anteriores sobre la pregunta ¿Qué debo hacer para ser salvo?, vimos que en las diversas obras que componen la Biblia sus autores suelen hablar de la “salvación” en el contexto de situaciones cotidianas y problemas concretos. Por ejemplo, uno se salva de una enfermedad, un enemigo personal, una invasión extranjera, un peligro mortal en alta mar e incluso la muerte misma. La salvación en un contexto puede ayudarnos a entenderla en otro. Por ejemplo, un salmista rodeado por personas que quieren hacerle daño se dirige a Dios de la siguiente manera: “Señor, tú eres mi Dios y mi Salvador. tú eres como un casco que protege mi cabeza cuando estoy en la batalla” (Salmo 140.7). Salvarse siempre encierra la idea de liberarse de algún peligro—sea protección de la cabeza contra golpes mortales o liberación de las malas intenciones de las personas.

Jesús y la salvación integral. 

Existe un nexo indisoluble entre lo que podemos llamar salvación visible y la posibilidad de salvarse espiritualmente. Forman dos facetas de una misma realidad. Por eso, en los evangelios, un milagro de curación provee el contexto en el cual por primera vez Jesús habla de “perdonar pecados”: sana a un paralítico, como evidencia visible de que tiene el invisible poder espiritual de perdonar a los pecados (Marcos 2.1-12). Luego, se presenta como un Médico que viene a “llamar a los pecadores al arrepentimiento” (Marcos 2.13-17, Lucas 5.31-32). De esta manera el evangelio pinta el “pecado” como una enfermedad espiritual de la cual Jesús puede curarnos por medio del perdón.

Por lo tanto es necesario afirmar que el pecado es una condición espiritual tan real como la enfermedad corporal, y como tal, exige imperiosamente nuestra atención tanto como se combate cualquier mal físico. Esta condición maligna delimita la misión de Jesús: Él vino para “llamar a los pecadores”; “salva a su pueblo de sus pecados”. O como dijo el apóstol Pablo, “Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1.15). Ya que esta enfermedad espiritual de la humanidad es lo que motivó la venida de Jesús al mundo, no es, entonces, un asunto menor. Esta necesidad humana impulsó al Hijo de Dios a hacerse hombre. Es menester que captemos que la peligrosidad del pecado no es menos real que el riesgo mortal que viven los hombres salvados del naufragio en Hechos capítulo 27, ni menos debilitante que el parálisis del hombre rengo sanado en Hechos capítulo 3. ¿En qué consiste este peligro?

El peligro de la muerte espiritual. 

El apóstol Pablo definió la amenaza que encierra el pecado de la siguiente manera: “Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron” (Romanos 5.12). Evidentemente Pablo aquí usa la palabra “muerte” de una manera que alcanza tanto el plano físico como el espiritual. En primer lugar, la muerte física entró en el mundo cuando la primera pareja humana pecó (Génesis, capítulo 3), ya que debida a su desobediencia la humanidad se volvió mortal. Luego, la “muerte” se transmite a todo ser humano en el momento en que cada uno peca, aquí refiriéndose a la muerte espiritual. El pecado, por definirse como la “infracción de la ley”, solamente existe cuando ocurre un acto de desobediencia. Al desobedecer, uno se aleja de la voluntad de Dios, el Dador de la vida y muere espiritualmente. Veamos como Pablo describe el momento de su propia “muerte” espiritual.

Pablo recuerda el momento cuando él mismo “murió”. 

Hubo un tiempo en que, sin la ley, yo tenía vida; pero cuando vino el mandamiento, cobró vida el pecado, y yo morí” (Romanos 7.9). La frase “yo tenía vida” se refiere evidentemente a la condición de “vida espiritual” que Pablo poseía “sin la ley”, es decir, antes de darse cuenta de la existencia de la ley. En otras palabras, en aquel tiempo, seguramente antes de llegar a una edad de poder distinguir entre el bien y el mal, él no podía infringir la ley divina, porque aún no tenía conciencia de su existencia. El apóstol, en su propio caso, pone como ejemplo el mandamiento “no codiciarás” (Romanos 7.7-8). Cuando él llegó a un punto en su vida en que realmente cobró conciencia de este mandamiento, lo desobedeció y “murió” (Romanos 7.9). Es decir, “murió” en un sentido espiritual, puesto que obviamente un hombre físicamente muerto no es capaz de registrar por escrito el momento de su muerte natural. Pablo todavía estaba vivo físicamente para poder escribir acerca de lo que pasó, aunque en el sentido espiritual podía decir, “yo morí”.

Por medio de este ejemplo vemos que los dos conceptos, “muerte física” y “muerte espiritual”, se encuentran en la Biblia, aunque las Escrituras simplemente emplean el término “muerte” indistintamente en ambos casos. Al no manifestar abiertamente la evidente dicotomía entre ambas acepciones de “muerte”, ¿será que la Palabra de Dios quiere que captemos que lo que sucede en el plano espiritual no es menos real que lo que sucede en el físico? Por ejemplo, un Mesías que sana físicamente a un paralítico con sólo decir, “levántate, toma tu camilla y anda”, de esta manera da evidencia fehaciente de que en realidad primero salvó espiritualmente al mismo hombre al decirle, “tus pecados están perdonados”.

Entender esta unión entre lo físico y lo espiritual, como componentes de una misma realidad, es primordial para entender cómo Jesús nos salva de nuestros pecados. Veremos que a diferencia de un tratamiento que salva físicamente, la salvación en el plano espiritual es eterna.  Sobre esto hablaremos más en la próxima entrega acerca de esta pregunta, “¿Qué debo hacer para ser salvo?”

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