Volviendo a la Parte 1 de esta serie, recordemos que la pregunta, “¿Qué debo hacer para ser salvo?” fue formulada en Filipos, Macedonia en el primer siglo de nuestra era (Hechos de los Apóstoles, capítulo 16.30). Ahora volvemos a este contexto original para entender la respuesta: “Cree en el Señor Jesús, y serás salvo tú y tu familia”.

Salvación en Filipos ¿física o espiritual?

En entregas anteriores hemos visto que la salvación tiene un aspecto material (la vida física) y espiritual (la vida eterna) y que ambos planos suelen relacionarse entre sí. ¿De cuál aspecto de la salvación se trata en este caso?

A primera vista podríamos pensar que se trata de la salvación física. En el relato leemos de unos misioneros cristianos encarcelados quienes alababan al Señor desde la prisión, cuando de repente se produjo un terremoto, las puertas de la cárcel se abrieron y las cadenas se les cayeron (Hecho 16.26). El carcelero sabía que debía responder con su vida si un preso se escapaba; por eso desenvainó su espada y estaba a punto de quitarse la vida. No obstante, cuando los presos le aseguraron que todos todavía se encontraban dentro de la cárcel, él abandonó sus intenciones de suicido y preguntó, “¿qué debo hacer para ser salvo?” ¿Con estas palabras se refería solamente al hecho de asegurar que ningún preso escapara de la prisión, para así no perder su propia vida física? O ¿se refería a algo más?

“Siervos del Dios Altísimo que anuncian el camino de salvación”.

El resto del relato nos permite estar seguros de que el carcelero estaba pensando en la salvación eterna. Primero, recordemos que los misioneros cristianos estaban presos como consecuencia de haber expulsado de una joven esclava a un “espíritu de adivinación” el cual, posiblemente contra su propia voluntad, señalaba a los misioneros como “siervos del Dios Altísimo que … anuncian el camino de la salvación” (Hechos 16.17). Es decir, el espíritu, el cual percibía a estos portavoces del evangelio desde el plano espiritual, no simplemente material, entendía que la salvación que anunciaban no era solamente para salvar la vida física. Era un “camino de salvación”, es decir, algo que señalaba una forma de vida diferente, o como decía Jesús de sí mismo, “el camino para llegar al Padre” (Juan 14.6).

Como la joven poseída anduvo detrás de los misioneros durante varios días, señalándoles reiteradamente como siervos de Dios que comunicaban un mensaje divino, es muy probable que toda la ciudad, y seguramente el carcelero que terminó guardándolos en la prisión, sabía que su encarcelamiento surgió a raíz de que anunciaban “el camino de la salvación”.

Es posible que el carcelero, por la emoción del momento, no haya entendido del todo el alcance de su propia pregunta, pero al decir, “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, seguramente sabía que los hombres que estaban presos podían no sólo enseñar en qué consistía la salvación, sino también explicarle cómo alcanzarla.

¿Qué significa “creer”?

La respuesta a la pregunta “qué debo hacer para ser salvo” fue:
Cree en el Señor Jesús y serás salvo, tú y tu familia” (Hechos 16.31-32).

¿Qué quiere decir esta respuesta?

  1.  “Creer”. Si es necesario “creer” en el Señor Jesús para ser salvo”, es fundamental entender que esta palabra significa más que solamente afirmar que algo es verdad. “Creer” en griego del Nuevo Testamento es “pistéuo”, un verbo que significa “creer, tener fe o confianza, confiar, ser fiel”. “Creer”, entonces, incluye más que solamente considerar que algo es cierto. La fe sí inicialmente establece una creencia como verídica, pero “creer” quiere decir más que esto.
  2. La fe, la confianza se deposita en el “Señor Jesús”. En la respuesta encontramos “Cree en el Señor Jesús… y serás salvo” (16.31) En seguida los misioneros “le hablaron la palabra del Señor” al carcelero y su familia (16.32). ¿Por qué llamamos a Jesús “Señor”? Los Hechos de los Apóstoles, desde un primer momento, nos aclara que Jesús fue declarado “Señor y Mesías” porque Dios lo resucitó de entre los muertos (Hechos 2.22-36). Si uno no cree que Jesús murió y resucitó para salvarnos, que realmente venció la muerte y llegó a ser Señor, no posee una fe que conduce a la salvación eterna. El relato de Filipos no es el único caso de oyentes que llegan a creer en un solo Dios por la evidencia de la resurrección de Jesús (comparar Hechos 17.22-31, 1 Pedro 1.21). Seguramente, entonces, “hablarles la palabra del Señor” incluía explicar que hay un Dios Creador quien levantó a su Hijo Único de entre los muertos, haciéndolo Señor y Cristo. De hecho, como el carcelero seguramente era politeísta, necesitaba “creer en Dios” (Hechos 16.34) como parte de aceptar el “mensaje del Señor”.
  3.  Creer que Jesús es el Señor significa reconocer que él merece sumisión y obediencia de parte de los seres humanos. Más que solamente pensar que es cierto que Jesús murió por nosotros y resucitó, “creer” encierra también la idea de sumisión a su autoridad como Señor Resucitado, Mesías (Cristo) e Hijo de Dios (Hechos 2.36, Romanos 1.1-3). O, como se explica en la primera prédica pública cristiana, “arrepentirse de los pecados y bautizarse en el nombre de Jesucristo” (Hechos 2.36-38). Solo de esta manera uno “invoca el nombre del Señor para ser salvo” (Hechos 2.21; Hechos 22.16). Solamente así los seres humanos podemos tener los pecados perdonados y “ser salvos” (Hechos 2.37-40). Por eso, como consecuencia de la prédica en que por primera vez se anunció a Jesús como Señor, “los que recibieron el mensaje se bautizaron” ese mismo día (Hechos 2.41). Esta promesa de salvación por medio de una fe arrepentida en el momento de bautizarse era para “todos los que el Señor Nuestro Dios quiera llamar” (Hechos 2.38-39).
  4.  Es evidente que “creer en el Señor Jesús” y escuchar “la palabra del Señor” incluía estos elementos de fe inicial, arrepentimiento, invocación de su nombre y bautismo por lo que sucede a continuación:

 

  • a) Hubo arrepentimiento: la misma hora el carcelero les lavó los pies a los presos, dando así evidencia de un genuino cambio de corazón y actitud (Hechos 16.33).

 

  • b) Bautismo para el perdón los pecados. Los que “oyeron el mensaje” inmediatamente se bautizaron, de manera que podemos sacar como conclusión que el “mensaje del Señor” que se les habló claramente incluía la necesidad de bautizarse para “perdón de pecados” (Hechos 2.38), una promesa “para todos que Dios quiera llamar” (Hechos 2.39). Ya que se trata de una promesa universal, no debe sorprendernos ver su cumplimiento en este caso.

 

  • c) Solamente pudieron “alegrarse” por haber creído en Dios después de bautizarse (Hechos 16.33-34). En otras palabras, los elementos de fe inicial, arrepentimiento, invocación de Jesús como Señor y bautismo para el perdón de los pecados son todos incluidos en la idea de “creer en el Señor Jesús”.

Creer = Ser fiel.

¿Esto es todo lo que tenían que hacer estas personas en Filipos para alcanzar la salvación eterna? Recordemos que en griego “creer” significa también “ser fiel”. Por más que hayan creído en Jesús para ser salvos, arrepintiéndose de sus pecados y bautizándose en su nombre, solamente creen en el sentido más exacto del término si posteriormente “son fieles”. Por ejemplo, el Apocalipsis usa este mismo verbo de la siguiente manera, “fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2.10). Este versículo también podría traducirse: “creyente hasta la muerte y te daré la corona de la vida”. Esta traducción es posible porque el verbo en griego significa “creer, ser fiel, tener fe, confiar”. Es cierto que la fe en el poder de Dios salva a la persona en el momento de morir y resucitar con Jesús por medio del bautismo (Colosenses 2.12, 1 Pedro 3.21). No obstante, después de este nuevo nacimiento de agua y del Espíritu, el momento en que por fe uno comienza la vida eterna (Juan 3.3-16), el nuevo hijo de Dios debe vivir en fiel sumisión a Jesús durante toda su vida, “creyendo en el Señor Jesús para ser salvo”.