En la cuarta parte de esta respuesta, resumimos y ampliamos las partes 1, 2 y 3.

Repaso del significado de ekklesia.

El término “Iglesia” solamente aparece en uno de los cuatro evangelios, el de Mateo, donde podemos contextualizar esta pregunta para buscar su respuesta. Es allí donde encontramos las palabras de Jesús: “construiré mi iglesia” (Mateo 16.33).
Lo que Jesús construye en realidad es un pueblo, una comunidad, ya que la palabra “iglesia” (ekklesía en griego) significa asamblea y en la antigua versión griega del Antiguo Testamento, se empleaba para hablar del pueblo de Israel que estaba congregado para adorar o en momentos de crisis. En la antigua Grecia se utilizaba para hablar de la asamblea de una ciudad-estado compuesta de aquellos ciudadanos que gozaban de plenos derechos; es decir, una ekklesía era un cuerpo político. Toda esta etimología debe tenerse en cuenta al considerar la afirmación de Jesús en Mateo: “construiré mi iglesia”.

La metáfora de la construcción.
Aunque Jesús usa la imagen de un edificio para hablar de la “construcción de la iglesia”, en la Biblia una “iglesia” jamás es un edificio. Siempre es una reunión, una comunidad o el pueblo de Dios. Sí se vale de la metáfora de una “casa” o edificio para hablar de la construcción de esta comunidad.
Siguiendo, entonces, la terminología de esta metáfora edilicia, los materiales con los cuales se construye la iglesia son seres humanos. Jesús usa como “piedras vivas” para construir su pueblo a aquellas personas que reconocen la autoridad del Mesías. Dios interviene directamente en este proceso, revelando la identidad de Jesús como el Mesías a personas como Pedro (Mateo 16.16), en la medida en que este apóstol pensara como los que “son como niños”. Debido a que Jesús habla de esta revelación a los que son “como niños” en Mateo 11.25-27, en los versículos siguientes se puede ver que éstas personas son a las que convoca a formar parte de su pueblo: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana” (Mateo 11.28-30)

Los ciudadanos de la iglesia verdadera aceptan el compromiso del aprendizaje.
Un término clave en esta invitación es la palabra “aprendan” (del verboaprender, manthanō en griego). Las personas a quienes Dios revela la identidad de Jesús como Mesías, los que son como niños, reciben esta invitación de “venir a Jesús” y aprender. Aunque están cansados, paradójicamente Jesús les ofrece un “yugo”, un compromiso.
En la cultura agropecuaria de Palestina en tiempos de Jesús, el yugo se colocaba en el cuello de un animal para que pudiera soportar cómodamente la carga que su amo le imponía. Si el yugo no se moldeaba a la fisonomía del animal, cuando éste hacía un esfuerzo se podía lastimar. El yugo, también en este caso del compromiso de “aprender de Jesús”, tenía que ser diseñado pensando en su receptor.
En tiempos de Jesús, “cargar el yugo de alguien” también significaba someterse a su autoridad como maestro. Por eso se habla, por ejemplo, del “yugo” de la ley de Moisés como algo que era imposible cumplir adecuadamente (Hechos 15.10). Asimismo, Jesús decía de otros maestros de la época que “atan cargas pesadas y las ponen sobre la espalda de los demás, pero ellos mismos no están dispuestos a mover ni un dedo para levantarlas” (Mateo 23.4). Eran maestros que no moldeaban sus enseñanzas a las personas que las recibían; tampoco enseñaban con el ejemplo.
En cambio, los que deciden someterse al compromiso de aprender a los pies de Jesús se acercan a aprender de uno “apacible y humilde de corazón”, cuyas enseñanzas reflejan su modelo de vida. Es solamente por el carácter de Jesús que el compromiso del yugo puede dar descanso a personas “cansadas y agobiadas”. Una lectura del Sermón del Monte (Mateo capítulos 5 al 7), no nos deja la impresión de enseñanzas fáciles de seguir sino más bien de un compromiso meditado y constante. Pero los que toman la decisión de incorporar a sus vidas estas enseñanzas encuentran que justamente están diseñadas para los que las aprenden. Son el “yugo suave”, que les calza bien. Estos aprendices construyen sobre una roca (Mateo 7.24-25), la cual les da vidas sólidas en medio de las pruebas de la vida: “descansan sus almas”. Con estas personas Jesús construye su iglesia.

La iglesia está compuesta de discípulos, personas que aprenden para obedecer.
La idea de acercarse al Maestro de esta manera, no se realiza una sola vez sino como forma de vida. Jesús vuelve a hablar del tema de aprender al cierre de Mateo y define más la clase de aprendizaje a la que se refiere, la del discípulo:
18 Jesús se acercó entonces a ellos y les dijo: Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. 19 Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20 enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo. (Mateo 28.18-20)

Lo que nos puede enseñar la gramática acerca de hacer discípulos.
En el griego original de estas palabras, se destacan algunas formas verbales: tres participios “yendo, bautizando, enseñando”, y un verbo principal, “hagan discípulos”. Los tres participios pueden traducirse al español como imperativos o bien como modos en que se realiza el claro imperativo de “hacer discípulos”. Por ejemplo, el verbo principal “hacer discípulos” requiere una iniciativa de parte de los primeros discípulos de Jesús. Es solamente “yendo” (traducido aquí como imperativo: “vayan”) que estos once hombres pueden hacer otros discípulos. Si traducimos el participio como “modo” pueden entenderse como “mientras van” a todas las naciones.
A continuación encontramos que la orden de “hacer discípulos” encierra dos partes: “bautizando” y luego “enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado”. Estos “participios” son modos de hacer discípulos que a la vez se entienden como imperativos: no son optativos. Es notable que el fin de “enseñar” no es “aprender” sino más bien “obedecer”. No se “aprenden” las enseñanzas de Jesús para solamente saberlas de memoria, sino para vivirlas: son órdenes que dan “descanso para el alma” cuando tenemos en claro quién es Jesús, el que tiene “toda autoridad”. Los que “oyen” y “ponen en práctica” sus palabras son los que construyen sobre la roca (Mateo 7.24), la misma roca donde Él construye su iglesia (Mateo 16.18). Estas son las personas que reconocen su autoridad de Mesías (7.24-29, 16.16-17, 28.18), son con quienes Él, apacible y humilde de corazón, estará siempre para guiarlos en su aprendizaje. Son sus discípulos, la Iglesia que Jesús sigue construyendo.
En la próxima entrega sobre la iglesia verdadera hablaremos más del paso de asumir el compromiso de ser discípulo de Jesús: el bautismo.