En la presente entrega llegamos a un punto esencial en nuestro camino de contestar la pregunta, ¿existe la iglesia verdadera? En esta etapa, basándonos en la información brindada en las entregas anteriores
(ver partes 1, 2, 3, 4, 5), demos por cierto que la iglesia verdadera existe y preguntemos más bien: ¿cuándo empezó?
Jesús, al decir “edificaré mi iglesia”, empleaba el tiempo futuro del verbo “edificar”: “edificaré”. ¿Hablaba el Señor de un futuro cercano o lejano? En otras palabras, ¿ya ha comenzado la construcción o debemos seguir esperándola? Porque si todavía no se inició, es evidente que la iglesia verdadera, la que Jesús dijo que iba a construir, no existe todavía.

​El futuro cercano como si ya fuera un presente.
Cuando analizamos el factor tiempo en los dichos de Jesús, nos encontramos con algo que para el lector moderno resulta desconcertante: a veces Él habló en términos del presente al referirse a hechos que se realizarían en un futuro cercano, pero aun no consumado. Tal vez el ejemplo más claro es cuando Jesús habla de la inminente llegada del Espíritu Santo. Vemos estas palabras de Jesús registradas por el apóstol Juan, palabras que el apóstol mismo interpreta en cuanto al tiempo de su cumplimiento:

37 En el último día de la fiesta, el más importante, Jesús se levantó y gritó:
—Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba. 38 Las Escrituras dicen que del interior del que cree en mí saldrán ríos de agua viva. 39 Jesús dijo eso acerca del Espíritu, que recibirían después los que creyeran en él pues aún no estaba el Espíritu, porque Jesús todavía no había sido glorificado.
(Juan 7.37-39, versión Palabra de Dios para Todos). 

¿Cuándo fue “glorificado” Jesús?
El Nuevo Testamento da a entender que Jesús fue glorificado al ser crucificado y resucitado para luego ascender al cielo donde reina junto a Dios Padre (ver por ejemplo Juan 12.16, 23; Juan 17.1-5;  Hechos 2.13, 33-36). Pocas semanas después, desde la presencia de Dios Mismo, Jesús envía al Espíritu para, de ahí en más, acompañar a todos sus seguidores (Hechos 2.33-39). Este “derramamiento del Espíritu” sucede durante la Fiesta de Pentecostés, una celebración judía que en el calendario bíblico se realiza unas siete semanas después de la Pascua, la fiesta anterior durante la cual Jesús murió y resucitó. Luego de su resurrección, después de unos cuarenta días, Jesús ascendió al cielo y aproximadamente una semana después, en Pentecostés, Él “derrama” al Espíritu sobre todos los que se entreguen con fe, arrepentimiento y bautismo después de escuchar el mensaje de su vida, muerte, entierro y resurrección (Hechos 2.33-40). Así se entiende cómo, según Juan 7.39, el Espíritu viene después de su “glorificación”.

Es decir, Jesús promete dar al Espíritu Santo a todo aquel que en Él cree, en Juan 7.37-39: “Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba” expresándose en el tiempo presente. Pero es necesario que el apóstol Juan aclare que se refiere a un momento posterior (pocos meses después durante la fiesta de Pentecostés). Sin esta aclaración el lector podría llegar a entender que cualquiera que creyera en Jesús en el mismo momento en que se pronunció la promesa del Espíritu Santo podría tener comunión con el Espíritu durante la vida terrenal de Jesús. Sin embargo, Juan aclara que no es así: primero Jesús tenía que ser glorificado. Solamente a partir de su inminente glorificación los sedientos espirituales podrán ir a Él para beber. Jesús habla de un futuro cercano como si fuera un presente.

Podemos ver esta misma tendencia de Jesús, de referirse a la próxima llegada del Espíritu como si ya estuviera presente, cuando habla con sus apóstoles acerca de la oración en Lucas 11.1-13. Allí Él termina diciendo, “si ustedes que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan”. Leyendo en el contexto, podríamos llegar a pensar que si los apóstoles en el momento de escuchar estas palabras hubieran pedido al Padre recibir al Espíritu Santo, ya se lo habría otorgado. Pero por lo que acabamos de leer en Juan 7.37-39, sabemos que era necesario que Jesús fuese glorificado primero. Si los apóstoles hubieran pedido recibir al Espíritu en este mismo momento que describe Lucas en que Jesús les enseñaba acerca de la oración, seguramente no lo habrían recibido. Tendrían que esperar algunos meses hasta que Jesús fuese glorificado por medio de su muerte, resurrección y ascensión a la diestra del Padre.

¿Cómo deducimos el momento del inicio de la Iglesia?
Sabiendo que Jesús a veces manejaba el tiempo de esta manera, podemos evaluar las dos oportunidades en que Él usa el término “iglesia” en Mateo 16.18 y 18.17. La primera vez habla directamente en el tiempo futuro, “construiré mi iglesia, pero en la segunda, en el tiempo presente, “díselo a la iglesia”. En esta segunda ocasión, habla de cómo humildemente encarar problemas de disciplina dentro de la comunidad de sus seguidores. El lector desprevenido podría entender que se trata únicamente del grupo los apóstoles, quienes en el 18.1 hacen una pregunta que a continuación Jesús responde, incluyendo en el 18.17 lo dicho acerca “decírselo a la iglesia”. ¿Los apóstoles son la iglesia? ¿Empezó en algún momento entre el 16.18 (cuando se habla de la construcciónfutura de la iglesia) y el 18.17 cuando leemos que los problemas no resueltos entre hermanos deben derivarse a la “Iglesia” (una orden transmitida en tiempo presente)? Veremos, sin embargo, que “Iglesia” en Mateo 18.17 tiene otro sentido; se trata de un futuro cercano, nuevamente expresado como si fuera el presente.

¿Dónde leemos del comienzo de la Iglesia?
En los cuatro evangelios solamente Mateo utiliza el término “iglesia”, empléandola en las dos oportunidades ya citadas. Para encontrar esta palabra nuevamente en la historia neotestamentaria debemos ir al libro de los Hechos, donde ya vimos que Jesús derramó su Espíritu en el Día de Pentecostés, unas siete semanas después de su resurrección luego de la Pascua. “Iglesia” aparece recién en el Hechos 5.11, donde vemos que “toda la Iglesia se llenó de miedo” al enterarse de la muerte repentina de un matrimonio que quiso engañar a Dios, “mintiendo al Espíritu Santo” (5.1ss). Los que se llenaron de miedo son los discípulos que integran la primera comunidad cristiana en la historia, la de Jerusalén. Estas son las personas que a partir del día de Pentecostés recibieron al Espíritu Santo en sus vidas luego de una sincera conversión (Hechos 2.37-39). Estos primeros conversos a la fe en el Cristo resucitado son, entonces, el comienzo de la iglesia que Jesús construye. Posteriormente leeremos que la iglesia es el cuerpo de Cristo (Efesios 1) y al ser integrados a este cuerpo en el momento de bautizarse, todos  “beben” del Espíritu Santo (1 Corintios 12.13).

La construcción comenzó en el día de Pentecostés. 
A partir de Pentecostés, entonces, unas siete semanas después de su resurrección, Jesús comienza a construir su Iglesia al enviar al Espíritu Santo para guiar a los apóstoles en la evangelización (Hechos 1.8). A partir de ese momento, los convencidos de que Él es el Mesías crucificado y resucitado, se arrepienten de sus pecados y se bautizan (se sumergen en agua) bajo la autoridad de Jesús para recibir el perdón de los pecados; así reciben al Espíritu Santo como un don de Dios (Hechos 2.37-40). También en ese momento son salvados de sus pecados (2.38-40, 2.47), y, en el ese instante Dios los agrega a esta comunidad, es decir, la iglesia. Es por este medio que se “pide” a Dios Padre recibir al Espíritu Santo, la promesa hecha como una realidad presente a los apóstoles en Lucas 11.13, aunque todavía quedaba en un futuro próximo: después de la muerte de Jesús, siete semanas después de su resurrección.

Construcción que empezó y continúa. 
Este es, entonces, el momento en que Jesús comienza a construir su iglesia. Ya no es un momento en el futuro, como lo fue en Mateo 16.18. Los que se agregan a la iglesia, los que se bautizan para ser discípulos de Jesús, son los que luego “aprenden a obedecer todo lo que Él enseñó” a los apóstoles (Mateo 28.18-20). Por eso, leemos que después de bautizarse en Pentecostés, los nuevos discípulos “eran fieles en conservar la enseñanza de los apóstoles…” (Hechos 2.41-42). La “enseñanza de los apóstoles” se refiere a “todo lo que Jesús les había ordenado” a los primeros discípulos (Mateo 28.19-20). Encontramos el registro de estas órdenes en los cuatro evangelios, específicamente en este caso en el de Mateo, que termina con la promesa de Jesús: “Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mateo 28.20). Como parte de esa enseñanza, por ejemplo, Jesús había previsto la necesidad de humilde disciplina dentro de la iglesia, hablando de esto en el tiempo presente (Mateo 18.17), aunque la iniciación de su iglesia todavía quedaba en un futuro próximo. Esto es porque esta y otras enseñanzas de Jesús a los apóstoles se convierten en la realidad continua de la construcción de la Iglesia. Esta construcción se sigue realizando, ya que Jesús añade que Él estará presente con sus discípulos “hasta el fin del mundo” (Mateo 28.20); en la presencia del Espíritu Santo, Él acompaña a su iglesia (Juan 14.25-27, 16.7-15).
Puesto que este mismo proceso continuará a lo largo de la historia, la manera de integrar la iglesia verdadera es la misma que vimos en Pentecostés: 1) creer en Jesús como el Mesías muerto por nuestros pecados, resucitado como el Señor, 2) ante esta realidad, arrepentirse, es decir cambiar profundamente la forma de pensar y vivir, 3) bautizarse (sumergirse) en el nombre Jesús para el perdón de los pecados y así recibir al Espíritu Santo como un don, 4) emprender así el camino de obedecer todo lo que Jesús ordenó (Hechos 2.38-40, Mateo 28.18-20). Hoy en día el movimiento que se llama las Iglesias de Cristo se identifica por enseñar que de esta manera uno recibe la salvación eterna y aprende a cuidarla. Ya que esta salvación es fundamental, es importante evaluar lo que cualquier grupo enseña al respecto si buscamos ser parte de la “iglesia verdadera”.
Puesto que Jesús está presente, Él sigue construyendo su Iglesia por medio de la formación de nuevos discípulos (Mateo 28.18-20). Una vez que ingresemos en ella, mientras estemos aprendiendo a obedecer lo que Él ordenó, formamos parte del proceso de la construcción.

¿Dónde encontrar la información necesaria para la construcción?
Gran parte de los mandamientos de Jesús aparecen en los cuatro evangelios, y los demás libros escritos del Nuevo Testamento que transmiten las enseñanzas de los apóstoles, quienes siguen comunicando las instrucciones de Jesús por medio del Espíritu Santo (Juan 16.12-15). Estos escritos apostólicos, provenientes de la época inmediatamente después del ministerio de Jesús, promueven  la fe “dada una vez para siempre” (Judas 3, versión Libro del Pueblo de Dios). Por eso, los primeros cristianos ya tenían “todo lo necesario para vivir como Dios manda” (2 Pedro 1.3, versión NVI). El registro en el Nuevo Testamento de las enseñanzas y manera de vivir de la Iglesia nos da el único modelo necesario para su continua construcción.