Como hemos observado, la historicidad de la resurrección de Jesús cuenta con una importante prueba:sus enseñanzas paradójicas. En la primera entrega de esta serie vimos que así como él enseña que el que se humilla será levantado, que el que da recibe y que el último será el primero, así también enseña que el que pierde la vida la encontrará. Este último dicho paradójico lo pronuncia en el contexto del primer anuncio de su muerte y resurrección. De la misma manera inverosímil que sus enseñanzas resultan ciertas, el maestro humilde se convierte en el Mesías poderoso por medio de su muerte y su posterior resurrección. Esta prueba paradójica es posiblemente la más convincente que se puede mencionar a favor de la veracidad del hecho de que resucitó (repasar aquí la “prueba paradójica”). Sin embargo, pueden deducirse otras evidencias.

De confusión a certidumbre.
Una prueba llamativa es el cambio en el carácter de los apóstoles. Durante los años del ministerio terrenal de Jesús, sus seguidores ocasionales y aún los más allegados permanentemente demuestran confusión frente a sus enseñanzas. Consideremos, por ejemplo, la reacción a su discurso sobre el “pan vivo que bajó del cielo”:

Al escucharlo, muchos de sus discípulos exclamaron: «Esta enseñanza es muy difícil; ¿quién puede aceptarla?» […] Y por causa de estas palabras de Jesús…  muchos de sus discípulos se apartaron y ya no andaban con El(Juan 6.60 y 66).

¿Qué provocó esta confusión y rechazo? Durante este discurso, Jesús había dicho que era necesario “comer su carne” y “beber su sangre” para tener vida eterna, frases que seguramente chocaban al público, por más que el Maestro explicara su valor metafórico. Consideremos la siguiente frase:

Jesús les dijo: Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed(Juan 6.35).

Aquí vemos que así como el hambre se mitiga con el pan, “venir a Jesús” sacia el hambre espiritual. Y así como el agua apaga la sed, “creer en Jesús” abastece la sed espiritual. Por lo tanto, “comer la carne” y “beber la sangre” de Jesús en el plano espiritual en el cual él se manejaba, significan “venir a él” y “creer en Él”, no solamente como ser humano sino, dentro de pocos meses, como Mesías que muere por los pecados de la humanidad y resucita para darnos vida eterna. Solamente ese Mesías podría “levantar en el último día” (Juan 6.39-40, 44, 54) a los que confían en su sacrificio y victoria sobre la muerte. Sin embargo, esa muerte y resurrección, la culminación del ministerio de Jesús, sucederán dentro de un año (o tal vez dos). Antes del evento de su muerte y resurrección nadie sospechaba que así terminaría la obra del rabino de Nazaret. Por eso sonaba como una locura la enseñanza de “comer mi carne y beber mi sangre”. Ahora, mirando con aquel ojo de la fe del que “cree” o “viene a Jesús”, sabemos que gracias al hecho de su muerte y resurrección, podemos acercarnos a Dios realmente, alcanzando el perdón continuo de nuestros pecados y una nueva vida eterna aquí en la tierra y después. Por eso la cruz y la resurrección de Jesús deben ser el alimento espiritual diario del cristiano, un alimento que lo fortifica en su caminata de fe aquí en la tierra, transformándolo en enfoque de vida (sobre esta transformación, ver la entrega anterior).

¿Entenderían los apóstoles estas palabras de Jesús acerca del consumo de su sangre y cuerpo? Seguramente no, no podían. Esto se  puede deducir al observar su reacción en otras oportunidades cuando hablaba de su muerte y resurrección antes de que ocurrieran

Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres y le matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará. Pero ellos no entendían lo que decía, y tenían miedo de preguntarle.
(Marcos 9.31-32, ver también Lucas 9.42-45).

​Sin embargo, podemos decir que a su manera los apóstoles “creían” en Jesús, aunque no entendían lo que Él les anticipaba acerca de su muerte y resurrección. Seguramente muchos otros seguidores lo abandonaron al escuchar que si uno “come su carne” y “bebe su sangre” podría acceder a la “vida eterna” ya durante esta vida y definitivamente en la resurrección del juicio final (ver Juan 6.39-40, 6.44, 6.53-54). Sin embargo, los apóstoles no sabían nada de la futura culminación del trabajo de Jesús, es decir, su muerte y resurrección. Por eso, es comprensible que Jesús les preguntara si también ellos dejarían de seguirle. Por esta razón es llamativa la respuesta a su pregunta. Pedro le contesta, “―Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído, y sabemos que tú eres el Santo de Dios.” (Juan 6.68-69, NVI). En vez de “hemos creído”, otra versión traduce “hemos confiado” en ti  Estos hombres habían convivido con Jesús, visto los milagros que hacía y escuchado sus enseñanzas; estaban convencidos de que era el “Santo de Dios”, probablemente refiriéndose a su identidad como Mesías. Confiaban en Él aunque no entendían lo que decía acerca de “comer su cuerpo y beber su sangre”. De hecho, la fe muchas veces se reduce a este hecho: confiar en Dios aunque no entendamos las circunstancias que nos rodean.


De manera que, a pesar de no entender con frecuencia lo que Jesús decía, los apóstoles confiaban en él, y su confusión se convierte en certidumbre después de que Él muere y resucita: ellos se convierten en los “testigos de su resurrección”, y se convierten en los encargados de explicar la necesidad de la cruz de Jesús y su victoria sobre la muerte para que los hombres alcancemos la salvación eterna. Como testigo ocular de la victoria de Jesús sobre la muerte, Pedro mismo explicará que los que nacen de nuevo por medio de  la fe en la resurrección de Jesús, alcanzan la vida eterna (1 Pedro 1.3-4, 3.21-22). Al participar de la muerte de Jesús mediante la fe en el momento de bautizarnos, somos “sanados” (1 Pedro 2.24), ya que morimos con respecto al pecado y con Jesús como Nuestro Señor, comenzamos a vivir como siervos de lo que es justo a los ojos de Dios (Romanos 6.3-23).


Cobardes transformados en valientes. 
Este notable cambio—desde la confusión con respecto a la misión de Jesús a la certidumbre posterior— y la certeza evidente en la enseñanza apostólica acerca de su muerte y resurrección—es una prueba convincente. Junto con este cambio encontramos otro: la transformación de cobardes en valientes. Cuando arrestan a Jesús la noche anterior a la crucifixión, “todos lo abandonaron y huyeron” (Marcos 14.50). Y aún al reunirse durante las primeras horas después de la crucifixión, los apóstoles se ocultaban “por temor a los judíos” (Juan 20.19). ¿Por qué algunas semanas después encontramos a estos hombres predicando con valentía frente al mismo Concilio que condenó a Jesús? Algo pasó para provocar esta transformación. Este enorme cambio es una prueba de que efectivamente fueron “testigos de la resurrección” (Hechos 1.21-22, 2.32, 3.15, 5.32, 10.39-41, 13.31). La cobardía que demuestran los apóstoles en el momento del arresto de Jesús, experimenta un vuelco descomunal. En vez de temor ahora evidencian osadía y valentía frente a los mismos integrantes del Sandhedrín quienes condenaron a su Señor. Los apóstoles les predican acerca de “Jesús de Nazaret, el mismo a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó” (Hechos 4.10). El cambio en su manera de ser era muy evidente a los que integraban el Concilio: “Cuando las autoridades vieron la valentía con que hablaban…se dieron cuenta de que eran hombres sin estudios ni cultura, se quedaron sorprendidos, y reconocieron que eran discípulos de Jesús” (Hechos 4.13, ver también 4.29, 14.3, 19.8).

Los que meditamos la historia de Jesús, sus enseñanzas, sus milagros, su cruz y su resurrección y llegamos a seguirle ahora como Señor Crucificado y Resucitado, también experimentamos un cambio. Tenemos la capacidad por medio de la fe y por el poder del Espíritu Santo de vivir la transformación de la que hablamos en la entrega anterior. Empezamos a vivir la presencia de Jesús entre nosotros (Mateo 1.23-24, 18.20, 28.20) y esperar su segunda venida cuando juzgará a los vivos y a los muertos (1 Pedro 4.5). Dentro de este cambio que se va logrando por la fe y el arrepentimiento, vivimos el proceso de acercarnos a Jesús como Nuestro Señor. Sobre esta transformación remitimos a la parte 4 de esta serie.

El evangelio gira alrededor del eje de la muerte, entierro y resurrección del Señor Jesús (1 Corintios 15.1-3). Invitamos a nuestros lectores a repasar las cinco entregas de esta serie, las cuales pueden descargarse como e-book en PDF aquí. Por favor, háganos llegar sus dudas: consultas@bibliayteologia.org. Ofrecemos también enviarles el folleto “Conocer, aceptar y vivir el evangelio: nueve preguntas” a quienes desean seguir reflexionando más.

​Agradecemos a Damián nuevamente por querer saber cómo acercarnos a Jesús ahora. ¡Muchas gracias por hacernos reflexionar con tu pregunta! Ojalá que todos no solo entendamos cómo acercarnos a Jesús ahora sino también decidamos seguirle.