Quizás para algunos resulte obvio que para ser salvo hace falta un Salvador. Seguramente para otros, no. Creen que pueden por sus propios esfuerzos ser salvos y difícilmente se convencen de que no son capaces de salvarse ellos mismos. ¿Necesitamos o no de un Salvador? La historia bíblica plantea este interrogante siglos antes del nacimiento de Jesús.

Remontémonos al Antiguo Testamento a época de los Jueces, que comienza tal vez unos 1200 años antes de Cristo. La obra bíblica que lleva el mismo nombre, “Jueces”, nos revela un largo ciclo de altibajos políticos y espirituales. Se sitúa en los años cuando el pueblo de Israel ya habita la tierra que Dios había jurado darle. El poder disfrutar de la tierra de Canaán integra al pacto que Dios estableció con Israel al decirles: “Ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios” (Éxodo 6.7; Levítico 26.3-12 ). Sin embargo, Jueces relata que en numerosas oportunidades Israel rompe el pacto, volviéndose idólatra. Como consecuencia, la historia bíblica relata un círculo vicioso. Cada vez que la infidelidad al pacto con Dios se asienta entre los israelitas, Él permite que países enemigos los conquisten. Luego, cuando la situación de ser un pueblo conquistado se vuelve insoportable, se acuerdan de Dios y el pacto con Él y en medio de la angustia le piden auxilio. Durante mucho tiempo la respuesta divina es enviar caudillos para salvarlos de la opresión extranjera. Estos “salvadores” tienen el nombre de “jueces” aunque en realidad suelen ser más como libertadores a cargo de ejércitos reclutados espontáneamente.

Uno de los episodios que mejor ilustra este ciclo es el del caudillo/juez “Gedeón”, relatado  en los capítulos 6 al 8 de Jueces.  Cuando los israelitas vuelven a hacer lo malo a los ojos de Dios, rindiendo culto al ídolo Baal, Él permite que sean conquistados por la nación de Madián. Los madianitas oprimen severamente a los israelitas durante siete años. En su aflicción claman al Señor y Él levanta a Gedeón como caudillo para liberarlos. Jueces nos cuenta que el ejército madianita es enorme; cuentan con tantos soldados que ocupan un valle entero. De lejos parecen una horda de “langostas”. Cuentan con una “caballería” de tantos camellos “como la arena del mar”. Gedéon por su parte recluta un ejército más pequeño el cual, sin embargo, consta de 32.000 hombres. ¿Serán capaces de liberarse de los madianitas en una batalla convencional? Dios no permite que se verifique esta posibilidad. Le dice a Gedéon que el ejército israelita es demasiado grande. “La gente que te acompaña es demasiado numerosa para que yo ponga a Madián en sus manos. No quiero que Israel se gloríe a expensas mías, diciendo: ‘Es mi mano la que me salvó’. Por eso, proclama a oídos del pueblo: ‘El que tenga miedo o tiemble, que se vuelva’ . Así Gedón los puso a prueba, y veintidós mil hombres se volvieron quedando sólo diez mil” (Jueces 7.2-3). Sin embargo, para Dios seguían siendo demasiados. Por eso, por medio de una selección muy particular (Jueces 7.4-7), Él limita el ejército israelita a solamente 300 soldados. La acción militar de estos hombres, y la milagrosa intervención de Dios en la batalla, dan claras evidencias de que sin lugar a duda Él es el que los salva del enemigo. No hay lugar para pensar que se salvan a sí mismos. Lo que sí queda claro es para que Dios los salve, es necesario que confíen en Él y se entregan a su salvación bajo las condiciones que Él estipula.

Dos palabras claves “gloriarse” y “salvar” en Jueces 7.2-3 en la Septuaginta (la versión griega del Antiguo Testamento) vuelven a aparecer varios siglos después en en Nuevo Testamento, cuando el apóstol Pablo escribe a destinatarios cristianos en la epístola a los Efesios. Pablo es el autor que con mayor frecuencia advierte contra el peligro de “gloriarse”. En uno de los párrafos más citados de la epístola, Efesios 2.1-10, él escribe acerca de la salvación que Dios en su incomparable misericordia y gracia obra por medio de Jesús: “Porque ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes , sino que es un don de Dios; y no es el resultado de las obras, para que nadie se glorie” (Efesios 2.8-10). El evangelio declara que es necesario que entendamos que por nuestras propias obras no podemos salvarnos de la ira de Dios contra el pecado (Efesios 2.1-3). Sólo si entendemos esta realidad estaremos en condiciones de creer, tener fe en Él, confiar en su bondad, su amor: su “gracia” para salvarnos. De esta manera nadie puede “gloriarse”, es decir: jactarse, enorgullecerse, decir que por sus propios esfuerzos puede alcanzar la vida abundante, eterna que solo Dios puede regalar. Así como sucedió en el relato de Gedeón, es necesario saber que no podemos salvarnos a nosotros mismos: necesitamos de un Salvador. Si no entendemos esto, no tenemos fe en la obra que Dios realizó en la vida, muerte y resurrección de Jesús. Y es la fe en lo que Él hizo por medio de Jesús, la que nos puede salvar. La manera en que Dios nos salva por la fe en Jesús se explicará en otras entregas de este blog.

El apóstol Pablo conocía bien la historia de cómo Dios salvó a los israelitas de una fuerza militar superior madianita en tiempos de Gedeón. Pablo seguramente recordaba que Dios armó todo el escenario para que los israelitas vieran claramente que no podían “gloriarse” ya que que Él los “salvaba”. ¿Daban vuelta en su cabeza estas palabras de Jueces cuando escribió Efesios? ¿El Espíritu Santo le recordó la anarquía política y religiosa de la época de Gedeón para describir la necesidad espiritual de toda la humanidad? Quizás. Pablo, y también los ángeles que anunciaban el nacimiento de Jesús, entendían que realmente necesitamos de un Salvador.

¿Tienes en tu contra algún “ejército enemigo” que supera tus fuerzas? En la vida cotidiana, y el plano espiritual, todos lo tenemos. Por nuestros propios esfuerzos no hay esperanza de acceder a la debida relación con Dios, pero al tomar conciencia de que en Belén nació un Salvador, “el Mesías, el Señor”, contamos con lo que es realmente una “buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo” (Lucas 2.10-11). Solamente si sabemos que necesitamos de un Salvador, y que Él sí está presente y dispuesto a salvarnos, podemos realmente empezar a captar la alegría de Navidad. Una alegría que puede encaminar cada día de nuestra vida. ¡Feliz Navidad a todos! ¡No solamente en esta fecha: eternamente!

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