Parte 1. La conversación entre Jesús y Nicodemo sobre el “nuevo nacimiento”, ¿enseña que el bautismo cristiano es necesario para la salvación?

Parte 1. La conversación entre Jesús y Nicodemo sobre el “nuevo nacimiento”, ¿enseña que el bautismo cristiano es necesario para la salvación?

Un encuentro entre dos maestros.

El evangelio de Juan es el único que registra tres viajes de Jesús a Jerusalén. En su primera visita un dirigente judío llamado Nicodemo se acerca de noche a verlo. El se dirige a Jesús como “Rabí” (Maestro) y afirma que él y los demás dirigentes judíos sabían que Jesús era un maestro enviado por Dios. Esto era evidente porque nadie podría hacer las señales que él hacía si Dios no estuviera con él (Juan 3.1-2).

Jesús por su parte trata a Nicodemo como un “maestro de Israel”, de manera que la conversación entre ellos es un diálogo entre dos rabinos; es decir, entre pares. No obstante, y muy probablemente Nicodemo no quiere que sus compañeros sepan que él trata a Jesús como igual, y para que ellos no se enteren de la visita, él elige ir de noche a verlo. De hecho, nosotros tampoco sabríamos de esta conversación si no fuera por el cumplimiento de la promesa que Jesús hizo a sus apóstoles de enviar al Espíritu Santo para “enseñarles todo y recordarles..,” todo lo que él les había dicho (Juan 14.26). El apóstol Juan, íntimo seguidor de Jesús, se vale de esta promesa; por eso es que a lo largo de su evangelio encontraremos extensos diálogos entre Jesús y otras personas.

 

¿ «Creer» y «saber» son equivalentes?

Nicodemo se acerca para dialogar con un hombre que él y sus compañeros sabían que era un maestro venido de Dios, ya que los milagros que Jesús hacía señalaban claramente esta realidad. Sabían que Dios lo había enviado como maestro, pero….¿creía Nicodemo en Jesús? ¿Saber es lo mismo que creer? Veremos que no son equivalentes. Este evangelio nos enseña que es posible saber algo sin creerlo; y es posible no creer en alguien por el hecho de lo que sabemos. Solamente cuando creer en Jesús significa confiar en él, podemos acercarnos al aspecto de “creer” presente en el evangelio de Juan. De hecho, en esta primera visita a Jerusalén “muchos creían en el nombre de Jesus al ver las señales que hacía…” pero Jesús-“no creía” en estos supuestos creyentes, “porque él sabía lo que había en el interior del ser humano” (Juan 2.23-25). Juan utiliza aquí el verbo “creer” (pisteuō en griego) dos veces, aunque en el caso de Jesús, se suele traducir como “confiar” en vez de “creer”. Jesús no confiaba en la fe superficial de los que supuestamente creían por las señales que él hacía. Jesús no creía porque sabía. Nicodemo y sus compañeros “sabían” que Jesús era un maestro venído de Dios por las señales, ¿pero creían? Jesús no creía porque sabía…. Nicodemo sabía… ¿pero creía?

 

El significado de “creer” en Juan 3.16.

El diálogo entre los dos maestros termina en el versículo quizás más conocido de la Biblia, Juan 3.16: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”.

El “porque” al comienzo de esta cita es un nexo con lo que Jesús venía explicando a Nicodemo desde el comienzo de la conversación en Juan 3.1. Para entender Juan 3.16 debidamente, es necesario preguntarnos qué significa “creer para tener vida” eterna en el contexto de este diálogo.

Las enseñanzas enigmáticas de Jesús. ¿Cómo entenderlas?

Es necesario conocer una particularidad de la manera en que Jesús enseñaba para ayudarnos a interpretar correctamente. Muchas veces sus enseñanzas en el momento de pronunciarlas eran enigmas.1 Él solía decir cosas que, en el momento de pronunciarlas, sus más allegados no pudieron entender. Solamente las entenderían después de que Jesús muriera, resucitara, ascendiera al cielo y enviara desde allí al Espíritu Santo para guiarlos. Solamente a partir de ese momento los apóstoles podrían entender todo lo que Jesús había dicho, y a su vez, trasmitírselo a otros (Juan 15.26-27, Juan 16.12-15, Hechos 1.8).

Un claro ejemplo de esta manera enigmática de expresarse se encuentra en el capítulo anterior de Juan. En el capítulo 2 Jesús entra en el templo de Jerusalén y expulsa por primera vez a las personas que cambian dinero allí y venden mercadería (Juan 2.13-24). Cuando las autoridades le piden una señal de su autoridad para cometer semejante acción, Jesús responde “destruyen este templo y en tres días lo volveré a levantar” (Juan 2.19). Solamente después de la resurrección de Jesús pudieron los apóstoles entender que él se refería a su cuerpo, un templo en el sentido de que Dios moraba en él (Juan 1.1-2, 1.14). Ese templo, su cuerpo, volvería a la vida al tercer día después de su muerte. La resurrección de Jesús era la señal contundente de su autoridad para enfrentar tan enérgicamente la corrupción presente en el templo de Jerusalén.

 

El nuevo nacimiento, un enigma para Nicodemo.

De la misma manera, en la siguiente historia de este evangelio, no es posible para Nicodemo entender lo que Jesús quiso decir acerca de la necesidad de “nacer de nuevo….de agua y del Espíritu”. Reaccionó a estas palabras enigmáticas de Jesús de la misma manera que las autoridades judías cuando les habló de “volver a levantar este templo en tres días”. En este caso, ellos entendieron sus palabras en un sentido literal, pensando que se refería a un templo material. De la misma manera, Nicodemo pensó que el nuevo nacimiento era un nacimiento físico, “volver a entrar en el seno de la madre para nacer de nuevo” (Juan 3.4). Por más que Jesús aludiera al Espíritu Santo durante su ministerio público, todavía no era posible captar el significado de lo que decía. Nuevamente, solamente se podría entender después de su glorificación. Él hablaba de cómo sería la presencia del Espíritu en el creyente en el futuro; sería como “ríos de agua de vida que brotan de su interior” (Juan 7.37-38). Pero esto no sucedería hasta que Jesús volviera a la gloria del cielo para enviar al Espíritu a continuar el trabajo de Dios en el mundo (ver Juan 7.39). Primero el Señor Jesús debía resucitar, ascender al cielo y enviar al Espíritu Santo a la tierra. Luego se predicaría el hecho de la muerte y resurrección del Señor. Hasta que esto sucediera los seres humanos carecían de los elementos necesarios para interpretar debidamente lo que Jesús quiso decir al hablar de un nuevo nacimiento, de agua y del Espíritu.

 

El dicho misterioso resuelto.

Pero luego, estas palabras enigmáticas después se transforman en una clara referencia a los hechos centrales del evangelio: bautizarse para unirse a Jesús en su muerte y resurrección y comenzar a vivir nuevamente en unión con Él como Señor. Esta unión se logra por medio de la presencia del Espíritu Santo aquí en la tierra, mientras Jesús reina ahora como Mesías a la diestra de Dios. Desde el cielo envió al Espíritu Santo para comunicar el evangelio. Él da testimonio en conjunto con los apóstoles acerca de Jesús como Hijo de Dios (Juan 15.26-27). Es posible entender la necesidad de “nacer de nuevo…de agua y del Espíritu” solamente a la luz de la muerte de Jesús, su resurrección, y su ascensión a la diestra del Padre, de quien“recibió» al Espíritu a quien derramó sobre los apóstoles (Hechos capítulo 2). Solamente después de la llegada del Espíritu Santo, era posible entender la necesidad de “nacer de nuevo, del agua y del Espíritu”. Por eso ahora por medio del testimonio apostólico acerca de Jesús sabemos que, luego de un sincero arrepentimiento, nacemos de nuevo por la resurrección de Jesús al bautizarnos (1 Pedro 1.33.21). Este tema se profundiza en https://ibica.org/recursos/. Si usted se bautizó, o piensa bautizarse, en alguna iglesia evangélica, sugerimos leer la entrega sobre “¿En qué consiste el bautismo bíblico?

Agradecemos a Iván por haber motivado esta entrega.

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Parte 1 Carne y Espíritu: Lucha espiritual

Parte 1 Carne y Espíritu: Lucha espiritual

La lucha interior que Pablo describe en Romanos capítulo 7,

¿se refiere a su condición antes o después de convertirse en seguidor de Cristo?

Palabras de un hombre conflictuado.

En Romanos capítulo 7.14b-20, el apóstol Pablo escribió acerca de su lucha interior:

Pero yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado. Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Pero si hago lo que no quiero, con eso reconozco que la Ley es buena. Pero entonces, no soy yo quien hace eso, sino el pecado que reside en mí, porque sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne2. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí. (versión citada: Biblia de Jerusalén)

La interpretación de estas palabras ha sido controvertida, probablemente desde el momento en que Pablo las escribió hace dos milenios. Los lectores preguntan si el apóstol describe su situación espiritual antes o después de convertirse.

¿Si habla Pablo de sí mismo antes de convertirse?

Algunos afirman que es totalmente comprensible lo que el apóstol escribió, sólo si él hablaba de su lucha contra el pecado antes de convertirse en seguidor de Jesús: este conflicto interior puede servir para describir a todo ser humano inconverso, ya que nadie alcanza a vivir siempre según sus propias expectativas éticas o código moral. No obstante, ¿por qué un hombre que ama al Señor afirmaría que el pecado “reside” en él? ¿Cómo podría Pablo, siendo ya cristiano con la esperanza de la vida eterna, pocos renglones después referirse a su mismo como un “desdichado” 2(7. 24)?

¿…Y si Pablo habla de sí mismo ya siendo cristiano?

Por otra parte, los que mantienen que el apóstol habla de su lucha espiritual después de llegar a la fe en Jesús como su Señor, suelen sacar una conclusión muy diferente. Toman estas palabras como un alicente para vivir con la esperanza de no tener que ser siempre perfectos después de bautizarse. Sienten alivio al saber que Pablo era, a pesar de ser apóstol, simplemente humano y sufría tentaciones capaces de traducirse en acciones contra la voluntad de Dios. Se han ofrecido argumentos a favor y en contra de ambas interpretaciones. ¿Cómo elegimos entre ellas?

La lucha entre “carne” y “espíritu”

Empezamos reconociendo que el gran tema de la lucha entre la “carne” y el “espíritu” ya había sido anteriormente un tema central de Pablo en su Epístola a los Gálatas. Allí, el término “carne” se usa para referirse a la naturaleza humana que tiende a rebelarse conscientemente contra Dios, es decir nuestra parte “carnal”. En cambio, en Gálatas el “Espíritu” suele entenderse o bien como una referencia al Espíritu Santo o si no, como “espíritu” (con “e” minúscula) para referirse a la tendencia espiritual del ser humano3.

La lucha entre “carne” y “Espíritu” se manifestaba en la comunidad cristiana de Galacia como un conflicto entre personas con opiniones cruzadas en cuanto a una enseñanza fundamental cristiana: la libertad (tema que posteriormente se tratará). Por más que Pablo se pronuncia claramente a favor de la posición de una de las partes en esta contienda, aparentemente le preocupaba sobremanera el modo en que ambas se trataban entre sí. “Si ustedes se están mordiendo y devorando mutuamente, tengan cuidado porque terminarán destruyéndose los unos a los otros” (Gálatas 5.15, LPD4). Describiendo este conflicto dentro de la comunidad, Pablo afirma: “Porque el deseo de la carne se opone al Espíritu, y el del Espíritu se opone a la carne; y éstos se oponen entre sí para que ustedes no hagan lo que quisieran hacer” (Gálatas 5.17, RVC).

¿Quiénes no pueden hacer lo que “quisieran”?

Para describir el hecho de que estos cristianos de la iglesia de Galacia no podían hacer lo que “quisieran”, el apóstol emplea el verbo θέλω (thelō) que se traduce como “querer” o “desear”. Lo emplea con respecto a un mandamiento que todos los cristianos gálatas probablemente afirmarían que quisieran obedecer: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gálatas 5.16). Sin embargo, era tan profunda la controversia entre ambas bandas que les costaba tratarse con amor. No podían “hacer lo que quisieran”, i.e. amarse mutuamente. Corrían más bien el riesgo de “destruirse unos a otros”.

Pablo emplea este mismo verbo y una idéntica expresión para hablar de su propia lucha en Romanos capítulo 7. “No puedo hacer lo que quiero” (= θέλω thelō). Quería hacer el bien, pero encontraba a su alcance el mal. Es decir, ambas situaciones se refieren a lo que es en el fondo el mismo conflicto espiritual: en Gálatas, dentro de la comunidad cristiana; en Romanos, dentro del hombre cristiano (A fin de cuentas las comunidades están formadas por los individuos que las integran).

El hecho de usar la misma terminología en ambas situaciones indica que lo que Pablo describe en Romanos es su lucha interior, después de ser seguidor de Jesús durante años; aquí no hablaba de sus conflictos antes de convertirse, si bien sin duda los tendría. En ambas situaciones él describe una contradicción interior que experimentamos todos los que intentamos seguir a Jesús; el apóstol se ofrece a sí mismo como un ejemplo de lo que es una realidad universal que todos los cristianos vivimos5. La solución que ofrece en el capítulo 8 de Romanos, también es para todos los creyentes en Jesús como Señor y se tratará en la próxima entrega.

Agradecemos a Juan Carlos por hacernos llegar esta inquietud.

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