Seguimos respondiendo la pregunta que empezamos a contestar en la entrega anterior:

¿Cómo podemos acercarnos a Jesús en nuestra época? Cuando estaba en la tierra “se sentó a la mesa de los pecadores”. Fue un Maestro accesible. ¿Pero nosotros tenemos la misma posibilidad?

Un anuncio sorprendente. 
Los que hemos pasado tiempo leyendo la historia de la actividad pública de Jesús entre los hombres, el período de dos o tres años en los que hacia milagros y transmitía la buena noticia del Reino de Dios, seguramente quedamos impactados por cómo era él como persona, por su…

  • apertura hacia los marginados (Lucas 15.1-2)
  • fuerza de carácter frente a la falsedad (Lucas 11.37-53)
  • capacidad de corregir (Lucas 10.41)
  • ternura con los niños y los desposeídos (Marcos 9.33-37, 10.13-16, 12.42-44)
  • compasión (Mateo 20.32-34)
  • tristeza y enojo frente a la falta de humanidad (Marcos 3.1-6)
  • celo por el honor de su Padre (Juan 2.13-17)
  • decepción ante la incredulidad de los que tendrían que creer (Marcos 4.35-40, Mateo 14.31)
  • sorpresa y admiración ante la fe de los con menos posibilidades de creer (Lucas 7.1-10, Mateo 15.21-28)
  • alegría por la revelación del secreto de Dios a las personas sencillas (Lucas 10.21)
  • amor por sus amigos y enemigos (Juan 11.3-4, Lucas 23.34; Marcos 3.5).
  • angustia al encontrarse con la cercanía de la crucifixión (Marcos 14.32-36; Juan 12.27)
  • tranquilidad en el momento de su arresto (Juan 18.3-9)
  • seguridad de su victoria sobre la muerte (Juan 10.17-18).

Solo podemos imaginarnos de qué manera el pequeño grupo de hombres a quienes Jesús eligió para andar en su compañía experimentaron lo que significaba vivir con “Aquel que es la Palabra, aquel que estaba con Dios… y era Dios”, pero se hizo carne, llegando a ser un hombre de carne y hueso. Su cuerpo era la casa de Dios, un templo que, si llegara a ser derribado, el mismo levantaría a los tres días (Juan 1.1 1 , 1.14, 1.50, [Génesis 28.12-18], Juan 2.19). La convivencia con Jesús seguramente era un laboratorio que produjo cambios en los apóstoles: pero esta transformación se experimentó solamente cuando finalmente sus ojos fueron abiertos en cuanto a la verdadera identidad de su Maestro.

Confundidos porque todavía no era el momento para entender. 
Por algún motivo, antes de la resurrección, Dios no permitió que los apóstoles entendieran cuando Jesús les anunció en distintas oportunidades que él sería arrestado, moriría a manos de los hombres y luego resucitaría. De hecho, él les anticipó varias veces lo que estaba por suceder, “Pero ellos no entendían lo que les decía, pues todavía no se les había abierto el entendimiento para comprenderlo; además tenían miedo de pedirle a Jesús que se lo explicara” (Lucas 9.45). Teniendo en cuenta que no entendían el plan de Dios, ¿no es lógica la tristeza que sentían aquella noche del arresto de Jesús cuando él les anunció: “Es mejor para ustedes que yo me vaya…” (Juan 16.6-7)?
¿Se sentirían abandonados? ¿Perplejos? ¿Impotentes? De cierta manera podemos imaginar su confusión, la misma que quizás algunos sientan ahora ante la posibilidad de acercarnos a Jesús en la actualidad. El abandono que ellos sentirían es el reflejo de la falta de esperanza de los que ahora admiran tal vez a Jesús como un maestro iluminado, pero creen que no es posible acercarse a él. No obstante, la razón por la cual era mejor que Jesús se fuera no tardó en aclararse: “Es mejor para ustedes que yo me vaya, porque si no me voy, el Defensor no vendrá, pero si me voy, yo se lo enviaré” (Juan 16.7). Además de beneficiar a los apóstoles, veremos que ese Defensor, traería a la vez el secreto para poder acercarse a Jesús en nuestro tiempo.

¿Por qué era mejor que Jesús se fuera? 
En pocas horas Jesús sería arrestado, el primer paso del proceso que culmina con su muerte y resurrección. Una vez resucitado, luego de pasar unos cuarenta días con sus apóstoles dando pruebas de estar vivo, ascendería al cielo a la diestra de Dios. Ésta serie de eventos se llama la “glorificación” de Jesús; es a este proceso que Jesús se refería cuando les dijo a los apóstoles que “se iba”. Ascendido al cielo, como una semana después enviaría al Espíritu Santo a la tierra. El Espíritu no vendría hasta después de la glorificación (Juan 7.37-39). Él es el “otro Defensor” que Jesús enviaría. ¿Por qué era mejor que él se fuera y viniera el Espíritu Santo? Leamos la explicación que Jesús les dio en esa última charla…
Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que les mande otro Defensor, el Espíritu de la verdad, para que esté siempre con ustedes. Los que son del mundo no lo pueden recibir, porque no lo ven ni lo conocen; pero ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes”. (Juan 14.16-17).
Jesús se iba corporalmente dentro de pocos días, pero enviaría al “otro Defensor” en su lugar, para acompañarlos “para siempre”. Él estaría “con” ellos y “en” ellos. De hecho estaría con todos los que creerían en el Jesús glorificado a lo largo de los tiempos (Juan 7.37-39, 17.20-23).

¿Qué se entiende por Defensor?
Esta expresión traduce una palabra que en griego significa “uno llamado al lado”; en la cultura grecorromana se refería a una persona convocada al lado del acusado durante un juicio. Puede ser el abogado defensor, o sencillamente un amigo cercano que intercede por el incriminado y lo defiende. Al decir que enviaría a “otro Defensor”, Jesús da a entender que él mismo ejercía esta función durante su tiempo de convivencia con los apóstoles. Los protegió en vida (Juan 17.11-12, 18.2-9). De hecho, resucitado y en la presencia de Dios, ahora mismo él como abogado defensor ruega por los cristianos que confían en él para alcanzar la salvación eterna (1 Juan 2.1-2, Romanos 8.34). Ahora al irse físicamente, anuncia que envía a “otro” en su lugar.

El “otro Defensor”, el Espíritu de la Verdad. 
Identificar al Espíritu Santo como “Espíritu de la Verdad” es sumamente importante para entender su misión como Defensor. Él enseñaría a los apóstoles “todas las cosas” y les recordaría todo lo que Jesús había dicho (Juan 14.26). Tomaría lo que Jesús había recibido del Padre para explicárselo a los apóstoles y guiarlos a una “verdad completa” (Juan 15.12-15). Dios Padre y Jesús lo envían para dar testimonio junto con los apóstoles de la muerte y resurrección (Juan 14.26, 15.26-27, Hechos 1.8, 2.1-41). Este testimonio y sus consecuencias son la “verdad” que el Espíritu transmite. Al hacerlo, el Espíritu “convence al mundo” de la veracidad del mensaje: la realidad del pecado, el juicio venidero, y la posibilidad de ser aceptados como justos ante Dios, puesto en la debida relación con él por medio de la muerte y resurrección de Jesús (Juan 16.8, cf Hechos 2.14-39, Romanos 1.16-17, Romanos 5.1-10).
Para los que el Espíritu de la Verdad convence de la realidad de la muerte y resurrección de Jesús, el impacto de este mensaje puede ser el primer paso hacia la fe que inicia una transformación. Es solamente al comenzarla que podemos realmente acercarnos a Jesús ahora. El evangelio revela un misterio profundo: el Espíritu Santo, el Padre y Jesús obran en conjunto (Juan 16.12-15, Mateo 28.18-20). El Espíritu de Cristo es Cristo; es a la vez el Espíritu de Dios (Romanos 8.9-11, Hechos 16.6-10). Así como Jesús y el Padre son uno (Juan 10.30, 10.38, 14.10-11); el Espíritu toma de lo que es del Padre y de Jesús y lo transmite a sus apóstoles (Juan 15.12-15), quienes a su vez lo dan a conocer al mundo.

El Espíritu de la Verdad convence…y transforma.  
Por medio del evangelio, las buenas noticias transmitidas originalmente por los apóstoles acerca de la vida, muerte y resurrección de Jesús, el Espíritu de la Verdad sigue convenciendo al mundo que Jesús vive y podemos seguirle ahora como Nuestro Señor.
Además, una vez tomada la decisión de seguir a Jesús en el momento de la entrega del nuevo nacimiento (el bautismo bíblico, Juan 3.3-5), el Espíritu está a lado del cristiano y mora en él. Por medio de su presencia en la vida del cristiano es posible experimentar las palabras de Jesús: “Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mateo 28.20); por medio del Espíritu de la Verdad, Dios libera al cristiano para contemplar claramente a Jesús y ser transformado a su imagen (2 Corintios 3.14-18, Romanos 8.29). Como seguir a Jesús en la actualidad y comenzar esta liberación es el tema de la próxima entrega. Para asegurarse de recibirla, no olvide subscribirse a este blog. 2

Le agradecemos nuevamente a Damián, cuya pregunta motivó esta serie de respuestas.