Antes de comenzar la tercera entrega de esta serie, es aconsejable leer la primera y la segunda partes para saber cómo llegamos a este punto…

La misión de Jesús: la Luz del mundo que cura la ceguera espiritual.
    Hablando de su misión en la tierra, Jesús dijo, “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Juan 8.21). Poco después de pronunciar estas palabras, él sana a un ciego de nacimiento, devolviéndole la visión. No es inusual en los evangelios hallar la curación de un ciego como ilustración del despertar de la fe. De esta manera, al recuperar la visión física, se ejemplifica para el plano espiritual lo que es llegar a creer.

Un hombre que comenzó a ver dos veces. 
Veamos un caso. Al leer de la curación del ciego en el capítulo 9 de Juan, es importante entender que el hombre sanado no vio al que lo curó ni bien recuperó la vista, ya que Jesús lo envió a otro lugar para experimentar el milagro (Juan 9.1-7). No pasó mucho tiempo y el hombre, ya vidente, fue expulsado de la sinagoga por atribuirle el milagro a Jesús (Juan 9.8-34). Esta expulsión efectivamente lo marginó de la sociedad, ya que la sinagoga no era simplemente un lugar de culto sino también, en aquella sociedad, la sede de la vida comunitaria. Al enterarse de la expulsión, Jesús lo buscó; recordemos que hasta este momento, este ex-ciego no había visto a Jesús con sus propios ojos. Cuando lo encontró,  Jesús le preguntó:

“¿Crees en el Hijo del Hombre?”
El ciego lo dijo, “Señor, dime quién es, para que yo crea en él”.
Jesús le contestó: “Ya lo has visto: soy yo, con quien estás hablando”.
Entonces el hombre se puso de rodillas delante de Jesús y le dijo:
Creo, Señor”.

No perdamos el orden en este diálogo:

“¿Crees?”
Ya lo has visto.”
Creo”.

En otras palabras, ahora que puede ver físicamente, está más que dispuesto a ver en el plano espiritual, creyendo. Juan cierra este episodio con estas palabras de Jesús cuando se enfrenta con autoridades que se resisten a creer en él, “Yo he venido a este mundo para hacer juicio, para que los ciegos vean y para que los que ven se vuelvan ciegos” (Juan 9.39). En otras palabras, la manera en que uno responde a Jesús, creyendo o no, determina en el sentido espiritual la presencia de ceguera o visión. Captar quién es Jesús por medio de la fe, trae consecuencias eternas: por eso, Jesús dijo, “vine a este mundo para juicio”. Con nuestra respuesta a la luz que él trae nos autodefinimos como videntes o ciegos; y esa definición a la vez marca nuestro destino aquí en este mundo y en la eternidad. Nosotros no podemos ver a Jesús físicamente, pero a través de la fe, podemos verlo en el plano espiritual. Y si elegimos verlo, podemos acercarnos a la luz y no andar en tinieblas.

Tomás, el apóstol que creyó porque vio.
El mismo evangelio sigue enfatizando este concepto al relatar el encuentro entre Jesús resucitado y el  apóstol Tomás. Cuando Jesús se apareció a los apóstoles algunas horas después de resucitar, Tomás no estuvo presente. Por eso, afirmó que no creería en la resurrección a menos que viera las heridas de los clavos en las manos de Jesús y metiera su mano en el costado de su cuerpo que fue perforado por una lanza romana.

Este estado de incredulidad duró precisamente una semana. El domingo siguiente Jesús volvió a presentarse a los apóstoles reunidos…

    …sus discípulos estaban adentro otra vez y Tomás estaba con ellos.
Y aunque las puertas estaban cerradas, Jesús entró, se puso en medio y dijo:
¡Paz a ustedes!
    
    Luego dijo a Tomás:
Pon tu dedo aquí y mira mis manos, pon acá tu mano y métela en mi costado, y     no seas incrédulo sino creyente.

    Entonces Tomás respondió y le dijo:
¡Señor mío y Dios mío!

    Jesús le dijo:
¿Porque me has visto, has creído? ¡Bienaventurados los que no ven y creen!
(Juan 20.26-29)

¿Era fácil para los apóstoles creer en la resurrección de Jesús?
Es común criticar a Tomás por no creer sin la necesidad de ver; sin embargo, es importante recordar que a los apóstoles Dios les había impedido que entendieran cuando Jesús anunciaba de antemano que iba a resucitar (ver la parte 2 de esta serie). Incluso, una semana antes de que Tomás viera a Jesús resucitado, la primera vez que se les apareció el día que resucitó, “se asustaron mucho, pensando que estaban viendo un espíritu” (Lucas 24.37). Ante esta reacción, Jesús los invita a “mirar sus manos y sus pies. Tóquenme y vean…”. Sin embargo, “seguían tan asombrados y felices que no podían creerlo” (Lucas 24.41). ¡Cuántos sentimientos encontrados: incredulidad, asombro, alegría! Transportémonos al momento: ¿no sentiríamos lo mismo? Luego, Jesús les pide algo para comer, y comió en su presencia (Lucas 24.43). Es decir, la reacción de los otros apóstoles a la resurrección de Jesús no era más crédula que la de Tomás, quien también llegó a creer una semana después, después de ver la misma evidencia.
Durante cuarenta días, después de resucitar, Jesús dio pruebas a sus seguidores más allegados de estar vivo (Hechos 1.1-3, 10.41), y antes de ascender al cielo para enviarles al Espíritu Santo para acompañarlos en su prédica, les dijo “cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, serán mis testigos…hasta las partes más lejanas de la tierra” (Hechos 1.8).

Incrédulos que se convierten en testigos de la resurrección. 
Jesús no quiso que los apóstoles hablaran de él hasta después de su resurrección (Marcos 9.9-10). Solamente después de este hecho culminante de su existencia terrenal tomarían conciencia de quién era él realmente. Sólo después de este momento, sus apóstoles pudieron captar su verdadera identidad. Pudieron verlo, no solamente como un Maestro humano, sino también, así como lo resumió Tomás, como “mi Señor y mi Dios”. Antes de esta concientización, una “buena noticia” acerca de Jesús habría constatado de que él hacía milagros impactantes y enseñaba verdades profundas. Es decir, un profeta o maestro importantísimo. Pero comunicar sólo esto sería un evangelio truncado, una afirmación que hasta cierto punto se podía hacer acerca de varios profetas del Antiguo Testamento. Incluso, Dios había utilizado a algunos de estos profetas para resucitar a los muertos, pero en estos casos todos volverían a experimentar una muerte natural (ver por ejemplo, 1 Reyes 17.17-24, 2 Reyes 4.1-17). En cambio, una resurrección definitiva, para nunca más volver a morir, marcó la gran diferencia entre Jesús y el resto de los resucitados en la Biblia. Sólo él podía afirmar, “El Padre me ama porque doy mi vida para volver a tenerla. Nadie me quita la vida, sino que la doy libremente. Tengo el derecho de darla y de recibirla de nuevo. Eso es lo que me ordenó mi Padre” (Juan 10.17-18). Con su resurrección irreversible quedó más que evidente que él era mayor que un profeta poderoso. Por lo tanto, los apóstoles pocas semanas después de la ascensión de Jesús, ya convencidos de quién era él, y luego de la llegada capacitadora del Espíritu Santo, se convierten en “testigos de su resurrección” (Hechos 1.8, 1.21-22); el Espíritu Santo obraba por medio de las palabras de estos hombres para “convencer” al mundo (Juan 16.8-10), llevando a los oyentes de corazón sensible a “ser profundamente conmovidos”, “cambiar la manera de pensar y ser bautizados en el nombre de Jesús el Mesías para el perdón de sus pecados” (Hechos 2.36-39), así comenzar una vida nueva bajo el señorío de Jesús.

Un testimonio que sigue hasta el día de hoy: una obra sobrenatural. 
Nosotros hoy en día vivimos en un mundo donde se sigue anunciando las buenas nuevas que Jesús resucitó. Esta expresión, “buenas nuevas”, es la traducción del término griego “evangelio” (euanguélion ). Se tratan de las buenas noticias de la resurrección de Jesús que se encuentran todavía en el Nuevo Testamento (la segunda parte de la Biblia). Allí es donde quedó registrado el testimonio anunciado primeramente por los apóstoles. Como Palabra de Dios, el Nuevo Testamento es “viva y poderosa” (Hebreos 4.12, versión NVI). El término “poderosa”, en el griego que se emplea aquí es “energuēs”; en los escritos neotestamentarios esta palabra se emplea para referirse a algo o alguien que obra sobrenaturalmente, es decir, más allá de los esfuerzos humanos 1. Es “poderosa” porque en últimas instancias tiene su origen en Dios: es su palabra. Por eso, “La Palabra de Dios es viva y poderosa. Es más cortante que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4.12). Se refiere al poder sobrenatural del Espíritu Santo que obra por medio de las Escrituras, por medio de las cuales, directa y sencillamente “El Espíritu Santo dice…” (Hebreos 3.7). Ya que las Escrituras son “inspirados por Dios” (2 Timoteo 3.16-17) el Espíritu Santo sigue obrando por medio de ellas para “convencer” al mundo acerca de las buenas noticias de la resurrección de Jesús. Por medio de ellas podemos en el día de hoy ir un paso más allá que los apóstoles y “creer sin ver”, prestando atención a lo que el Espíritu Santo, el otro Defensor, proclama a nuestro corazón para convencernos acerca de Jesús. ¿Exactamente de qué nos quiere convencer acerca de él? Veremos que al sacarnos la venda que obstaculiza nuestra visión espiritual, nos libera para ser transformados. Los apóstoles fueron liberados de los miedos que los apresaron cuando Jesús fue arrestado (Marcos 14.44-50); se convirtieron en hombres valientes quienes enfrentaron las autoridades para dar su testimonio acerca de la resurrección de su Señor (Hechos 4.1-22). Y nosotros, cuando creemos, percibiendo claramente con el ojo de la fe al Jesús resucitado, el Espíritu Santo nos quita el velo que inhibe nuestra libertad e impide nuestra transformación. ¿De qué quiere y puede liberarte? ¿Cómo puedes caminar al lado de Jesús en la actualidad?

En la parte 4 de esta serie seguiremos contestando la pregunta de Damian acerca de cómo acercarnos a Jesús ahora. ¡Agradecemos su colaboración y la de todos que desean reflexionar acerca de la Biblia y la teología!