¿En qué consiste el bautismo bíblico?

¿En qué consiste el bautismo bíblico?

«…pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua«.

       El Apóstol Pedro usó el ejemplo del arca de Noé para ayudarnos a entender cómo Dios nos ofrece la salvación. Según Pedro, Dios esperaba con paciencia mientras Noé construía el arca, ya que el arca iba a ser el instrumento para lograr la salvación de ocho personas:

…Dios esperaba con paciencia mientras se construía la barca, en la que algunas personas, ocho en total fueron salvadas por medio del agua. 1 Pedro 3.20

       Normalmente cuando pensamos en la salvación de la familia de Noé, decimos que fueron salvados del diluvio por medio del arca. Sin embargo, esto no es lo que nos está diciendo Pedro. Dice claramente que Noé y su familia fueron salvados «por agua»*1 o «por medio del agua». ¿Cómo podrían ser salvados por medio del agua si era justamente el agua la que destruyó la tierra? El relato del diluvio en Génesis ayuda a aclarar esta duda: Y fue el diluvio cuarenta días sobre la tierra; y las aguas crecieron, y alzaron el arca, y se elevó sobre la tierra. Génesis 7.17*

       Aquella agua que destruyó la tierra, es la misma que levantó el arca encima de ella para que los ocho seres humanos que estaban adentro no perdieran sus vidas. El apóstol Pedro dice que la salvación de Noé y su familia «por medio del agua» representa nuestra propia salvación, también por medio del agua, hoy en día:

Y aquella agua representa el agua del bautismo, por medio del cual somos salvados. El bautismo no consiste en limpiar el cuerpo, sino en pedirle a Dios una conciencia limpia y nos salva por la resurrección de Jesucristo. 1 Pedro 3.21

       ¿Qué tiene que ver el bautismo con la salvación? Ya que Pedro dice que la historia del arca es una figura representativa del bautismo, podemos contestar esta pregunta con otra parecida: ¿qué tenían que ver el arca y el diluvio con la salvación de Noé y su familia? En primer lugar, la Biblia nos enseña que fue la fe de Noé la que lo motivó a construir el arca:

«Por fe, Noé, cuando Dios le advirtió que habrían de pasar cosas que todavía no podían verse, obedeció y construyó la barca para salvar a su familia. Y por esa misma fe, Noé condenó a la gente del mundo y alcanzó la salvación que se obtiene por la fe«. Hebreos 11.7

       Aquí vemos claramente que la fe de Noé fue una fe obediente. Noé era «un hombre muy bueno, que siempre obedecía a Dios«. Por eso, cuando Dios le dijo cómo debía construir el arca, «Noé hizo todo tal como Dios se lo había ordenado» (Génesis 6.9, 22). Noé no preguntó: «¿Por qué tengo que construir un arca para salvarme del diluvio? ¿No podría Dios llevarme a la montaña más alta del mundo para salvarme? ¿No podría yo ir a un país lejano para evitar el diluvio? ¿No bastaría el hecho de creer que Dios va a mandar un diluvio, y tomar mis propias medidas para evitarlo?». No, Noé creyó, y porque creyó realmente, evitó su destrucción de la manera que Dios le había especificado. De la misma manera no nos corresponde hoy en día preguntar por qué Dios nos salva por medio del agua del bautismo, y no antes de bautizarnos o sin bautizarnos. Así como sucedió en la época de Noé, Dios es el que pone las condiciones, no nosotros. Esta es la actitud de una fe obediente.

       La Biblia aclara que es la fe la que obra en el momento del bautismo y nos salva, ya que el bautismo consiste en «pedirle a Dios una conciencia limpia» (1 Pedro 3.21). Colosenses 2.12 dice que cuando los hombres se sumergen en agua al bautizarse, son sepultados con Cristo y resucitados con El, «porque creyeron en el poder de Dios, que lo resucitó«. Pedro también dice que somos salvados al bautizarnos, «por medio de la resurrección de Jesucristo«. Verdaderamente, lo que nos salva en el momento del bautismo es la fe en la muerte y la resurrección de Jesucristo.

Esta pregunta: «¿Por qué nos salva el bautismo?» nos obliga a considerar otra: «Por qué nos salva la resurrección de Jesucristo?».

       En primer lugar, necesitamos ser salvados porque todo hombre se aleja de la presencia de Dios y muere espiritualmente. El Apóstol Pablo nos da a entender que hasta el momento en que él tomó conciencia de los mandamientos de Dios, tenía vida, pero al tomar conciencia de la voluntad de Dios, llegó a ser responsable de sus actos de desobediencia, muriendo espiritualmente:

«Hubo un tiempo en que, sin la ley, yo tenía vida; pero cuando vino el mandamiento, cobró vida el pecado, y yo morí…» Romanos 7.9

       Cuando llegamos a una edad en que gozamos de libre albedrío y somos responsables de nuestros actos también en algún momento desobedecemos a Dios y pecamos. Romanos 3.21 nos dice que «todos hemos pecados y estamos lejos de la presencia salvadora de Dios«. Al alejarnos de la presencia de Dios, nos alejamos de la fuente de la vida y morimos espiritualmente. Como Pablo acaba de decir, «cobró vida el pecado, y yo morí..» Por eso, Romanos 6.23 nos dice que «el pago que da el pecado es la muerte«.
       Todo ser humano que es responsable de sus acciones, ha desobedecido a Dios y está bajo una sentencia de muerte. Si bien es cierto que Dios es Amor (1 Juan 4.8), no debemos olvidarnos de que Dios es como un «fuego que todo lo consume» (Hebreos 12.29). Si El dicta que el hombre debe morir por sus pecados, esa sentencia debe cumplirse. «Qué bueno es Dios, aunque también qué estricto» (Romanos 11.22). Ya que Él es el Juez de toda la tierra (Génesis 18.25), Dios debe exigir el cumplimiento de la sentencia: «el pago del pecado es la muerte». Sin embargo, ya que Él es amor, debido a su bondad, Dios no quiere que el hombre se pierda eternamente. Por lo tanto, Él Mismo viene en forma de su Hijo, para recibir el pago del pecado. Aunque Él mismo nunca pecó, murió en nuestro lugar para librarnos de la sentencia de muerte contra todo pecador:

«Cristo no cometió pecado alguno; pero por causa nuestra, Dios lo trató como al pecado mismo, para así, por medio de Cristo, librarnos de culpa» 2 Corintios 5.21

       Luego, Jesús vence a la muerte, resucitando para darnos la posibilidad de una vida nueva.

       Hemos visto el por qué de la muerte de Jesús. Su muerte termina en la resurrección, y entender la relación entre estos dos sucesos es necesario para poder contestar nuestra pregunta: «¿Por qué nos salva la resurrección de Jesucristo?» Nos salva porque si primero morimos con Él, también volvemos a la vida con Él, participando de una existencia en que nuevamente estamos en comunión con Dios (Ver Romanos 6.3–5).
       Sin embargo, esta vida nueva, que empieza con el perdón de nuestros pecados, es solamente posible si tenemos una fe obediente como la que tenía Noé.

¿Cómo podemos entender la fe obediente de Noé y compararla con nuestra propia salvación?

  • Para salvarse del diluvio, Noé primero tenía que creer que Dios iba a mandar un diluvio para destruir la tierra. De la misma manera, no podemos obtener el perdón de nuestros pecados si no creemos que somos pecadores y que el pago del pecado es la muerte.
  • Con una fe obediente Noé confió en la promesa de Dios. Dios lo iba a salvar del diluvio por medio de las aguas que alzarían el arca por encima de la destrucción. Nosotros también debemos confiar en que Dios sí puede aceptarnos como justos por medio de la muerte y la resurrección de Jesús.

Pues, por nuestra fe, Dios nos acepta como justos también a nosotros, los que creemos en aquel que resucitó a Jesús, que fue entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para librarnos de culpa. Romanos 4.24-25

       El hombre que no confía en el poder de Dios que resucitó a su Hijo y que nos acepta como justos, perdonando nuestros pecados, no puede tener una fe obediente: desconfía de la promesa de Dios.

  • El último elemento de la fe obediente de Noé fue la construcción del arca. Sin el arca, Noé no podría haberse salvado de la destrucción del diluvio, por más que hubiera huido a otro país, o subido hasta la cima del monte más alto. El arca fue el medio por el cual Dios envió la salvación a Noé y su familia. Él puso las condiciones y no hubiese aceptado otras, por más que pareciesen lógicas y factibles. La obediencia es una parte fundamental de la fe en Dios como Señor y Amo del Universo. Él merece nuestra obediencia por ser el único Dios. Si no aceptamos la salvación de la manera en que Él la ofrece, nuestra fe no es una fe obediente, y por lo tanto no es el tipo de fe que nos puede salvar. De ahí que, cuando la Biblia nos dice que el bautismo nos salva por medio de la resurrección de Jesucristo, no podemos suponer que podemos ser salvados por medio de la resurrección de Jesucristo antes de bautizarnos, o sin el bautismo. Cuando Dios llama a una persona, una fe obediente se arrepiente de sus pecados y se bautiza para que sean perdonados (Hechos 2.38-39). Las condiciones que Dios pone no son discutibles.

Las tradiciones de los hombres

       En la época en que Jesús vivía, dijo una vez a alguna personas muy religiosas: «De nada sirve que me rindan culto: sus enseñanzas son mandatos de hombres. Porque ustedes dejan el mandato de Dios para seguir las tradiciones de los hombres» (Marcos 7.7-8). Hoy en día muchas personas religiosas, con frecuencia bienintencionadas, siguen tradiciones humanas con respecto a la salvación que Dios nos ofrece por medio de Jesús. Por ejemplo, han cambiado la importancia que Dios dio al bautismo como medio por el cual somos salvados. En esencia hay dos tradiciones humanas muy difundidas con respecto al bautismo: una que es practicada por la Iglesia Católica y otra que comúnmente se enseña en las Iglesias Evangélicas. Las dos son solamente tradiciones que utilizan parte de la verdad, pero dejan de lado otra parte. No son el bautismo que encontramos en el Nuevo Testamento. Consideremos ambas tradiciones:

       La tradición católica. Según la Iglesia Católica, el bautismo nos salva, así como enseña la Biblia en 1 Pedro 3.21. Sin embargo, hemos visto que lo que nos salva en el bautismo es nuestra fe en la muerte y la resurrección de Jesucristo. «El bautismo no consiste en limpiar el cuerpo, sino en pedirle a Dios una conciencia limpia» (1 Pedro 3.21). Lógicamente, un bebé no puede pedirle a Dios una conciencia limpia, porque todavía no tiene noción de lo que es el pecado. «El bautismo no consiste en limpiar el cuerpo«, y por más que algunas gotas de agua se deslicen sobre la cabeza del bebé que se bautiza, el rito del bautismo no pide una conciencia limpia a Dios, y por lo tanto, realmente no es un bautismo. Según la Iglesia Católica, el bebé debe bautizarse para evitar el castigo del pecado original. Sin embargo, la Biblia enseña que el pecado no puede heredarse: «Sólo aquel que peque morirá. Ni el hijo ha de pagar por los pecados del padre, ni el padre por los pecados del hijo» (Ezequiel 18.20). Solamente cuando entiendo que soy un pecador y necesito de la salvación de mi alma, y confío en que Dios sí puede salvarme por medio de su Hijo, sólo entonces puedo recibir la salvación mediante la fe, al morir y resucitar con Jesús al bautizarme.

       Vamos a suponer que Dios no destruyó el mundo por medio del diluvio y que nunca le dijo a Noé que debía construir el arca para salvarse. ¿No sería ridículo si un día a Noé se le ocurre construir una nave grande lejos de donde hay agua y meterse adentro para salvar su vida? Sin el diluvio, él no hubiera tenido por qué construir el arca. No obstante, algo parecido pasa con el bautismo de bebés. Según la Biblia, uno es responsable por sus pecados solamente cuando toma conciencia de los mandatos de Dios (Romanos 7.9). Debemos bautizarnos para que nuestros pecados sean perdonados, y antes de bautizarnos debemos arrepentirnos (Hechos 2.38-39). Lógicamente un bebé no puede arrepentirse de algo que no entiende, y si no es responsable de sus actos todavía, tampoco tiene pecados que pueden ser perdonados por medio del bautismo. El bautismo de bebés construye el arca sin la amenaza del diluvio.

       Jesús dijo que para entrar en el Reino de Dios hay que cambiar y volver a ser como niños (Mateo 18.3), y que el Reino de Dios es de quienes son como ellos (Marcos 10.14). Solamente cuando llegamos a ser pecadores debemos buscar el perdón de nuestros pecados. Cuando uno deja de ser niño, llegando a ser responsable de sus actos, debe volver a ser como niño, naciendo de nuevo por medio del agua y del Espíritu al bautizarse para entrar en el reino de DIos (Juan 3.3-5). Bautizar a los niños es una tradición humana que no se encuentra en la Biblia. Jesús dijo que las tradiciones humanas que se hacen pasar por mandados de Dios son inválidas. 

       Vale la pena agregar que la palabra griega traducida como “bautizar” es baptizein, que significa “sumergir”, hecho que explica por qué la forma original del bautismo era “inmersión” en agua. Al sumergirse en el agua, por medio de la fe uno muere espiritualmente: es crucificado y sepultado con Cristo, y también por medio de la fe, resucita con Él al salir del agua para comenzar otra vida (Colosenses 2.12, Romanos 6.1-11, Gálatas 2.20). Por lo tanto, la forma original y bíblica del bautismo, inmersión, es una entrega de fe para unirse con Jesús en la obra salvadora de su muerte y resurrección. Lo que la tradición más difundida practica no es una entrega de fe, puesto que el bebé no cree todavía. Posiblemente esta realidad explique en parte el cambio de la práctica original de «inmersión» por la actual de «aspersión» de agua encima de la cabeza, la cual no representa por medio de la acción la muerte y resurrección, y tampoco requiere fe de parte del niño para realizarse.

       La tradición evangélica. Las iglesias evangélicas se llaman así porque dicen que predican el evangelio, o sea, las buenas noticias, y hasta cierto punto hacen exactamente eso. Predican que la salvación viene solamente por Jesucristo, que recibimos la salvación por medio de la fe en Él y que Dios nos da la salvación gratuitamente. Además, muchas iglesias evangélicas bautizan a personas que tienen fe, o sea, a adultos. También suelen bautizar por inmersión, práctica que coincide con el significado original de la palabra griega baptizein (sumergir).Todo esto está de acuerdo con lo que la Biblia nos enseña acerca de la voluntad de Dios.

       Sin embargo, muchas iglesias evangélicas dicen que el bautismo no salva. Enseñan que la persona que tiene fe antes de bautizarse, o sin bautizarse, se salva igual. Esto contradice 1 Pedro 3.21 que dice: «El bautismo nos salva«.

       ​Para muchas iglesias evangélicas el bautismo es un «testimonio» que da la persona que tiene fe, pero no es necesario para la salvación. La Biblia nunca dice que el bautismo es un testimonio. Es muy común en las iglesias evangélicas enseñar que el bautismo es un «acto de obediencia», pero que no nos salva. Sin embargo, para que el bautismo se realice con la fe obediente que Dios pide, debería hacerse con la convicción de que en ese momento se recibe por primera vez el perdón de los pecados, el Espíritu Santo, y la salvación. Si una persona cree que ya está salvada, que Cristo ya lavó sus pecados, antes de bautizarse, ¿puede recibir el perdón de sus pecados y la salvación en el momento de su bautismo? Según 1 Pedro 3.21 en el momento del bautismo la persona pide a Dios una conciencia limpia. Según Hechos 2.38 nos bautizamos para que nuestros pecados sean perdonados. Si uno cree que Dios ya lo ha perdonado, antes de bautizarse, si cree que ya está salvado sin bautizarse, lógicamente en el momento de su bautismo no puede tener fe en que Dios está limpiando su conciencia de todos sus pecados anteriores, ni que en ese momento Dios le da la salvación.

       Otra enseñanza muy común entre las iglesias evangélicas es que el bautismo solamente simboliza la muerte y la resurrección de Cristo. Sin embargo, la Biblia no dice que el bautismo es un simbolismo; dice más bien que cuando uno se bautiza, por medio de la fe muere, se entierra y resucita con Cristo. No dice que es algo simbólico sino que por medio de la fe entramos en unión juntamente con Cristo en su muerte y su resurrección. Es una realidad espiritual hecha posible por medio de la fe; no es un simple simbolismo. «Al ser bautizados, ustedes fueron sepultados con Cristo, y fueron también resucitados con él, porque creyeron en el poder de Dios que lo resucitó» (Colosenses 2.12). El versículo siguiente, Colosenses 2.13, nos dice que el momento de resucitar con Cristo, y empezar a vivir con Él, es el punto del perdón, cuando Dios nos purifica de todo pecado. ¿Puede una persona recibir el perdón de sus pecados antes de morir y resucitar con Cristo?

       Si un creyente evangélico piensa que el bautismo solamente simboliza una salvación que recibió antes de bautizarse, no puede pensar que está entrando en unión con Jesús en su muerte en el momento de bautizarse. Piensa más bien que esta unión se logró de alguna manera antes del bautismo. Según esta «tradición evangélica», ¿cómo se logra la unión con Cristo sin bautizarse? Comúnmente se enseña que por medio de una oración uno puede «entregarse» al Señor o «recibir» al Señor. A veces esta oración se llama la «oración de entrega» o la «oración del pecador». La llamada «oración de entrega» no aparece en la Biblia; es parte de de una tradición evangélica que sostiene que uno puede ser salvado antes de bautizarse, o directamente sin el bautismo. Si uno piensa que ya está salvado antes de bautizarse, tampoco puede, por medio de la fe pedir el perdón de sus pecados mediante el acto del bautismo. Según el Nuevo Testamento la única manera en que uno puede morir y resucitar juntamente con Cristo es mediante la fe en el momento de bautizarse.

 

Volvamos al ejemplo de Noé. Supongamos que Dios le advierte a Noé acerca del diluvio y le dice cómo construir el arca para salvarse a sí mismo y a su familia. Y Noé efectivamente construye el arca, pero no lo hace todo tal como Dios se lo había ordenado. Sencillamente no sería como sucedió, porque sabemos que Noé sí «hizo todo como Dios se lo había ordenado» (Génesis 6.22). No sabemos lo que habría pasado si Noé no hubiera usado la madera resinosa que Dios mandó o si no hubiera tapado con brea todas las rendijas de la barca por dentro y por fuera (Génesis 6.14), o si hubiera hecho el arca con dimensiones distintas de las que Dios mandó. ¿Dios habría hecho que el arca flotara igual? No sabemos. Pero sí podemos afirmar que al construir el arca de una manera no ordenada por Dios, Noé no hubiera sido el hombre que siempre obedecía a Dios (Génesis 6.9).

       Comparemos el ejemplo de Noé con la salvación que nos ofrece Jesús. No debemos suponer que el amor de Dios nos salvará, sabiendo que Él es también un fuego que todo lo consume. Si Dios nos ofrece la salvación gratuitamente, debemos aceptarla de la manera que Él nos la ofrece, es decir: en el momento de bautizarnos, no antes o después. Cambiar esta condición, es nuevamente, hacer pasar una tradición humana por un mandato de Dios.

¿Tradiciones humanas u obediencia a Dios? 

       Según Efesios 4.5 existe «un bautismo», ¿pero lo que se suele practicar actualmente en las distintas ramas del cristianismo es ese único bautismo? ​La Iglesia Católica enseña que primero la persona se bautiza y se salva, y luego, en algún tiempo futuro llega a creer y confirma su bautismo. En cambio, muchas iglesias evangélicas enseñan que primero uno cree y es salvado y luego, en algún momento se bautiza, pero no para alcanzar la salvación, porque fue salvado antes. La Biblia NO ENSEÑA que uno se salva al bautizarse sin creer (la posición católica); TAMPOCO enseña que uno cree y es salvado y luego se bautiza (una posición difundida entre iglesias evangélicas). La Biblia sí ENSEÑA que al bautizarnos le pedimos a Dios una conciencia limpia (1 Pedro 3.21), lavándonos de nuestros pecados (Hechos 2.38-39; 22.16), cuando por medio de la fe en ese momento morimos y resucitamos con Jesucristo (Colosenses 2.12; Romanos 6.3-5), recibiendo la salvación (1 Pedro 3.21; Tito 3.3-7), al nacer de nuevo del agua y del Espíritu (Juan 3.3-5), pasando a formar parte del cuerpo de Cristo, o sea, la Iglesia (1 Corintios 12.13).

       Dios es el que pone las condiciones de nuestra salvación; no tengamos la osadía de cambiarlas. Si usted se bautizó según las enseñanzas de alguna tradición humana, no es tarde para mostrar su amor y reverencia hacia Dios, aceptando la salvación que Él nos ofrece, respetando las condiciones que Él ha determinado. Antes de unirse a la muerte y resurrección de Jesús por medio de la fe en el momento de bautizarse, es importante que usted medite en su necesidad de perdón de pecados ante los ojos de Dios. Es fundamental que esté convencido que Jesús murió y resucitó para salvarlo (Gálatas 2.20). Es necesario que entienda la necesidad que usted tiene de un Salvador (Hechos 4.12). Debe elaborar un cambio de actitud con respecto a su relación con Dios, comenzar una transformación que se conoce como el «arrepentimiento» o la «conversión» (Hechos 2.38-29). En otras palabras es necesario que usted medite bien en el compromiso que asume con este acto de entrega. Jesús vino no solamente como nuestro Salvador sino también nuestro Señor. Al morir y resucitar con Cristo, Él nos salva y empezamos a vivir de ahi en más con Él como nuestro Señor. Estamos a su disposición para explicar mejor las bendiciones y las responsabilidades de la vida cristiana.  

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Parte 10 ¿Qué debo hacer para ser salvo? «Cree en el Señor Jesús y serás salvo tú y tu familia».

Volviendo a la Parte 1 de esta serie, recordemos que la pregunta, «¿Qué debo hacer para ser salvo?» fue formulada en Filipos, Macedonia en el primer siglo de nuestra era (Hechos de los Apóstoles, capítulo 16.30). Ahora volvemos a este contexto original para entender la respuesta: “Cree en el Señor Jesús, y serás salvo tú y tu familia”.

Salvación en Filipos ¿física o espiritual?

En entregas anteriores hemos visto que la salvación tiene un aspecto material (la vida física) y espiritual (la vida eterna) y que ambos planos suelen relacionarse entre sí. ¿De cuál aspecto de la salvación se trata en este caso?

A primera vista podríamos pensar que se trata de la salvación física. En el relato leemos de unos misioneros cristianos encarcelados quienes alababan al Señor desde la prisión, cuando de repente se produjo un terremoto, las puertas de la cárcel se abrieron y las cadenas se les cayeron (Hecho 16.26). El carcelero sabía que debía responder con su vida si un preso se escapaba; por eso desenvainó su espada y estaba a punto de quitarse la vida. No obstante, cuando los presos le aseguraron que todos todavía se encontraban dentro de la cárcel, él abandonó sus intenciones de suicido y preguntó, “¿qué debo hacer para ser salvo?” ¿Con estas palabras se refería solamente al hecho de asegurar que ningún preso escapara de la prisión, para así no perder su propia vida física? O ¿se refería a algo más?

“Siervos del Dios Altísimo que anuncian el camino de salvación”.

El resto del relato nos permite estar seguros de que el carcelero estaba pensando en la salvación eterna. Primero, recordemos que los misioneros cristianos estaban presos como consecuencia de haber expulsado de una joven esclava a un “espíritu de adivinación” el cual, posiblemente contra su propia voluntad, señalaba a los misioneros como “siervos del Dios Altísimo que … anuncian el camino de la salvación” (Hechos 16.17). Es decir, el espíritu, el cual percibía a estos portavoces del evangelio desde el plano espiritual, no simplemente material, entendía que la salvación que anunciaban no era solamente para salvar la vida física. Era un “camino de salvación”, es decir, algo que señalaba una forma de vida diferente, o como decía Jesús de sí mismo, “el camino para llegar al Padre” (Juan 14.6).

Como la joven poseída anduvo detrás de los misioneros durante varios días, señalándoles reiteradamente como siervos de Dios que comunicaban un mensaje divino, es muy probable que toda la ciudad, y seguramente el carcelero que terminó guardándolos en la prisión, sabía que su encarcelamiento surgió a raíz de que anunciaban “el camino de la salvación”.

Es posible que el carcelero, por la emoción del momento, no haya entendido del todo el alcance de su propia pregunta, pero al decir, “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, seguramente sabía que los hombres que estaban presos podían no sólo enseñar en qué consistía la salvación, sino también explicarle cómo alcanzarla.

¿Qué significa “creer”?

La respuesta a la pregunta “qué debo hacer para ser salvo” fue:
Cree en el Señor Jesús y serás salvo, tú y tu familia” (Hechos 16.31-32).

¿Qué quiere decir esta respuesta?

  1.  “Creer”. Si es necesario “creer” en el Señor Jesús para ser salvo”, es fundamental entender que esta palabra significa más que solamente afirmar que algo es verdad. “Creer” en griego del Nuevo Testamento es “pistéuo”, un verbo que significa “creer, tener fe o confianza, confiar, ser fiel”. “Creer”, entonces, incluye más que solamente considerar que algo es cierto. La fe sí inicialmente establece una creencia como verídica, pero «creer» quiere decir más que esto.
  2. La fe, la confianza se deposita en el “Señor Jesús”. En la respuesta encontramos «Cree en el Señor Jesús… y serás salvo» (16.31) En seguida los misioneros “le hablaron la palabra del Señor” al carcelero y su familia (16.32). ¿Por qué llamamos a Jesús “Señor”? Los Hechos de los Apóstoles, desde un primer momento, nos aclara que Jesús fue declarado “Señor y Mesías” porque Dios lo resucitó de entre los muertos (Hechos 2.22-36). Si uno no cree que Jesús murió y resucitó para salvarnos, que realmente venció la muerte y llegó a ser Señor, no posee una fe que conduce a la salvación eterna. El relato de Filipos no es el único caso de oyentes que llegan a creer en un solo Dios por la evidencia de la resurrección de Jesús (comparar Hechos 17.22-31, 1 Pedro 1.21). Seguramente, entonces, “hablarles la palabra del Señor” incluía explicar que hay un Dios Creador quien levantó a su Hijo Único de entre los muertos, haciéndolo Señor y Cristo. De hecho, como el carcelero seguramente era politeísta, necesitaba “creer en Dios” (Hechos 16.34) como parte de aceptar el “mensaje del Señor”.
  3.  Creer que Jesús es el Señor significa reconocer que él merece sumisión y obediencia de parte de los seres humanos. Más que solamente pensar que es cierto que Jesús murió por nosotros y resucitó, “creer” encierra también la idea de sumisión a su autoridad como Señor Resucitado, Mesías (Cristo) e Hijo de Dios (Hechos 2.36, Romanos 1.1-3). O, como se explica en la primera prédica pública cristiana, “arrepentirse de los pecados y bautizarse en el nombre de Jesucristo” (Hechos 2.36-38). Solo de esta manera uno “invoca el nombre del Señor para ser salvo” (Hechos 2.21; Hechos 22.16). Solamente así los seres humanos podemos tener los pecados perdonados y “ser salvos” (Hechos 2.37-40). Por eso, como consecuencia de la prédica en que por primera vez se anunció a Jesús como Señor, “los que recibieron el mensaje se bautizaron” ese mismo día (Hechos 2.41). Esta promesa de salvación por medio de una fe arrepentida en el momento de bautizarse era para “todos los que el Señor Nuestro Dios quiera llamar” (Hechos 2.38-39).
  4.  Es evidente que “creer en el Señor Jesús” y escuchar “la palabra del Señor” incluía estos elementos de fe inicial, arrepentimiento, invocación de su nombre y bautismo por lo que sucede a continuación:

 

  • a) Hubo arrepentimiento: la misma hora el carcelero les lavó los pies a los presos, dando así evidencia de un genuino cambio de corazón y actitud (Hechos 16.33).

 

  • b) Bautismo para el perdón los pecados. Los que “oyeron el mensaje” inmediatamente se bautizaron, de manera que podemos sacar como conclusión que el “mensaje del Señor” que se les habló claramente incluía la necesidad de bautizarse para “perdón de pecados” (Hechos 2.38), una promesa “para todos que Dios quiera llamar” (Hechos 2.39). Ya que se trata de una promesa universal, no debe sorprendernos ver su cumplimiento en este caso.

 

  • c) Solamente pudieron “alegrarse” por haber creído en Dios después de bautizarse (Hechos 16.33-34). En otras palabras, los elementos de fe inicial, arrepentimiento, invocación de Jesús como Señor y bautismo para el perdón de los pecados son todos incluidos en la idea de “creer en el Señor Jesús”.

Creer = Ser fiel.

¿Esto es todo lo que tenían que hacer estas personas en Filipos para alcanzar la salvación eterna? Recordemos que en griego “creer” significa también “ser fiel”. Por más que hayan creído en Jesús para ser salvos, arrepintiéndose de sus pecados y bautizándose en su nombre, solamente creen en el sentido más exacto del término si posteriormente “son fieles”. Por ejemplo, el Apocalipsis usa este mismo verbo de la siguiente manera, “fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2.10). Este versículo también podría traducirse: “creyente hasta la muerte y te daré la corona de la vida”. Esta traducción es posible porque el verbo en griego significa “creer, ser fiel, tener fe, confiar”. Es cierto que la fe en el poder de Dios salva a la persona en el momento de morir y resucitar con Jesús por medio del bautismo (Colosenses 2.12, 1 Pedro 3.21). No obstante, después de este nuevo nacimiento de agua y del Espíritu, el momento en que por fe uno comienza la vida eterna (Juan 3.3-16), el nuevo hijo de Dios debe vivir en fiel sumisión a Jesús durante toda su vida, “creyendo en el Señor Jesús para ser salvo”.

Parte 9: ¿Qué debo hacer para ser salvo? ¿En qué consiste la vida eterna?

Parte 9: ¿Qué debo hacer para ser salvo? ¿En qué consiste la vida eterna?

En la Parte 8 vimos que la Biblia habla tanto de la salvación en el plano física como en el espiritual. Además, mencionamos un aspecto espiritual de la salvación que a veces se ignora: es eterna. ¿En qué consiste lo eterno? ¿Y por qué, si indagamos más a fondo en la Biblia, encontramos que salvar la vida se refiere a la salvación eterna? En otras palabras, ¿por qué la esencia de la salvación involucra la eternidad?

¿En qué consiste lo eterno? Primero, consideremos que el concepto de lo eterno no es algo que conozcamos por medio de evidencia empírica. Todo lo que en este mundo percibimos por los cinco sentidos tuvo un comienzo, es finito, y por lo tanto, no es eterno. La astronomía puede detectar evidencia que remonta a miles de millones de años, casi hasta el inicio del universo. Algunos científicos también proyectan su final en un futuro muy remoto, olvidando que el Creador llamará al cosmos a su consumación en el momento que Él disponga. Aquellos hombres que conciben del universo como eventualmente finito, postulan que no es eterno. Es decir, evidentemente por medio de nuestras propias experiencias y mediciones humanas la idea de la eternidad no es algo que naturalmente se nos ocurriría.

La eternidad: una huella digital del Creador en la mente humana.

La matemática y la lógica nos traen el concepto de lo infinito, ¿pero percibimos empíricamente algo que no tenga fin en la naturaleza? Si como raza no es nuestra propia realidad existencial lo que introduce el concepto de lo eterno en nuestras mentes, ¿de dónde proviene? “En su momento, Dios todo lo hizo hermoso, y puso en el corazón de los mortales la noción de la eternidad, aunque éstos no llegan a comprender en su totalidad lo hecho por Dios” (Eclesiastés 3.11).1 El Creador puso en la mente humana el concepto de la eternidad, “lo infinito”. Quedó como una huella digital en la mente de la criatura hecha a su imagen. Sólo Él naturalmente podría conocer lo eterno, ya que por su naturaleza Dios no tiene principio o fin. La vida eterna, por lo tanto, es la clase de vida que caracteriza a Dios.

La encarnación de lo eterno.

Cuando “la Palabra” preexistente “que estaba con Dios y es Dios….se hizo carne” en un hombre, Jesucristo (Juan 1.1, 14, 17), la vida eterna se manifestó en medio del mundo material (1 Juan 1.1-2). Sólo por medio de aquella vida humana, en un momento en la historia, determinados seres humanos afirmaron haber conocido lo eterno por “nuestras manos ….nuestros ojos” (1 Juan 1.1-2). El testimonio de estos testigos, su conocimiento personal, se transmite hasta el día de hoy por medio del evangelio. En Jesús se dio a conocer evidencia empírica de la Persona de Dios. En la Biblia los datos registrados acerca de Él están al alcance de todos.

La definición de Jesús de la vida eterna: conocer a Dios y a Jesús Mismo. 

Si la vida eterna es la clase de vida que caracteriza a Dios, no debe sorprendernos la siguiente definición pronunciada por Jesús la noche que fue entregado, mientras oraba al Padre: “La vida eterna consiste en que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo que Tú enviaste” (Juan 17.3).

Llama la atención que por más que entendamos la vida eterna como existencia sin fin, Jesús la define más bien como una relación: conocer al Padre y al Hijo. Lo eterno es propio de Dios, y como consecuencia, compartir una relación con Él, “conocerlo”, es definición de la vida eterna. Y ya que Dios es Espíritu (Juan 4.24), conocerlo a Él, lógicamente nos afecta espiritualmente, ¿pero también puede afectarnos en el plano físico? Si la vida eterna se manifestó de manera tangible en la persona de Jesucristo, (1 Juan 1.1-2) no debe sorprendernos si una relación con Él comienza no en el más allá sino ahora. Ya que la vida eterna se manifestó en este mundo, no es asombroso si podemos comenzar a vivirla aquí.

La vida eterna, conocer a Dios, se manifiesta en el aquí y ahora.

Muchas veces las palabras “vida eterna” nos traen a la mente vivir en el paraíso, el cielo, en presencia de Dios, el Hijo y sus ángeles, junto con aquellas personas afortunadas que alcancen la gloria celestial. Es decir, solemos suponer que la “vida eterna” tiene que ver con “conocer a Dios y a Jesucristo” en el sentido de ser aprobados frente al trono divino en el más allá. Si bien la Biblia afirma este aspecto futuro de la vida eterna, también insiste en otro que pertenece al presente: la persona que cree en Jesús “tiene vida eterna” y “ya ha pasado de la muerte a la vida” (Juan 3.36, 5.24). En las entregas siguientes hablaremos de lo que significa “creer” para tener vida eterna, y, veremos por qué la vida eterna es una realidad que comienza en el aquí y ahora, no solamente después de dejar nuestra presente vida terrenal. De hecho, veremos que si no comienza ahora, después será tarde. ¿Cómo podemos conocer a Dios y así comenzar la relación con El que nos permite ingresar ya en la vida eterna? De este aspecto de “qué debo hacer para ser salvo” comenzaremos a hablar en la próxima entrega.

Parte 8: ¿Qué debo hacer para ser salvo? A diferencia de un tratamiento que salva físicamente, la salvación en el plano espiritual es eterna.

Salvación experimentada en dos facetas diferentes de una misma realidad.  

En entregas anteriores sobre la pregunta ¿Qué debo hacer para ser salvo?, vimos que en las diversas obras que componen la Biblia sus autores suelen hablar de la “salvación” en el contexto de situaciones cotidianas y problemas concretos. Por ejemplo, uno se salva de una enfermedad, un enemigo personal, una invasión extranjera, un peligro mortal en alta mar e incluso la muerte misma. La salvación en un contexto puede ayudarnos a entenderla en otro. Por ejemplo, un salmista rodeado por personas que quieren hacerle daño se dirige a Dios de la siguiente manera: “Señor, tú eres mi Dios y mi Salvador. tú eres como un casco que protege mi cabeza cuando estoy en la batalla” (Salmo 140.7). Salvarse siempre encierra la idea de liberarse de algún peligro—sea protección de la cabeza contra golpes mortales o liberación de las malas intenciones de las personas.

Jesús y la salvación integral. 

Existe un nexo indisoluble entre lo que podemos llamar salvación visible y la posibilidad de salvarse espiritualmente. Forman dos facetas de una misma realidad. Por eso, en los evangelios, un milagro de curación provee el contexto en el cual por primera vez Jesús habla de “perdonar pecados”: sana a un paralítico, como evidencia visible de que tiene el invisible poder espiritual de perdonar a los pecados (Marcos 2.1-12). Luego, se presenta como un Médico que viene a “llamar a los pecadores al arrepentimiento” (Marcos 2.13-17, Lucas 5.31-32). De esta manera el evangelio pinta el “pecado” como una enfermedad espiritual de la cual Jesús puede curarnos por medio del perdón.

Por lo tanto es necesario afirmar que el pecado es una condición espiritual tan real como la enfermedad corporal, y como tal, exige imperiosamente nuestra atención tanto como se combate cualquier mal físico. Esta condición maligna delimita la misión de Jesús: Él vino para “llamar a los pecadores”; “salva a su pueblo de sus pecados”. O como dijo el apóstol Pablo, “Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1.15). Ya que esta enfermedad espiritual de la humanidad es lo que motivó la venida de Jesús al mundo, no es, entonces, un asunto menor. Esta necesidad humana impulsó al Hijo de Dios a hacerse hombre. Es menester que captemos que la peligrosidad del pecado no es menos real que el riesgo mortal que viven los hombres salvados del naufragio en Hechos capítulo 27, ni menos debilitante que el parálisis del hombre rengo sanado en Hechos capítulo 3. ¿En qué consiste este peligro?

El peligro de la muerte espiritual. 

El apóstol Pablo definió la amenaza que encierra el pecado de la siguiente manera: “Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron” (Romanos 5.12). Evidentemente Pablo aquí usa la palabra “muerte” de una manera que alcanza tanto el plano físico como el espiritual. En primer lugar, la muerte física entró en el mundo cuando la primera pareja humana pecó (Génesis, capítulo 3), ya que debida a su desobediencia la humanidad se volvió mortal. Luego, la “muerte” se transmite a todo ser humano en el momento en que cada uno peca, aquí refiriéndose a la muerte espiritual. El pecado, por definirse como la “infracción de la ley”, solamente existe cuando ocurre un acto de desobediencia. Al desobedecer, uno se aleja de la voluntad de Dios, el Dador de la vida y muere espiritualmente. Veamos como Pablo describe el momento de su propia “muerte” espiritual.

Pablo recuerda el momento cuando él mismo “murió”. 

Hubo un tiempo en que, sin la ley, yo tenía vida; pero cuando vino el mandamiento, cobró vida el pecado, y yo morí” (Romanos 7.9). La frase “yo tenía vida” se refiere evidentemente a la condición de “vida espiritual” que Pablo poseía “sin la ley”, es decir, antes de darse cuenta de la existencia de la ley. En otras palabras, en aquel tiempo, seguramente antes de llegar a una edad de poder distinguir entre el bien y el mal, él no podía infringir la ley divina, porque aún no tenía conciencia de su existencia. El apóstol, en su propio caso, pone como ejemplo el mandamiento “no codiciarás” (Romanos 7.7-8). Cuando él llegó a un punto en su vida en que realmente cobró conciencia de este mandamiento, lo desobedeció y “murió” (Romanos 7.9). Es decir, “murió” en un sentido espiritual, puesto que obviamente un hombre físicamente muerto no es capaz de registrar por escrito el momento de su muerte natural. Pablo todavía estaba vivo físicamente para poder escribir acerca de lo que pasó, aunque en el sentido espiritual podía decir, “yo morí”.

Por medio de este ejemplo vemos que los dos conceptos, “muerte física” y “muerte espiritual”, se encuentran en la Biblia, aunque las Escrituras simplemente emplean el término “muerte” indistintamente en ambos casos. Al no manifestar abiertamente la evidente dicotomía entre ambas acepciones de “muerte”, ¿será que la Palabra de Dios quiere que captemos que lo que sucede en el plano espiritual no es menos real que lo que sucede en el físico? Por ejemplo, un Mesías que sana físicamente a un paralítico con sólo decir, “levántate, toma tu camilla y anda”, de esta manera da evidencia fehaciente de que en realidad primero salvó espiritualmente al mismo hombre al decirle, “tus pecados están perdonados”.

Entender esta unión entre lo físico y lo espiritual, como componentes de una misma realidad, es primordial para entender cómo Jesús nos salva de nuestros pecados. Veremos que a diferencia de un tratamiento que salva físicamente, la salvación en el plano espiritual es eterna.  Sobre esto hablaremos más en la próxima entrega acerca de esta pregunta, “¿Qué debo hacer para ser salvo?”

¿Desea profundizar más sobre la existencia del plano espiritual? Recomendamos el curso: “En busca de la espiritualidad”.

Próxima entrega…

Parte 7: ¿Qué debo hacer para ser salvo? La definición del pecado en la Biblia y en la sociedad.

Parte 7: ¿Qué debo hacer para ser salvo? La definición del pecado en la Biblia y en la sociedad.

Vimos anteriormente que la misión del Mesías es “salvar a su pueblo de sus pecados”, por lo que tenemos que preguntarnos: ¿en qué consiste el pecado? Por ejemplo, llama la atención que los evangelios suelen mencionar juntos a los “cobradores de impuestos y pecadores”. En la Parte 6 de ¿Qué debo hacer para ser salvo? mencionamos que los cobradores de impuestos en la época de Jesús eran “pecadores notorios” simplemente porque su condición pecaminosa era muy visible ante los ojos de la sociedad. ¿A qué se debe esta visibilidad? ¿Su “pecado” era peor que el de otras personas?

Funcionarios públicos deshonestos, traidores. 

En primer lugar, los cobradores de impuestos tenían fama de ser deshonestos, ya que solían cobrar de más y quedarse con la diferencia. Por ejemplo, el cobrador Zaqueo, en el momento de su conversión, reconoció que antes había sido deshonesto (Lucas 19.6-8). Es decir, las personas que ejercían este oficio abusaban de su posición como funcionarios públicos. Además, ya que eran judíos que trabajaban para el gobierno romano, la gente los veía como traidores. Estos factores contribuían a su visibilidad como pecadores, pero no nos definen el término “pecado”, el cual veremos a continuación.

La definición del pecado en la Biblia… y en el léxico popular. 

Uno comete pecado si infringe o quebranta la ley (1 Juan 3.4). Los maestros religiosos de Israel contemporáneos de Jesús, por “ley de Dios” correctamente entendían no solamente los Diez Mandamientos y las otras enseñanzas morales de la Ley de Moisés, sino también sus aspectos rituales y ceremoniales. Sin embargo, erraban al considerar que las tradiciones religiosas populares integraban la ley divina. Debido a estas mismas tradiciones solían chocar con Jesús (ver Marcos 7.1-23). Él, al dar a conocer en qué consistía el pecado, iba más al fondo de la cuestión, ya que lo percibía como un problema del corazón, una enfermedad espiritual que alejaba al ser humano de Dios y su voluntad: por eso el pecado infringe la ley divina. El Nuevo Testamento nos enseña que esta condición espiritual afecta a todo ser humano cuando alcanza una edad de ser responsable de sus acciones (ver por ejemplo Romanos 3.23, 5.12, 7.9-10). Puesto que afecta a toda persona consciente, es una condición casi universal (quedarían exentos, por ejemplo, los bebés). Por lo tanto, distinguir solamente a ciertos sectores sociales como “pecadores”, entre ellos los “cobradores de impuestos”, no es acorde con el concepto bíblico del pecado. ¿Por qué, entonces, en la sociedad judía en tiempos de Jesús sí se solían hacer tales diferenciaciones?

¿En qué sentido para la mentalidad popular los cobradores de impuestos sobresalían como “pecadores”? 

Sencillamente, había algunos sectores sociales que se veían como más pecaminosos por sus decisiones de vida. Por ejemplo, además de la habitual deshonestidad de los cobradores, su pecaminosidad era también una cuestión de impureza ceremonial. En la sociedad de la época en que vivía Jesús, un judío que entraba en contacto con los no judíos («gentiles»), u otras personas ceremonialmente “impuras”, se contaminaban y no podía participar de las ceremonias del judaísmo hasta no cumplir con un rito de purificación. El cumplimiento riguroso de los preceptos de ley de Moisés, y las tradiciones que la acompañaba, en la creencia popular aseguraba un estado de pureza ceremonial; por lo tanto, los que no se adherían a la ley, como los no los gentiles, estaban “impuros”. Entrar en contacto con tales personas transmitía la misma condición de impureza. Por este motivo, los sacerdotes que llevaron a Jesús al pretorio para ser interrogado por el gobernador romano Pilato, no quisieron entrar, ya que se trataba de un lugar profano, al ser frecuentado por gentiles. No querían contaminarse, porque deseaban participar de la fiesta de Pascua el día siguiente (Juan 18.28). En cambio, los cobradores de impuestos eran judíos que trabajaban para los romanos y como consecuencia, estaban permanentemente en contacto con gentiles. Por eso, vivían en un estado de impureza ceremonial frente a la ley mosaica. Es decir, por su mismo oficio demostraba públicamente un aparente desprecio hacia las leyes de Dios. Como consecuencia, la sociedad judía de la época evidentemente colocaban a los cobradores a un mismo nivel moral que las prostitutas (ver Mateo 21.31-32, Lucas 18.9-14). Sin embargo, Jesús notó que personas que pertenecían a estos dos “oficios” solían reconocer más fácilmente su necesidad de arrepentirse. Frecuentemente eran más sensibles al mensaje del reino de Dios que las personas religiosas, cuyas faltas, por ser menos notorias, quizás quedaran inadvertidas ante los ojos de los hombres. Y al contar con la aprobación de los demás, a veces las personas hasta el día de hoy no se sienten motivados a examinar su propio corazón. Jesús vino para llamar a los pecadores, pero solamente las personas que reconocen su enfermedad espiritual son capaces de escuchar su llamado.

Próxima entrega…

Parte 6: “¿Qué debo hacer para salvo? La misión del Mesías en el evangelio de Mateo».

Salvarse como liberación de los enemigos.    

Antes en esta serie de notas vimos que una de las acepciones más comunes de la idea de salvar en el Antiguo Testamento es la de liberación del poder de una nación enemiga. Por ejemplo, los “jueces” de Israel salvan al pueblo de naciones invasoras. El profeta Isaías, a su vez, habla de la manera en que Dios libera a Israel de los ejércitos de Siria y Samaria.

El éxito militar en la historia de Israel en la Biblia seguramente alcanza su punto culminante con el Rey David, unos mil años antes de Jesús. Este rey no sólo salva a Israel de la amenaza de los filisteos, la mayor amenaza extranjera de la época, sino también él conquista nuevos territorios, llevando las fronteras israelitas a su máxima extensión geográfica.

El comienzo de la esperanza mesiánica.

Dios promete a David, “tu trono estará firme, eternamente”, palabras que inmediatamente se interpretan como el establecimiento eterno de la “casa” de David, la dinastía que él inició (2 Samuel 7.12-16, 27-29, 22.51). Profecías posteriores incluso hablan de uno de sus descendientes como un futuro “David” (p. ej. Ezequiel 34.23), es decir, el “Mesías”. Por lo tanto, siglos después, la esperanza popular en la época de Jesús es que la llegada del Mesías liberará a los judíos de su condición de pueblo vasallo en el Imperio Romano. Esta expectativa tiene su origen en la manera en que Dios anteriormente ha salvado a su pueblo durante siglos por medio de los “jueces”, reyes y especialmente, diez siglos antes por medio de David.

El pueblo espera otro tipo de liberación. 

Si imaginamos que somos ciudadanos comunes de Judea del siglo primero, súbditos involuntarios de Roma, ¿cómo nos impactará la idea que el Mesías “salvará a su pueblo de sus pecados”? (Mateo 1.21) Seguramente no es el tipo de liberación que estamos esperando y por eso, Mateo, al comienzo de su evangelio, aclara que la salvación tiene que ver con ser salvados de los pecados, no con una liberación geopolítica.

Empezar a entender la salvación desde el contexto de Mateo.

¿Qué significa ser “salvados de los pecados”? El mismo evangelio de Mateo ayuda a esbozar una respuesta. Como hemos visto en otros textos, en este evangelio el verbo “salvar” (sotso) puede referirse a salvarse de un inminente peligro natural (Mateo 8.23-27), sanarse de una enfermedad (Mateo 9.20-22) o salvar la vida física misma (Mateo 24.22).

El pecado como una enfermedad espiritual. 

Sin embargo, cuando se trata de la manera en que el Mesías “salva a su pueblo de sus pecados”, Mateo aclara que este tipo de salvación es por medio del perdón, un hecho que se clarifica cuando Jesús demuestra su autoridad para “perdonar pecados aquí sobre la tierra” (Mateo 9.1-8). En este relato de la curación de un paralítico, Jesús, por medio del poder visible de sanar a un enfermo, demuestra su autoridad invisible para perdonar pecados. En el párrafo siguiente se refuerza esta idea, ya que inmediatamente después Jesús llama como discípulo a Mateo mismo, a pesar de que éste pertenece a un notorio sector de “pecadores”. Al elegirlo, Jesús demuestra que el Mesías es una especie de médico que ha venido para los enfermos espirituales: “No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos …. no he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mateo 9.9-12). En este contexto el evangelio presenta, entonces, el “pecado” como una condición de enfermedad espiritual: el llamado de parte de Jesús es el primer paso de la salvación/curación. Este llamado, aclara el evangelista Lucas, invita dar el siguiente paso: “el arrepentimiento” (Lucas 5.32).

Por otra parte, hemos visto que la salvación puede referirse a liberación. Este aspecto liberador se evidencia cuando Jesús puntualiza que su misión es dar su propia vida como “rescate por muchos” (Mateo 20.28). Aquí el concepto de “salvación/liberación” está presente en la misión del Mesías presentada como un “rescate”, pero ya no en el ámbito militar, sino en el plano espiritual. En un momento culminante, a la mesa durante la última cena con sus discípulos, Jesús vuelve a hablar de dar su vida como “rescate” por muchos: la copa es “su sangre derramada por muchos para el perdón de pecados” (Mateo 26.27-28). La sangre derramada, el rescate, trae perdón de pecados, es decir, salvación. Así el Mesías “salva a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1.23). ¿Entienden los lectores originales de Mateo todo lo que involucra este tipo de salvación? Veremos este punto en la próxima entrega de “preguntas y respuestas».