Parte 10 ¿Qué debo hacer para ser salvo? «Cree en el Señor Jesús y serás salvo tú y tu familia».

Volviendo a la Parte 1 de esta serie, recordemos que la pregunta, «¿Qué debo hacer para ser salvo?» fue formulada en Filipos, Macedonia en el primer siglo de nuestra era (Hechos de los Apóstoles, capítulo 16.30). Ahora volvemos a este contexto original para entender la respuesta: “Cree en el Señor Jesús, y serás salvo tú y tu familia”.

Salvación en Filipos ¿física o espiritual?

En entregas anteriores hemos visto que la salvación tiene un aspecto material (la vida física) y espiritual (la vida eterna) y que ambos planos suelen relacionarse entre sí. ¿De cuál aspecto de la salvación se trata en este caso?

A primera vista podríamos pensar que se trata de la salvación física. En el relato leemos de unos misioneros cristianos encarcelados quienes alababan al Señor desde la prisión, cuando de repente se produjo un terremoto, las puertas de la cárcel se abrieron y las cadenas se les cayeron (Hecho 16.26). El carcelero sabía que debía responder con su vida si un preso se escapaba; por eso desenvainó su espada y estaba a punto de quitarse la vida. No obstante, cuando los presos le aseguraron que todos todavía se encontraban dentro de la cárcel, él abandonó sus intenciones de suicido y preguntó, “¿qué debo hacer para ser salvo?” ¿Con estas palabras se refería solamente al hecho de asegurar que ningún preso escapara de la prisión, para así no perder su propia vida física? O ¿se refería a algo más?

“Siervos del Dios Altísimo que anuncian el camino de salvación”.

El resto del relato nos permite estar seguros de que el carcelero estaba pensando en la salvación eterna. Primero, recordemos que los misioneros cristianos estaban presos como consecuencia de haber expulsado de una joven esclava a un “espíritu de adivinación” el cual, posiblemente contra su propia voluntad, señalaba a los misioneros como “siervos del Dios Altísimo que … anuncian el camino de la salvación” (Hechos 16.17). Es decir, el espíritu, el cual percibía a estos portavoces del evangelio desde el plano espiritual, no simplemente material, entendía que la salvación que anunciaban no era solamente para salvar la vida física. Era un “camino de salvación”, es decir, algo que señalaba una forma de vida diferente, o como decía Jesús de sí mismo, “el camino para llegar al Padre” (Juan 14.6).

Como la joven poseída anduvo detrás de los misioneros durante varios días, señalándoles reiteradamente como siervos de Dios que comunicaban un mensaje divino, es muy probable que toda la ciudad, y seguramente el carcelero que terminó guardándolos en la prisión, sabía que su encarcelamiento surgió a raíz de que anunciaban “el camino de la salvación”.

Es posible que el carcelero, por la emoción del momento, no haya entendido del todo el alcance de su propia pregunta, pero al decir, “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, seguramente sabía que los hombres que estaban presos podían no sólo enseñar en qué consistía la salvación, sino también explicarle cómo alcanzarla.

¿Qué significa “creer”?

La respuesta a la pregunta “qué debo hacer para ser salvo” fue:
Cree en el Señor Jesús y serás salvo, tú y tu familia” (Hechos 16.31-32).

¿Qué quiere decir esta respuesta?

  1.  “Creer”. Si es necesario “creer” en el Señor Jesús para ser salvo”, es fundamental entender que esta palabra significa más que solamente afirmar que algo es verdad. “Creer” en griego del Nuevo Testamento es “pistéuo”, un verbo que significa “creer, tener fe o confianza, confiar, ser fiel”. “Creer”, entonces, incluye más que solamente considerar que algo es cierto. La fe sí inicialmente establece una creencia como verídica, pero «creer» quiere decir más que esto.
  2. La fe, la confianza se deposita en el “Señor Jesús”. En la respuesta encontramos «Cree en el Señor Jesús… y serás salvo» (16.31) En seguida los misioneros “le hablaron la palabra del Señor” al carcelero y su familia (16.32). ¿Por qué llamamos a Jesús “Señor”? Los Hechos de los Apóstoles, desde un primer momento, nos aclara que Jesús fue declarado “Señor y Mesías” porque Dios lo resucitó de entre los muertos (Hechos 2.22-36). Si uno no cree que Jesús murió y resucitó para salvarnos, que realmente venció la muerte y llegó a ser Señor, no posee una fe que conduce a la salvación eterna. El relato de Filipos no es el único caso de oyentes que llegan a creer en un solo Dios por la evidencia de la resurrección de Jesús (comparar Hechos 17.22-31, 1 Pedro 1.21). Seguramente, entonces, “hablarles la palabra del Señor” incluía explicar que hay un Dios Creador quien levantó a su Hijo Único de entre los muertos, haciéndolo Señor y Cristo. De hecho, como el carcelero seguramente era politeísta, necesitaba “creer en Dios” (Hechos 16.34) como parte de aceptar el “mensaje del Señor”.
  3.  Creer que Jesús es el Señor significa reconocer que él merece sumisión y obediencia de parte de los seres humanos. Más que solamente pensar que es cierto que Jesús murió por nosotros y resucitó, “creer” encierra también la idea de sumisión a su autoridad como Señor Resucitado, Mesías (Cristo) e Hijo de Dios (Hechos 2.36, Romanos 1.1-3). O, como se explica en la primera prédica pública cristiana, “arrepentirse de los pecados y bautizarse en el nombre de Jesucristo” (Hechos 2.36-38). Solo de esta manera uno “invoca el nombre del Señor para ser salvo” (Hechos 2.21; Hechos 22.16). Solamente así los seres humanos podemos tener los pecados perdonados y “ser salvos” (Hechos 2.37-40). Por eso, como consecuencia de la prédica en que por primera vez se anunció a Jesús como Señor, “los que recibieron el mensaje se bautizaron” ese mismo día (Hechos 2.41). Esta promesa de salvación por medio de una fe arrepentida en el momento de bautizarse era para “todos los que el Señor Nuestro Dios quiera llamar” (Hechos 2.38-39).
  4.  Es evidente que “creer en el Señor Jesús” y escuchar “la palabra del Señor” incluía estos elementos de fe inicial, arrepentimiento, invocación de su nombre y bautismo por lo que sucede a continuación:

 

  • a) Hubo arrepentimiento: la misma hora el carcelero les lavó los pies a los presos, dando así evidencia de un genuino cambio de corazón y actitud (Hechos 16.33).

 

  • b) Bautismo para el perdón los pecados. Los que “oyeron el mensaje” inmediatamente se bautizaron, de manera que podemos sacar como conclusión que el “mensaje del Señor” que se les habló claramente incluía la necesidad de bautizarse para “perdón de pecados” (Hechos 2.38), una promesa “para todos que Dios quiera llamar” (Hechos 2.39). Ya que se trata de una promesa universal, no debe sorprendernos ver su cumplimiento en este caso.

 

  • c) Solamente pudieron “alegrarse” por haber creído en Dios después de bautizarse (Hechos 16.33-34). En otras palabras, los elementos de fe inicial, arrepentimiento, invocación de Jesús como Señor y bautismo para el perdón de los pecados son todos incluidos en la idea de “creer en el Señor Jesús”.

Creer = Ser fiel.

¿Esto es todo lo que tenían que hacer estas personas en Filipos para alcanzar la salvación eterna? Recordemos que en griego “creer” significa también “ser fiel”. Por más que hayan creído en Jesús para ser salvos, arrepintiéndose de sus pecados y bautizándose en su nombre, solamente creen en el sentido más exacto del término si posteriormente “son fieles”. Por ejemplo, el Apocalipsis usa este mismo verbo de la siguiente manera, “fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2.10). Este versículo también podría traducirse: “creyente hasta la muerte y te daré la corona de la vida”. Esta traducción es posible porque el verbo en griego significa “creer, ser fiel, tener fe, confiar”. Es cierto que la fe en el poder de Dios salva a la persona en el momento de morir y resucitar con Jesús por medio del bautismo (Colosenses 2.12, 1 Pedro 3.21). No obstante, después de este nuevo nacimiento de agua y del Espíritu, el momento en que por fe uno comienza la vida eterna (Juan 3.3-16), el nuevo hijo de Dios debe vivir en fiel sumisión a Jesús durante toda su vida, “creyendo en el Señor Jesús para ser salvo”.

Parte 9: ¿Qué debo hacer para ser salvo? ¿En qué consiste la vida eterna?

Parte 9: ¿Qué debo hacer para ser salvo? ¿En qué consiste la vida eterna?

En la Parte 8 vimos que la Biblia habla tanto de la salvación en el plano física como en el espiritual. Además, mencionamos un aspecto espiritual de la salvación que a veces se ignora: es eterna. ¿En qué consiste lo eterno? ¿Y por qué, si indagamos más a fondo en la Biblia, encontramos que salvar la vida se refiere a la salvación eterna? En otras palabras, ¿por qué la esencia de la salvación involucra la eternidad?

¿En qué consiste lo eterno? Primero, consideremos que el concepto de lo eterno no es algo que conozcamos por medio de evidencia empírica. Todo lo que en este mundo percibimos por los cinco sentidos tuvo un comienzo, es finito, y por lo tanto, no es eterno. La astronomía puede detectar evidencia que remonta a miles de millones de años, casi hasta el inicio del universo. Algunos científicos también proyectan su final en un futuro muy remoto, olvidando que el Creador llamará al cosmos a su consumación en el momento que Él disponga. Aquellos hombres que conciben del universo como eventualmente finito, postulan que no es eterno. Es decir, evidentemente por medio de nuestras propias experiencias y mediciones humanas la idea de la eternidad no es algo que naturalmente se nos ocurriría.

La eternidad: una huella digital del Creador en la mente humana.

La matemática y la lógica nos traen el concepto de lo infinito, ¿pero percibimos empíricamente algo que no tenga fin en la naturaleza? Si como raza no es nuestra propia realidad existencial lo que introduce el concepto de lo eterno en nuestras mentes, ¿de dónde proviene? “En su momento, Dios todo lo hizo hermoso, y puso en el corazón de los mortales la noción de la eternidad, aunque éstos no llegan a comprender en su totalidad lo hecho por Dios” (Eclesiastés 3.11).1 El Creador puso en la mente humana el concepto de la eternidad, “lo infinito”. Quedó como una huella digital en la mente de la criatura hecha a su imagen. Sólo Él naturalmente podría conocer lo eterno, ya que por su naturaleza Dios no tiene principio o fin. La vida eterna, por lo tanto, es la clase de vida que caracteriza a Dios.

La encarnación de lo eterno.

Cuando “la Palabra” preexistente “que estaba con Dios y es Dios….se hizo carne” en un hombre, Jesucristo (Juan 1.1, 14, 17), la vida eterna se manifestó en medio del mundo material (1 Juan 1.1-2). Sólo por medio de aquella vida humana, en un momento en la historia, determinados seres humanos afirmaron haber conocido lo eterno por “nuestras manos ….nuestros ojos” (1 Juan 1.1-2). El testimonio de estos testigos, su conocimiento personal, se transmite hasta el día de hoy por medio del evangelio. En Jesús se dio a conocer evidencia empírica de la Persona de Dios. En la Biblia los datos registrados acerca de Él están al alcance de todos.

La definición de Jesús de la vida eterna: conocer a Dios y a Jesús Mismo. 

Si la vida eterna es la clase de vida que caracteriza a Dios, no debe sorprendernos la siguiente definición pronunciada por Jesús la noche que fue entregado, mientras oraba al Padre: “La vida eterna consiste en que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo que Tú enviaste” (Juan 17.3).

Llama la atención que por más que entendamos la vida eterna como existencia sin fin, Jesús la define más bien como una relación: conocer al Padre y al Hijo. Lo eterno es propio de Dios, y como consecuencia, compartir una relación con Él, “conocerlo”, es definición de la vida eterna. Y ya que Dios es Espíritu (Juan 4.24), conocerlo a Él, lógicamente nos afecta espiritualmente, ¿pero también puede afectarnos en el plano físico? Si la vida eterna se manifestó de manera tangible en la persona de Jesucristo, (1 Juan 1.1-2) no debe sorprendernos si una relación con Él comienza no en el más allá sino ahora. Ya que la vida eterna se manifestó en este mundo, no es asombroso si podemos comenzar a vivirla aquí.

La vida eterna, conocer a Dios, se manifiesta en el aquí y ahora.

Muchas veces las palabras “vida eterna” nos traen a la mente vivir en el paraíso, el cielo, en presencia de Dios, el Hijo y sus ángeles, junto con aquellas personas afortunadas que alcancen la gloria celestial. Es decir, solemos suponer que la “vida eterna” tiene que ver con “conocer a Dios y a Jesucristo” en el sentido de ser aprobados frente al trono divino en el más allá. Si bien la Biblia afirma este aspecto futuro de la vida eterna, también insiste en otro que pertenece al presente: la persona que cree en Jesús “tiene vida eterna” y “ya ha pasado de la muerte a la vida” (Juan 3.36, 5.24). En las entregas siguientes hablaremos de lo que significa “creer” para tener vida eterna, y, veremos por qué la vida eterna es una realidad que comienza en el aquí y ahora, no solamente después de dejar nuestra presente vida terrenal. De hecho, veremos que si no comienza ahora, después será tarde. ¿Cómo podemos conocer a Dios y así comenzar la relación con El que nos permite ingresar ya en la vida eterna? De este aspecto de “qué debo hacer para ser salvo” comenzaremos a hablar en la próxima entrega.

Parte 8: ¿Qué debo hacer para ser salvo? A diferencia de un tratamiento que salva físicamente, la salvación en el plano espiritual es eterna.

Salvación experimentada en dos facetas diferentes de una misma realidad.  

En entregas anteriores sobre la pregunta ¿Qué debo hacer para ser salvo?, vimos que en las diversas obras que componen la Biblia sus autores suelen hablar de la “salvación” en el contexto de situaciones cotidianas y problemas concretos. Por ejemplo, uno se salva de una enfermedad, un enemigo personal, una invasión extranjera, un peligro mortal en alta mar e incluso la muerte misma. La salvación en un contexto puede ayudarnos a entenderla en otro. Por ejemplo, un salmista rodeado por personas que quieren hacerle daño se dirige a Dios de la siguiente manera: “Señor, tú eres mi Dios y mi Salvador. tú eres como un casco que protege mi cabeza cuando estoy en la batalla” (Salmo 140.7). Salvarse siempre encierra la idea de liberarse de algún peligro—sea protección de la cabeza contra golpes mortales o liberación de las malas intenciones de las personas.

Jesús y la salvación integral. 

Existe un nexo indisoluble entre lo que podemos llamar salvación visible y la posibilidad de salvarse espiritualmente. Forman dos facetas de una misma realidad. Por eso, en los evangelios, un milagro de curación provee el contexto en el cual por primera vez Jesús habla de “perdonar pecados”: sana a un paralítico, como evidencia visible de que tiene el invisible poder espiritual de perdonar a los pecados (Marcos 2.1-12). Luego, se presenta como un Médico que viene a “llamar a los pecadores al arrepentimiento” (Marcos 2.13-17, Lucas 5.31-32). De esta manera el evangelio pinta el “pecado” como una enfermedad espiritual de la cual Jesús puede curarnos por medio del perdón.

Por lo tanto es necesario afirmar que el pecado es una condición espiritual tan real como la enfermedad corporal, y como tal, exige imperiosamente nuestra atención tanto como se combate cualquier mal físico. Esta condición maligna delimita la misión de Jesús: Él vino para “llamar a los pecadores”; “salva a su pueblo de sus pecados”. O como dijo el apóstol Pablo, “Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1.15). Ya que esta enfermedad espiritual de la humanidad es lo que motivó la venida de Jesús al mundo, no es, entonces, un asunto menor. Esta necesidad humana impulsó al Hijo de Dios a hacerse hombre. Es menester que captemos que la peligrosidad del pecado no es menos real que el riesgo mortal que viven los hombres salvados del naufragio en Hechos capítulo 27, ni menos debilitante que el parálisis del hombre rengo sanado en Hechos capítulo 3. ¿En qué consiste este peligro?

El peligro de la muerte espiritual. 

El apóstol Pablo definió la amenaza que encierra el pecado de la siguiente manera: “Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron” (Romanos 5.12). Evidentemente Pablo aquí usa la palabra “muerte” de una manera que alcanza tanto el plano físico como el espiritual. En primer lugar, la muerte física entró en el mundo cuando la primera pareja humana pecó (Génesis, capítulo 3), ya que debida a su desobediencia la humanidad se volvió mortal. Luego, la “muerte” se transmite a todo ser humano en el momento en que cada uno peca, aquí refiriéndose a la muerte espiritual. El pecado, por definirse como la “infracción de la ley”, solamente existe cuando ocurre un acto de desobediencia. Al desobedecer, uno se aleja de la voluntad de Dios, el Dador de la vida y muere espiritualmente. Veamos como Pablo describe el momento de su propia “muerte” espiritual.

Pablo recuerda el momento cuando él mismo “murió”. 

Hubo un tiempo en que, sin la ley, yo tenía vida; pero cuando vino el mandamiento, cobró vida el pecado, y yo morí” (Romanos 7.9). La frase “yo tenía vida” se refiere evidentemente a la condición de “vida espiritual” que Pablo poseía “sin la ley”, es decir, antes de darse cuenta de la existencia de la ley. En otras palabras, en aquel tiempo, seguramente antes de llegar a una edad de poder distinguir entre el bien y el mal, él no podía infringir la ley divina, porque aún no tenía conciencia de su existencia. El apóstol, en su propio caso, pone como ejemplo el mandamiento “no codiciarás” (Romanos 7.7-8). Cuando él llegó a un punto en su vida en que realmente cobró conciencia de este mandamiento, lo desobedeció y “murió” (Romanos 7.9). Es decir, “murió” en un sentido espiritual, puesto que obviamente un hombre físicamente muerto no es capaz de registrar por escrito el momento de su muerte natural. Pablo todavía estaba vivo físicamente para poder escribir acerca de lo que pasó, aunque en el sentido espiritual podía decir, “yo morí”.

Por medio de este ejemplo vemos que los dos conceptos, “muerte física” y “muerte espiritual”, se encuentran en la Biblia, aunque las Escrituras simplemente emplean el término “muerte” indistintamente en ambos casos. Al no manifestar abiertamente la evidente dicotomía entre ambas acepciones de “muerte”, ¿será que la Palabra de Dios quiere que captemos que lo que sucede en el plano espiritual no es menos real que lo que sucede en el físico? Por ejemplo, un Mesías que sana físicamente a un paralítico con sólo decir, “levántate, toma tu camilla y anda”, de esta manera da evidencia fehaciente de que en realidad primero salvó espiritualmente al mismo hombre al decirle, “tus pecados están perdonados”.

Entender esta unión entre lo físico y lo espiritual, como componentes de una misma realidad, es primordial para entender cómo Jesús nos salva de nuestros pecados. Veremos que a diferencia de un tratamiento que salva físicamente, la salvación en el plano espiritual es eterna.  Sobre esto hablaremos más en la próxima entrega acerca de esta pregunta, “¿Qué debo hacer para ser salvo?”

¿Desea profundizar más sobre la existencia del plano espiritual? Recomendamos el curso: “En busca de la espiritualidad”.

Próxima entrega…

Parte 7: ¿Qué debo hacer para ser salvo? La definición del pecado en la Biblia y en la sociedad.

Parte 7: ¿Qué debo hacer para ser salvo? La definición del pecado en la Biblia y en la sociedad.

Vimos anteriormente que la misión del Mesías es “salvar a su pueblo de sus pecados”, por lo que tenemos que preguntarnos: ¿en qué consiste el pecado? Por ejemplo, llama la atención que los evangelios suelen mencionar juntos a los “cobradores de impuestos y pecadores”. En la Parte 6 de ¿Qué debo hacer para ser salvo? mencionamos que los cobradores de impuestos en la época de Jesús eran “pecadores notorios” simplemente porque su condición pecaminosa era muy visible ante los ojos de la sociedad. ¿A qué se debe esta visibilidad? ¿Su “pecado” era peor que el de otras personas?

Funcionarios públicos deshonestos, traidores. 

En primer lugar, los cobradores de impuestos tenían fama de ser deshonestos, ya que solían cobrar de más y quedarse con la diferencia. Por ejemplo, el cobrador Zaqueo, en el momento de su conversión, reconoció que antes había sido deshonesto (Lucas 19.6-8). Es decir, las personas que ejercían este oficio abusaban de su posición como funcionarios públicos. Además, ya que eran judíos que trabajaban para el gobierno romano, la gente los veía como traidores. Estos factores contribuían a su visibilidad como pecadores, pero no nos definen el término “pecado”, el cual veremos a continuación.

La definición del pecado en la Biblia… y en el léxico popular. 

Uno comete pecado si infringe o quebranta la ley (1 Juan 3.4). Los maestros religiosos de Israel contemporáneos de Jesús, por “ley de Dios” correctamente entendían no solamente los Diez Mandamientos y las otras enseñanzas morales de la Ley de Moisés, sino también sus aspectos rituales y ceremoniales. Sin embargo, erraban al considerar que las tradiciones religiosas populares integraban la ley divina. Debido a estas mismas tradiciones solían chocar con Jesús (ver Marcos 7.1-23). Él, al dar a conocer en qué consistía el pecado, iba más al fondo de la cuestión, ya que lo percibía como un problema del corazón, una enfermedad espiritual que alejaba al ser humano de Dios y su voluntad: por eso el pecado infringe la ley divina. El Nuevo Testamento nos enseña que esta condición espiritual afecta a todo ser humano cuando alcanza una edad de ser responsable de sus acciones (ver por ejemplo Romanos 3.23, 5.12, 7.9-10). Puesto que afecta a toda persona consciente, es una condición casi universal (quedarían exentos, por ejemplo, los bebés). Por lo tanto, distinguir solamente a ciertos sectores sociales como “pecadores”, entre ellos los “cobradores de impuestos”, no es acorde con el concepto bíblico del pecado. ¿Por qué, entonces, en la sociedad judía en tiempos de Jesús sí se solían hacer tales diferenciaciones?

¿En qué sentido para la mentalidad popular los cobradores de impuestos sobresalían como “pecadores”? 

Sencillamente, había algunos sectores sociales que se veían como más pecaminosos por sus decisiones de vida. Por ejemplo, además de la habitual deshonestidad de los cobradores, su pecaminosidad era también una cuestión de impureza ceremonial. En la sociedad de la época en que vivía Jesús, un judío que entraba en contacto con los no judíos («gentiles»), u otras personas ceremonialmente “impuras”, se contaminaban y no podía participar de las ceremonias del judaísmo hasta no cumplir con un rito de purificación. El cumplimiento riguroso de los preceptos de ley de Moisés, y las tradiciones que la acompañaba, en la creencia popular aseguraba un estado de pureza ceremonial; por lo tanto, los que no se adherían a la ley, como los no los gentiles, estaban “impuros”. Entrar en contacto con tales personas transmitía la misma condición de impureza. Por este motivo, los sacerdotes que llevaron a Jesús al pretorio para ser interrogado por el gobernador romano Pilato, no quisieron entrar, ya que se trataba de un lugar profano, al ser frecuentado por gentiles. No querían contaminarse, porque deseaban participar de la fiesta de Pascua el día siguiente (Juan 18.28). En cambio, los cobradores de impuestos eran judíos que trabajaban para los romanos y como consecuencia, estaban permanentemente en contacto con gentiles. Por eso, vivían en un estado de impureza ceremonial frente a la ley mosaica. Es decir, por su mismo oficio demostraba públicamente un aparente desprecio hacia las leyes de Dios. Como consecuencia, la sociedad judía de la época evidentemente colocaban a los cobradores a un mismo nivel moral que las prostitutas (ver Mateo 21.31-32, Lucas 18.9-14). Sin embargo, Jesús notó que personas que pertenecían a estos dos “oficios” solían reconocer más fácilmente su necesidad de arrepentirse. Frecuentemente eran más sensibles al mensaje del reino de Dios que las personas religiosas, cuyas faltas, por ser menos notorias, quizás quedaran inadvertidas ante los ojos de los hombres. Y al contar con la aprobación de los demás, a veces las personas hasta el día de hoy no se sienten motivados a examinar su propio corazón. Jesús vino para llamar a los pecadores, pero solamente las personas que reconocen su enfermedad espiritual son capaces de escuchar su llamado.

Próxima entrega…

Parte 6: “¿Qué debo hacer para salvo? La misión del Mesías en el evangelio de Mateo».

Salvarse como liberación de los enemigos.    

Antes en esta serie de notas vimos que una de las acepciones más comunes de la idea de salvar en el Antiguo Testamento es la de liberación del poder de una nación enemiga. Por ejemplo, los “jueces” de Israel salvan al pueblo de naciones invasoras. El profeta Isaías, a su vez, habla de la manera en que Dios libera a Israel de los ejércitos de Siria y Samaria.

El éxito militar en la historia de Israel en la Biblia seguramente alcanza su punto culminante con el Rey David, unos mil años antes de Jesús. Este rey no sólo salva a Israel de la amenaza de los filisteos, la mayor amenaza extranjera de la época, sino también él conquista nuevos territorios, llevando las fronteras israelitas a su máxima extensión geográfica.

El comienzo de la esperanza mesiánica.

Dios promete a David, “tu trono estará firme, eternamente”, palabras que inmediatamente se interpretan como el establecimiento eterno de la “casa” de David, la dinastía que él inició (2 Samuel 7.12-16, 27-29, 22.51). Profecías posteriores incluso hablan de uno de sus descendientes como un futuro “David” (p. ej. Ezequiel 34.23), es decir, el “Mesías”. Por lo tanto, siglos después, la esperanza popular en la época de Jesús es que la llegada del Mesías liberará a los judíos de su condición de pueblo vasallo en el Imperio Romano. Esta expectativa tiene su origen en la manera en que Dios anteriormente ha salvado a su pueblo durante siglos por medio de los “jueces”, reyes y especialmente, diez siglos antes por medio de David.

El pueblo espera otro tipo de liberación. 

Si imaginamos que somos ciudadanos comunes de Judea del siglo primero, súbditos involuntarios de Roma, ¿cómo nos impactará la idea que el Mesías “salvará a su pueblo de sus pecados”? (Mateo 1.21) Seguramente no es el tipo de liberación que estamos esperando y por eso, Mateo, al comienzo de su evangelio, aclara que la salvación tiene que ver con ser salvados de los pecados, no con una liberación geopolítica.

Empezar a entender la salvación desde el contexto de Mateo.

¿Qué significa ser “salvados de los pecados”? El mismo evangelio de Mateo ayuda a esbozar una respuesta. Como hemos visto en otros textos, en este evangelio el verbo “salvar” (sotso) puede referirse a salvarse de un inminente peligro natural (Mateo 8.23-27), sanarse de una enfermedad (Mateo 9.20-22) o salvar la vida física misma (Mateo 24.22).

El pecado como una enfermedad espiritual. 

Sin embargo, cuando se trata de la manera en que el Mesías “salva a su pueblo de sus pecados”, Mateo aclara que este tipo de salvación es por medio del perdón, un hecho que se clarifica cuando Jesús demuestra su autoridad para “perdonar pecados aquí sobre la tierra” (Mateo 9.1-8). En este relato de la curación de un paralítico, Jesús, por medio del poder visible de sanar a un enfermo, demuestra su autoridad invisible para perdonar pecados. En el párrafo siguiente se refuerza esta idea, ya que inmediatamente después Jesús llama como discípulo a Mateo mismo, a pesar de que éste pertenece a un notorio sector de “pecadores”. Al elegirlo, Jesús demuestra que el Mesías es una especie de médico que ha venido para los enfermos espirituales: “No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos …. no he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mateo 9.9-12). En este contexto el evangelio presenta, entonces, el “pecado” como una condición de enfermedad espiritual: el llamado de parte de Jesús es el primer paso de la salvación/curación. Este llamado, aclara el evangelista Lucas, invita dar el siguiente paso: “el arrepentimiento” (Lucas 5.32).

Por otra parte, hemos visto que la salvación puede referirse a liberación. Este aspecto liberador se evidencia cuando Jesús puntualiza que su misión es dar su propia vida como “rescate por muchos” (Mateo 20.28). Aquí el concepto de “salvación/liberación” está presente en la misión del Mesías presentada como un “rescate”, pero ya no en el ámbito militar, sino en el plano espiritual. En un momento culminante, a la mesa durante la última cena con sus discípulos, Jesús vuelve a hablar de dar su vida como “rescate” por muchos: la copa es “su sangre derramada por muchos para el perdón de pecados” (Mateo 26.27-28). La sangre derramada, el rescate, trae perdón de pecados, es decir, salvación. Así el Mesías “salva a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1.23). ¿Entienden los lectores originales de Mateo todo lo que involucra este tipo de salvación? Veremos este punto en la próxima entrega de “preguntas y respuestas».

Parte 5: ¿Qué debo hacer para hacer salvo? Salvación del peligro físico y en el plano espiritual.

En la parte 4 de esta serie vimos que en los Hechos de los Apóstoles el verbo “salvar” (sotso en griego) puede usarse para sanar o salvar la vida física, como por ejemplo en la curación de un hombre rengo o el relato de los pasajeros de un barco, y su tripulación, quienes sobreviven un naufragio llegando “sanos y salvos” a tierra. Es decir, la salvación en primera instancia para referirse a una realidad física, visible, tangible.

Asimismo, en la parte 3 vimos el concepto del “salvador” en la historia del Antiguo Testamento: Dios manda a un caudillo para salvar o liberar a su pueblo de naciones opresoras. Esta figura es alguien como San Martín en la historia argentina: un libertador. Los “libertadores” o “salvadores” en el Antiguo Testamento se llaman “jueces”. Los relatos que describen sus hazañas salvadoras abarcan varios siglos.

La idea de salvación de pueblos enemigos continúa en el siguiente período, el de los reyes de Israel y Judá. Por ejemplo, unos siete siglos antes de Cristo, el reino de Judá vive la amenaza de una invasión militar de parte de dos pueblos vecinos, Samaria y Siria. Dios envía al profeta Isaías para hablar con el rey de Judá, Acaz, prometiéndole una señal de que el pueblo será salvado de estas dos naciones enemigas. La señal prometida es el embarazo inminente de una joven y la presencia física de su hijo ante los ojos del rey Acaz. Se desconoce la identidad de la jóven; algunos consideran que se trata de la esposa del rey, otros, la esposa del mismo profeta Isaías (basándose en Isaías 8.18). Lo importante es que el niño que nace es una señal para el rey que lo ve crecer:  “antes de que el niño sepa elegir lo bueno y rechazar lo malo, la tierra de los dos reyes que tú temes quedará abandonada” (Isaías 7.16). Es decir, antes de que el niño tenga uso de razón (“saber elegir lo bueno y rechazar lo malo”), los países enemigos dejarán de representar un peligro para Judá. Efectivamente, unos tres años después (731 a.C.) Siria fue derrotada por los asirios y unos diez años después (721 a.C.) Samaria corre una suerte parecida. Isaías da a entender que Dios está presente para salvar a su pueblo, valiéndose de los asirios, a quienes Él permite conquistar a los enemigos de Judá. Esta presencia activa de Dios para salvar a su pueblo explica el nombre del niño/señal: Emanuel, que significa “Dios con nosotros”.

En el Nuevo Testamento, este ejemplo de liberación de una amenaza militar, es decir salvación de una realidad física, se cita para enfatizar que Dios también salva en el plano espiritual. Mateo cita al profeta Isaías porque otra vez el nacimiento de un niño será una señal del poder de Dios para salvar a su pueblo. Tres veces se menciona el nombre del niño. Primero, el niño se llamará “Jesús” (que significa “Yahvé salva”), porque “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1.21). Luego, vemos que se llamará “Emanuel” (Mateo 1.23), haciendo alusión a la historia del niño nacido en tiempos del Rey Acaz y citando a Isaías 7.14. En esta cita lo llamativo es que ahora es una virgen que da a luz el niño. Finalmente leemos que José “le puso por nombre Jesús” (Mateo 1.25).

El hecho de repetir tres veces la frase “llamarle por nombre…” en este orden es ejemplo de un “quiasmo” 2 o estructura invertida, un recurso literario común en la Biblia. La inversión se ve en: Jesús, Emanuel, Jesús (A-B-A). Esta estructura sirve para identificar y enfatizar una misma realidad: Jesús es Dios con nosotros, presente ya no para salvar a su pueblo de una invasión extranjera. Aquí la salvación ya pasa al plano espiritual. Dios, presente en Jesús, salvará a su pueblo de sus pecados.

La definición del término “pecado”, y por qué representa un peligro para la vida humana, será el tema de la próxima entrega de “preguntas y respuestas”.