Teología escatológica del momento actual. ¿Trompetas?

Teología escatológica del momento actual. ¿Trompetas?

Alrededor del 2010 comenzaron a circular videos en Youtube acerca de sonidos extraños que se interpretan como “trompetas”. Una de las versiones más recientes de este video se refiere al sonido como un “hum” (zumbido) y plantea si estas singulares vibraciones no serán las “siete trompetas del Apocalipsis”. Llama la atención que estos videos no aparecen en los noticieros de medios masivos. ¿Los consideran podo serios? Son llamativos por su carácter misterioso y sensacionalista; no obstante, hace un par de años, uno de ellos, subido a Internet en la Argentina fue cuidadosamente desmentido, no dejando duda que se trataba de un fraude. Da par pensar el trabajo técnico minucioso que se requiere no sólo armar semejante engaño sino también para desenmascararlo.

Uno no deja de preguntarse acerca de la verdadera motivación de los autores de semejantes videos. ¿Nacen del deseo de convencer acerca de una interpretación dada? ¿Son simples bromas? ¿Qué pasará si las personas condicionan su fe en la segunda venida de Jesús a la supuesta veracidad de estos videos y otras “pruebas” actuales? Si estos internautas quedan desilusionados en cuanto a esta evidencia moderna, ¿quedará afectada su fe en el Señor? Ya que lo que está en juego se trata de nada menos que la fe de los creyentes en Jesús, es conveniente detenernos a pensar primeramente en el carácter simbólico del Apocalipsis y, luego, desde esta perspectiva, preguntarnos qué significan las siete trompetas de esta profecía del Apóstol Juan.

Una profecía comunicada por medio de señales.

Desde el vamos en Apocalipsis 1.1, Juan recurre a un verbo “semaino” que se traduce como “indicar, dar a entender, dar a conocer” según la Sociedades Bíblicas Unidas. -Este primer versículo del libro se traduce en la Biblia de las Américas de la siguiente manera: «La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la dio a conocer, enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan”. En esta versión, la frase “dio a conocer” traduce el verbo “semaino”. Es necesario aclarar que este verbo también puede traducirse como “dar a conocer por medio de señales”. El Diccionario griego-español Vox registra las siguientes posibilidades: “señalar, indicar, apuntar; dar señal (a alguien de hacer algo); hacer señales; declarar, interpretar, explicar, referir; significar”. El verbo tiene la misma raíz que el sustantivo semeion (señal, signo), un término importante para el apóstol Juan en su Evangelio. Allí, por ejemplo, cuando Jesús devuelve la visión a un ciego (Juan, capítulo 9) es una “señal” de algo más profundo: “Jesús es la luz del mundo” (Juan 8.12) quien abre nuestros ojos espirituales para creer en el Hijo de Dios. Cuando llegamos al Apocalipsis, ya aprendimos que recurrir a “señales” para comunicar una verdad no es nada nuevo, ni para Jesús (Juan 6.26), ni para su apóstol, Juan.

Entonces, por más que el verbo semaino puede significar sencillamente “dar a conocer”, en Apocalipsis 1.1 el Señor probablemente quiere decir “comunicar por señales” a sus “siervos”. ¿Por cuál de los significados tendríamos que optar?

Afortunadamente, como suele ocurrir en el Apocalipsis en este versículo se encuentra una clara alusión a un evento del Antiguo Testamento, en este caso a Daniel, capitulo 2. El comentarista G. K. Beale ha demostrado que Apocalipsis 1.1 nos lleva directamente a Daniel 2.28-30, y 2.45 en la Septuaginta, la traducción al griego del Antiguo Testamento que circulaba en el siglo primero de nuestra era. El apóstol Juan con frecuencia recurre a la Septuaginta en sus alusiones al Antiguo Testamento en el Apocalipsis. En el capítulo 2 el Rey Nabucodonosor ha soñado con una estatua compuesta de cuatro materiales diferentes. Parte de la interpretación del sueño se encuentra en Daniel 2.45, donde el griego de la Sepuaginta puede traducirse de la siguiente manera:

“Así como viste desprenderse del monte, sin intervención de mano humana, la piedra que redujo a polvo el hierro, el bronce, la arcilla, la plata y el oro, El Dios grande //ha dado a conocer (o) ha comunicado con señales// al rey las cosas que serán en los últimos días.”

En esta cita las dos opciones para traducir “semaino” aparecen entre barras dobles : // //.

Otra frase en el 1.1 del Apocalipsis, “las cosas que deben suceder pronto”, reproducen exactamente las palabras “las cosas que deben suceder en los últimos días” en Daniel 2.28 y 2.30 en la Septuaginta, salvo que Juan introduce un importante cambio: estas cosas deben suceder “pronto”. Lo que iba a suceder en los “últimos días» desde la perspectiva de Daniel debe suceder “pronto” en la época de Juan. Es que los “últimos tiempos” son los que comienzan a partir de la resurrección de Jesús, y Juan, quien escribe varias décadas después de este inicio, sabe que el tiempo del cumplimiento “está cerca” (Apocalipsis 1.3). Jesús durante su vida anunciaba un reino que “se ha acercado” (Marcos 1.15, Biblia de las Américas). En cambio, en el momento en que Juan escribe, por haber resucitado Jesús efectivamente ya “hizo” el reino (Apocalipsis 1.6).

Elementos de un sueño, y de una visión, que comunican simbólicamente la realidad. 

Continuamos comparando Apocalipsis 1.1 con el sueño de Nabucodonosor (Daniel capítulo 2). En el contexto de este sueño, la estatua y la piedra que la pulveriza símbolizan (“señalan, comunican por señales”) reinos humanos que son vencidos por el reino de Dios (ver la explicación en Daniel 2.31-45). No son ni una estatua ni una piedra literales. Por eso, podemos sostener que es viable la traducción “Dios ha comunicado con señales al rey las cosas que serán en los últimos tiempos” de Daniel 2.45. La estatua del sueño no existió literalmente; fue un elemento relevante del sueño de Nabucodonosor; éste y los demás elementos del sueño tienen un significado simbólico que el profeta Daniel se ocupa de explicarle al Rey: en los últimos tiempos llegará el reino de Dios que conquistará a los reinos de los hombres. En cambio, en el momento en que se recibe la visión del Apocalipsis, el reino de Dios ya se ha acercado; Jesús ya ha creado y un reino de “sacerdotes” (su Iglesia) (Apocalipsis 1.6). Ahora falta solamente que Él juzgue definitivamente con su poder soberano cuando venga “en las nubes” (Apocalipsis 1.7) cuando Él se siente en su trono para juzgar (Mateo 25.31). Es de este estado del reino de Dios que se habla en el Apocalipsis. Lo que son los “últimos días” para Nabucodonosor, en la época de Juan ya es “pronto”.

Basándonos en esta interpretación claramente simbólica de Daniel 2, a la que se alude directamente en Apocalipsis 1.1, podemos afirmar que desde su inicio la profecía de Juan comunica la palabra de Dios por medio de símbolos. En otras palabras, la linea recta a Daniel 2 en el capítulo 1.1 de Apocalipsis, señala la intención de la profecía de darse a conocer de esta manera: “comunicando con señales”. Es más, Juan aclara que él escribe “en lenguaje espiritual” (Apocalipsis 11.7), es decir, no literal.

¿Cómo afecta este hecho la manera de interpretar las “trompetas” del Apocalipsis? Recordando que Apocalipsis se da a conocer simbólicamente conforme el modelo de Daniel 2, sencillamente no tenemos por qué pensar que habrá trompetazos más literales que la estatua y la piedra del sueño de Nabucodonosor. Así como Dios “señaló”, habló por signos, a Nabucodonosor, ahora “señala”, habla por signos, “a sus siervos”. Por lo tanto, desde la perspectiva de la comunicación simbólica, las siete trompetas pueden representar las variadas oportunidades en que Dios ha hablado en la historia de su pueblo con “voz de trompeta”. Por ejemplo, así Él habla a Moisés y el pueblo de Israel en Sinaí (ver Éxodo 19.18-19, 20.18;). Ciertamente podemos imaginar una alusión directa a las trompetas que suenan cuando se caen las murallas de Jericó. Esto sucede después de un período siete días. Siguiendo las indicaciones del Señor, los primeros seis días los israelitas diariamente dan una sola vuelta alrededor de la ciudad en silencio. Pero hay una énfasis especial el último día, el séptimo, cuando marchan alrededor de la ciudad siete veces (Josué 6.14-16, 6.20). Inmediatamente tocan las trompetas y las murallas de la ciudad se caen. Así con su obediencia el pueblo de Dios venció en el pasado, y de la misma manera, en los “últimos tiempos” los santos serán vencedores porque dan el testimonio de su fe al mundo que rechaza a Jesús (Apocalipsis 12.10-11). Este mundo, “en lenguaje espiritual”, el Apocalipsis llama “la gran ciudad”. Su caída, está anunciada por las trompetas de la profecía (que incluye el testimonio de “los santos”) de la misma manera que cayeron las murallas de Jericó.

Así como Dios ha intervenido en el pasado para salvar a su pueblo, sigue obrando en el presente y lo hará en el futuro, porque Él es “el que era, el que es y el que ha de venir” (Apocalipsis 1.4). Pero puesto que se trata de lenguaje simbólico, no tenemos por qué pensar que literalmente sonarán trompetas o que se escuchará un “zumbido fuerte” durante varios años en distintas partes del mundo. El símbolo de las trompetas comunica la realidad del juicio de Dios contra el mundo que no acepta a su Hijo Jesucristo. En el momento predeterminado, Dios interviene a lo largo de los años para juzgar, e intervendrá definitivamente en el día de la consumación universal: no habrá especulación ni harán falta videos que anuncien la segunda venida de Jesús y el juicio final: “Todo ojo lo verá” (Apocalipsis 1.7). Los juicios de Dios son irrevocables. Son anunciados por la proclamación de su Palabra, no por un zumbido misterioso que puede producirse por medio de la tecnología moderna y luego subirse a internet. Cuando el Señor inicie el juicio final, no nos quedarán dudas.

Parte 2 ¿Qué es un ídolo? -Se considera que el culto a “San La Muerte” es idolatría? ¿La Biblia dice algo al respecto?

Descripción simbólica de la presencia demoníaca en la idolatría.
La primera parte de esta reflexión mencionó la influencia demoníaca que está presente en la idolatría. Por lo menos dos textos bíblicos más afirman esta idea. Uno se encuentra en el Apocalipsis, un libro sumamente simbólico que transmite importantes verdades espirituales por medio del relato de visiones que recibe el apóstol Juan. Por ejemplo, él ve a dos ejércitos identificables como demoníacos, ya que su descripción incluye elementos de “escorpiones y serpientes”, rasgos asociados en la Biblia con el diablo (comparar Lucas 10.17-20, Apocalipsis 9.5, 9.19, 12.9). El primer ejército demoníaco sube del “abismo”, el destino que les corresponde a los demonios (Apocalipsis 9.1-2, 9.11, Mateo 9.29, Lucas 8.31). Esta horda lleva a las personas que no gozan de un compromiso con Jesús a desesperarse de la vida, deseando morir aunque “la muerte huye de ellos” (Apocalipsis 9.6); luego, un segundo ejército demoníaco incluso inflige la muerte física (Apocalipsis 9.13-18). A pesar de esto, los seres humanos que siguen con vida, no se arrepienten y “no dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos…” (Apocalipsis 9.20). Es decir, siguen adorando a los mismos demonios que los llevan a desesperarse de la vida e incluso hasta la muerte misma. Rinden culto a lo que les hace daño. Este versículo nuevamente vincula la idolatría con la influencia demoníaca, como vimos en la primera parte de esta nota. Cabe mencionar que lo que se describe aquí coincide con lo que sabemos actualmente de las adicciones. Se sigue alimentando una adicción aunque daña al adicto. ¿Pueden, entonces, las adicciones encerrar un elemento demoníaco? ¿Pueden representar otro aspecto de la idolatría? Volvemos a recordar las palabras de Pablo, “no dejaré que nada me domine” (1 Corintios 6.12), refiriéndose al uso correcto del cuerpo para honrar al Señor. Solamente el Señor debe “dominarnos”. Los apetitos físicos pueden convertirse en una especie de dios que busca reemplazar al Señor en nuestra vida (Filipenses 3.18-19).

La lucha espiritual, cómo ganarla.
Como ya vimos en la carta de 1 Corintios, la lucha contra fuerzas malignas también ocupa un lugar relevante en los escritos del apóstol Pablo. Él enseñó que “La batalla que libramos no es contra gente de carne y hueso, sino contra principados y potestades, contra los que gobiernan las tinieblas de este mundo, ¡contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes!” (Efesios 6.12, Reina Valera Contemporánea). En este texto, por “principados y potestades” se entienden a fuerzas demoníacas poderosas. Aplicando este pasaje al tema de los dioses falsos, las Escrituras afirman que la lucha espiritual del cristiano no es contra los que practican, por ejemplo, alguna forma de idolatría (“gente de carne y hueso”), sino más bien las fuerzas que están detrás de este culto: sea adoración que se rinde a una imagen material, o bien, la avaricia, los apetitos desmedidos, las adicciones. En nuestra sociedad a veces se sincretiza por un parte, la adoración a Dios y Jesús, y por otra, el culto a seres creados, a sus imágenes y otras formas de idolatría. Recordemos que el Señor no quiere que intentemos tener comunión con Él por un lado y con los demonios por otro (1 Corintios 10.19-22). La veneración de santos populares como San La Muerte, u otros oficiales, puede parecer inocente e incluso atractiva. Sin embargo, al rendir culto a seres creados o sus imágenes, no dejan de ser formas de idolatría. Los seres demoníacos, al restarle adoración a Dios y transferírsela a seres creados o algo que se origina en este mundo, entablan una feroz batalla para la lealtad de las almas de los hombres. La lucha del cristiano no es contra “gente de carne y hueso” sino contra las fuerzas que inspiran éstas y otras manifestaciones del mal en el mundo. Las armas espirituales a favor de los cristianos fieles son poderosas: la verdad, la justicia, el evangelio de la paz, la fe, la salvación, la palabra de Dios y especialmente la oración (Efesios 6.10-20, Marcos 9.29, Apocalipsis 12.10-11).

Finalmente, es necesario recordar que las personas que promueven el culto a seres creados o sus imágenes pueden dar la apariencia de ser auténticas voces cristianas que abogan por un culto a imágenes aparentemente inofensivo e incluso benigno. No olvidemos que las apariencias pueden engañar: Satanás mismo “se disfraza de ángel de luz” (1 Corintios 11.14). No hay que dejarse engañar por cualquier culto a seres creados o sus imágenes. Es idolatría y una puerta abierta para la influencia demoníaca.

Parte 1 ¿Qué es un ídolo? -¿Se considera que el culto a “San La Muerte” es idolatría? ¿La Biblia dice algo al respecto?

Parte 1 ¿Qué es un ídolo? -¿Se considera que el culto a “San La Muerte” es idolatría? ¿La Biblia dice algo al respecto?

Apariencias que despiertan sospechas.

La imagen tallada de un esqueleto con guadaña en la mano suele inquietar al que, por vez primera, se cruza con un nicho donde se venera al personaje “San La Muerte”. Al ver algo con apariencia tan nefasta, uno razona, ¡no puede ser de Dios! Seguramente es certera dicha reacción a este extraño culto sudamericano, popular en el litoral argentino y con una presencia en auge en el Gran Buenos Aires. No obstante, la Biblia nos indicará que la certeza del rechazo no radica solamente en lo instintivo.

Cuenta la leyenda que un jesuita de la época de Carlos III realizaba obras de bien entre los leprosos, sin contar con la aprobación oficial de la iglesia. Finalmente fue encarcelado por no someterse a las autoridades religiosas. Como protesta, el jesuita hacía ayuno de pie, posición en la cual todavía se encontraba después de fallecer. Por su énfasis en las buenas obras realizadas por el jesuita, esta leyenda le atribuye un origen casi noble a “San La Muerte”. ¿Puede, entonces, haber algo positivo en el culto rendido a su imagen tallada?

Cuando las apariencias engañan: la idolatría.

Para evaluar el culto a San La Muerte es necesario primero entender el término “idolatría”, recurriendo a la Biblia en busca de una definición. Esta investigación nos lleva a la Epístola a los Romanos donde vemos que la idolatría consiste en rendir adoración a cualquier ser humano u otra criatura en vez del Creador. Los idólatras “han cambiado la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, y hasta por imágenes de aves, cuadrúpedos y reptiles” Romanos 1.23 (ver en el contexto del 1.18-23). “San La Muerte”, aun con su vestimenta de esqueleto con guadaña, no deja de ser la “imagen de un hombre”, y por lo tanto, al rendirle culto, uno incurre en idolatría. La definición que derivamos de la cita de Romanos para “idolatría” es, entonces: “la adoración de la imagen de un ser humano u otra criatura en vez del Creador”. Los únicos dignos de adoración en la Biblia son Dios Padre y el Hijo, por medio de quien “todas las cosas fueron hechas” (Juan 1.3; ver Apocalipsis 4.9-11, 5.11-13), y a quienes nos acercamos “en el Espíritu Santo” (Efesios 6.18). Todos los demás seres son criaturas, no Creador, y al adorarles se comete el pecado de la idolatría. Es más, la Biblia habla directamente de adorar al Padre y al Hijo, no a su “imagen”. En cuanto a “San La Muerte”, la idolatría no consiste en la apariencia posiblemente nefasta del ídolo, como en el caso de “San La Muerte”, sino en el hecho de la adoración en sí. Existen otras imágenes más atractivas, incluso oficialmente aprobadas, que también caen dentro de esta definición. Al venerar a un ser humano, u otra criatura (como por ejemplo, un ángel), se idolatra.

Ídolos vacíos, fachadas que ocultan fuerzas del mal.

En primer lugar, las Sagradas Escrituras no sólo condenan la idolatría sino también hacen hincapié en su inutilidad. Por ejemplo, el Salmo 115.3-8 señala que los ídolos no pueden oír o ver, y por este motivo es inútil intentar comunicarse con ellos. A pesar de que no hay otro Dios fuera del Señor, los hombres incluso fabrican falsos dioses de la misma madera que usan para calentarse (Isaías 44.6-20). En cambio, el Dios verdadero sí recompensa a quienes lo buscan (Hebreos 11.6).

Sin embargo, la inutilidad no es el único peligro que acarrea la adoración de ídolos. Aunque un ídolo no es en realidad más que un pedazo de piedra o madera, al rendirle culto, según la Biblia, se adora a un demonio. Esto lo sabemos por la enseñanza del apóstol Pablo en 1 Corintios 10.18-22. En este contexto primero él hace referencia a los legítimos sacrificios a Dios que se realizaban en el Antiguo Testamento. Estos sacrificios eran una especie de “comunión” con el Señor. En cambio el apóstol clarifica que aunque “el ídolo no es nada”, es decir, es solamente un pedazo de algo material, “cuando los paganos [le] ofrecen algo en sacrificio, se lo ofrecen a los demonios”. Pablo no quería que los cristianos de Corinto participasen de la comunión cristiana, por una parte, y por otra, de la comunión con los demonios presentes en la idolatría. Es decir un contacto con lo demoníaco se efectuaba al rendirle culto al ídolo. Debido al origen pagano de la mayoría de los cristianos de Corinto, y el medio ambiente en el cual todavía se movían, ellos tendrían amplias oportunidades para participar del culto a ídolos.

Ídolos que suelen no reconocerse como tales.

Sabiendo esto, cabe afirmar que la práctica de venerar imágenes de cualquier tipo no es justificable por la palabra de Dios, ya que adorar a seres creados resta honor al Creador, una actitud que favorece a las fuerzas espirituales malignas. Sin embargo, la idolatría no consiste solamente en adorar imágenes hechas de piedra, madera, yeso o pintadas en un cuadro. Por ejemplo, la Biblia incluye la avaricia dentro de las actividades que pueden considerarse como idólatras: es “una especie de idolatría” (Colosenses 3.5). El Señor Jesús enseñó: “No pueden servir a Dios y a las riquezas” (Lucas 16.13).

Nuestros “apetitos” pueden llegar a ser ídolos no hechos por manos humanas. Pueden llegar a ser nuestro “dios” (Filipenses 3.18-19). Por este motivo Pablo afirma que “no dejaré que nada me domine” (1 Corintios 6.12). El Señor Jesús es “para el cuerpo”, el templo de su Espíritu (1 Corintios 6.13, 6.19) por lo que debemos honrarlo en cuerpo y espíritu (1 Corintios 6.20). Es importante entender que no solamente ídolos materiales, hechos por manos humanas, pueden tener un origen demoníaco, sino también estas otras clases de “idolatría” cotidiana—la avaricia y el hábito de permitir que nuestros apetitos físicos nos dominen.

Agradecemos a Silvia su pregunta que motivó esta nota y la siguiente.

Esta nota continuará en una segunda parte.

¿Por qué el domingo es considerado el día de Señor?

A diferencia del sábado en el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento introduce otro sentido para la frase «día del Señor» .

El día «Domingo» significa «día del Señor», pero no en el mismo sentido del Antiguo Testamento, puesto que no es un día de descanso. Fue más bien el día en el cual Jesús «dominó» la muerte cuando resucitó.

Día del Señor como intervención divina.
La frase «día del Señor» aparece en diferentes partes de la Biblia con distintas acepciones. En el Nuevo Testamento, la mayoría de las veces la frase que traducimos como «del Señor» es «tou kuriou» en griego y se refiere a la intervención de Dios para juzgar. Un día de intervención de Dios puede referirse a un juicio realizado en algún momento determinado en la historia. A lo largo del Antiguo Testamento el «Día del Señor» se refería a la intervención de Dios para juzgar a alguna nación (o naciones). Por otro lado, el «Día del Señor» también puede referirse al día del juicio final en la consumación de los tiempos.

Dia del Señor como día del Señor Jesús.
Sin embargo, hay otra expresión en el Nuevo Testamento, kuriakós, que se traduce como «del Señor». Este adjetivo podría expresarse quizás como «señorial» en español; sin embargo en las Biblias se traduce como «del Señor». Kuriakós aparece sólo dos veces en el Nuevo Testamento, en 1 Corintios 11.20, para referirse a la Cena del Señor, y en Apocalipsis 1.10 para hablar del Día del Señor. Hacia fines del primer siglo, Juan recibió su visión del Apocalipsis en el «Día del Señor», expresión que en aquella época ya se entendía como «domingo».  Al traducirse kuriakós al latín como dominicus, nos quedó en español la palabra «domingo» para referirse al día del Señor. Jesús llegó a ser reconocido como Señor ese día porque fue cuando señoreó sobre la muerte: la venció, la dominó. Al resucitar, Jesús fue declarado “Hijo de Dios con poder” (Romanos 1.3-4) y los que creemos en su resurrección creemos que Él es «el Señor» (Romanos 10.6-10) y recordamos su día.

¿Cuál es el «día de descanso» entonces para los cristianos?
La carta a los Hebreos nos ayuda a contestar esta pregunta. Esta epístola compara la ley de Moisés con el nuevo pacto que trajo Jesús. Lo nuevo supera ampliamente lo antiguo. Por ejemplo, en la carta a los Hebreos se afirma que ahora hay un nuevo sumo sacerdote, mejores sacrificios (el de Jesús en la cruz en vez de sacrificios de animales), un nuevo pacto, un nuevo camino y un nuevo día de descanso. Hebreos dice que en vez del séptimo día, Dios señala otro día: el día de «hoy» (ver Hebreos 4.1-7, donde dice que «Dios ha vuelto a señalar, o ‘decretar’, un día«). Nuestro día de descanso no es un día de la semana, como sucedía bajo el Antiguo Pacto. Es el «día de hoy«, la época del Nuevo Pacto, en el cual uno descansa de sus obras y tiene paz con Dios.  Y, «hoy» si uno es fiel al Señor, entra en su «reposo», la vida que comparte con el Señor. Así como no estamos con el antiguo sumo sacerdote o el antiguo pacto, sino con Jesús como sumosacerdote del nuevo pacto, ahora estamos con el nuevo día, «hoy», que se contrasta con el sábado (mencionado como ejemplo del antiguo orden) en esta epístola. Se encuentra el uso de «hoy» en Hebreos 3.7, 3.13, 3.15, 4.7).

¿Entonces…por qué nos reunimos los domingos?
Si el día de descanso es “hoy” y no en sí sábado o domingo, ¿por qué nos reunimos los domingos? Es sencillamente porque seguimos el ejemplo de los primeros cristianos, quienes se reunían en el «día del Señor» porque es el día que Jesús dominó la muerte como Señor, el Hijo de Dios. Al hacer esto, estamos siguiendo el ejemplo de los mismos apóstoles. Ellos estaban reunidos el día que Jesús resucitó (Juan 20.19) y nuevamente una semana más tarde (Juan 20.26 donde, según la costumbre de la época, «ocho días» significa una semana, contando a partir del domingo hasta el domingo siguiente inclusive). Conforme a este ejemplo apostólico, los primeros cristianos se congregan el «primer día de la semana» (domingo) para «partir el pan», una referencia a la Cena del Señor (Hechos 20.7). De manera que la Cena del Señor, que conmemora su muerte, se realiza el Día del Señor, el día que Él resucitó. El ejemplo de los primeros cristianos, entonces, es el de cumplir con la orden “hagan esto en mi memoria” (1 Corintios 11.24), participando de la conmemoración que llega a llamarse la “Cena del Señor” (1 Corintios 11.20). Se reúnen con esta finalidad el «Día del Señor», el día domingo, el día en el cual Jesús «señoreó sobre” la muerte: la venció. De manera que las dos veces que se utiliza el adjetivo kuriakós (señorial o «del Señor») en el Nuevo Testamento, se refiere a la conmemoración de la muerte del Señor y el día de su gloriosa resurrección: «Porque cada vez que comen este pan y beben de esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que él venga» (1 Corintios 11.26).

La relación entre «Hoy», la Cena del Señor y la reunión dominical.
Una de las citas mencionadas de Hebreos contribuye a entender mejor el por qué de reunirse: «Más bien, mientras dure ese ´hoy´, anímense unos a otros cada día, para que ninguno de ustedes se endurezca por el engaño del pecado«. Vemos que «Hoy», es muy ligado al concepto de la comunidad entre los seguidores de Cristo. Por medio de lazos estrechos de hermandad, se ayudan mutua y permanentemente a seguir hacia la meta de la salvación eterna. Encontramos esta idea del aliento mutuo más adelante en Hebreos 10.23-29 donde la costumbre de congregarse es con el fin de estimularse mutuamente a crecer en el amor y las buenas obras, «animándose unos a otros«. Al no reunirse, uno fácilmente olvida su compromiso, confirmado con «la sangre del pacto» (Hebreos 10.29). Estas palabras son una clara alusión a la última cena, cuando Jesús ordenó que recordemos su cuerpo sacrificado por nosotros y «la sangre del nuevo pacto». En este contexto, las reuniones que no debían abandonarse en Hebreos 10.23-29 incluían las dominicales cuando los hermanos se reunían para tomar la Cena del Señor. El hábito de no congregarse despreciaba la manera de recordar a Jesús cómo Él lo ordenó, por medio del Pan y del Vino. Recordemos, entonces, que cada domingo es parte del Hoy en el cual nos animamos unos a otros a recordar nuestro compromiso con el Señor, creciendo en amor y buenas obras.

¿Es compatible la reencarnación con la Biblia?  ¿Fue Juan el Bautista la reencarnación de Elías, ya que vino “con su espíritu y poder» según Lucas 1.17?

¿Es compatible la reencarnación con la Biblia? ¿Fue Juan el Bautista la reencarnación de Elías, ya que vino “con su espíritu y poder» según Lucas 1.17?

¿Es compatible la reencarnación con la Biblia?

Según algunas religiones provenientes de la India, los actos, actitudes, pensamientos de cada ser humano generan una energía (karma) que condiciona la reencarnación en vidas posteriores, produciendo un ciclo de muerte y nacimiento que continua hasta poder alcanzar la perfección. El cristianismo se contrapone completamente a esta creencia, ya que “el destino de los hombres es morir una sola vez, después de lo cual viene el juicio” (Hebreos 9.27, Libro del Pueblo de Dios). Puesto que morimos “una sola vez”, no reencarnamos para volver a morir.

¿Alcanzamos eventualmente la perfección como sostiene la reencarnación?

¿Podemos los seres humanos ser perfeccionados por nuestros propios méritos? Las Escrituras enseñan que ningún ser adulto, con la excepción de Jesús, ha vivido sin tacha a los ojos de Dios. Por nuestra faltas personales quedamos destituidos de la presencia salvadora de Dios ante Quien “no hay ningún justo” (Romanos 3.9-23) y en el día del juicio final seremos juzgados por nuestras acciones realizadas durante esta vida (Romanos 2.16, 14.10, 2 Corintios 5.10). Sin un salvador, nos esperaría solamente la condenación; no obstante, Dios puso a nuestro alcance semejante Salvador, Jesucristo, quien entregó su vida inmaculada por los pecados del mundo (Juan 1.29, Hebreos 4.14-15, 9.14). Las Escrituras afirman que no podemos ser salvados del juicio por nuestros propios esfuerzos (Tito 3.3-7); necesitamos de un Salvador.

En cambio, la reencarnación en el fondo afirma que uno mismo, por sus propios esfuerzos, eventualmente puede lograr la perfección a lo largo de una serie de vidas diferentes, y por lo tanto, no necesita de un salvador. Por consiguiente, es una creencia totalmente opuesta a la fe en Jesús como Salvador. No es posible, por una parte, confiar únicamente en Cristo para recibir la salvación, y por otra, apostar a reencarnaciones sucesivas para tener la oportunidad de alcanzar en lo personal una perfección espiritual. Es más, la reencarnación debe considerarse como una enseñanza no solamente falsa sino altamente peligrosa, puesto que crea una esperanza sin fundamento en vidas posteriores, dejando de lado el ser juzgados por Dios por nuestras vidas actuales, las únicas que vamos a vivir sobre esta tierra, ya que morimos “una sola vez”.

¿Qué entonces de la cita de Lucas 1.17, que a veces se emplea para afirmar que Juan el Bautista fue la reencarnación de Elías, ya que vino con “su espíritu y poder”?

Este párrafo del evangelio de Lucas alude a un episodio al final de la vida terrenal de Elías en el cual su discípulo Eliseo le pidió “una doble porción de su espíritu” (2 Reyes 2.9). Eliseo consideraba a su maestro como un padre (2 Reyes 2.11-12), y con esta petición Eliseo expresaba su deseo de ser el heredero espiritual de Elías, ya que una “doble porción” bajo la ley de Moisés era la parte reservada al hijo mayor o primogénito (Deuteronomio 21.17). Acto seguido, Elías ascendió al cielo en una carroza de fuego y Eliseo no lo volvió a ver (2 Reyes 2.11-12). Un poder milagroso terrenal como el de Elías, llamado en el texto “su espíritu”, empezó a manifestarse en Eliseo. A partir de aquel momento él pudo hacer milagros como hacía su maestro (2 Reyes 2.13-15). Cabe aclarar que la Biblia da a entender que Elías no murió; más bien fue llevado al cielo hasta que siglos después fue enviado para hablar con Jesús en el Monte de Transfiguración (Lucas 9.28-30). Al no morir Elías, su espíritu o alma no pudo haberse reincorporado en Juan el Bautista. Por lo tanto, el hecho de que Juan el Bautista tenía el “espíritu y poder” de Elías significa que, igual como sucedió con Eliseo, Juan fue un profeta cuyo poder era comparable al de Elías. Juan no hizo milagros (Juan 10.41), pero Dios le habló en el desierto, y lo que él escuchó del Señor, luego lo comunicó con un poder sobrenatural que atraía incluso a las multitudes hasta lugares deshabitados (Lucas 3.2, Marcos 1.5). Hablaba con el poder propio de un profeta que comunicaba la Palabra de Dios  Altísimo (Lucas 1.76).