¿Realmente qué es la amistad?

¿Realmente qué es la amistad?

Sí. Es una pregunta profunda y difícil de contestar. Evidentemente tiene que ver con cercanía sobre todo. La cercanía puede basarse en distintas cosas. Las personas se acercan por gustos parecidos, similitudes, intereses o actividades en común. Este acercamiento puede ser por muchos motivos diferentes. Hasta por rivalidad. Por ejemplo, entendiendo la amistad como cercanía, ¿por qué dos enemigos, Pilato y Herodes, se hicieron amigos según Lucas 23.6-12? Traducido a nuestros tiempos diríamos que eran dos políticos rivales y, al reconocer cada uno el territorio del otro, se hicieron amigos. Esto sucedió cuando después de arrestar a Jesús, Pilato lo envió a ser procesado por Herodes. En medio de este momento injusto y trágico, dos gobernantes egoistas se hicieron amigos al acercarse como cómplices, dejando de lado su enemistad.

Por otro lado, nuestra cercanía con Jesucristo puede considerarse una amistad pero solamente en la medida que reconozcamos que Él es Señor. Puede haber cercanía solamente si lo obedecemos porque su voluntad es la correcta y muestra lo que de veras necesitamos hacer y cómo realmente debemos vivir. Por eso El dijo a sus discípulos que serán sus “amigos” si obedecen sus mandamientos (Juan 15.14). Tal obediencia no es un requisito en una amistad común. Podemos tomar en cuenta lo que desea una persona con quien sentimos cercanía afectiva o con quien experimentamos una proximidad por tener cosas en común, pero no estamos obligados a obedecer a nuestros amigos. La voluntad del amigo puede o no estar más cerca de lo que nos corresponde vivir. La amistad con Jesús es diferente. Las cosas que Él nos manda hacer siempre son las que corresponden. No es posible, por lo tanto, tener cercanía con Él sin obediencia. No puede ser nuestro Amigo sin ser nuestro Señor. Así, cuando obedecemos, “su amor” y “su alegría” y “su paz” (Juan 15.7-17, 16.33) serán nuestras (ver Gálatas 5.22-23). ¿Tendremos éstas cualidades en común con Jesús?, El hecho de compartirlas señala la verdadera amistad.  ¿No serán los mejores amigos aquelllas  personas que entienden de esta manera la relación con Jesús y por lo tanto nos ayudan a acercarnos a El de la misma manera?

De paso te comento que el libro de Proverbios da buenos consejos acerca de la amistad. Fue escrito hace casi tres mil años, evidencia que las relaciones humanas no han cambiado a lo largo de los siglos. Algunos proverbios acerca de la amistad: Proverbios 17.17, 18.19, 18.24, 22.24-25, 26.18-19, 27.6, 27.9, 27.17, 29.5.

Muchas gracias, Yamil, por compartir esta pregunta!

¿En qué consiste el bautismo bíblico?

¿En qué consiste el bautismo bíblico?

…pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua“.

El Apóstol Pedro usó el ejemplo del arca de Noé para ayudarnos a entender cómo Dios nos ofrece la salvación. Según Pedro, Dios esperaba con paciencia mientras Noé construía el arca, ya que el arca iba a ser el instrumento para lograr la salvación de ocho personas:

…Dios esperaba con paciencia mientras se construía la barca, en la que algunas personas, ocho en total fueron salvadas por medio del agua. 1 Pedro 3.20

Normalmente cuando pensamos en la salvación de la familia de Noé, decimos que fueron salvados del diluvio por medio del arca. Sin embargo, esto no es lo que nos está diciendo Pedro. Dice claramente que Noé y su familia fueron salvados “por agua”* o “por medio del agua”. ¿Cómo podrían ser salvados por medio del agua si era justamente el agua la que destruyó la tierra? El relato del diluvio en Génesis ayuda a aclarar esta duda:
Y fue el diluvio cuarenta días sobre la tierra; y las aguas crecieron, y alzaron el arca, y se elevó sobre la tierra. 
Génesis 7.17*

Aquella agua que destruyó la tierra, es la misma que levantó el arca encima de ella para que los ocho seres humanos que estaban adentro no perdieran sus vidas. El apóstol Pedro dice que la salvación de Noé y su familia “por medio del agua” representa nuestra propia salvación, también por medio del agua, hoy en día:

Y aquella agua representa el agua del bautismo, por medio del cual somos salvados. El bautismo no consiste en limpiar el cuerpo, sino en pedirle a Dios una conciencia limpia y nos salva por la resurrección de Jesucristo. 1 Pedro 3.21

¿Qué tiene que ver el bautismo con la salvación? Ya que Pedro dice que la historia del arca es una figura representativa del bautismo, podemos contestar esta pregunta con otra parecida: ¿qué tenían que ver el arca y el diluvio con la salvación de Noé y su familia? En primer lugar, la Biblia nos enseña que fue la fe de Noé la que lo motivó a construir el arca:

Por fe, Noé, cuando Dios le advirtió que habrían de pasar cosas que todavía no podían verse, obedeció y construyó la barca para salvar a su familia. Y por esa misma
fe, Noé condenó a la gente del mundo y alcanzó la salvación que se obtiene por la fe
“. Hebreos 11.7

Aquí vemos claramente que la fe de Noé fue una fe obediente. Noé era “un hombre muy bueno, que siempre obedecía a Dios”. Por eso, cuando Dios le dijo cómo debía construir el arca, “Noé hizo todo tal como Dios se lo había ordenado” (Génesis 6.9, 22). Noé no preguntó: “¿Por qué tengo que construir un arca para salvarme del diluvio? ¿No podría Dios llevarme a la montaña más alta del mundo para salvarme? ¿No podría yo ir a un país lejano para evitar el diluvio? ¿No bastaría el hecho de creer que Dios va a mandar un diluvio, y tomar mis propias medidas para evitarlo?”. No, Noé creyó, y porque creyó realmente, evitó su destrucción de la manera que Dios le había especificado. De la misma manera no nos corresponde hoy en día preguntar por qué Dios nos salva por medio del agua del bautismo, y no antes de bautizarnos o sin bautizarnos. Así como sucedió en la época de Noé, Dios es el que pone las condiciones, no nosotros. Esta es la actitud de una fe obediente.

La Biblia aclara que es la fe la que obra en el momento del bautismo y nos salva, ya que el bautismo consiste en “pedirle a Dios una conciencia limpia” (1 Pedro 3.21). Colosenses 2.12 dice que cuando los hombres se sumergen en agua al bautizarse, son sepultados con Cristo y resucitados con El, “porque creyeron en el poder de Dios, que lo resucitó“. Pedro también dice que somos salvados al bautizarnos, “por medio de la resurrección de Jesucristo“. Verdaderamente, lo que nos salva en el momento del bautismo es la fe en la muerte y la resurrección de Jesucristo.

Esta pregunta: “¿Por qué nos salva el bautismo?” nos obliga a considerar otra: “Por qué nos salva la resurrección de Jesucristo?”. En primer lugar, necesitamos ser salvados porque todo hombre se aleja de la presencia de Dios y muere espiritualmente. El Apóstol Pablo nos da a entender que hasta el momento en que él tomó conciencia de los mandamientos de Dios, tenía vida, pero al tomar conciencia de la voluntad de Dios, llegó a ser responsable de sus actos de desobediencia, muriendo espiritualmente:

Hubo un tiempo en que, sin la ley, yo tenía vida; pero cuando vino el mandamiento, cobró vida el pecado, y yo morí…” Romanos 7.9

Cuando llegamos a una edad en que gozamos de libre albedrío y somos responsables de nuestros actos también en algún momento desobedecemos a Dios y pecamos.
Romanos 3.21 nos dice que “todos hemos pecados y estamos lejos de la presencia salvadora de Dios“. Al alejarnos de la presencia de Dios, nos alejamos de la fuente de la vida y morimos espiritualmente. Como Pablo acaba de decir, “cobró vida el pecado, y yo morí..” Por eso, Romanos 6.23 nos dice que “el pago que da el pecado es la muerte“.
Todo ser humano que es responsable de sus acciones, ha desobedecido a Dios y está bajo una sentencia de muerte. Si bien es cierto que Dios es Amor (1 Juan 4.8), no debemos olvidarnos de que Dios es como un “fuego que todo lo consume” (Hebreos 12.29). Si El dicta que el hombre debe morir por sus pecados, esa sentencia debe cumplirse. “Qué bueno es Dios, aunque también qué estricto” (Romanos 11.22). Ya que El es el Juez de toda la tierra (Génesis 18.25), Dios debe exigir el cumplimiento de la sentencia: “el pago del pecado es la muerte”. Sin embargo, ya que El es amor, debido a su bondad, Dios no quiere que el hombre se pierda eternamente. Por lo tanto, El Mismo viene en forma de su Hijo, para recibir el pago del pecado. Aunque El mismo nunca pecó, murió en nuestro lugar para librarnos de la sentencia de muerte contra todo pecador:

Cristo no cometió pecado alguno; pero por causa nuestra, Dios lo trató como al pecado mismo, para así, por medio de Cristo, librarnos de culpa” 2 Corintios 5.21

Luego, Jesús vence a la muerte, resucitando para darnos la posibilidad de una vida nueva.

Hemos visto el por qué de la muerte de Jesús. Su muerte termina en la resurrección, y entender la relación entre estos dos sucesos es necesario para poder contestar nuestra pregunta: “¿Por qué nos salva la resurrección de Jesucristo?” Nos salva porque si primero morimos con El, también volvemos a la vida con El, participando de una existencia en que nuevamente estamos en comunión con Dios (Ver Romanos 6.3–5).
Sin embargo, esta vida nueva, que empieza con el perdón de nuestros pecados, es solamente posible si tenemos una fe obediente como la que tenía Noé. ¿Cómo podemos entender la fe obediente de Noé y compararla con nuestra propia salvación?

  • Para salvarse del diluvio, Noé primero tenía que creer que Dios iba a mandar un diluvio para destruir la tierra. De la misma manera, no podemos obtener el perdón de nuestros pecados si no creemos que somos pecadores y que el pago del pecado es la muerte.
  • Con una fe obediente Noé confió en la promesa de Dios. Dios lo iba a salvar del diluvio por medio de las aguas que alzarían el arca por encima de la destrucción. Nosotros también debemos confiar en que Dios sí puede aceptarnos como justos por medio de la muerte y la resurrección de Jesús.

Pues, por nuestra fe, Dios nos acepta como justos también a nosotros, los que creemos en aquel que resucitó a Jesús, que fue entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para librarnos de culpa. Romanos 4.24-25

El hombre que no confía en el poder de Dios que resucitó a su Hijo y que nos acepta como justos, perdonando nuestros pecados, no puede tener una fe obediente: desconfía de la promesa de Dios.

  • El último elemento de la fe obediente de Noé fue la construcción del arca. Sin el arca, Noé no podría haberse salvado de la destrucción del diluvio, por más que hubiera huido a otro país, o subido hasta la cima del monte más alto. El arca fue el medio por el cual Dios envió la salvación a Noé y su familia. El puso las condiciones y no hubiese aceptado otras, por más que pareciesen lógicas y factibles. La obediencia es una parte fundamental de la fe en Dios como Señor y Amo del Universo. El merece nuestra obediencia por ser el único Dios. Si no aceptamos la salvación de la manera en que El la ofrece, nuestra fe no es una fe obediente, y por lo tanto no es el tipo de fe que nos puede salvar. De ahí que, cuando la Biblia nos dice que el bautismo nos salva por medio de la resurrección de Jesucristo, no podemos suponer que podemos ser salvados por medio de la resurrección de Jesucristo antes de bautizarnos, o sin el bautismo. Las condiciones que Dios pone no son discutibles.

Las tradiciones de los hombres

En la época en que Jesús vivía, dijo una vez a alguna personas muy religiosas: “De nada sirve que me rindan culto: sus enseñanzas son mandatos de hombres. Porque ustedes dejan el mandato de Dios para seguir las tradiciones de los hombres” (Marcos 7.7-8). Hoy en día muchas personas religiosas, con frecuencia bienintencionadas, siguen tradiciones humanas con respecto a la salvación que Dios nos ofrece por medio de Jesús. Especialmente han cambiado la importancia que Dios dio al bautismo como medio por el cual somos salvados. En esencia hay dos tradiciones humanas muy difundidas con respecto al bautismo: una que es practicada por la Iglesia Católica y otra que comúnmente se enseña en las Iglesias Evangélicas. Las dos son solamente tradiciones que utilizan parte de la verdad, pero dejan de lado otra parte. No son el bautismo que encontramos en el Nuevo Testamento. Consideremos ambas tradiciones:

  • La tradición católica. Según la Iglesia Católica, el bautismo nos salva, así como enseña la Biblia en 1 Pedro 3.21. Sin embargo, hemos visto que lo que nos salva en el bautismo es nuestra fe en la muerte y la resurrección de Jesucristo. “El bautismo no consiste en limpiar el cuerpo, sino en pedirle a Dios una conciencia limpia” (1 Pedro 3.21). Lógicamente, un bebé no puede pedirle a Dios una conciencia limpia, porque todavía no tiene noción de lo que es el pecado. “El bautismo no consiste en limpiar el cuerpo”, y por más que algunas gotas de agua se deslicen sobre la cabeza del bebé que se bautiza, el rito del bautismo no pide una conciencia limpia a Dios, y por lo tanto, realmente no es un bautismo. Según la Iglesia Católica, el bebé debe bautizarse para evitar el castigo del pecado original. Sin embargo, la Biblia enseña que el pecado no puede heredarse: “Sólo aquel que peque morirá. Ni el hijo ha de pagar por los pecados del padre, ni el padre por los pecados del hijo” (Ezequiel 18.20). Solamente cuando entiendo que soy un pecador y necesito de la salvación de mi alma, y confío en que Dios sí puede salvarme por medio de su Hijo, sólo entonces puedo recibir la salvación mediante la fe, al morir y resucitar con Jesús al bautizarme.Vamos a suponer que Dios no destruyó el mundo por medio del diluvio y que nunca le dijo a Noé que debía construir el arca para salvarse. ¿No sería ridículo si un día a Noé se le ocurre construir una nave grande lejos de donde hay agua y meterse adentro para salvar su vida? Sin el diluvio, él no hubiera tenido por qué construir el arca. No obstante, algo parecido pasa con el bautismo de bebés. Según la Biblia, uno es responsable por sus pecados solamente cuando toma conciencia de los mandatos de Dios (Romanos 7.9). Debemos bautizarnos para que nuestros pecados sean perdonados, y antes de bautizarnos debemos arrepentirnos (Hechos 2.38). Lógicamente un bebé no puede arrepentirse de algo que no entiende, y si no es responsable de sus actos todavía, tampoco tiene pecados que pueden ser perdonados por medio del bautismo. El bautismo de bebés construye el arca sin la amenaza del diluvio.Vale la pena agregar que la palabra griega traducida como “bautizar” es baptizein, que significa “sumergir”, hecho que explica por qué la forma original del bautismo era “inmersión” en agua. Al sumergirse en el agua, por medio de la fe uno muere espiritualmente y es sepultado con Cristo, y también por medio de la fe, resucita con Él al salir del agua para comenzar otra vida (Colosenses 2.12, Romanos 6.1-11, Gálatas 3.20). Por lo tanto, la forma original y bíblica del bautismo, inmersión, es una entrega de fe para unirse con Jesús en la obra salvadora de su muerte y resurrección. Lo que la tradición más difundida practica no es una entrega de fe, puesto que el bebé no cree todavía. Posiblemente esta realidad explique en parte el cambio de la práctica original de “inmersión” por la actual de “aspersión” de agua encima de la cabeza, la cual no representa por medio de la acción la muerte y resurrección, y tampoco requiere fe de parte del niño para realizarse.
  • La tradición evangélica.Las iglesias evangélicas se llaman así porque dicen que predican el evangelio, o sea, las buenas noticias, y hasta cierto punto hacen exactamente eso. Predican que la salvación viene solamente por Jesucristo, que recibimos la salvación por medio de la fe en Él y que Dios nos da la salvación gratuitamente. Además, muchas iglesias evangélicas bautizan a personas que tienen fe, o sea, a adultos. También suelen bautizar por inmersión, práctica que coincide con el significado original de la palabra griega baptizein (sumergir).Todo esto está de acuerdo con lo que la Biblia nos enseña acerca de la voluntad de Dios.Sin embargo, muchas iglesias evangélicas dicen que el bautismo no salva. Enseñan que la persona que tiene fe antes de bautizarse, o sin bautizarse, se salva igual. Esto contradice 1 Pedro 3.21 que dice: “El bautismo nos salva”.​Para muchas iglesias evangélicas el bautismo es un “testimonio” que da la persona que tiene fe, pero no es necesario para la salvación. La Biblia nunca dice que el bautismo es un testimonio. Es muy común en las iglesias evangélicas enseñar que el bautismo es un “acto de obediencia”, pero que no nos salva. Sin embargo, para que el bautismo se realice con la fe obediente que Dios pide, debería hacerse con la convicción de que en ese momento se recibe por primera vez el perdón de los pecados, el Espíritu Santo, y la salvación. Si una persona cree que ya está salvada, que Cristo ya lavó sus pecados, antes de bautizarse, ¿puede recibir el perdón de sus pecados y la salvación en el momento de su bautismo? Según 1 Pedro 3.21 en el momento del bautismo la persona pide a Dios una conciencia limpia. Según Hechos 2.38 nos bautizamos para que nuestros pecados sean perdonados. Si uno cree que Dios ya lo ha perdonado, antes de bautizarse, si cree que ya está salvado sin bautizarse, lógicamente en el momento de su bautismo no puede tener fe en que Dios está limpiando su conciencia de todos sus pecados anteriores, ni que en ese momento Dios le da la salvación.Otra enseñanza muy común entre las iglesias evangélicas es que el bautismo solamente simboliza la muerte y la resurrección de Cristo. Sin embargo, la Biblia no dice que el bautismo es un simbolismo; dice más bien que cuando uno se bautiza, por medio de la fe muere y resucita con Cristo. No dice que es algo simbólico sino que por medio de la fe entramos en unión juntamente con Cristo en su muerte y su resurrección. Es una realidad espiritual hecha posible por medio de la fe; no es un simple simbolismo. “Al ser bautizados, ustedes fueron sepultados con Cristo, y fueron también resucitados con él, porque creyeron en el poder de Dios que lo resucitó” (Colosenses 2.12). El versículo siguiente, 2.13, nos dice que el momento de resucitar con Cristo, y empezar a vivir con El, es el punto del perdón, cuando Dios nos purifica de todo pecado.¿Puede una persona recibir el perdón de sus pecados antes de morir y resucitar con Cristo? Si un creyente evangélico piensa que el bautismo solamente simboliza una salvación que recibió antes de bautizarse, no puede pensar que está entrando en unión con Jesús en su muerte en el momento de bautizarse. Piensa más bien que esta unión se logró de alguna manera antes del bautismo. Según la “tradición evangélica”, ¿cómo se logra la unión con Cristo sin bautizarse? Comúnmente se enseña que por medio de una oración uno puede “entregarse” al Señor o “recibir” al Señor. A veces esta oración se llama la “oración de entrega” o la “oración del pecador”. La llamada “oración de entrega” no aparece en la Biblia; es parte de la tradición evangélica que sostiene que uno puede ser salvado antes de bautizarse, o directamente sin el bautismo. Si uno piensa que ya está salvado antes de bautizarse, tampoco puede, por medio de la fe pedir el perdón de sus pecados mediante el acto del bautismo. Según el Nuevo Testamento la única manera en que uno puede morir y resucitar juntamente con Cristo es mediante la fe en el momento de bautizarse.

    Volvamos al ejemplo de Noé. Supongamos que Dios le advierte a Noé acerca del diluvio y le dice cómo construir el arca para salvarse a sí mismo y a su familia. Y Noé efectivamente construye el arca, pero no lo hace todo tal como Dios se lo había ordenado. Sencillamente no sería como sucedió, porque sabemos que Noé sí “hizo todo como Dios se lo había ordenado” (Génesis 6.22). No sabemos lo que habría pasado si Noé no hubiera usado la madera resinosa que Dios mandó o si no hubiera tapado con brea todas las rendijas de la barca por dentro y por fuera (Génesis 6.14), o si hubiera hecho el arca con dimensiones distintas de las que Dios mandó. ¿Dios habría hecho que el arca flotara igual? No sabemos. Pero sí podemos afirmar que al construir el arca de una manera no ordenada por Dios, Noé no hubiera sido el hombre que siempre obedecía a Dios (Génesis 6.9). No podemos suponer que el amor de Dios nos salvará, sabiendo que El es también un fuego que todo lo consume. Si Dios nos ofrece la salvación gratuitamente, debemos aceparla de la manera que El nos la ofrece, es decir: en el momento de bautizarnos, no antes o después. Cambiar esta condición, es nuevamente, hacer pasar una tradición humana por un mandato de Dios.

¿Tradiciones humanas u obediencia a Dios? 

Según Efesios 4.5 existe “un bautismo”, ¿pero lo que se suele practicar actualmente en las distintas ramas del cristianismo es ese único bautismo? ​La Iglesia Católica enseña que primero la persona se bautiza y se salva, y luego, en algún tiempo futuro llega a creer y confirma su bautismo. En cambio, muchas iglesias evangélicas enseñan que primero uno cree y es salvado y luego, en algún momento se bautiza, pero no para alcanzar la salvación, porque fue salvado antes. La Biblia NO ENSEÑA que uno se salva al bautizarse sin creer (la posición católica); TAMPOCO enseña que uno cree y es salvado y luego se bautiza (la posición evangélica). La Biblia sí ENSEÑA que al bautizarnos le pedimos a Dios una conciencia limpia (1 Pedro 3.21), lavándonos de nuestros pecados (Hechos 2.38; 22.16), cuando por medio de la fe en ese momento morimos y resucitamos con Jesucristo (Colosenses 2.12; Romanos 6.3-5), recibiendo la salvación (1 Pedro 3.21; Tito 3.3-7), al nacer de nuevo del agua y del Espíritu (Juan 3.3-5), pasando a formar parte del cuerpo de Cristo, o sea, la Iglesia (1 Corintios 12.13).

Dios es el que pone las condiciones de nuestra salvación; no tengamos la osadía de cambiarlas. Si usted se bautizó según las enseñanzas de alguna tradición humana, no es tarde para mostrar su amor y reverencia hacia Dios, aceptando la salvación que Él nos ofrece, respetando las condiciones que Él ha determinado. Antes de unirse a la muerte y resurrección de Jesús por medio de la fe en el momento de bautizarse, es importante que usted entienda bien el compromiso que asume con este acto. Estamos a su disposición para explicar mejor las bendiciones y las responsabilidades de la vida cristiana. También puede buscar más orientación comunicándose con una Iglesia de Cristo.

Para comentar esta nota o plantear dudas: consultas@bibliayteologia.org

Teología escatológica del momento actual. ¿Trompetas?

Teología escatológica del momento actual. ¿Trompetas?

Alrededor del 2010 comenzaron a circular videos en Youtube acerca de sonidos extraños que se interpretan como “trompetas”. Una de las versiones más recientes de este video se refiere al sonido como un “hum” (zumbido) y plantea si estas singulares vibraciones no serán las “siete trompetas del Apocalipsis”. Llama la atención que estos videos no aparecen en los noticieros de medios masivos. ¿Los consideran podo serios? Son llamativos por su carácter misterioso y sensacionalista; no obstante, hace un par de años, uno de ellos, subido a Internet en la Argentina fue cuidadosamente desmentido, no dejando duda que se trataba de un fraude. Da par pensar el trabajo técnico minucioso que se requiere no sólo armar semejante engaño sino también para desenmascararlo.

Uno no deja de preguntarse acerca de la verdadera motivación de los autores de semejantes videos. ¿Nacen del deseo de convencer acerca de una interpretación dada? ¿Son simples bromas? ¿Qué pasará si las personas condicionan su fe en la segunda venida de Jesús a la supuesta veracidad de estos videos y otras “pruebas” actuales? Si estos internautas quedan desilusionados en cuanto a esta evidencia moderna, ¿quedará afectada su fe en el Señor? Ya que lo que está en juego se trata de nada menos que la fe de los creyentes en Jesús, es conveniente detenernos a pensar primeramente en el carácter simbólico del Apocalipsis y, luego, desde esta perspectiva, preguntarnos qué significan las siete trompetas de esta profecía del Apóstol Juan.

Una profecía comunicada por medio de señales.

Desde el vamos en Apocalipsis 1.1, Juan recurre a un verbo “semaino” que se traduce como “indicar, dar a entender, dar a conocer” según la Sociedades Bíblicas Unidas. -Este primer versículo del libro se traduce en la Biblia de las Américas de la siguiente manera: “La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la dio a conocer, enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan”. En esta versión, la frase “dio a conocer” traduce el verbo “semaino”. Es necesario aclarar que este verbo también puede traducirse como “dar a conocer por medio de señales”. El Diccionario griego-español Vox registra las siguientes posibilidades: “señalar, indicar, apuntar; dar señal (a alguien de hacer algo); hacer señales; declarar, interpretar, explicar, referir; significar”. El verbo tiene la misma raíz que el sustantivo semeion (señal, signo), un término importante para el apóstol Juan en su Evangelio. Allí, por ejemplo, cuando Jesús devuelve la visión a un ciego (Juan, capítulo 9) es una “señal” de algo más profundo: “Jesús es la luz del mundo” (Juan 8.12) quien abre nuestros ojos espirituales para creer en el Hijo de Dios. Cuando llegamos al Apocalipsis, ya aprendimos que recurrir a “señales” para comunicar una verdad no es nada nuevo, ni para Jesús (Juan 6.26), ni para su apóstol, Juan.

Entonces, por más que el verbo semaino puede significar sencillamente “dar a conocer”, en Apocalipsis 1.1 el Señor probablemente quiere decir “comunicar por señales” a sus “siervos”. ¿Por cuál de los significados tendríamos que optar?

Afortunadamente, como suele ocurrir en el Apocalipsis en este versículo se encuentra una clara alusión a un evento del Antiguo Testamento, en este caso a Daniel, capitulo 2. El comentarista G. K. Beale ha demostrado que Apocalipsis 1.1 nos lleva directamente a Daniel 2.28-30, y 2.45 en la Septuaginta, la traducción al griego del Antiguo Testamento que circulaba en el siglo primero de nuestra era. El apóstol Juan con frecuencia recurre a la Septuaginta en sus alusiones al Antiguo Testamento en el Apocalipsis. En el capítulo 2 el Rey Nabucodonosor ha soñado con una estatua compuesta de cuatro materiales diferentes. Parte de la interpretación del sueño se encuentra en Daniel 2.45, donde el griego de la Sepuaginta puede traducirse de la siguiente manera:

“Así como viste desprenderse del monte, sin intervención de mano humana, la piedra que redujo a polvo el hierro, el bronce, la arcilla, la plata y el oro, El Dios grande //ha dado a conocer (o) ha comunicado con señales// al rey las cosas que serán en los últimos días.”

En esta cita las dos opciones para traducir “semaino” aparecen entre barras dobles : // //.

Otra frase en el 1.1 del Apocalipsis, “las cosas que deben suceder pronto”, reproducen exactamente las palabras “las cosas que deben suceder en los últimos días” en Daniel 2.28 y 2.30 en la Septuaginta, salvo que Juan introduce un importante cambio: estas cosas deben suceder “pronto”. Lo que iba a suceder en los “últimos días” desde la perspectiva de Daniel debe suceder “pronto” en la época de Juan. Es que los “últimos tiempos” son los que comienzan a partir de la resurrección de Jesús, y Juan, quien escribe varias décadas después de este inicio, sabe que el tiempo del cumplimiento “está cerca” (Apocalipsis 1.3). Jesús durante su vida anunciaba un reino que “se ha acercado” (Marcos 1.15, Biblia de las Américas). En cambio, en el momento en que Juan escribe, por haber resucitado Jesús efectivamente ya “hizo” el reino (Apocalipsis 1.6).

Elementos de un sueño, y de una visión, que comunican simbólicamente la realidad. 

Continuamos comparando Apocalipsis 1.1 con el sueño de Nabucodonosor (Daniel capítulo 2). En el contexto de este sueño, la estatua y la piedra que la pulveriza símbolizan (“señalan, comunican por señales”) reinos humanos que son vencidos por el reino de Dios (ver la explicación en Daniel 2.31-45). No son ni una estatua ni una piedra literales. Por eso, podemos sostener que es viable la traducción “Dios ha comunicado con señales al rey las cosas que serán en los últimos tiempos” de Daniel 2.45. La estatua del sueño no existió literalmente; fue un elemento relevante del sueño de Nabucodonosor; éste y los demás elementos del sueño tienen un significado simbólico que el profeta Daniel se ocupa de explicarle al Rey: en los últimos tiempos llegará el reino de Dios que conquistará a los reinos de los hombres. En cambio, en el momento en que se recibe la visión del Apocalipsis, el reino de Dios ya se ha acercado; Jesús ya ha creado y un reino de “sacerdotes” (su Iglesia) (Apocalipsis 1.6). Ahora falta solamente que Él juzgue definitivamente con su poder soberano cuando venga “en las nubes” (Apocalipsis 1.7) cuando Él se siente en su trono para juzgar (Mateo 25.31). Es de este estado del reino de Dios que se habla en el Apocalipsis. Lo que son los “últimos días” para Nabucodonosor, en la época de Juan ya es “pronto”.

Basándonos en esta interpretación claramente simbólica de Daniel 2, a la que se alude directamente en Apocalipsis 1.1, podemos afirmar que desde su inicio la profecía de Juan comunica la palabra de Dios por medio de símbolos. En otras palabras, la linea recta a Daniel 2 en el capítulo 1.1 de Apocalipsis, señala la intención de la profecía de darse a conocer de esta manera: “comunicando con señales”. Es más, Juan aclara que él escribe “en lenguaje espiritual” (Apocalipsis 11.7), es decir, no literal.

¿Cómo afecta este hecho la manera de interpretar las “trompetas” del Apocalipsis? Recordando que Apocalipsis se da a conocer simbólicamente conforme el modelo de Daniel 2, sencillamente no tenemos por qué pensar que habrá trompetazos más literales que la estatua y la piedra del sueño de Nabucodonosor. Así como Dios “señaló”, habló por signos, a Nabucodonosor, ahora “señala”, habla por signos, “a sus siervos”. Por lo tanto, desde la perspectiva de la comunicación simbólica, las siete trompetas pueden representar las variadas oportunidades en que Dios ha hablado en la historia de su pueblo con “voz de trompeta”. Por ejemplo, así Él habla a Moisés y el pueblo de Israel en Sinaí (ver Éxodo 19.18-19, 20.18;). Ciertamente podemos imaginar una alusión directa a las trompetas que suenan cuando se caen las murallas de Jericó. Esto sucede después de un período siete días. Siguiendo las indicaciones del Señor, los primeros seis días los israelitas diariamente dan una sola vuelta alrededor de la ciudad en silencio. Pero hay una énfasis especial el último día, el séptimo, cuando marchan alrededor de la ciudad siete veces (Josué 6.14-16, 6.20). Inmediatamente tocan las trompetas y las murallas de la ciudad se caen. Así con su obediencia el pueblo de Dios venció en el pasado, y de la misma manera, en los “últimos tiempos” los santos serán vencedores porque dan el testimonio de su fe al mundo que rechaza a Jesús (Apocalipsis 12.10-11). Este mundo, “en lenguaje espiritual”, el Apocalipsis llama “la gran ciudad”. Su caída, está anunciada por las trompetas de la profecía (que incluye el testimonio de “los santos”) de la misma manera que cayeron las murallas de Jericó.

Así como Dios ha intervenido en el pasado para salvar a su pueblo, sigue obrando en el presente y lo hará en el futuro, porque Él es “el que era, el que es y el que ha de venir” (Apocalipsis 1.4). Pero puesto que se trata de lenguaje simbólico, no tenemos por qué pensar que literalmente sonarán trompetas o que se escuchará un “zumbido fuerte” durante varios años en distintas partes del mundo. El símbolo de las trompetas comunica la realidad del juicio de Dios contra el mundo que no acepta a su Hijo Jesucristo. En el momento predeterminado, Dios interviene a lo largo de los años para juzgar, e intervendrá definitivamente en el día de la consumación universal: no habrá especulación ni harán falta videos que anuncien la segunda venida de Jesús y el juicio final: “Todo ojo lo verá” (Apocalipsis 1.7). Los juicios de Dios son irrevocables. Son anunciados por la proclamación de su Palabra, no por un zumbido misterioso que puede producirse por medio de la tecnología moderna y luego subirse a internet. Cuando el Señor inicie el juicio final, no nos quedarán dudas.

Parte 2 ¿Qué es un ídolo? -Se considera que el culto a “San La Muerte” es idolatría? ¿La Biblia dice algo al respecto?

Descripción simbólica de la presencia demoníaca en la idolatría.
La primera parte de esta reflexión mencionó la influencia demoníaca que está presente en la idolatría. Por lo menos dos textos bíblicos más afirman esta idea. Uno se encuentra en el Apocalipsis, un libro sumamente simbólico que transmite importantes verdades espirituales por medio del relato de visiones que recibe el apóstol Juan. Por ejemplo, él ve a dos ejércitos identificables como demoníacos, ya que su descripción incluye elementos de “escorpiones y serpientes”, rasgos asociados en la Biblia con el diablo (comparar Lucas 10.17-20, Apocalipsis 9.5, 9.19, 12.9). El primer ejército demoníaco sube del “abismo”, el destino que les corresponde a los demonios (Apocalipsis 9.1-2, 9.11, Mateo 9.29, Lucas 8.31). Esta horda lleva a las personas que no gozan de un compromiso con Jesús a desesperarse de la vida, deseando morir aunque “la muerte huye de ellos” (Apocalipsis 9.6); luego, un segundo ejército demoníaco incluso inflige la muerte física (Apocalipsis 9.13-18). A pesar de esto, los seres humanos que siguen con vida, no se arrepienten y “no dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos…” (Apocalipsis 9.20). Es decir, siguen adorando a los mismos demonios que los llevan a desesperarse de la vida e incluso hasta la muerte misma. Rinden culto a lo que les hace daño. Este versículo nuevamente vincula la idolatría con la influencia demoníaca, como vimos en la primera parte de esta nota. Cabe mencionar que lo que se describe aquí coincide con lo que sabemos actualmente de las adicciones. Se sigue alimentando una adicción aunque daña al adicto. ¿Pueden, entonces, las adicciones encerrar un elemento demoníaco? ¿Pueden representar otro aspecto de la idolatría? Volvemos a recordar las palabras de Pablo, “no dejaré que nada me domine” (1 Corintios 6.12), refiriéndose al uso correcto del cuerpo para honrar al Señor. Solamente el Señor debe “dominarnos”. Los apetitos físicos pueden convertirse en una especie de dios que busca reemplazar al Señor en nuestra vida (Filipenses 3.18-19).

La lucha espiritual, cómo ganarla.
Como ya vimos en la carta de 1 Corintios, la lucha contra fuerzas malignas también ocupa un lugar relevante en los escritos del apóstol Pablo. Él enseñó que “La batalla que libramos no es contra gente de carne y hueso, sino contra principados y potestades, contra los que gobiernan las tinieblas de este mundo, ¡contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes!” (Efesios 6.12, Reina Valera Contemporánea). En este texto, por “principados y potestades” se entienden a fuerzas demoníacas poderosas. Aplicando este pasaje al tema de los dioses falsos, las Escrituras afirman que la lucha espiritual del cristiano no es contra los que practican, por ejemplo, alguna forma de idolatría (“gente de carne y hueso”), sino más bien las fuerzas que están detrás de este culto: sea adoración que se rinde a una imagen material, o bien, la avaricia, los apetitos desmedidos, las adicciones. En nuestra sociedad a veces se sincretiza por un parte, la adoración a Dios y Jesús, y por otra, el culto a seres creados, a sus imágenes y otras formas de idolatría. Recordemos que el Señor no quiere que intentemos tener comunión con Él por un lado y con los demonios por otro (1 Corintios 10.19-22). La veneración de santos populares como San La Muerte, u otros oficiales, puede parecer inocente e incluso atractiva. Sin embargo, al rendir culto a seres creados o sus imágenes, no dejan de ser formas de idolatría. Los seres demoníacos, al restarle adoración a Dios y transferírsela a seres creados o algo que se origina en este mundo, entablan una feroz batalla para la lealtad de las almas de los hombres. La lucha del cristiano no es contra “gente de carne y hueso” sino contra las fuerzas que inspiran éstas y otras manifestaciones del mal en el mundo. Las armas espirituales a favor de los cristianos fieles son poderosas: la verdad, la justicia, el evangelio de la paz, la fe, la salvación, la palabra de Dios y especialmente la oración (Efesios 6.10-20, Marcos 9.29, Apocalipsis 12.10-11).

Finalmente, es necesario recordar que las personas que promueven el culto a seres creados o sus imágenes pueden dar la apariencia de ser auténticas voces cristianas que abogan por un culto a imágenes aparentemente inofensivo e incluso benigno. No olvidemos que las apariencias pueden engañar: Satanás mismo “se disfraza de ángel de luz” (1 Corintios 11.14). No hay que dejarse engañar por cualquier culto a seres creados o sus imágenes. Es idolatría y una puerta abierta para la influencia demoníaca.

Parte 1 ¿Qué es un ídolo? -¿Se considera que el culto a “San La Muerte” es idolatría? ¿La Biblia dice algo al respecto?

Parte 1 ¿Qué es un ídolo? -¿Se considera que el culto a “San La Muerte” es idolatría? ¿La Biblia dice algo al respecto?

Apariencias que despiertan sospechas.

La imagen tallada de un esqueleto con guadaña en la mano suele inquietar al que, por vez primera, se cruza con un nicho donde se venera al personaje “San La Muerte”. Al ver algo con apariencia tan nefasta, uno razona, ¡no puede ser de Dios! Seguramente es certera dicha reacción a este extraño culto sudamericano, popular en el litoral argentino y con una presencia en auge en el Gran Buenos Aires. No obstante, la Biblia nos indicará que la certeza del rechazo no radica solamente en lo instintivo.

Cuenta la leyenda que un jesuita de la época de Carlos III realizaba obras de bien entre los leprosos, sin contar con la aprobación oficial de la iglesia. Finalmente fue encarcelado por no someterse a las autoridades religiosas. Como protesta, el jesuita hacía ayuno de pie, posición en la cual todavía se encontraba después de fallecer. Por su énfasis en las buenas obras realizadas por el jesuita, esta leyenda le atribuye un origen casi noble a “San La Muerte”. ¿Puede, entonces, haber algo positivo en el culto rendido a su imagen tallada?

Cuando las apariencias engañan: la idolatría.

Para evaluar el culto a San La Muerte es necesario primero entender el término “idolatría”, recurriendo a la Biblia en busca de una definición. Esta investigación nos lleva a la Epístola a los Romanos donde vemos que la idolatría consiste en rendir adoración a cualquier ser humano u otra criatura en vez del Creador. Los idólatras “han cambiado la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, y hasta por imágenes de aves, cuadrúpedos y reptiles” Romanos 1.23 (ver en el contexto del 1.18-23). “San La Muerte”, aun con su vestimenta de esqueleto con guadaña, no deja de ser la “imagen de un hombre”, y por lo tanto, al rendirle culto, uno incurre en idolatría. La definición que derivamos de la cita de Romanos para “idolatría” es, entonces: “la adoración de la imagen de un ser humano u otra criatura en vez del Creador”. Los únicos dignos de adoración en la Biblia son Dios Padre y el Hijo, por medio de quien “todas las cosas fueron hechas” (Juan 1.3; ver Apocalipsis 4.9-11, 5.11-13), y a quienes nos acercamos “en el Espíritu Santo” (Efesios 6.18). Todos los demás seres son criaturas, no Creador, y al adorarles se comete el pecado de la idolatría. Es más, la Biblia habla directamente de adorar al Padre y al Hijo, no a su “imagen”. En cuanto a “San La Muerte”, la idolatría no consiste en la apariencia posiblemente nefasta del ídolo, como en el caso de “San La Muerte”, sino en el hecho de la adoración en sí. Existen otras imágenes más atractivas, incluso oficialmente aprobadas, que también caen dentro de esta definición. Al venerar a un ser humano, u otra criatura (como por ejemplo, un ángel), se idolatra.

Ídolos vacíos, fachadas que ocultan fuerzas del mal.

En primer lugar, las Sagradas Escrituras no sólo condenan la idolatría sino también hacen hincapié en su inutilidad. Por ejemplo, el Salmo 115.3-8 señala que los ídolos no pueden oír o ver, y por este motivo es inútil intentar comunicarse con ellos. A pesar de que no hay otro Dios fuera del Señor, los hombres incluso fabrican falsos dioses de la misma madera que usan para calentarse (Isaías 44.6-20). En cambio, el Dios verdadero sí recompensa a quienes lo buscan (Hebreos 11.6).

Sin embargo, la inutilidad no es el único peligro que acarrea la adoración de ídolos. Aunque un ídolo no es en realidad más que un pedazo de piedra o madera, al rendirle culto, según la Biblia, se adora a un demonio. Esto lo sabemos por la enseñanza del apóstol Pablo en 1 Corintios 10.18-22. En este contexto primero él hace referencia a los legítimos sacrificios a Dios que se realizaban en el Antiguo Testamento. Estos sacrificios eran una especie de “comunión” con el Señor. En cambio el apóstol clarifica que aunque “el ídolo no es nada”, es decir, es solamente un pedazo de algo material, “cuando los paganos [le] ofrecen algo en sacrificio, se lo ofrecen a los demonios”. Pablo no quería que los cristianos de Corinto participasen de la comunión cristiana, por una parte, y por otra, de la comunión con los demonios presentes en la idolatría. Es decir un contacto con lo demoníaco se efectuaba al rendirle culto al ídolo. Debido al origen pagano de la mayoría de los cristianos de Corinto, y el medio ambiente en el cual todavía se movían, ellos tendrían amplias oportunidades para participar del culto a ídolos.

Ídolos que suelen no reconocerse como tales.

Sabiendo esto, cabe afirmar que la práctica de venerar imágenes de cualquier tipo no es justificable por la palabra de Dios, ya que adorar a seres creados resta honor al Creador, una actitud que favorece a las fuerzas espirituales malignas. Sin embargo, la idolatría no consiste solamente en adorar imágenes hechas de piedra, madera, yeso o pintadas en un cuadro. Por ejemplo, la Biblia incluye la avaricia dentro de las actividades que pueden considerarse como idólatras: es “una especie de idolatría” (Colosenses 3.5). El Señor Jesús enseñó: “No pueden servir a Dios y a las riquezas” (Lucas 16.13).

Nuestros “apetitos” pueden llegar a ser ídolos no hechos por manos humanas. Pueden llegar a ser nuestro “dios” (Filipenses 3.18-19). Por este motivo Pablo afirma que “no dejaré que nada me domine” (1 Corintios 6.12). El Señor Jesús es “para el cuerpo”, el templo de su Espíritu (1 Corintios 6.13, 6.19) por lo que debemos honrarlo en cuerpo y espíritu (1 Corintios 6.20). Es importante entender que no solamente ídolos materiales, hechos por manos humanas, pueden tener un origen demoníaco, sino también estas otras clases de “idolatría” cotidiana—la avaricia y el hábito de permitir que nuestros apetitos físicos nos dominen.

Agradecemos a Silvia su pregunta que motivó esta nota y la siguiente.

Esta nota continuará en una segunda parte.

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