Parte 1 Carne y Espíritu: Lucha espiritual

Parte 1 Carne y Espíritu: Lucha espiritual

La lucha interior que Pablo describe en Romanos capítulo 7, ¿se refiere a su condición antes o después de convertirse en seguidor de Cristo?

Palabras de un hombre conflictuado.

En Romanos capítulo 7.14b-20, el apóstol Pablo escribió acerca de su lucha interior:

Pero yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado. Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Pero si hago lo que no quiero, con eso reconozco que la Ley es buena. Pero entonces, no soy yo quien hace eso, sino el pecado que reside en mí, porque sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne1. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí. (versión citada: Biblia de Jerusalén)

La interpretación de estas palabras ha sido controvertida, probablemente desde el momento en que Pablo las escribió hace dos milenios. Los lectores preguntan si el apóstol describe su situación espiritual antes o después de convertirse.

¿Si habla Pablo de sí mismo antes de convertirse?
Algunos afirman que es totalmente comprensible lo que el apóstol escribió, sólo si él hablaba de su lucha contra el pecado antes de convertirse en seguidor de Jesús: este conflicto interior puede servir para describir a todo ser humano inconverso, ya que nadie alcanza a vivir siempre según sus propias expectativas éticas o código moral. No obstante, ¿por qué un hombre que ama al Señor afirmaría que el pecado “reside” en él? ¿Cómo podría Pablo, siendo ya cristiano con la esperanza de la vida eterna, pocos renglones después referirse a su mismo como un “desdichado” 2(7. 24)?

¿…Y si Pablo habla de sí mismo ya siendo cristiano?
Por otra parte, los que mantienen que el apóstol habla de su lucha espiritual después de llegar a la fe en Jesús como su Señor, suelen sacar una conclusión muy diferente. Toman estas palabras como un alicente para vivir con la esperanza de no tener que ser siempre perfectos después de bautizarse. Sienten alivio al saber que Pablo era, a pesar de ser apóstol, simplemente humano y sufría tentaciones capaces de traducirse en acciones contra la voluntad de Dios. Se han ofrecido argumentos a favor y en contra de ambas interpretaciones. ¿Cómo elegimos entre ellas?

La lucha entre “carne” y “espíritu”
Empezamos reconociendo que el gran tema de la lucha entre la “carne” y el “espíritu” ya había sido anteriormente un tema central de Pablo en su Epístola a los Gálatas. Allí, el término “carne” se usa para referirse a la naturaleza humana que tiende a rebelarse conscientemente contra Dios, es decir nuestra parte “carnal”. En cambio, en Gálatas el “Espíritu” suele entenderse o bien como una referencia al Espíritu Santo o si no, como “espíritu” (con “e” minúscula) para referirse a la tendencia espiritual del ser humano3.

La lucha entre “carne” y “Espíritu” se manifestaba en la comunidad cristiana de Galacia como un conflicto entre personas con opiniones cruzadas en cuanto a una enseñanza fundamental cristiana: la libertad (tema que posteriormente se tratará). Por más que Pablo se pronuncia claramente a favor de la posición de una de las partes en esta contienda, aparentemente le preocupaba sobremanera el modo en que ambas se trataban entre sí. “Si ustedes se están mordiendo y devorando mutuamente, tengan cuidado porque terminarán destruyéndose los unos a los otros” (Gálatas 5.15, LPD4). Describiendo este conflicto dentro de la comunidad, Pablo afirma: “Porque el deseo de la carne se opone al Espíritu, y el del Espíritu se opone a la carne; y éstos se oponen entre sí para que ustedes no hagan lo que quisieran hacer” (Gálatas 5.17, RVC).

¿Quiénes no pueden hacer lo que “quisieran”?
Para describir el hecho de que estos cristianos de la iglesia de Galacia no podían hacer lo que “quisieran”, el apóstol emplea el verbo θέλω (thelō) que se traduce como “querer” o “desear”. Lo emplea con respecto a un mandamiento que todos los cristianos gálatas probablemente afirmarían que quisieran obedecer: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gálatas 5.16). Sin embargo, era tan profunda la controversia entre ambas bandas que les costaba tratarse con amor. No podían “hacer lo que quisieran”, i.e. amarse mutuamente. Corrían más bien el riesgo de “destruirse unos a otros”.

Pablo emplea este mismo verbo y una idéntica expresión para hablar de su propia lucha en Romanos capítulo 7. “No puedo hacer lo que quiero” (= θέλω thelō). Quería hacer el bien, pero encontraba a su alcance el mal. Es decir, ambas situaciones se refieren a lo que es en el fondo el mismo conflicto espiritual: en Gálatas, dentro de la comunidad cristiana; en Romanos, dentro del hombre cristiano (A fin de cuentas las comunidades están formadas por los individuos que las integran).

El hecho de usar la misma terminología en ambas situaciones indica que lo que Pablo describe en Romanos es su lucha interior, después de ser seguidor de Jesús durante años; aquí no hablaba de sus conflictos antes de convertirse, si bien sin duda los tendría. En ambas situaciones él describe una contradicción interior que experimentamos todos los que intentamos seguir a Jesús; el apóstol se ofrece a sí mismo como un ejemplo de lo que es una realidad universal que todos los cristianos vivimos5. La solución que ofrece en el capítulo 8 de Romanos, también es para todos los creyentes en Jesús como Señor y se tratará en la próxima entrega.

Agradecemos a Juan Carlos por hacernos llegar esta inquietud.

Parte 6 Resurrección. ¿Por qué es crucial saber que Jesús resucitó?

“…porque [Dios] ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia, por el hombre que ha destinado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos” (Hechos 17.31, Biblia de Jerusalén).

Con esta nota finalizamos la respuesta acerca de cómo acercarnos a Jesús ahora. Sabiendo que el Maestro era sumamente accesible durante su estadía terrenal, visto que él se disponía a “sentarse a la mesa de los pecadores”, ¿cómo podemos acercarnos a Jesús en la actualidad?

En esta serie la primera y quinta entrega  aportan razones para creer que Jesús resucitó. Concretamente vimos la “prueba paradójica” (entrega uno) y los cambios innegables de los más allegados a Jesús debido al impacto de su resurrección (entrega cinco). Dando por sentado que la resurrección sucedió, ¿qué nos quiso decir Dios con semejante acontecimiento?

 1) La resurrección es evidencia de un día de juicio universal. Nosotros vivimos en un mundo occidental que tradicionalmente ha sido inmerso en la idea de un juicio universal de la tierra al final de los tiempos. Esta idea acompañó al cristianismo en sus comienzos y ha sobrevivido a lo largo de los siglos posteriores. Es, no obstante, común no darle importancia o por lo menos vivir inconscientemente de que Dios ha prefijado el fin del universo como lo conocemos. En un primer momento, delante del público de Atenas, cuando el Apóstol Pablo anuncia que algún día habrá un juicio final, también afirma que la resurrección de Jesús es evidencia de que este juicio sucederá. ¿Cómo llega a esta conclusión?

2) Existe un solo Dios creador. Primero, cuando el apóstol Pablo habló con los atenienses en Hechos capítulo 17, empezó aclarándoles que hay un solo Dios Creador:no existía el panteón de los dioses, tan comunes en la cultura grecorromana de la época. Además, como Creador de todo, Dios también puede poner fin a su creación. Con la llegada de Jesús al mundo, la existencia de este único Dios deja de ser algo que solamente formaba una parte particular de la cosmovisión de un solo pueblo, el judío. A partir de “ahora” (Hechos 17.30), la realidad del único Creador sería anunciada a toda la humanidad: gracias a la resurrección de Jesús; personas paganas llegarían a creer que existe un solo Dios. Asimismo, el apóstol Pedro, dirigiéndose a cristianos que habían salido del politeísmo, resumió: “Por medio de Cristo, ustedes creen en Dios, el cual lo resucitó y lo glorificó; así que ustedes han puesto su fe y su esperanza en Dios” (1 Pedro 1.21). Por lo tanto, comenzando con aquel tiempo, se produce un cambio radical en cuanto a la disposición de Dios hacia los habitantes de este planeta: por medio del mensaje proclamado a partir de Jesús (su vida, muerte y resurrección), las naciones ya no tienen por qué ser ignorantes de la existencia del único Dios: “Por tanto, habiendo pasado por alto los tiempos de ignorancia, Dios declara ahora a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan, porque Él ha establecido un día en el cual juzgará al mundo en justicia, por medio de un Hombre a quien ha designado, habiendo presentado pruebas a todos los hombres al resucitarle de entre los muertos.”. (Hechos 17.30-31, Biblia de las Américas).

Una aclaración sobre la palabra traducida como “pruebas” en esta cita: pistis.Normalmente este término significa “fe”, “fidelidad” o “constancia”: el hecho de “creer” o “ser fiel”. Pero en este caso, la Biblia de las Américas traduce pistis como “pruebas”; la Biblia de Jerusalén como “evidencia”. En otras palabras, Dios “dio fe” de la realidad del juicio final resucitando a Jesús. El hecho histórico del Jesús Resucitado comprueba que llegará el final de la historia del mundo como nosotros la conocemos. Es un destino establecido por el Dios único que creó el universo.

3) Cualidades del único Dios. Dios es justo: no juzgaba a las naciones del mundo por algo que hacían en ignorancia, la adoración de ídolos. Pero existe un antes y un después de la resurrección de Jesús: La resurrección es evidencia de que hay un solo Dios, el único Creador, el que resucitó a Jesús. Por lo tanto, de aquí en más si los hombres siguen idólatras, son responsables de haber tomado esta decisión. Por este motivo los cristianos tenemos la responsabilidad de compartir el evangelio con todas las naciones (Mateo 28.18-20; Lucas 24.45-47), instándoles a abandonar a los dioses falsos para adorar al único Dios. Estos “dioses” pueden ser ídolos de oro, plata o piedra (Hechos 17.29 ). No obstante, “dioses” también pueden referirse a apetitos que nos dominan, “bajos deseos” (Filipenses 3.19, traducción PDT), el dinero y la avaricia (Lucas 16.13, Colosenses 3.5) o el poder y la fuerza física (Daniel 11.38). Estas obras de nuestra naturaleza caída jugarán en nuestra contra en el día del juicio final, impidiendo que tengamos parte en “el reino de Dios” (Gálatas 5.19-21).

4) El arrepentimiento. Puesto que Dios va a juzgar al mundo, Él “declara a todos en todas partes a que se arrepientan” (Hechos 17.30) El término en griego comúnmente traducido como “arrepentimiento” es una palabra compuesta ,“metanoia”, que significa“cambio de mente”. Se refiere a la adopción de otra forma de pensar y puede traducirse como un  “cambio de actitud” o “conversión”. ¿En qué consiste este cambio? En primer lugar consiste en tomar conciencia de que existe un único Dios. Segundo, ese Dios no es una fuerza sin mente; Él es personal y posee cualidades como “justicia”. “Va a juzgar al mundo con justicia…” (Hechos 17.31). De hecho, un aspecto fundamental del “evangelio” (=buenas nuevas) es la “justicia” de Dios. “En las buenas nuevas se revela la justicia de Dios…” (Romanos 1.16). La misma buena noticia que anuncia que Jesús resucitó, revela que Dios es justo. Sin embargo, su “justicia” no es como la nuestra. No tolera el mal, pero incluye un amor inalterable (ver por ejemplo, Romanos 5.1-10). La justicia de Dios presentada en el evangelio tiene la particularidad de poder motivar al ser humano a un cambio de mentalidad, i. e. al arrepentimiento.

La metáfora de un Juez insobornable de amor infinito.
Dios es como un juez que debe pronunciar un veredicto a favor o en contra de un ser amado…. quien precisamente, no es inocente (Romanos capítulos 1.18 al 3.23). El Creador ama a la humanidad, su creación, pero como juez no es sobornable, debe hacer lo que es justo (Génesis 18.25). Y con rectitud dicta que nuestros pecados nos separan de su presencia (Romanos 3.23). No obstante, en su sistema de justicia, prevalece el amor, el que lo motiva a Él a permitir que un voluntario inocente reciba el castigo del culpable (ver Romanos 3.24–8.39). Así, él se quita el ropaje de juez, se viste con la nuestra, haciéndose humano y recibe el castigo de nuestros pecados, los que nos “separan de su gloria” (Romanos 3.23).

La misión de Jesús.
¿Cómo puede Él mismo recibir ese castigo? En el principio Jesús “estaba con Dios y era Dios…,” pero se “hizo carne” (Juan 1.1-2, 14). Es decir, se quitó la ropa de Juez Divino y se hizo hombre. Jesús es el único ser mortal con raciocinio que es a la vez humano y totalmente justo e inocente, uno con el Padre (Juan 8.46, Juan 10.30, 1 Juan 3.5). En otras palabras, vivió sin pecado: sin nada que lo pueda separar de la presencia de Dios. En la terminología de la justicia de Dios, semejante separación se llama “muerte” (Romanos 3.23, 5.12). Por otra parte, en la justicia de Dios su amor obra por medio de la muerte de Jesús en la cruz para anular nuestra condición de muertos espirituales, i.e., nuestra separación de la gloria: “porque todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3.23, versión Reina Valera). Por medio de Jesús, Dios quiere dictar a nuestro favor en la muerte de Jesús y aún más, por medio de su vida resucitada quiere reconciliarnos con Él, “salvarnos de la ira” (Romanos 5.9-10), refiriéndose a la condenación en el momento del juicio final. De hecho, por medio de la fe en la muerte y resurrección de Jesús, podemos concientizarnos de nuestra condición perdida y buscar un sincero cambio de actitud ante Dios. Esta fe y este arrepentimiento pueden llevarnos a morir y resucitar con Jesús ahora, empezando una nueva vida eterna con Él como nuestro Señor. Así se entendía la entrega de fe y arrepentimiento en los primeros años del cristianismo, en el momento del bautismo, el comienzo de una nueva vida eterna con Jesús como Señor (ver Romanos capítulos 4 al 6).

El impacto de la justicia divina.
El arrepentimiento, entonces, es un cambio profundo en la forma de pensar, el que se produce como resultado del anuncio de la justicia de Dios con la cual Él juzgará al mundo por medio de Jesús. Él “manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17.30b-31, Reina Valera, 1960). En esto consiste el evangelio, “la buena noticia”: al resucitar Jesús venció la muerte para siempre, y no solo la muerte como condición física, sino también como un ente espiritual. Aprendemos por medio de esta buena noticia que hay un solo Dios, el Creador que nos hizo para ser justos como Él. Sin embargo, el evangelio, también señala nuestra falta de rectitud a los ojos de Dios, una condición que solamente puede ser anulada por la muerte de Jesús en nuestro lugar y su posterior resurrección. Tomar consciencia de las condiciones de la justicia de Dios nos lleva al arrepentimiento. Impacta profundamente nuestra manera de pensar y vivir. ¿Estamos dispuestos a cambiar el rumbo de nuestra vida y aceptar que Jesús sea nuestro Señor? ¿Queremos unirnos con Él en su muerte, su resurrección y su diario vivir sobre la tierra? Romanos capítulos 6 al 8 es un buen lugar para empezar a entender esta “nueva vida” con Jesús como Señor. El evangelio, la buena noticia, nos permite entender que sí podemos acercarnos a Jesús ahora en la actualidad. Jesús vive, y nosotros, podemos vivir con él aquí y ahora, y ser herederos del reino cuando venga a “juzgar el mundo con justicia”: el juicio final que fue evidenciado por la resurrección de Jesús. Si crees que resucitó, si las razones de su muerte y resurrección te impactan, puedes acercarte a Jesús como tu Señor. La nueva vida comienza con fe, arrepentimiento y bautismo, pero nunca deja de ser un proceso de permanente transformación (entrega 4).

Gracias nuevamente, Damian, por tu pregunta, la que damos por contestada con esta entrega, aunque aprenderás con el tiempo que el acercarse a Jesús como tu Señor es un proceso realmente interminable. Es nuestra esperanza que tu interrogante no haya sido solamente un planteamiento intelectual sino más bien el primer paso para empezar el camino hacia una vida cerca de Jesús en el aquí y ahora… y para siempre.

Parte 5 Resurrección: ¿Por qué fueron transformados los más allegados?

Como hemos observado, la historicidad de la resurrección de Jesús cuenta con una importante prueba:sus enseñanzas paradójicas. En la primera entrega de esta serie vimos que así como él enseña que el que se humilla será levantado, que el que da recibe y que el último será el primero, así también enseña que el que pierde la vida la encontrará. Este último dicho paradójico lo pronuncia en el contexto del primer anuncio de su muerte y resurrección. De la misma manera inverosímil que sus enseñanzas resultan ciertas, el maestro humilde se convierte en el Mesías poderoso por medio de su muerte y su posterior resurrección. Esta prueba paradójica es posiblemente la más convincente que se puede mencionar a favor de la veracidad del hecho de que resucitó (repasar aquí la “prueba paradójica”). Sin embargo, pueden deducirse otras evidencias.

De confusión a certidumbre.
Una prueba llamativa es el cambio en el carácter de los apóstoles. Durante los años del ministerio terrenal de Jesús, sus seguidores ocasionales y aún los más allegados permanentemente demuestran confusión frente a sus enseñanzas. Consideremos, por ejemplo, la reacción a su discurso sobre el “pan vivo que bajó del cielo”:

Al escucharlo, muchos de sus discípulos exclamaron: «Esta enseñanza es muy difícil; ¿quién puede aceptarla?» […] Y por causa de estas palabras de Jesús…  muchos de sus discípulos se apartaron y ya no andaban con El(Juan 6.60 y 66).

¿Qué provocó esta confusión y rechazo? Durante este discurso, Jesús había dicho que era necesario “comer su carne” y “beber su sangre” para tener vida eterna, frases que seguramente chocaban al público, por más que el Maestro explicara su valor metafórico. Consideremos la siguiente frase:

Jesús les dijo: Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed(Juan 6.35).

Aquí vemos que así como el hambre se mitiga con el pan, “venir a Jesús” sacia el hambre espiritual. Y así como el agua apaga la sed, “creer en Jesús” abastece la sed espiritual. Por lo tanto, “comer la carne” y “beber la sangre” de Jesús en el plano espiritual en el cual él se manejaba, significan “venir a él” y “creer en Él”, no solamente como ser humano sino, dentro de pocos meses, como Mesías que muere por los pecados de la humanidad y resucita para darnos vida eterna. Solamente ese Mesías podría “levantar en el último día” (Juan 6.39-40, 44, 54) a los que confían en su sacrificio y victoria sobre la muerte. Sin embargo, esa muerte y resurrección, la culminación del ministerio de Jesús, sucederán dentro de un año (o tal vez dos). Antes del evento de su muerte y resurrección nadie sospechaba que así terminaría la obra del rabino de Nazaret. Por eso sonaba como una locura la enseñanza de “comer mi carne y beber mi sangre”. Ahora, mirando con aquel ojo de la fe del que “cree” o “viene a Jesús”, sabemos que gracias al hecho de su muerte y resurrección, podemos acercarnos a Dios realmente, alcanzando el perdón continuo de nuestros pecados y una nueva vida eterna aquí en la tierra y después. Por eso la cruz y la resurrección de Jesús deben ser el alimento espiritual diario del cristiano, un alimento que lo fortifica en su caminata de fe aquí en la tierra, transformándolo en enfoque de vida (sobre esta transformación, ver la entrega anterior).

¿Entenderían los apóstoles estas palabras de Jesús acerca del consumo de su sangre y cuerpo? Seguramente no, no podían. Esto se  puede deducir al observar su reacción en otras oportunidades cuando hablaba de su muerte y resurrección antes de que ocurrieran

Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres y le matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará. Pero ellos no entendían lo que decía, y tenían miedo de preguntarle.
(Marcos 9.31-32, ver también Lucas 9.42-45).

​Sin embargo, podemos decir que a su manera los apóstoles “creían” en Jesús, aunque no entendían lo que Él les anticipaba acerca de su muerte y resurrección. Seguramente muchos otros seguidores lo abandonaron al escuchar que si uno “come su carne” y “bebe su sangre” podría acceder a la “vida eterna” ya durante esta vida y definitivamente en la resurrección del juicio final (ver Juan 6.39-40, 6.44, 6.53-54). Sin embargo, los apóstoles no sabían nada de la futura culminación del trabajo de Jesús, es decir, su muerte y resurrección. Por eso, es comprensible que Jesús les preguntara si también ellos dejarían de seguirle. Por esta razón es llamativa la respuesta a su pregunta. Pedro le contesta, “―Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído, y sabemos que tú eres el Santo de Dios.” (Juan 6.68-69, NVI). En vez de “hemos creído”, otra versión traduce “hemos confiado” en ti  Estos hombres habían convivido con Jesús, visto los milagros que hacía y escuchado sus enseñanzas; estaban convencidos de que era el “Santo de Dios”, probablemente refiriéndose a su identidad como Mesías. Confiaban en Él aunque no entendían lo que decía acerca de “comer su cuerpo y beber su sangre”. De hecho, la fe muchas veces se reduce a este hecho: confiar en Dios aunque no entendamos las circunstancias que nos rodean.


De manera que, a pesar de no entender con frecuencia lo que Jesús decía, los apóstoles confiaban en él, y su confusión se convierte en certidumbre después de que Él muere y resucita: ellos se convierten en los “testigos de su resurrección”, y se convierten en los encargados de explicar la necesidad de la cruz de Jesús y su victoria sobre la muerte para que los hombres alcancemos la salvación eterna. Como testigo ocular de la victoria de Jesús sobre la muerte, Pedro mismo explicará que los que nacen de nuevo por medio de  la fe en la resurrección de Jesús, alcanzan la vida eterna (1 Pedro 1.3-4, 3.21-22). Al participar de la muerte de Jesús mediante la fe en el momento de bautizarnos, somos “sanados” (1 Pedro 2.24), ya que morimos con respecto al pecado y con Jesús como Nuestro Señor, comenzamos a vivir como siervos de lo que es justo a los ojos de Dios (Romanos 6.3-23).


Cobardes transformados en valientes. 
Este notable cambio—desde la confusión con respecto a la misión de Jesús a la certidumbre posterior— y la certeza evidente en la enseñanza apostólica acerca de su muerte y resurrección—es una prueba convincente. Junto con este cambio encontramos otro: la transformación de cobardes en valientes. Cuando arrestan a Jesús la noche anterior a la crucifixión, “todos lo abandonaron y huyeron” (Marcos 14.50). Y aún al reunirse durante las primeras horas después de la crucifixión, los apóstoles se ocultaban “por temor a los judíos” (Juan 20.19). ¿Por qué algunas semanas después encontramos a estos hombres predicando con valentía frente al mismo Concilio que condenó a Jesús? Algo pasó para provocar esta transformación. Este enorme cambio es una prueba de que efectivamente fueron “testigos de la resurrección” (Hechos 1.21-22, 2.32, 3.15, 5.32, 10.39-41, 13.31). La cobardía que demuestran los apóstoles en el momento del arresto de Jesús, experimenta un vuelco descomunal. En vez de temor ahora evidencian osadía y valentía frente a los mismos integrantes del Sandhedrín quienes condenaron a su Señor. Los apóstoles les predican acerca de “Jesús de Nazaret, el mismo a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó” (Hechos 4.10). El cambio en su manera de ser era muy evidente a los que integraban el Concilio: “Cuando las autoridades vieron la valentía con que hablaban…se dieron cuenta de que eran hombres sin estudios ni cultura, se quedaron sorprendidos, y reconocieron que eran discípulos de Jesús” (Hechos 4.13, ver también 4.29, 14.3, 19.8).

Los que meditamos la historia de Jesús, sus enseñanzas, sus milagros, su cruz y su resurrección y llegamos a seguirle ahora como Señor Crucificado y Resucitado, también experimentamos un cambio. Tenemos la capacidad por medio de la fe y por el poder del Espíritu Santo de vivir la transformación de la que hablamos en la entrega anterior. Empezamos a vivir la presencia de Jesús entre nosotros (Mateo 1.23-24, 18.20, 28.20) y esperar su segunda venida cuando juzgará a los vivos y a los muertos (1 Pedro 4.5). Dentro de este cambio que se va logrando por la fe y el arrepentimiento, vivimos el proceso de acercarnos a Jesús como Nuestro Señor. Sobre esta transformación remitimos a la parte 4 de esta serie.

El evangelio gira alrededor del eje de la muerte, entierro y resurrección del Señor Jesús (1 Corintios 15.1-3). Invitamos a nuestros lectores a repasar las cinco entregas de esta serie, las cuales pueden descargarse como e-book en PDF aquí. Por favor, háganos llegar sus dudas: consultas@bibliayteologia.org. Ofrecemos también enviarles el folleto “Conocer, aceptar y vivir el evangelio: nueve preguntas” a quienes desean seguir reflexionando más.

​Agradecemos a Damián nuevamente por querer saber cómo acercarnos a Jesús ahora. ¡Muchas gracias por hacernos reflexionar con tu pregunta! Ojalá que todos no solo entendamos cómo acercarnos a Jesús ahora sino también decidamos seguirle.

Parte 4 Resurrección: ¿Por qué es el paso necesario de una verdadera liberación?

Seguimos respondiendo la pregunta que empezamos a contestar en tres entregas anteriores: ¿Cómo podemos acercarnos a Jesús en nuestra época? Cuando estaba en la tierra “se sentó a la mesa de los pecadores”. Fue un Maestro accesible. ¿Pero nosotros tenemos la misma posibilidad?

La obra del otro Defensor convencer y transformar.
En la entrega dos de esta serie vimos que la obra del Espíritu Santo es doble: convence transforma. Primero convence a la persona que escucha el evangelio que Jesús ha muerto y resucitado y hasta el día de hoy podemos seguirle como Nuestro Señor. Luego transforma al cristiano nuevo a la largo de la vida para ser como Jesús. Leemos de estas dos etapas de la obra del Espíritu en 2 Corintios 3.13-18. Para explicarlo, el autor, el apóstol Pablo recurre a un episodio de la vida de Moisés.

13 No hacemos como Moisés, quien se ponía un velo sobre el rostro para que los israelitas no vieran el fin del resplandor que se iba extinguiendo. 14 Sin embargo, la mente de ellos se embotó, de modo que hasta el día de hoy tienen puesto el mismo velo al leer el antiguo pacto. El velo no les ha sido quitado, porque solo se quita en Cristo.15 Hasta el día de hoy, siempre que leen a Moisés, un velo les cubre el corazón. 16 Pero, cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. 17 Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y, donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. 18 Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu. (2 Corintios 3.13-18)

Pablo hace alusión a un episodio del Antiguo Testamento que relata la experiencia de Moisés durante los años de Israel en el desierto. Como representante del pueblo de Israel, Moisés entraba en la carpa del encuentro para tomar contacto con la gloria de Dios y saber la voluntad divina (Éxodo 34.34-35). Después de entrar así en contacto con la gloria de Dios, al salir de la carpa el rostro de Moisés brillaba tanto que y era necesario taparlo con un velo hasta que desapareciera esta “gloria”.
Ahora el apóstol Pablo toma esta experiencia y la compara con la diferencia entre los dos pactos, el antiguo, de la ley de Moisés, y el nuevo pacto, el Nuevo Testamento que traía Jesús. El apóstol dice que los judíos que no han llegado a creer que Jesús es el Mesías, tienen la “mente cerrada”, es como si un velo les impidiera ver claramente. Aquí Pablo cambia la imagen, porque en el caso de Moisés el velo era para que no se viera la gloria en su cara. Pero en el caso de Jesús, es necesario que se quite el velo para que efectivamente se vea la gloria de Dios que brilla en la cara de Jesucristo (2 Corintios 4.6).

Quitarse el velo. 
    Cuando uno “vuelve al Señor” se le quita el velo. En esta parte de 2 Corintios, Pablo usa “El Señor” para referirse indistintamente a Jesús o al Espíritu Santo. Cuando el Espíritu “convence” a través de la prédica del evangelio de que Jesús es el Señor, y el pecador decide creer y seguir a Jesús, se quita el velo. Uno “se vuelve al Señor”. Pero es el Espíritu, el Señor, que da la libertad de ver a Jesús claramente. En este sentido, donde Él está, hay libertad. Aquí, como en la entrega 3 de esta serie, “ver” se usa en el sentido de “creer”. El Espíritu es el que permite ver a Jesús claramente y creer en él como nuestro Señor. 

Contemplando reflejamos. 
Luego, Pablo combina la imagen del velo que se corrió con la idea de mirar un espejo. Sin el velo que impide ver a Jesús, uno contempla a Jesús como si fuera la imagen de un espejo y a la vez lo refleja. Esta doble acción del Espíritu se entiende en el verbo que Pablo utiliza en el versículo 18 (katoptrítsō) que puede significar por un lado “contemplar” y por otro “reflejar”. Así en la versión NVI se traduce “Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto contemplamos/reflejamos como en un espejo la gloria del Señor”. Así el Espíritu hace su trabajo de “transformación” en el cristiano. Primero convence, y luego transforma. Donde está el Espíritu del Señor hay libertad; libertad para ser transformados. ¿Transformados en qué sentido?

¿En qué nos transformamos?
Siguiendo la metáfora del espejo, nos vamos transformando en su imagen. Al contemplar a Jesús, nos vamos transformando para ser como él. Es una transformación que no termina durante la vida del cristiano y para explicarla Pablo incorpora la idea de una nueva creación: “Porque Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo.” (2 Corintios 4.6). Aprendemos a reflejar en nuestras vidas su amor, su bondad, su entereza, su autenticidad.
La “gloria” de Dios se refiere a su poder, su presencia, su actuar. En el Antiguo Testamento se manifestaba a través de milagros o por otros medios físicos: en el desierto la gloria de Dios se manifestaba como una columna de fuego de noche y una columna de nube de día (Éxodo 13.21-22, Números 9.15). En el Nuevo se manifiesta en la vida de Jesús. En Juan 1.1, Jesús aparece con el nombre de “el Logos” (la Palabra), que estaba con Dios y era Dios. Luego, “la Palabra se hizo hombre e hizo su morada entre nosotros. Y hemos visto su gloria, la gloria como del unigénito del Padre, llena de gracia y bondad” (Juan 1.14). En el cristiano, la gloria de Dios se manifiesta en el desarrollo de las cualidades de Nuestro Señor en nuestra vida.

La glorificación de Jesús.
Jesús habla de su muerte y resurrección como la glorificación. En esa experiencia se manifestó el poder, la presencia de Dios manifestada en la entrega de Jesús. En la cruz Jesús hombre carga con los pecados de la humanidad; su condición infinita de Dios permite que este sacrificio sea para “todos”; luego, cuando resucita es el comienzo de una nueva creación, una nueva vida. Por eso, Pablo lo compara con la luz que brilló en la oscuridad en la primera creación; ahora al creer que Dios manifestó su gloria por medio de la cruz y la resurrección de Jesús, estamos libres para participar de una nueva creación. En esta nueva creación, el Espíritu nos libera para ser transformados a imagen de Jesús. 

Jesús resucitado es Señor.
Al resucitar a Jesús de entre los muertos, él fue hecho “Señor y Cristo” (Hechos 2.22-24, 2:36). Cuando confesamos que creemos en la resurrección de Jesús, estamos diciendo que reconocemos su derecho de ser Nuestro Señor (Romanos 10.9-10). “Señor” se usa en la Biblia con frecuencia para referirse a Dios. Si bien Jesús “se vació” al hacerse hombre, aparentemente esto quiere decir que se hizo “siervo” (Filipenses 2.5-8), i.e. que aprendió a ser obediente. Al ser igual al Padre desde la eternidad, Jesús jamás sabía lo que era obedecer. Dios por su naturaleza divina no obedece, y siempre había habido una coincidencia completa entre la voluntad del Padre y la del Hijo. Es solamente cuando se hizo hombre y llegó el momento en que en oración pidió alejar de él “la copa” (la crucifixión) que por única vez el Hijo no quería obedecer al Padre, y es en este instante cuando aprendió realmente lo que significaba “obediencia”. En ese momento oró: “Aléjate de mí esta copa, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Marcos 13.). “El Hijo, por medio del sufrimiento aprendió a obedecer” (Hebreos 5.8). Solamente así, Jesús aprendió lo que es ser “siervo”, ser “obediente”. Al resucitar vuelve plenamente a su rango de Señor, pero lleva con él la experiencia humana de la obediencia, la cual no podría haber adquirido sin hacerse carne.

Jesús puede ser Nuestro Señor.
Cuando tomamos conciencia de que somos responsables de nuestros pecados ante Dios, y que estos pecados nos separan de su gloria (Romanos 3.23), también nos enteramos que nos condena la justicia divina, ya que “el pago del pecado es la muerte” (Romanos 6.23). Sin embargo, cuando nos enteramos que el sacrificio de Jesús en la cruz puede quitar el castigo de esta condena y que su resurrección nos ofrece una nueva vida, podemos por medio de la fe aceptar su muerte y resurrección en nuestro lugar y él llega así a ser Nuestro Señor. Romanos capítulo 6 explica que esto sucede en el momento del bautismo por inmersión. La persona que se arrepiente de sus pecados y decide vivir con Jesús como su Señor, se bautiza para el perdón de los pecados y así recibe el don del Espíritu Santo en su vida (Hechos 2.38-39). Al sumergirse, por medio de la fe entra en la muerte de Jesús y resucita con él; empieza a vivir con él como su Señor (ver Romanos 6). Esta vida es una vida eterna: “El pago del pecado es la muerte; el regalo de Dios es vida eterna en unión con Jesucristo, Nuestro Señor” (Romanos 6.23).

¿Cómo es la relación con Jesús como Nuestro Señor?
Tener fe en Jesús como Señor significa que él tiene derecho a mandar en nuestra vida. Esto es la “obediencia de la fe” de la que habla Pablo en Romanos (Romanos 1.5, 16.26). Para explicar la relación del cristiano con Jesús como Señor, Pablo se remite a varias metáforas.

  • ·  La del esclavo con su amo o Señor es por ahí la más evidente (Romanos 6), sin olvidar que se trata de un Señor que ama a uno y dio la vida por él. Hablando de su propia experiencia después del bautismo, Pablo dice “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (Gálatas 2.20). 
  • ·  Pero también la relación es tan íntima como la del matrimonio (Romanos 7).
  • ·  Es también la relación como la del Hijo con su Padre; cuando recibimos al Espíritu del Hijo en nuestro corazón al bautizarnos (Hechos 2.38, Gálatas 3.26—4.6), podemos tratar a Dios como Padre; tratándolo de “Abbá” en medio de las pruebas de la vida, así como Jesús se dirigió a Dios como “Abbá” en medio de su angustia antes de ser arrestado (Marcos 14.32-36, Romanos 8.12-17, 8.26-27)
  • Como vimos en la entrega anterior, Jesús considera la relación con sus seguidores como una especie única de “amistad”.  
  • ·  Finalmente la relación con Jesús como Nuestro Señor se compara con la de hermanos. Jesús al resucitar llega a ser el primogénito entre muchos hermanos, y vamos transformándonos en su imagen (Romanos 8.29).

Esta transformación es la liberación que logra el Espíritu Santo en la vida del cristiano a medida que seguimos a Jesús. Mientras lo contemplamos, los reflejamos.
¿Cómo nos podemos acercar a Jesús ahora? Al creer que Él murió por nuestros pecados y resucitó para darnos nueva vida, nos arrepentimos de nuestra rebelión contra Dios y nos entregamos a Él en el bautismo. En ese momento la fe obra para que entremos en contacto con la muerte y resurrección de Jesús al sumergirnos en el agua y salir para andar en “novedad de vida” (Romanos 6.3). Esta nueva vida, es una vida eterna, en unión con Jesús, Nuestro Señor. Vamos transformándonos a su imagen a medida que lo contemplemos por medio del Evangelio. Este momento del bautismo también se llama “nacer de nuevo, del agua y del Espíritu” (Juan 3.3-5), es el momento en que el Espíritu Santo nos vuelve a crear a imagen de Jesús para comenzar una transformación durante el resto de nuestra vida para ir reflejándolo en nuestras existencias humanas. Es una vida con él que no termina, ya que es eterna. Es un acercamiento a Jesús en el aquí y ahora que no tiene fin. Todo comienza con creer que él murió por nuestros pecados y resucitó para darnos vida. La resurrección de Jesús es la evidencia del plan de Dios para una nueva humanidad. Si no te has acercado a él, no esperes más para hacerlo. Estamos a tus órdenes si podemos ayudarte a dar este paso (para contactarnos).

En la próxima entrega consideraremos algunas de las pruebas de la resurrección de Jesús.

Agradecemos nuevamente a Damián por su pregunta que dio origen a esta serie de entregas.

¿Realmente qué es la amistad?

Sí. Es una pregunta profunda y difícil de contestar. Evidentemente tiene que ver con cercanía sobre todo. La cercanía puede basarse en distintas cosas. Las personas se acercan por gustos parecidos, similitudes, intereses o actividades en común. Este acercamiento puede ser por muchos motivos diferentes. Hasta por rivalidad. Por ejemplo, entendiendo la amistad como cercanía, ¿por qué dos enemigos, Pilato y Herodes, se hicieron amigos según Lucas 23.6-12? Traducido a nuestros tiempos diríamos que eran dos políticos rivales y, al reconocer cada uno el territorio del otro, se hicieron amigos. Esto sucedió cuando después de arrestar a Jesús, Pilato lo envió a ser procesado por Herodes. En medio de este momento injusto y trágico, dos gobernantes egoistas se hicieron amigos al acercarse como cómplices, dejando de lado su enemistad.

Por otro lado, nuestra cercanía con Jesucristo puede considerarse una amistad pero solamente en la medida que reconozcamos que Él es Señor. Puede haber cercanía solamente si lo obedecemos porque su voluntad es la correcta y muestra lo que de veras necesitamos hacer y cómo realmente debemos vivir. Por eso El dijo a sus discípulos que serán sus “amigos” si obedecen sus mandamientos (Juan 15.14). Tal obediencia no es un requisito en una amistad común. Podemos tomar en cuenta lo que desea una persona con quien sentimos cercanía afectiva o con quien experimentamos una proximidad por tener cosas en común, pero no estamos obligados a obedecer a nuestros amigos. La voluntad del amigo puede o no estar más cerca de lo que nos corresponde vivir. La amistad con Jesús es diferente. Las cosas que Él nos manda hacer siempre son las que corresponden. No es posible, por lo tanto, tener cercanía con Él sin obediencia. No puede ser nuestro Amigo sin ser nuestro Señor. Así, cuando obedecemos, “su amor” y “su alegría” y “su paz” (Juan 15.7-17, 16.33) serán nuestras (ver Gálatas 5.22-23). ¿Tendremos éstas cualidades en común con Jesús?, El hecho de compartirlas señala la verdadera amistad.  ¿No serán los mejores amigos aquelllas  personas que entienden de esta manera la relación con Jesús y por lo tanto nos ayudan a acercarnos a El de la misma manera?

De paso te comento que el libro de Proverbios da buenos consejos acerca de la amistad. Fue escrito hace casi tres mil años, evidencia que las relaciones humanas no han cambiado a lo largo de los siglos. Algunos proverbios acerca de la amistad: Proverbios 17.17, 18.19, 18.24, 22.24-25, 26.18-19, 27.6, 27.9, 27.17, 29.5.

Muchas gracias, Yamil, por compartir esta pregunta!

¿En qué consiste el bautismo bíblico?

…pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua“.

El Apóstol Pedro usó el ejemplo del arca de Noé para ayudarnos a entender cómo Dios nos ofrece la salvación. Según Pedro, Dios esperaba con paciencia mientras Noé construía el arca, ya que el arca iba a ser el instrumento para lograr la salvación de ocho personas:

…Dios esperaba con paciencia mientras se construía la barca, en la que algunas personas, ocho en total fueron salvadas por medio del agua. 1 Pedro 3.20

Normalmente cuando pensamos en la salvación de la familia de Noé, decimos que fueron salvados del diluvio por medio del arca. Sin embargo, esto no es lo que nos está diciendo Pedro. Dice claramente que Noé y su familia fueron salvados “por agua”* o “por medio del agua”. ¿Cómo podrían ser salvados por medio del agua si era justamente el agua la que destruyó la tierra? El relato del diluvio en Génesis ayuda a aclarar esta duda:
Y fue el diluvio cuarenta días sobre la tierra; y las aguas crecieron, y alzaron el arca, y se elevó sobre la tierra. 
Génesis 7.17*

Aquella agua que destruyó la tierra, es la misma que levantó el arca encima de ella para que los ocho seres humanos que estaban adentro no perdieran sus vidas. El apóstol Pedro dice que la salvación de Noé y su familia “por medio del agua” representa nuestra propia salvación, también por medio del agua, hoy en día:

Y aquella agua representa el agua del bautismo, por medio del cual somos salvados. El bautismo no consiste en limpiar el cuerpo, sino en pedirle a Dios una conciencia limpia y nos salva por la resurrección de Jesucristo. 1 Pedro 3.21

¿Qué tiene que ver el bautismo con la salvación? Ya que Pedro dice que la historia del arca es una figura representativa del bautismo, podemos contestar esta pregunta con otra parecida: ¿qué tenían que ver el arca y el diluvio con la salvación de Noé y su familia? En primer lugar, la Biblia nos enseña que fue la fe de Noé la que lo motivó a construir el arca:

Por fe, Noé, cuando Dios le advirtió que habrían de pasar cosas que todavía no podían verse, obedeció y construyó la barca para salvar a su familia. Y por esa misma
fe, Noé condenó a la gente del mundo y alcanzó la salvación que se obtiene por la fe
“. Hebreos 11.7

Aquí vemos claramente que la fe de Noé fue una fe obediente. Noé era “un hombre muy bueno, que siempre obedecía a Dios”. Por eso, cuando Dios le dijo cómo debía construir el arca, “Noé hizo todo tal como Dios se lo había ordenado” (Génesis 6.9, 22). Noé no preguntó: “¿Por qué tengo que construir un arca para salvarme del diluvio? ¿No podría Dios llevarme a la montaña más alta del mundo para salvarme? ¿No podría yo ir a un país lejano para evitar el diluvio? ¿No bastaría el hecho de creer que Dios va a mandar un diluvio, y tomar mis propias medidas para evitarlo?”. No, Noé creyó, y porque creyó realmente, evitó su destrucción de la manera que Dios le había especificado. De la misma manera no nos corresponde hoy en día preguntar por qué Dios nos salva por medio del agua del bautismo, y no antes de bautizarnos o sin bautizarnos. Así como sucedió en la época de Noé, Dios es el que pone las condiciones, no nosotros. Esta es la actitud de una fe obediente.

La Biblia aclara que es la fe la que obra en el momento del bautismo y nos salva, ya que el bautismo consiste en “pedirle a Dios una conciencia limpia” (1 Pedro 3.21). Colosenses 2.12 dice que cuando los hombres se sumergen en agua al bautizarse, son sepultados con Cristo y resucitados con El, “porque creyeron en el poder de Dios, que lo resucitó“. Pedro también dice que somos salvados al bautizarnos, “por medio de la resurrección de Jesucristo“. Verdaderamente, lo que nos salva en el momento del bautismo es la fe en la muerte y la resurrección de Jesucristo.

Esta pregunta: “¿Por qué nos salva el bautismo?” nos obliga a considerar otra: “Por qué nos salva la resurrección de Jesucristo?”. En primer lugar, necesitamos ser salvados porque todo hombre se aleja de la presencia de Dios y muere espiritualmente. El Apóstol Pablo nos da a entender que hasta el momento en que él tomó conciencia de los mandamientos de Dios, tenía vida, pero al tomar conciencia de la voluntad de Dios, llegó a ser responsable de sus actos de desobediencia, muriendo espiritualmente:

Hubo un tiempo en que, sin la ley, yo tenía vida; pero cuando vino el mandamiento, cobró vida el pecado, y yo morí…” Romanos 7.9

Cuando llegamos a una edad en que gozamos de libre albedrío y somos responsables de nuestros actos también en algún momento desobedecemos a Dios y pecamos.
Romanos 3.21 nos dice que “todos hemos pecados y estamos lejos de la presencia salvadora de Dios“. Al alejarnos de la presencia de Dios, nos alejamos de la fuente de la vida y morimos espiritualmente. Como Pablo acaba de decir, “cobró vida el pecado, y yo morí..” Por eso, Romanos 6.23 nos dice que “el pago que da el pecado es la muerte“.
Todo ser humano que es responsable de sus acciones, ha desobedecido a Dios y está bajo una sentencia de muerte. Si bien es cierto que Dios es Amor (1 Juan 4.8), no debemos olvidarnos de que Dios es como un “fuego que todo lo consume” (Hebreos 12.29). Si El dicta que el hombre debe morir por sus pecados, esa sentencia debe cumplirse. “Qué bueno es Dios, aunque también qué estricto” (Romanos 11.22). Ya que El es el Juez de toda la tierra (Génesis 18.25), Dios debe exigir el cumplimiento de la sentencia: “el pago del pecado es la muerte”. Sin embargo, ya que El es amor, debido a su bondad, Dios no quiere que el hombre se pierda eternamente. Por lo tanto, El Mismo viene en forma de su Hijo, para recibir el pago del pecado. Aunque El mismo nunca pecó, murió en nuestro lugar para librarnos de la sentencia de muerte contra todo pecador:

Cristo no cometió pecado alguno; pero por causa nuestra, Dios lo trató como al pecado mismo, para así, por medio de Cristo, librarnos de culpa” 2 Corintios 5.21

Luego, Jesús vence a la muerte, resucitando para darnos la posibilidad de una vida nueva.

Hemos visto el por qué de la muerte de Jesús. Su muerte termina en la resurrección, y entender la relación entre estos dos sucesos es necesario para poder contestar nuestra pregunta: “¿Por qué nos salva la resurrección de Jesucristo?” Nos salva porque si primero morimos con El, también volvemos a la vida con El, participando de una existencia en que nuevamente estamos en comunión con Dios (Ver Romanos 6.3–5).
Sin embargo, esta vida nueva, que empieza con el perdón de nuestros pecados, es solamente posible si tenemos una fe obediente como la que tenía Noé. ¿Cómo podemos entender la fe obediente de Noé y compararla con nuestra propia salvación?

  • Para salvarse del diluvio, Noé primero tenía que creer que Dios iba a mandar un diluvio para destruir la tierra. De la misma manera, no podemos obtener el perdón de nuestros pecados si no creemos que somos pecadores y que el pago del pecado es la muerte.
  • Con una fe obediente Noé confió en la promesa de Dios. Dios lo iba a salvar del diluvio por medio de las aguas que alzarían el arca por encima de la destrucción. Nosotros también debemos confiar en que Dios sí puede aceptarnos como justos por medio de la muerte y la resurrección de Jesús.

Pues, por nuestra fe, Dios nos acepta como justos también a nosotros, los que creemos en aquel que resucitó a Jesús, que fue entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para librarnos de culpa. Romanos 4.24-25

El hombre que no confía en el poder de Dios que resucitó a su Hijo y que nos acepta como justos, perdonando nuestros pecados, no puede tener una fe obediente: desconfía de la promesa de Dios.

  • El último elemento de la fe obediente de Noé fue la construcción del arca. Sin el arca, Noé no podría haberse salvado de la destrucción del diluvio, por más que hubiera huido a otro país, o subido hasta la cima del monte más alto. El arca fue el medio por el cual Dios envió la salvación a Noé y su familia. El puso las condiciones y no hubiese aceptado otras, por más que pareciesen lógicas y factibles. La obediencia es una parte fundamental de la fe en Dios como Señor y Amo del Universo. El merece nuestra obediencia por ser el único Dios. Si no aceptamos la salvación de la manera en que El la ofrece, nuestra fe no es una fe obediente, y por lo tanto no es el tipo de fe que nos puede salvar. De ahí que, cuando la Biblia nos dice que el bautismo nos salva por medio de la resurrección de Jesucristo, no podemos suponer que podemos ser salvados por medio de la resurrección de Jesucristo antes de bautizarnos, o sin el bautismo. Las condiciones que Dios pone no son discutibles.

Las tradiciones de los hombres

En la época en que Jesús vivía, dijo una vez a alguna personas muy religiosas: “De nada sirve que me rindan culto: sus enseñanzas son mandatos de hombres. Porque ustedes dejan el mandato de Dios para seguir las tradiciones de los hombres” (Marcos 7.7-8). Hoy en día muchas personas religiosas, con frecuencia bienintencionadas, siguen tradiciones humanas con respecto a la salvación que Dios nos ofrece por medio de Jesús. Especialmente han cambiado la importancia que Dios dio al bautismo como medio por el cual somos salvados. En esencia hay dos tradiciones humanas muy difundidas con respecto al bautismo: una que es practicada por la Iglesia Católica y otra que comúnmente se enseña en las Iglesias Evangélicas. Las dos son solamente tradiciones que utilizan parte de la verdad, pero dejan de lado otra parte. No son el bautismo que encontramos en el Nuevo Testamento. Consideremos ambas tradiciones:

  • La tradición católica. Según la Iglesia Católica, el bautismo nos salva, así como enseña la Biblia en 1 Pedro 3.21. Sin embargo, hemos visto que lo que nos salva en el bautismo es nuestra fe en la muerte y la resurrección de Jesucristo. “El bautismo no consiste en limpiar el cuerpo, sino en pedirle a Dios una conciencia limpia” (1 Pedro 3.21). Lógicamente, un bebé no puede pedirle a Dios una conciencia limpia, porque todavía no tiene noción de lo que es el pecado. “El bautismo no consiste en limpiar el cuerpo”, y por más que algunas gotas de agua se deslicen sobre la cabeza del bebé que se bautiza, el rito del bautismo no pide una conciencia limpia a Dios, y por lo tanto, realmente no es un bautismo. Según la Iglesia Católica, el bebé debe bautizarse para evitar el castigo del pecado original. Sin embargo, la Biblia enseña que el pecado no puede heredarse: “Sólo aquel que peque morirá. Ni el hijo ha de pagar por los pecados del padre, ni el padre por los pecados del hijo” (Ezequiel 18.20). Solamente cuando entiendo que soy un pecador y necesito de la salvación de mi alma, y confío en que Dios sí puede salvarme por medio de su Hijo, sólo entonces puedo recibir la salvación mediante la fe, al morir y resucitar con Jesús al bautizarme.Vamos a suponer que Dios no destruyó el mundo por medio del diluvio y que nunca le dijo a Noé que debía construir el arca para salvarse. ¿No sería ridículo si un día a Noé se le ocurre construir una nave grande lejos de donde hay agua y meterse adentro para salvar su vida? Sin el diluvio, él no hubiera tenido por qué construir el arca. No obstante, algo parecido pasa con el bautismo de bebés. Según la Biblia, uno es responsable por sus pecados solamente cuando toma conciencia de los mandatos de Dios (Romanos 7.9). Debemos bautizarnos para que nuestros pecados sean perdonados, y antes de bautizarnos debemos arrepentirnos (Hechos 2.38). Lógicamente un bebé no puede arrepentirse de algo que no entiende, y si no es responsable de sus actos todavía, tampoco tiene pecados que pueden ser perdonados por medio del bautismo. El bautismo de bebés construye el arca sin la amenaza del diluvio.

    Vale la pena agregar que la palabra griega traducida como “bautizar” es baptizein, que significa “sumergir”, hecho que explica por qué la forma original del bautismo era “inmersión” en agua. Al sumergirse en el agua, por medio de la fe uno muere espiritualmente y es sepultado con Cristo, y también por medio de la fe, resucita con Él al salir del agua para comenzar otra vida (Colosenses 2.12, Romanos 6.1-11, Gálatas 3.20). Por lo tanto, la forma original y bíblica del bautismo, inmersión, es una entrega de fe para unirse con Jesús en la obra salvadora de su muerte y resurrección. Lo que la tradición más difundida practica no es una entrega de fe, puesto que el bebé no cree todavía. Posiblemente esta realidad explique en parte el cambio de la práctica original de “inmersión” por la actual de “aspersión” de agua encima de la cabeza, la cual no representa por medio de la acción la muerte y resurrección, y tampoco requiere fe de parte del niño para realizarse.

  • La tradición evangélica.Las iglesias evangélicas se llaman así porque dicen que predican el evangelio, o sea, las buenas noticias, y hasta cierto punto hacen exactamente eso. Predican que la salvación viene solamente por Jesucristo, que recibimos la salvación por medio de la fe en Él y que Dios nos da la salvación gratuitamente. Además, muchas iglesias evangélicas bautizan a personas que tienen fe, o sea, a adultos. También suelen bautizar por inmersión, práctica que coincide con el significado original de la palabra griega baptizein (sumergir).Todo esto está de acuerdo con lo que la Biblia nos enseña acerca de la voluntad de Dios.Sin embargo, muchas iglesias evangélicas dicen que el bautismo no salva. Enseñan que la persona que tiene fe antes de bautizarse, o sin bautizarse, se salva igual. Esto contradice 1 Pedro 3.21 que dice: “El bautismo nos salva”.

    ​Para muchas iglesias evangélicas el bautismo es un “testimonio” que da la persona que tiene fe, pero no es necesario para la salvación. La Biblia nunca dice que el bautismo es un testimonio. Es muy común en las iglesias evangélicas enseñar que el bautismo es un “acto de obediencia”, pero que no nos salva. Sin embargo, para que el bautismo se realice con la fe obediente que Dios pide, debería hacerse con la convicción de que en ese momento se recibe por primera vez el perdón de los pecados, el Espíritu Santo, y la salvación. Si una persona cree que ya está salvada, que Cristo ya lavó sus pecados, antes de bautizarse, ¿puede recibir el perdón de sus pecados y la salvación en el momento de su bautismo? Según 1 Pedro 3.21 en el momento del bautismo la persona pide a Dios una conciencia limpia. Según Hechos 2.38 nos bautizamos para que nuestros pecados sean perdonados. Si uno cree que Dios ya lo ha perdonado, antes de bautizarse, si cree que ya está salvado sin bautizarse, lógicamente en el momento de su bautismo no puede tener fe en que Dios está limpiando su conciencia de todos sus pecados anteriores, ni que en ese momento Dios le da la salvación.

    Otra enseñanza muy común entre las iglesias evangélicas es que el bautismo solamente simboliza la muerte y la resurrección de Cristo. Sin embargo, la Biblia no dice que el bautismo es un simbolismo; dice más bien que cuando uno se bautiza, por medio de la fe muere y resucita con Cristo. No dice que es algo simbólico sino que por medio de la fe entramos en unión juntamente con Cristo en su muerte y su resurrección. Es una realidad espiritual hecha posible por medio de la fe; no es un simple simbolismo. “Al ser bautizados, ustedes fueron sepultados con Cristo, y fueron también resucitados con él, porque creyeron en el poder de Dios que lo resucitó” (Colosenses 2.12). El versículo siguiente, 2.13, nos dice que el momento de resucitar con Cristo, y empezar a vivir con El, es el punto del perdón, cuando Dios nos purifica de todo pecado.

    ¿Puede una persona recibir el perdón de sus pecados antes de morir y resucitar con Cristo? Si un creyente evangélico piensa que el bautismo solamente simboliza una salvación que recibió antes de bautizarse, no puede pensar que está entrando en unión con Jesús en su muerte en el momento de bautizarse. Piensa más bien que esta unión se logró de alguna manera antes del bautismo. Según la “tradición evangélica”, ¿cómo se logra la unión con Cristo sin bautizarse? Comúnmente se enseña que por medio de una oración uno puede “entregarse” al Señor o “recibir” al Señor. A veces esta oración se llama la “oración de entrega” o la “oración del pecador”. La llamada “oración de entrega” no aparece en la Biblia; es parte de la tradición evangélica que sostiene que uno puede ser salvado antes de bautizarse, o directamente sin el bautismo. Si uno piensa que ya está salvado antes de bautizarse, tampoco puede, por medio de la fe pedir el perdón de sus pecados mediante el acto del bautismo. Según el Nuevo Testamento la única manera en que uno puede morir y resucitar juntamente con Cristo es mediante la fe en el momento de bautizarse.

    Volvamos al ejemplo de Noé. Supongamos que Dios le advierte a Noé acerca del diluvio y le dice cómo construir el arca para salvarse a sí mismo y a su familia. Y Noé efectivamente construye el arca, pero no lo hace todo tal como Dios se lo había ordenado. Sencillamente no sería como sucedió, porque sabemos que Noé sí “hizo todo como Dios se lo había ordenado” (Génesis 6.22). No sabemos lo que habría pasado si Noé no hubiera usado la madera resinosa que Dios mandó o si no hubiera tapado con brea todas las rendijas de la barca por dentro y por fuera (Génesis 6.14), o si hubiera hecho el arca con dimensiones distintas de las que Dios mandó. ¿Dios habría hecho que el arca flotara igual? No sabemos. Pero sí podemos afirmar que al construir el arca de una manera no ordenada por Dios, Noé no hubiera sido el hombre que siempre obedecía a Dios (Génesis 6.9). No podemos suponer que el amor de Dios nos salvará, sabiendo que El es también un fuego que todo lo consume. Si Dios nos ofrece la salvación gratuitamente, debemos aceparla de la manera que El nos la ofrece, es decir: en el momento de bautizarnos, no antes o después. Cambiar esta condición, es nuevamente, hacer pasar una tradición humana por un mandato de Dios.

¿Tradiciones humanas u obediencia a Dios? 

​La Iglesia Católica enseña que primero la persona se bautiza y se salva, y luego, en algún tiempo futuro llega a creer y confirma su bautismo. En cambio, muchas iglesias evangélicas enseñan que primero uno cree y es salvado y luego, en algún momento se bautiza, pero no para alcanzar la salvación, porque fue salvado antes. La Biblia NO ENSEÑA que uno se salva al bautizarse sin creer (la posición católica); TAMPOCO enseña que uno cree y es salvado y luego se bautiza (la posición evangélica). La Biblia sí ENSEÑA que al bautizarnos le pedimos a Dios una conciencia limpia (1 Pedro 3.21), lavándonos de nuestros pecados (Hechos 2.38; 22.16), cuando por medio de la fe en ese momento morimos y resucitamos con Jesucristo (Colosenses 2.12; Romanos 6.3-5), recibiendo la salvación (1 Pedro 3.21; Tito 3.3-7), al nacer de nuevo del agua y del Espíritu (Juan 3.3-5), pasando a formar parte del cuerpo de Cristo, o sea, la Iglesia (1 Corintios 12.13).

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