Parte 1, ¿“Los Hechos de los Apóstoles” es un relato fidedigno? James Smith y el “Viaje y Naufragio de San Pablo”

Parte 1, ¿“Los Hechos de los Apóstoles” es un relato fidedigno? James Smith y el “Viaje y Naufragio de San Pablo”

En el siglo XIX un experimentado marinero, llamado James Smith, decidió investigar la exactitud de la información de Lucas sobre el viaje del apóstol Pablo y su naufragio en la isla de Malta, relatado en el libro de Los Hechos de los Apóstoles. El señor Smith además de su experiencia marinera, fue presidente de la Sociedad de Arqueología de Glasgow (Escocia) y biblista. Se valió de estas tres áreas de conocimiento para sus investigaciones de los eventos que el evangelista Lucas describe en Hechos, capítulo 27. El libro que Smith escribió se llama “The Voyage and Shipwreck of St. Paul1 (El viaje y naufragio de San Pablo), fue publicado por primera vez en 1848 y en cuanto a investigaciones de la exactitud de este relato de Lucas, no ha sido superada hasta el día de hoy. 

¿Cuál fue la metodología de Smith?

Este investigador tomó en cuenta diferentes factores, como el clima del Mediterráneo en la época en que el apóstol Pablo y sus compañeros fueron llevados a bordo de la nave que naufragó en la Isla de Malta. Partiendo del relato de Lucas, Smith consideró asimismo el tipo de nave que se utilizó (un barco granero procedente de Alejandría en Egipto), los vientos de aquella época del año (casi invierno), las corrientes marinas de la zona, el peso de la carga de trigo que transportaba el barco, la probabilidad de tormentas y la distancia de la costa de Malta cuando los pasajeros podrían haber escuchado el oleaje. Es decir, consideró los factores a su disposición y decidió que desde el comienzo de la tormenta hasta que la nave naufragó en la Isla de Malta, podrían haber pasado 13 días, una hora y 21 minutos. 2 Lucas, el autor de Los Hechos de los Apóstoles, afirma que se tardó 14 días (Hechos 27.27, 27.33): una escasa diferencia de algunas horas. Es decir, la conclusión basada en lo que Smith investigó en el siglo XIX y lo que Lucas describió en el siglo primero coinciden. 

Evidencia certera de un testigo presencial

Es llamativa la cercanía entre los trece días calculados por Smith basándose en el material bíblico y los catorce días mencionados por Lucas. Tal coincidencia confirma la precisión que Lucas era capaz de alcanzar como cronista. Recordemos que en este caso él escribe como testigo presencial, ya que se incluye entre el grupo de los viajeros, usando “nosotros” (por ejemplo, en Hechos 27.27: “Ya habíamos pasado catorce noches a la deriva por el mar Adriático cuando a eso de la medianoche los marineros presintieron que se aproximaban a tierra”). Al escribir en la primera persona (“nosotros”), Lucas se incluye entre los que habían estado en el barco durante la tormenta. De la misma manera, él se introduce en la narrativa en otros episodios del Libro de los Hechos ( Hechos 16.10-16, 20.5-8, 20.13-15, 21.1-18). Es testigo presencial de gran parte de los eventos de “Los Hechos de los Apóstoles” y da evidencia de ser un cronista cuidadoso y organizado.

¿Qué lugar ocupa El Libro de los Hechos en la historia bíblica?

Los Hechos es el único relato en la Biblia de las tres primeras décadas del cristianismo y es una digna continuación del Evangelio de Lucas. Allí, en el primer tomo de su crónica, Lucas describe su metodología: “después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes […] he decidido escribir para ti, ilustre Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido”. 3 Él dedica ambos tomos al “ilustre Teófilo” (Lucas 1.1-2, Hechos 1.1), posiblemente un oficial romano. Lucas quería escribir un relato sólido acerca de Jesús en su evangelio de una manera “ordenada”, valiéndose de “testigos oculares y servidores de la Palabra” (Lucas 1.2). Esta metodología continúa en el segundo tomo de su obra, El Libro de los Hechos, donde, por ejemplo, es llamativa la manera en que él se esmeró en cuidar los detalles del relato del naufragio narrado en el capítulo 27. La obra de James Smith del siglo XIX, da evidencia de la meticulosidad de Lucas como cronista. Su investigación nos da evidencia sólida para tomar en serio la intención de este autor: comunicar la verdad acerca de Jesús (el Evangelio de Lucas) y las tres primeras décadas del cristianismo (Los Hechos de los Apóstoles).  En la próxima entrega veremos más evidencia de la capacidad de Lucas como cronista en El Libro de los Hechos.

Agradecemos a uno de los “grupos hogareños” de la Iglesia de Cristo de Caballito por haber motivo esta entrada en “Biblia y teología”. 

Parte 4: ¿En qué consiste una relación de pareja legítima?

Parte 4: ¿En qué consiste una relación de pareja legítima?

Desde un ambiente jerárquico en cuanto a la sexualidad

Recordemos de las entregas anteriores (1, 2, 3) que en la sociedad grecorromana (de la cual Corinto formaba parte) las relaciones de pareja se caracterizaban por el verticalismo  –la jerarquía– en el sentido que era aceptable para la persona que gozaba de más autoridad o poder social satisfacerse sexualmente con el cuerpo de la persona que tenía menos. Esto se veía especialmente en aquella cultura, la cual en gran medida se basaba en la esclavitud. El amo tenía autoridad sobre el cuerpo de su esclavo, sea hombre o mujer. Y, ya que las prostitutas solían provenir del rango de la esclavitud, frecuentarlas era una manera socialmente aceptable para que los hombres satisficieran el impulso sexual. Es decir, la prostitución se consideraba aceptable, pero no era una relación legítima en el sentido legal. Solamente la relación con la esposa, una mujer honrada era legítima para poder tener hijos y herederos conforme a las leyes. Cuando el apóstol Pablo se dirige a los cristianos de Corinto, les presenta un panorama muy diferente en cuanto a la relación de pareja. 

El apóstol Pablo responde a una pregunta 

Cuando empezamos a leer el capítulo 7 de la primera epístola a los corintios, vemos que Pablo contesta preguntas sobre el matrimonio, además de otros puntos que aparecen a lo largo del resto de la epístola. Nos limitamos a considerar la primera duda que los corintios le han planteado: 

1 En cuanto a las cosas de que me escribisteis, bueno es para el hombre no tocar mujer. 2 No obstante, por razón de las inmoralidades, que cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido.  3 Que el marido cumpla su deber para con su mujer, e igualmente la mujer lo cumpla con el marido. 4 La mujer no tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino el marido. Y asimismo el marido no tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. 5 No os privéis el uno del otro, excepto de común acuerdo y por cierto tiempo, para dedicaros a la oración; volved después a juntaros a fin de que Satanás no os tiente por causa de vuestra falta de dominio propio. 6 Mas esto digo por vía de concesión, no como una orden. 7Sin embargo, yo desearía que todos los hombres fueran como yo. No obstante, cada cual ha recibido de Dios su propio don, uno de esta manera y otro de aquélla.

1 Corintios 7.1-7, Biblia de las Américas

La primera pregunta que han formulado los cristianos de Corinto a Pablo es: “¿Es bueno para el hombre no tocar mujer?”. Así traduce literalmente del griego una frase que en el contexto significa: Es bueno para el hombre no tener relaciones sexuales. Pablo concede que está bien no tener relaciones sexuales, e incluso cuando afirma que desearía que todos fueran como él (versículo 7) se refiere a su propia práctica del celibato, reconociendo al mismo tiempo que esta condición no es para todos. 

Es imposible deducir con seguridad el origen de esta pregunta que los cristianos corintios le han formulado a Pablo. ¿Sería que al enterarse de que existen parámetros diferentes para la sexualidad dentro del cristianismo, algunos piensan que el sexo en sí es malo? ¿Sería por eso que preguntan si está bien tener relaciones sexuales?

O, como afirman algunos autores, ¿la idea de la castidad incondicional surge del estoicismo, una filosofía influyente de la época en esta región? ¿La influencia de maestros estoicos motiva la pregunta de los corintios? No podemos saber con seguridad el porqué de la pregunta, pero sí está clara la respuesta: lo que Pablo va a enseñar surge debido a las varias formas de inmoralidad sexual aceptadas en la sociedad grecorromana. Su enseñanza surge “por razón de las inmoralidades”. 

¿En qué consistían estas inmoralidades? En el griego corriente de esta época, inmoralidad (porneia) se refería a cualquier relación sexual fuera del matrimonio. En este caso el autor usa el plural, “inmoralidades”. ¿A qué se debe esta pluralidad? En el contexto de los capítulos anteriores (1 Corintios 5 y 6), las inmoralidades incluyen incesto, adulterio (definido como infidelidad de uno de los dos cónyuges), relaciones homosexuales entre varones y prostitución (ver la entrega 3). Ahora Pablo especifica que debido a estas clases variadas de inmoralidad sexual “que cada uno tenga su esposa y cada una tenga su marido”. 

¿Hombre o esposo, mujer o esposa?

Aquí surge un detalle del griego que es necesario mencionar. Literalmente la palabra “esposa” (guné) significa mujer y se usa en el mismo sentido en el que actualmente en castellano un marido puede hablar de su esposa o su mujer. Son sinónimos cuando ambos términos se refieren a la cónyuge femenina. No obstante, guné también puede referirse a cualquier mujer, no solamente la esposa. El contexto determina cuál de los dos sentidos se entiende. De la misma manera, la palabra traducida como “marido” (anēr) también puede significar simplemente varón. Si es así, ¿por qué en este versículo ninguna versión de la Biblia en español traduce en el 7.2 de la siguiente manera: que cada uno tenga su mujer y cada una su varón?

En primer lugar, antes de despedirnos de esta posible traducción, es importante rescatar el sentido básico de los términos griegos: anēr (varón) y guné (mujer), ya que una de las formas de inmoralidad que se había nombrado en el capítulo 5 era justamente la homosexualidad entre varones. Aquí en el 7.2 Pablo establece que solamente es legítima una pareja heterosexual, es decir, un varón con una mujer, una mujer con un varón. Él avaló justamente la relación heterosexual estable por causa de las “inmoralidades sexuales”, las que en 1 Corintios 5.9 incluían las relaciones sexuales entre varones. 

Pero más allá de este sentido básico, ¿cómo sabemos que en el 7.2 guné (mujer/esposa) se usa en el sentido de esposa y anēr (varón/marido) se emplea en el sentido de marido? Se deduce por el contexto.

Sabemos que Pablo se refiere a la relación heterosexual entre cónyuges, porque eventualmente dirá que, si una pareja de novios no puede controlar su impulso sexual, entonces “que se casen” (1 Corintios 7.9); es decir, que formalicen su relación. En este caso el marido será el varón que la mujer tiene como “propio”, y la esposa será la mujer que el varón tiene como “propia”. Los adjetivos que se traducen como “propios” (7.2) sugieren exclusividad y dan a entender que cualquier práctica sexual fuera de esta relación conyugal no es legítima. El “propio varón” es el marido; la “propia mujer” es la esposa. 

Un relato de la vida de Jesús 

Podemos ver un ejemplo esclarecedor del evangelio de Juan. El doble sentido del término anēr (varón/marido) es evidente en el encuentro entre Jesús y la mujer samaritana. En un momento de la conversación, leemos lo siguiente:

Jesús le respondió: “Ve, llama a tu marido y vuelve aquí”.

La mujer le respondió. “No tengo marido”.

Jesús continuó “Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad”.

Juan 4.17-18

Como hemos visto, la palabra traducida como “marido”, anér, también podría traducirse como varón. Entonces, ¿por qué no traducimos estos versículos de la siguiente manera?

“Ve, llama a tu varón y vuelve aquí”.  

“No tengo varón”.

“Tienes razón al decir que no tienes varón, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu varón”. 

Esta traducción es imposible por una sencilla razón. En la frase “el que ahora tienes”, se utiliza un pronombre relativo masculino (“el que”) y por lo tanto necesariamente se refiere a un “varón”, pero Jesús no considera a este “varón” legítimo: “no es tu varón”. Por lo tanto, cuando dice que “el que tienes ahora…no es tu varón (anēr)” quiere decir: “no es tu marido (anēr)”, así como está correctamente traducido el término en todas las traducciones al español de este versículo. En el judaísmo de Samaria, donde se manejaban exclusivamente por la Torá en materia religiosa, una mujer podría volver a casarse después de quedarse viuda o después de haber sido divorciada. Evidentemente esta mujer había tenido cinco relaciones conyugales, pero ahora vivía con otro hombre sin formalizar la relación. Ella “lo tenía”, pero no era su marido. Jesús no está negando el género de su pareja, sino la legitimidad de la relación. Es decir, su compañero es varón pero no es marido. Para Jesús, tener a alguien no es lo mismo que estar casado. El hecho de «estar con alguien» no constituiría el matrimonio a sus ojos.

El varón propio de una; la mujer propia de uno 

Encontramos este mismo sentido aquí en la Epístola a los Corintios 7.2. Tener el “propio varón” (esposo) de una mujer o la “propia mujer” (esposa) de un hombre es una relación duradera y seria: un matrimonio que no admite terceros. Pablo exhorta a la pareja de novios que no puede controlar sus impulsos sexuales a casarse (1 Corintios 7.9), a entregarse a una relación de pertenencia mutua, duradera y seria. En la próxima parte de esta respuesta veremos que para Pablo tal “pertenencia” no significa jerarquía sino más bien reciprocidad e igualdad.

Nuevamente agradecemos a Nicole y otras personas por motivar esta serie de preguntas y respuestas. 

Parte 3, Legitimidad en la relación de pareja: ¿Cuál es la definición del apóstol Pablo?

Parte 3, Legitimidad en la relación de pareja: ¿Cuál es la definición del apóstol Pablo?

Relaciones de poder en la sexualidad entre los gentiles

El judaísmo en tiempos bíblicos, dividía la humanidad entre judíos y “gentiles”, i.e. “las gentes” o “naciones”. En el Tanaj se relata cómo Dios había elegido a Israel como su pueblo; Jesús, en cambio, construiría a su pueblo, la Iglesia, de entre todas las naciones (Mateo 16.18; 28.18-20). Los primeros conversos al cristianismo eran judíos monoteístas; en cambio, los gentiles eran politeístas y tendrían que aprender primeramente que existe un solo Dios verdadero. En cuanto a las relaciones de pareja, en la cultura grecorromana existía el matrimonio, pero en cuanto a satisfacción sexual en sí, era una sociedad verticalista.

Un factor determinante.

El manejo del poder era un factor determinante en cuanto a la legitimidad de las relaciones sexuales. Un amo, por ejemplo, podía mantener relaciones sexuales con su esclavo o esclava. De hecho, la prostitución en la cultura grecorromana era en gran medida con esclavas y se consideraban la manera más apropiada de satisfacer la sexualidad y de esta manera resguardar la castidad de las mujeres libres, candidatas legítimas para el matrimonio. Los templos politeístas y el ambiente del banquete grecorromano incluían amplias oportunidades para tener relaciones con los de menos poder. En cambio, las relaciones matrimoniales existían sobre todo para producir herederos y ciudadanos, es decir perpetuar la casa y la sociedad (ver la parte 1 de esta serie). 

¿En qué consiste la “inmoralidad” en las relaciones de pareja? 

¿Cómo encara el “apóstol a los gentiles” la enseñanza de cristianos nuevos provenientes de la cultura grecorromana en vez del judaísmo? En primer lugar, en su papel de apóstol a las naciones, él toma como punto de partida las enseñanzas de la Torá4 en cuanto a las relaciones de pareja y las inculca en las comunidades cristianas gentiles. Esto es evidente sobre todo en su primera epístola a la iglesia de Corinto. En los capítulos 5 al 7, varias veces alude a enseñanzas de Levítico 2 y otras partes de la Torá para definir en qué consiste la “inmoralidad sexual” (porneia en griego).

El incesto: Primero el apóstol Pablo condena el incesto. Dice que en la iglesia de Corinto un hombre se había casado con su madrastra, una práctica inmoral que no era aceptable “ni siquiera entre los gentiles”. Al condenar al cristiano de Corinto que tenía como mujer a la esposa de su padre (1 Corintios 5.1), alude a Levítico 18.8: “no tendrás relaciones sexuales con la esposa de tu padre…”. Recurriendo a su autoridad apostólica, ordena “expulsar” al incestuoso de la comunidad (1 Corintios 5.1-5), con la esperanza de que tome conciencia, cambie y se salve. 

El adulterio: En 1 Corintios 6.9 condena al “adúltero”, término que actualmente se entiende como la persona casada que tiene relaciones sexuales con alguien que no es el esposo/esposa. Dentro de la cultura clásica griega, el adúltero “violaba” la condición “honorable” de la mujer “libre”. En sí, el adulterio era un delito contra el esposo de la mujer involucrada: era una ofensa de un varón contra otro. 3 Jesús, en cambio, ya había puesto en iguales condiciones a los “adúlteros” masculinos y femeninos (Marcos 10.11-12).

Relaciones sexuales entre dos varones: También Pablo incluye como “inmorales” a las relaciones homosexuales masculinas. Para esto emplea dos términos en 1 Corintios 6.9.4 Uno de estos términos es “malakos” que significa “blando” o “suave” y en este contexto se traduce como “afeminado”. Específicamente malakos se refiere al hombre que ocupa un papel pasivo en un encuentro homosexual masculino. El otro término “arsenokoítēs” [se compone de “arsēn” (varón) y “koiteomai” (acostarse)] es un vocablo que el apóstol deriva de Levítico 18.22 y Levítico 20.13 en la traducción al griego del Tanaj,5 donde se prohíbe al varón acostarse “con otro varón como si fuera una mujer”. Evidentemente con este segundo término, arsenokoítēs, se refiere al papel más activo o dominante (en contraste con malakos) en un encuentro homosexual masculino. Se traduce en la versión Reina Valera como “los que se acuestan con hombres”.   

Tomados en su conjunto estos dos términos, “afeminados” y “los que se acuestan con hombres”,  en la cultura grecorromana podrían referirse en algunos casos a una relación de índole sexual entre amo y esclavo, ambos siendo varones. Recordemos que la satisfacción sexual de un ciudadano con una persona de menos poder, esclavo o esclava, era aceptable en aquella sociedad. Como apóstol a los gentiles, Pablo condenó este tipo de relaciones, al punto de afirmar que los que las practicaban no entrarían en el reino de Dios. Esto fue una advertencia tan severa como la expulsión del incestuoso de la iglesia en 1 Corintios 5.1-5. 

Algunos de la comunidad cristiana de Corinto habían participado de varios de estos distintos tipos de inmoralidad sexual, pero habían sido “lavados, santificados y justificados” (1 Corintios 6.11). Es decir, habían abandonado estas costumbres como una decisión necesaria para tener a Jesús como su Señor. Sin embargo, no eran, en cambio, estos tipos de inmoralidad sexual peores pecados que otros que del mismo modo descalificaban a uno de entrar al reino de Dios. El apóstol incluye a los que practicaban practicaban estos tipos de inmoralidad sexual como “malvados”, en condiciones iguales con “los idólatras, ladrones, avaros, borrachos, calumniadores y estafadores” (1 Corintios 6.9-10). (Seguramente todos los componentes de esta lista merecen un tratamiento especial para tomar conciencia de la necesidad de evitarlos.)

Prostitución femenina: Luego el apóstol incluye entre lo que es “inmoral”, a la prostitución femenina, recurriendo nuevamente a la Torá (Génesis 2.24, citado en 1 Corintios 6.16). En el judaísmo, “cometer inmoralidad sexual” en un principio se refería a la prostitución, pero llegó a entenderse como “tener relaciones sexuales fuera del matrimonio”, i.e. no ser casto.6  En el imperio romano un alto porcentaje de prostitutas eran esclavas; tal vez un tercio de los habitantes del imperio vivían en la esclavitud,7  y en la ciudad de Roma un veinte por ciento vivían en esta condición.8

Al condenar el apóstol Pablo la prostitución como una práctica inaceptable para los cristianos, el contraste con el mundo gentil es marcado, ya que en el mundo grecorromano las relaciones sexuales con una esclava dedicada a la prostitución se consideraban normales para los ciudadanos masculinos (ver parte 1). 

¿Qué cambia introduce el nuevo paradigma cristiano para la relación de pareja legítima?

El apóstol a las naciones, aplicando enseñanzas extraídas de la Torá, ha encapsulado como inmoralidad sexual a varias actividades: incesto, adulterio, relaciones homosexuales masculinas y prostitución. ¿Incluiría en esta lista «cosas semejantes a estas» (como hace en otra lista en Gálatas 5.21)? Todas las que él mencionó merecían expulsión de la comunidad cristiana para lograr que el ofensor recapacitara y evitara un destino eterno fuera del reino de Dios. Pablo enseñó que ya que existían tantas clases de “porneia” (inmoralidad sexual) “que cada hombre tenga su propia esposa y cada mujer tenga su propio esposo” (1 Corintios 7.1-2). Es decir, como Enviado por Jesús a los gentiles, el apóstol Pablo definió una relación de pareja legítima como la heterosexual entre cónyuges, varón y mujer. En vez de una relación verticalista, en la que el más poderoso se satisface sexualmente con el de menos poder, propuso una relación entre iguales. El marido cristiano ya no buscaría satisfacerse en relaciones extramatrimoniales con personas de menos poder social, específicamente esclavos, sean mujeres u hombres. El sentido del sexo en el matrimonio ya no será sencillamente para procrear, como se acostumbraba en la cultura grecorromana, sino para satisfacerse mutuamente. De esto hablaremos en las próximas entregas. 

Muchas gracias, Nicole, por el diálogo que ha motivado esta respuesta. 

Parte 2. Legitimidad en la relación de pareja: ¿cómo cambia con el advenimiento del cristianismo?

Parte 2. Legitimidad en la relación de pareja: ¿cómo cambia con el advenimiento del cristianismo?

En la Parte 1 de esta respuesta exploramos un poco en torno al concepto de la relación de pareja en la cultura grecorromana clásica. Para entender el impacto del cristianismo sobre el concepto del matrimonio en este ambiente, debemos remontarnos a sus raíces hebreas.

El Tanaj hebreo y las Escrituras Griegas

La Biblia cristiana puede dividirse en el Tanaj hebreo (el Antiguo Testamento) y las Escrituras Griegas (el Nuevo Testamento). El Tanaj es la recapitulación de diversas obras escritas a lo largo de los siglos, las que los creyentes actuales aceptamos como revelación divina.
Al inicio del Tanaj, el Génesis relata el primer matrimonio, entre Adán y Eva, una unión cuyo inicio no cuenta con evidencia de ceremonia alguna (Génesis, capítulo 1 y 2). El Génesis también narra las historias de los patriarcas hebreos, quienes se casaron sin recurrir a un registro civil u otras modalidades convencionales. Por ejemplo, después de la muerte de Sarah, la esposa de Abraham, el hijo de ambos, Isaac, llevó a su comprometida, Rebeca, “a la carpa de Sara, su madre y la tomó por esposa…. y así él se consoló de la muerte de su madre” (Génesis 24.67). Para no ser vista por Isaac antes de casarse, Rebeca se cubrió con un velo (Génesis 24.65), acción que con el tiempo se convirtió en una práctica común entre las novias en el momento de casarse. Este relato del Génesis deja la sensación que no hubo ceremonia nupcial entre Isaac y Rebeca, pero la Biblia los presenta claramente como un matrimonio. Con el correr de los siglos, Levítico, el tercer libro de la Torá (la “Ley de Moisés”), definió estrictamente las relaciones de pareja permitidas según la revelación divina y las que no lo eran. En Levítico solamente ciertas uniones heterosexuales eran legítimas; las uniones entre varones condenadas. Con el tiempo la tradición rabínica entendió que esta prohibición también abarcaba la unión entre mujeres.

Jesús y la herencia del Tanaj

Cuando avanzamos varios siglos hasta la época de Jesús, es necesario reconocer que él vivió toda su vida dentro de los límites culturales y geográficos del judaísmo, en lo que en la actualidad es el país de Israel.
En sus enseñanzas Jesús no disentía con la ley de Moisés y los profetas judíos en cuanto a la relación de pareja. Más bien, él buscaba cumplir la ley de Moisés, es decir, presentarlo en su verdadero sentido (Mateo 5.17). Asimismo, él aclaró que el infringir las leyes mosaicas en cuanto a la fidelidad conyugal entre hombre y mujer era un mal que nacía del corazón: era más profundo que la simple acción del adulterio (Mateo 5.27-30, Marcos 7.21-23). Por otra parte, no hacía falta que él enseñara acerca de las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo, ya que en el contexto judío en el cual él se movía, tales uniones directamente no se permitían y eran condenables. Es en este contexto judaico donde se registran las enseñanzas de Jesús en la segunda parte de la Biblia, el Nuevo Testamento, específicamente en los primeros cuatro libros: los Evangelios. El resto del Nuevo Testamento relata hechos posteriores a su resurrección y define aún más la enseñanza cristiana con respecto a la legitimidad en las relaciones sexuales.

Un movimiento que supera los límites geográficos y culturales de Israel

Después de la resurrección de Jesús, con el tiempo la composición del “pueblo de Dios” dejaría de ser estrictamente judía para abarcar a personas de distintos orígenes étnicos y culturales que reconocen a Jesús como Señor. Esta comunidad internacional se llamaría “la Iglesia”, la cual Jesús se había propuesto “construir” entre personas de todas las naciones (Mateo 16.18, 28.18-20). Sin embargo, estaba en los planes de Dios comenzar dicha construcción internacional después de la resurrección y ascensión de Jesús. Los primeros apóstoles serían “testigos de su resurrección” (Hechos 1.7-8, 21-22; ), ya que la existencia de la Iglesia dependería de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús al cielo. Desde allí, nuevamente reunido con el Padre como soberano del universo, Jesús enviaría al Espíritu Santo a la tierra; el Espíritu junto con los apóstoles son los “testigos de la resurrección de Jesús” (Hechos 5.32), el hecho histórico que confirma la veracidad de sus enseñanzas y autoridad como Hijo de Dios.

El apóstol a las naciones

Después de la resurrección de Jesús, un personaje clave que Él empleó en la difusión de su movimiento fue el “apóstol a las naciones”, Pablo. Cuando Jesús llamó a Pablo (c. 33 AD), éste era su enemigo intransigente. De hecho, en el momento de su llamamiento, Pablo iba camino a encarcelar a los cristianos cuando un encuentro directo con el Jesús resucitado puso en evidencia su error. Así, a la fuerza él tomó conciencia de que Jesús no fue solamente un hereje crucificado; a Pablo se le había aparecido un ser viviente, el Señor resucitado de entre los muertos y eternamente vivo (ver Hechos 9.1-18, 22.1-21, 26.9-18). Ante esta evidencia, Pablo se transformó de perseguidor acérrimo de los cristianos en promotor infatigable de la fe en Jesús. Su nuevo Señor le asignó una misión única: “te envío a las naciones” (Hechos 22.21). ¿En qué consistían las naciones? ¿A dónde mandó Jesús a Pablo? ¿Qué pasaría cuando este apóstol a los gentiles, formado en la Torá de Israel, se encuentra con la cosmovisión grecorromana en cuanto a las relaciones sexuales?
Leeremos de la misión del apóstol Pablo a los Naciones y cómo definió la legitimidad en la relación de pareja en la próxima entrega.

Deseamos expresar nuestro agradecimiento a Nicole y a otras personas por haber motivado esta respuesta.

Parte 1 Legitimidad en la relación de pareja: ¿en qué consiste?

Parte 1 Legitimidad en la relación de pareja: ¿en qué consiste?

Según el código civil argentino

En las últimas décadas, hemos vivido cambios sociales vertiginosos en la Argentina en cuanto a lo que constituye el matrimonio. Desde la primera unión civil en el 2003 hasta el casamiento de un legislador bonaerense con otro varón bajo la figura del “matrimonio igualitario” en abril del 2019 las relaciones de pareja entre personas del mismo sexo han ganado terreno y legitimidad. Cuestionarlas se considera -con cada vez más frecuencia- discriminatorio y hasta ilegal en algunas circunstancias. Incluso se ha legislado que en los casamientos civiles en la Argentina ya no se habla de “hombre y mujer”, sino de “contrayentes” sin especificar el sexo de las personas que contraen matrimonio. 

Esta práctica actual contrasta marcadamente con el concepto heterosexual tradicional judeocristiano del matrimonio. Podríamos preguntarnos… ¿no podrían ambos paradigmas convivir? ¿No apunta lo “igualitario” a lo que es justo y deseable? ¿Cómo podría considerarse como ilegítima una unión entre dos seres humanos conscientes y responsables de sus propias elecciones? ¿Quién decide en cuanto a lo que constituye la legitimidad en la relación de pareja?

¿Cómo se establece un paradigma en cuanto a lo que es aceptable o legítimo en una relación de pareja?

“Legítimo” significa en primer lugar legal, conforme a las leyes. No obstante, según la RAE también puede significar: “cierto, genuino y verdadero en cualquier línea”, es decir, no solamente en el ámbito de las leyes. Si bien los gobiernos establecen la legitimidad en muchos aspectos, en otros ámbitos la práctica determina lo que es normal y aceptable, dicho de otro modo, lo que es “legítimo”. Tanto en las leyes como en la práctica, en los últimos tiempos hemos visto el cambio en cuanto a la definición del matrimonio. No sería nada sorprendente si en el futuro se modificara aún más. Por otra parte, dentro de la sociedad, lo que es “legítimo” en el matrimonio según las leyes, sigue encontrando rechazo de parte de algunos ciudadanos que podrían considerarse como reaccionarios. De la misma manera, si uno se remontara casi dos milenios atrás, a un primer momento de la enseñanza cristiana sobre la legitimidad en las relaciones de pareja, podríamos notar que también apareció en un ámbito que le era hostil. ¿Cómo surgió? En su momento, ¿cómo estableció su legitimidad? ¿Cómo pasó a ser algo aceptable en un segmento de la cultura grecorromana del primer siglo d.C.?

Obsesionados por la legitimidad en el mundo clásico

Refiriéndose a la cultura helénica clásica, el autor Harper afirma que los “varones griegos estaban obsesionados por la cuestión de la legitimidad” 9. La solución de la sociedad era definir bajo qué condiciones una mujer era “libre”, i.e. una candidata aceptable para casarse y tener hijos “legítimos” quienes podrían heredar. Las mujeres en condiciones de casarse y las esposas eran libres, honorables. En cambio, prostitutas, esclavas y cortesanas no lo eran. Lejos de ser mal visto en la sociedad, recurrir a mujeres que no eran libres para satisfacerse sexualmente era una manera aceptable de evitar la violación de mujeres honorables, libres. El honor de las mujeres libres debía mantenerse para proteger la legitimidad. 

Verticalidad en la sexualidad

Las relaciones sexuales solían ser verticalistas; es decir, para satisfacerse sexualmente la persona con más poder tenía libre acceso al cuerpo de la persona de menos poder. La esclavitud, que desempeñaba un papel importante, es tal vez donde más se evidenciaba este aspecto verticalista de la sexualidad en la sociedad. El amo tenía poder sobre el cuerpo de sus esclavos: hombres o mujeres. 

En la sociedad romana, la mujer libre pasaba de la sujeción al padre a la del marido. “Jamás, mientras sobreviven los hombres, desaparece la sujeción femenina; ellas mismas aborrecen la libertad producida por la pérdida de su padre o maridos”2 según el historiador romano Tito Livio. 3

La “legitimidad” en una relación de pareja en la sociedad grecorromana clásica, se establecía con otras normas que la sociedad argentina del siglo veintiuno en gran medida no comparte. Por lo menos en lo que concierne a las leyes, la sociedad contemporánea es más igualitaria. Sin embargo, en tiempos de la cultura clásica se introdujo otra cosmovisión que definía de otra manera la legitimidad en la relación de pareja. Veremos en la próxima entrega lo que sucedió cuando los parámetros del cristianismo en cuanto a la pareja llegan por primera vez al mundo clásico. 

Agradecemos a Nicole por haber motivado el comienzo de la respuesta a esta pregunta.

Parte 1. La conversación entre Jesús y Nicodemo sobre el “nuevo nacimiento”, ¿enseña que el bautismo cristiano es necesario para la salvación?

Parte 1. La conversación entre Jesús y Nicodemo sobre el “nuevo nacimiento”, ¿enseña que el bautismo cristiano es necesario para la salvación?

Un encuentro entre dos maestros.

El evangelio de Juan es el único que registra tres viajes de Jesús a Jerusalén. En su primera visita un dirigente judío llamado Nicodemo se acerca de noche a verlo. El se dirige a Jesús como “Rabí” (Maestro) y afirma que él y los demás dirigentes judíos sabían que Jesús era un maestro enviado por Dios. Esto era evidente porque nadie podría hacer las señales que él hacía si Dios no estuviera con él (Juan 3.1-2).

Jesús por su parte trata a Nicodemo como un “maestro de Israel”, de manera que la conversación entre ellos es un diálogo entre dos rabinos; es decir, entre pares. No obstante,y muy probablemente Nicodemo no quiere que sus compañeros sepan que él trata a Jesús como igual, y para que ellos no se enteren de la visita, él elige ir de noche a verlo. De hecho, nosotros tampoco sabríamos de esta conversación si no fuera por el cumplimiento de la promesa que Jesús hizo a sus apóstoles de enviar al Espíritu Santo para “enseñarles todo y recordarles..,” todo lo que él les había dicho (Juan 14.26). El apóstol Juan, íntimo seguidor de Jesús, se vale de esta promesa; por eso es que a lo largo de su evangelio encontraremos extensos diálogos entre Jesús y otras personas.

 

¿”Creer” y “saber” son equivalentes?

Nicodemo se acerca para dialogar con un hombre que él y sus compañeros sabían que era un maestro venido de Dios, ya que los milagros que Jesús hacía señalaban claramente esta realidad. Sabían que Dios lo había enviado como maestro, pero….¿creía Nicodemo en Jesús? ¿Saber es lo mismo que creer? Veremos que no son equivalentes. Este evangelio nos enseña que es posible saber algo sin creerlo; y es posible no creer en alguien por el hecho de lo que sabemos. Solamente cuando creer en Jesús significa confiar en él, podemos acercarnos al aspecto de “creer” presente en el evangelio de Juan. De hecho, en esta primera visita a Jerusalén “muchos creían en el nombre de Jesus al ver las señales que hacía…” pero Jesús-“no creía” en estos supuestos creyentes, “porque él sabía lo que había en el interior del ser humano” (Juan 2.23-25). Juan utiliza aquí el verbo “creer” (pisteuō en griego) dos veces, aunque en el caso de Jesús, se suele traducir como “confiar” en vez de “creer”. Jesús no confiaba en la fe superficial de los que supuestamente creían por las señales que él hacía. Jesús no creía porque sabía. Nicodemo y sus compañeros “sabían” que Jesús era un maestro venído de Dios por las señales, ¿pero creían? Jesús no creía porque sabía…. Nicodemo sabía… ¿pero creía?

 

El significado de “creer” en Juan 3.16.

El diálogo entre los dos maestros termina en el versículo quizás más conocido de la Biblia, Juan 3.16: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”.

El “porque” al comienzo de esta cita es un nexo con lo que Jesús venía explicando a Nicodemo desde el comienzo de la conversación en Juan 3.1. Para entender Juan 3.16 debidamente, es necesario preguntarnos qué significa “creer para tener vida” eterna en el contexto de este diálogo.

Las enseñanzas enigmáticas de Jesús. ¿Cómo entenderlas?

Es necesario conocer una particularidad de la manera en que Jesús enseñaba para ayudarnos a interpretar correctamente. Muchas veces sus enseñanzas en el momento de pronunciarlas eran enigmas.4 Él solía decir cosas que, en el momento de pronunciarlas, sus más allegados no pudieron entender. Solamente las entenderían después de que Jesús muriera, resucitara, ascendiera al cielo y enviara desde allí al Espíritu Santo para guiarlos. Solamente a partir de ese momento los apóstoles podrían entender todo lo que Jesús había dicho, y a su vez, trasmitírselo a otros (Juan 15.26-27, Juan 16.12-15, Hechos 1.8).

Un claro ejemplo de esta manera enigmática de expresarse se encuentra en el capítulo anterior de Juan. En el capítulo 2 Jesús entra en el templo de Jerusalén y expulsa por primera vez a las personas que cambian dinero allí y venden mercadería (Juan 2.13-24). Cuando las autoridades le piden una señal de su autoridad para cometer semejante acción, Jesús responde “destruyen este templo y en tres días lo volveré a levantar” (Juan 2.19). Solamente después de la resurrección de Jesús pudieron los apóstoles entender que él se refería a su cuerpo, un templo en el sentido de que Dios moraba en él (Juan 1.1-2, 1.14). Ese templo, su cuerpo, volvería a la vida al tercer día después de su muerte. La resurrección de Jesús era la señal contundente de su autoridad para enfrentar tan enérgicamente la corrupción presente en el templo de Jerusalén.

 

El nuevo nacimiento, un enigma para Nicodemo.

De la misma manera, en la siguiente historia de este evangelio, no es posible para Nicodemo entender lo que Jesús quiso decir acerca de la necesidad de “nacer de nuevo….de agua y del Espíritu”. Reaccionó a estas palabras enigmáticas de Jesús de la misma manera que las autoridades judías cuando les habló de “volver a levantar este templo en tres días”. En este caso, ellos entendieron sus palabras en un sentido literal, pensando que se refería a un templo material. De la misma manera, Nicodemo pensó que el nuevo nacimiento era un nacimiento físico, “volver a entrar en el seno de la madre para nacer de nuevo” (Juan 3.4). Por más que Jesús aludiera al Espíritu Santo durante su ministerio público, todavía no era posible captar el significado de lo que decía. Nuevamente, solamente se podría entender después de su glorificación. Él hablaba de cómo sería la presencia del Espíritu en el creyente en el futuro; sería como “ríos de agua de vida que brotan de su interior” (Juan 7.37-38). Pero esto no sucedería hasta que Jesús volviera a la gloria del cielo para enviar al Espíritu a continuar el trabajo de Dios en el mundo (ver Juan 7.39). Primero el Señor Jesús debía resucitar, ascender al cielo y enviar al Espíritu Santo a la tierra. Luego se predicaría el hecho de la muerte y resurrección del Señor. Hasta que esto sucediera los seres humanos carecían de los elementos necesarios para interpretar debidamente lo que Jesús quiso decir al hablar de un nuevo nacimiento, de agua y del Espíritu.

 

El dicho misterioso resuelto.

Pero luego, estas palabras enigmáticas después se transforman en una clara referencia a los hechos centrales del evangelio: bautizarse para unirse a Jesús en su muerte y resurrección y comenzar a vivir nuevamente en unión con Él como Señor. Esta unión se logra por medio de la presencia del Espíritu Santo aquí en la tierra, mientras Jesús reina ahora como Mesías a la diestra de Dios. Desde el cielo envió al Espíritu Santo para comunicar el evangelio. Él da testimonio en conjunto con los apóstoles acerca de Jesús como Hijo de Dios (Juan 15.26-27). Es posible entender la necesidad de “nacer de nuevo…de agua y del Espíritu” solamente a la luz de la muerte de Jesús, su resurrección, y su ascensión a la diestra del Padre, de quien“recibió» al Espíritu a quien derramó sobre los apóstoles (Hechos capítulo 2). Solamente después de la llegada del Espíritu Santo, era posible entender la necesidad de “nacer de nuevo, del agua y del Espíritu”. Por eso ahora por medio del testimonio apostólico acerca de Jesús sabemos que, luego de un sincero arrepentimiento, nacemos de nuevo por la resurrección de Jesús al bautizarnos (1 Pedro 1.33.21). Este tema se profundiza en https://ibica.org/recursos/. Si usted se bautizó, o piensa bautizarse, en alguna iglesia evangélica, sugerimos leer la entrega sobre “El punto del perdón

Agradecemos a Iván por haber motivado esta entrega.

 


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