Parte 1. ¿Cómo puedo empezar a leer la Biblia?

Parte 1. ¿Cómo puedo empezar a leer la Biblia?

Con nuestras últimas publicaciones una cantidad importante de personas nos han hecho esta pregunta. Aquí se intenta comenzar a facilitar una respuesta general. 

En primer lugar, hay que entender que una correcta lectura de la Biblia forma parte de un diálogo entre uno y Dios. ¿Por qué “correcta”? Resulta que no va a cumplirse el propósito de Dios cuando Él reveló este libro si lo lees como cualquier otro. Él tenía algo en mente cuando iba inspirando las obras que componen la Biblia en las mentes de numerosos escritores humanos a lo largo de los siglos. Dios les habló, para que por sus escritos los seres humanos podamos tener una relación cercana con Él. Esta relación puede entenderse hasta cierta medida como un diálogo. 

¿Cómo empezar el diálogo?

En este diálogo entre Dios y tú hay un ir y venir constante, donde interviene en gran parte la oración: consta, por ejemplo, de decirle en primer lugar a Dios que estás dispuesto a escucharle. Si no quieres escucharle, bueno, díselo. Si no sientes su existencia como una realidad, también házselo saber. En cambio, si puedes acercarte a Dios como tu Padre Santo, a Jesús como tu Señor, no dejes de expresarle tu reverencia, tu predisposición a aprender y obedecer. Tal vez te encuentres en el medio; lo importante es tu honestidad. En esta parte del diálogo, y durante todo el transcurso de la lectura, nada reemplaza el sincerarse sin reservas con Dios. Una de nuestras problemáticas incuestionables como seres humanos es el no tener la costumbre de escuchar. Reconocer esta falta de predisposición es seguramente un primer paso para alcanzar una mente despejada y así poder realmente oír.

¿No te pasa esto en una conversación con cualquier allegado? ¿No te explayas más con las personas que muestran más interés en escucharte? ¿Pasará lo mismo con Dios? Si no quieres escucharlo, no te sorprendas si no te habla. 

Buscar el momento.

Luego, o incluso antes, como en cualquier conversación importante, hace falta tener un momento a solas para poder realmente escuchar. A veces es fácil encontrar este momento, otras veces no tanto. En otras ocasiones, los tiempos con los que contamos facilitan o impiden ese momento de manera inesperada. 

Después de lograr una disposición a escuchar, ¿dónde empiezo a leer? En la primera lección de Introducción al mensaje de la Biblia, encontrarás algunos indicios. Se recomienda seguir las sugerencias que aparecen allí.

Para acceder a esta lección la manera más fácil es inscribirse en el sitio aula.bibliayteologia.org y luego elegir este curso (hay por ahora dos opciones de cursos). Son gratuitos, uno se inscribe ingresando la dirección de correo electrónico. Si tienes alguna dificultad técnica en inscribirte podemos ayudarte (escribir a: consultas@bibliayteologia.org).  La primera lección de este curso te dará una idea de dónde comenzar a leer y el orden a seguir.

Leer y meditar.

Ahora, en la entrega actual veremos un párrafo de la Biblia como ejemplo.  Elegimos éste en particular porque tiene que ver con la pregunta: ¿cómo puedo empezar a leer la Biblia? Nos permite ver dos consejos más: leer y meditar. Verás la necesidad de no solo leer el párrafo, sino también de meditar en lo que dice e incluso concientizarte de la importancia de seguir en diálogo con Dios, cuestionándole, respondiéndole en dónde su palabra te llegue. El párrafo elegido es de la Epístola a los Hebreos 4.12-16. 

12  Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón. 13Ninguna cosa creada escapa a la vista de Dios. Todo está al descubierto, expuesto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

14 Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. 15 Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. 16 Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos. (Versión citada: Nueva Versión Internacional). 

  • Leemos en primer lugar para tener una idea general de lo que dice. Luego, volvemos a leer buscando nexos. Estas son palabritas que muestran la relación lógica entre ideas. En el párrafo citado están sombreados en este color (que no aparece en el original). Los nexos en este párrafo son:
  • “Ciertamente” (versículo 12) 
  • “Por lo tanto” y “ya que” (versículo 14)
  • “Porque” (versículo 15)
  • “Así que” en el versículo 16. 

“Ciertamente” (vs. 12) indica que lo que sigue tiene alguna relación con lo que se escribió justo antes. En otras versiones en castellano1 en vez de “ciertamente” dice “pues” o “porque”, lo que acerca la traducción un poco más a la palabra en el griego original: gar. Este término indica que la idea que sigue tiene relación con otra expresada en las oraciones anteriores.2

“Por lo tanto” y “ya que” (versículo 14) también muestran una relación lógica con una idea anterior. En el griego original, traduce una misma palabra: oun

“Porque” (versículo 15) es la misma palabra en griego que en el 12 (gar) para mostrar un nexo lógico con la frase anterior. 

“Así que” (versículo 16) repite la palabra oun empleada en el versículo 14. 

Los nexos muestran que todas las oraciones en esta cita están relacionadas lógicamente entre sí. A medida que leemos, reflexionamos (meditamos) con respecto a estas relaciones. En el griego original encontramos solamente dos nexos (gar y oun) que se reiteran. En castellano, para evitar la repetición, en algunas versiones utilizan otros nexos que son sinónimos, pero al hacer esto, se pierde la estructura aleatoria en el idioma original gar-oun-gar-oun que tiene como finalidad unir aún más las ideas. Se menciona este detalle solamente para indicar la utilidad de comparar más de una versión, y cuando difieren entre sí, intentar en lo posible averiguar por qué, remitiéndonos al idioma original. Es decir, tiene valor consultar varias versiones, pero al mismo tiempo, límites.

Buscar ideas claves: 

La palabra tiene vida y poder

Existe una cantidad importante de ideas claves en este párrafo, pero posiblemente nos llame en primer lugar la atención que la palabra de Dios tiene “vida y poder”. Analicemos por partes: ¿Por qué tiene “vida” (o literalmente en el griego “viviente es” o “está viva”)? En busca del porqué, debido al nexo mencionado (versículo 12 “ciertamente” o “porque”), debemos remontarnos a lo que se escribió en los renglones anteriores. El “porque” (gar) es una conclusión a algo previo. De manera que, si leemos todo el capítulo 3 hasta el 4.11 vemos que se alude a un incidente ocurrido siglos antes cuando Dios habló desde el monte Sinaí a su pueblo, recién salido de Egipto, para impartirles el antiguo pacto contenido en la ley de Moisés. En ese momento los “oyentes” no quisieron escucharle. Luego, en un salmo se refiere a este mismo incidente de testarudez, tratando lo ocurrido como un suceso ya ocurrido siglos antes, pero a la vez transportándolo a aquel presente con las palabras, “Hoy… si escuchan su voz…” Repitiendo esta frase (en los versículos 3.7, 3.13, 3.15, 4.7) se enfatiza la palabra hoy, lo que lleva a la conclusión lógica: “Escuchen” porque “La palabra de Dios está viva”. Dios habla ahora, hoy, a lo largo de la historia con su pueblo: en Sinaí, algunos siglos después en el salmo, luego a lo largo de los años a los lectores del mismo salmo, aun en un siglo posterior, cuando se escribió la epístola a los Hebreos, y todavía ahora, cuando nos acercamos a la lectura de este párrafo, habiéndonos preparado para “escuchar”. “Hoy escuchen su voz…” Lo que se afirma es que la palabra no cambió, habla hoy; está viva. No obstante, nuestras situaciones en que la escuchamos atentamente sí cambian. Por eso, preparémonos para escuchar antes de leer. Recordemos que el primer paso es “buscar el momento”.

 La palabra es “poderosa”.

Se cierra esta primera frase con otro término clave: poderosa.  “La palabra de Dios está viva y es poderosa”. En vez de poderosa algunas versiones proponen como traducción la palabra eficaz: “La palabra de Dios es viva y eficaz”.  En realidad, esta palabra en el sentido de eficaz = “eficiente” no se acerca a la idea original de la palabra, la cual en griego es energēs. Este término en el Nuevo Testamento se refiere a una operación u obra que va más allá de lo humano, es sobrenatural.3 ¿Cuál es el poder sobrenatural que tiene la palabra de Dios? Cuando nos preparamos y la escuchamos como tal, llega a lo más íntimo del ser humano, pone al descubierto nuestros sentimientos y pensamientos, nos permite vernos como el Creador nos ve (4.12-13). Nos permite ver con qué criterios nos juzgará cuando llegue el momento de una rendición de cuentas. Todo está expuesto frente a los ojos del que nos creó. Dios nos conoce tal como somos, porque es nuestro Creador. Como tal Él es omnipotente y omnisapiente, conociendo todas nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. 

Sin embargo, esta enseñanza no concluye aquí. Si termina con la idea de ser juzgados por lo que sentimos, pensamos y hacemos, ¿quién podría presentarse tranquilamente ante el juicio? Pero gracias a los nexos que vinculan los versículos 14-16 con los 12-13, encontramos otra manera que Dios nos conoce que se coordina con el conocimiento de Dios como Creador; esta segunda manera de conocernos puede traernos esperanza. El Creador se hizo hombre y por lo tanto nos conoce desde adentro. Por la experiencia humana de Jesús, Él entiende en carne propia lo que son nuestros pensamientos y sentimientos. Fue puesto a prueba “en todo” como nosotros, con la gran diferencia de no haber nunca incurrido en el pecado, i. e. él siempre actuaba conforme a la voluntad del Padre. Es el único representante digno para la humanidad.4 Gracias a esta comprensión divina, el trono de Dios no es solo un tribunal, sino más bien un “trono de gracia” donde se encuentra ayuda en los momentos en que “más la necesitemos”. ¿No nos da este párrafo material para seguir meditando?

¿Cómo termina el diálogo?

Después de meditar en lo que leo, o mientras leo, sigo dialogando en oración con Dios. ¿Cómo puedo realmente escuchar lo que me dice en mi “hoy” y llevarlo a la práctica? En realidad, el diálogo no termina. Podrá haber una respuesta de mi parte que se expresa en oración y/o en alguna acción que responde a la manera en que la Biblia, como Palabra de Dios, ha tocado de manera poderosa mi mente y corazón en el momento en que la experimento. Esta respuesta requiere meditar, es decir, tomar el tiempo para pensar en lo leído, preguntarme a mí mismo y a Dios cómo actuar en los momentos actuales que me tocan vivir. Parte de la respuesta seguramente es desarrollar con paciencia la práctica de acercarme a una lectura dinámica de la Biblia como parte de mi relación con Dios. 

Otras lecturas: Introducción al mensaje de la Biblia (ya mencionado). Sobre el papel de Jesús como personaje central en la Biblia, también recomendamos nuestro curso por internet: Lecciones sobre el Libro que presenta a Cristo. En el índice de “preguntas y respuestas” en bibliayteologia.org tal vez resulte útil la serie de respuestas sobre ¿Qué debo hacer para ser salvo?

Muchas gracias a varios lectores que han preguntado acerca de dónde empezar a leer la Biblia. ¡Esperemos que esta nota les sea útil!

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Parte 1. La conversación entre Jesús y Nicodemo sobre el “nuevo nacimiento”, ¿enseña que el bautismo cristiano es necesario para la salvación?

Parte 1. La conversación entre Jesús y Nicodemo sobre el “nuevo nacimiento”, ¿enseña que el bautismo cristiano es necesario para la salvación?

Un encuentro entre dos maestros.

El evangelio de Juan es el único que registra tres viajes de Jesús a Jerusalén. En su primera visita un dirigente judío llamado Nicodemo se acerca de noche a verlo. El se dirige a Jesús como “Rabí” (Maestro) y afirma que él y los demás dirigentes judíos sabían que Jesús era un maestro enviado por Dios. Esto era evidente porque nadie podría hacer las señales que él hacía si Dios no estuviera con él (Juan 3.1-2).

Jesús por su parte trata a Nicodemo como un “maestro de Israel”, de manera que la conversación entre ellos es un diálogo entre dos rabinos; es decir, entre pares. No obstante, y muy probablemente Nicodemo no quiere que sus compañeros sepan que él trata a Jesús como igual, y para que ellos no se enteren de la visita, él elige ir de noche a verlo. De hecho, nosotros tampoco sabríamos de esta conversación si no fuera por el cumplimiento de la promesa que Jesús hizo a sus apóstoles de enviar al Espíritu Santo para “enseñarles todo y recordarles..,” todo lo que él les había dicho (Juan 14.26). El apóstol Juan, íntimo seguidor de Jesús, se vale de esta promesa; por eso es que a lo largo de su evangelio encontraremos extensos diálogos entre Jesús y otras personas.

 

¿ «Creer» y «saber» son equivalentes?

Nicodemo se acerca para dialogar con un hombre que él y sus compañeros sabían que era un maestro venido de Dios, ya que los milagros que Jesús hacía señalaban claramente esta realidad. Sabían que Dios lo había enviado como maestro, pero….¿creía Nicodemo en Jesús? ¿Saber es lo mismo que creer? Veremos que no son equivalentes. Este evangelio nos enseña que es posible saber algo sin creerlo; y es posible no creer en alguien por el hecho de lo que sabemos. Solamente cuando creer en Jesús significa confiar en él, podemos acercarnos al aspecto de “creer” presente en el evangelio de Juan. De hecho, en esta primera visita a Jerusalén “muchos creían en el nombre de Jesus al ver las señales que hacía…” pero Jesús-“no creía” en estos supuestos creyentes, “porque él sabía lo que había en el interior del ser humano” (Juan 2.23-25). Juan utiliza aquí el verbo “creer” (pisteuō en griego) dos veces, aunque en el caso de Jesús, se suele traducir como “confiar” en vez de “creer”. Jesús no confiaba en la fe superficial de los que supuestamente creían por las señales que él hacía. Jesús no creía porque sabía. Nicodemo y sus compañeros “sabían” que Jesús era un maestro venído de Dios por las señales, ¿pero creían? Jesús no creía porque sabía…. Nicodemo sabía… ¿pero creía?

 

El significado de “creer” en Juan 3.16.

El diálogo entre los dos maestros termina en el versículo quizás más conocido de la Biblia, Juan 3.16: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”.

El “porque” al comienzo de esta cita es un nexo con lo que Jesús venía explicando a Nicodemo desde el comienzo de la conversación en Juan 3.1. Para entender Juan 3.16 debidamente, es necesario preguntarnos qué significa “creer para tener vida” eterna en el contexto de este diálogo.

Las enseñanzas enigmáticas de Jesús. ¿Cómo entenderlas?

Es necesario conocer una particularidad de la manera en que Jesús enseñaba para ayudarnos a interpretar correctamente. Muchas veces sus enseñanzas en el momento de pronunciarlas eran enigmas.5 Él solía decir cosas que, en el momento de pronunciarlas, sus más allegados no pudieron entender. Solamente las entenderían después de que Jesús muriera, resucitara, ascendiera al cielo y enviara desde allí al Espíritu Santo para guiarlos. Solamente a partir de ese momento los apóstoles podrían entender todo lo que Jesús había dicho, y a su vez, trasmitírselo a otros (Juan 15.26-27, Juan 16.12-15, Hechos 1.8).

Un claro ejemplo de esta manera enigmática de expresarse se encuentra en el capítulo anterior de Juan. En el capítulo 2 Jesús entra en el templo de Jerusalén y expulsa por primera vez a las personas que cambian dinero allí y venden mercadería (Juan 2.13-24). Cuando las autoridades le piden una señal de su autoridad para cometer semejante acción, Jesús responde “destruyen este templo y en tres días lo volveré a levantar” (Juan 2.19). Solamente después de la resurrección de Jesús pudieron los apóstoles entender que él se refería a su cuerpo, un templo en el sentido de que Dios moraba en él (Juan 1.1-2, 1.14). Ese templo, su cuerpo, volvería a la vida al tercer día después de su muerte. La resurrección de Jesús era la señal contundente de su autoridad para enfrentar tan enérgicamente la corrupción presente en el templo de Jerusalén.

 

El nuevo nacimiento, un enigma para Nicodemo.

De la misma manera, en la siguiente historia de este evangelio, no es posible para Nicodemo entender lo que Jesús quiso decir acerca de la necesidad de “nacer de nuevo….de agua y del Espíritu”. Reaccionó a estas palabras enigmáticas de Jesús de la misma manera que las autoridades judías cuando les habló de “volver a levantar este templo en tres días”. En este caso, ellos entendieron sus palabras en un sentido literal, pensando que se refería a un templo material. De la misma manera, Nicodemo pensó que el nuevo nacimiento era un nacimiento físico, “volver a entrar en el seno de la madre para nacer de nuevo” (Juan 3.4). Por más que Jesús aludiera al Espíritu Santo durante su ministerio público, todavía no era posible captar el significado de lo que decía. Nuevamente, solamente se podría entender después de su glorificación. Él hablaba de cómo sería la presencia del Espíritu en el creyente en el futuro; sería como “ríos de agua de vida que brotan de su interior” (Juan 7.37-38). Pero esto no sucedería hasta que Jesús volviera a la gloria del cielo para enviar al Espíritu a continuar el trabajo de Dios en el mundo (ver Juan 7.39). Primero el Señor Jesús debía resucitar, ascender al cielo y enviar al Espíritu Santo a la tierra. Luego se predicaría el hecho de la muerte y resurrección del Señor. Hasta que esto sucediera los seres humanos carecían de los elementos necesarios para interpretar debidamente lo que Jesús quiso decir al hablar de un nuevo nacimiento, de agua y del Espíritu.

 

El dicho misterioso resuelto.

Pero luego, estas palabras enigmáticas después se transforman en una clara referencia a los hechos centrales del evangelio: bautizarse para unirse a Jesús en su muerte y resurrección y comenzar a vivir nuevamente en unión con Él como Señor. Esta unión se logra por medio de la presencia del Espíritu Santo aquí en la tierra, mientras Jesús reina ahora como Mesías a la diestra de Dios. Desde el cielo envió al Espíritu Santo para comunicar el evangelio. Él da testimonio en conjunto con los apóstoles acerca de Jesús como Hijo de Dios (Juan 15.26-27). Es posible entender la necesidad de “nacer de nuevo…de agua y del Espíritu” solamente a la luz de la muerte de Jesús, su resurrección, y su ascensión a la diestra del Padre, de quien“recibió» al Espíritu a quien derramó sobre los apóstoles (Hechos capítulo 2). Solamente después de la llegada del Espíritu Santo, era posible entender la necesidad de “nacer de nuevo, del agua y del Espíritu”. Por eso ahora por medio del testimonio apostólico acerca de Jesús sabemos que, luego de un sincero arrepentimiento, nacemos de nuevo por la resurrección de Jesús al bautizarnos (1 Pedro 1.33.21). Este tema se profundiza en https://ibica.org/recursos/. Si usted se bautizó, o piensa bautizarse, en alguna iglesia evangélica, sugerimos leer la entrega sobre “¿En qué consiste el bautismo bíblico?

Agradecemos a Iván por haber motivado esta entrega.


Parte 2 Carne y espíritu; lucha espiritual.  Lo fundamental: tener a Jesús como Señor.

Parte 2 Carne y espíritu; lucha espiritual. Lo fundamental: tener a Jesús como Señor.

En la Parte 1 de esta respuesta llegamos a la conclusión que en Romanos capítulo 7, cuando el apóstol Pablo se refiere a su lucha interior, describe a sí mismo después de convertirse. No se refería a la lucha que experimenta la persona inconversa. Es una lucha posterior a, y no antes de, asumir el compromiso de seguir a Jesús. 

¿Existe una solución?

Aunque suena contradictorio, el “no cristiano” puede experimentar menos conflictos que el cristiano consciente. El inconverso, al no haber asumido el compromiso de seguir a Jesús, no tiene, tal vez, una moralidad o ética tan comprometidas. Al hablar de su conflicto entre la carne y el espíritu, deducimos que Pablo habla de su propia lucha interior, la misma que vivimos, a lo largo de los siglos, todos los que hemos decido seguir a Jesús. ¿Qué respuesta da el apóstol a este conflicto que experimentan todos los cristianos conscientes?

Jesucristo, Nuestro Señor, cuyo señorío lleva a cabo una transformación. 

Para acercarnos a la respuesta que el apóstol da a este dilema, ponemos a disposición esta serie de reflexiones sobre la epístola a los Romanos. Y para los que no tienen una Biblia a disposición ofrecemos, como material de apoyo, un PDF del texto de la epístola aquí en cuatro versiones. A lo largo de este PDF se han colocado, como notas al pie, observaciones que frecuentemente apoyan las de esta serie de entregas.

La epístola a los Romanos surge como respuesta a una situación puntual (la del conflicto dentro de la comunidad cristiana de Roma antes de la persecución bajo Nerón). No obstante, esta epístola es a la vez un patrimonio espiritual que confiere el apóstol a los cristianos de todas las épocas. Romanos nos enseña que a pesar de los problemas, el cristiano puede seguir un camino de transformación. La clave de esta transformación, para el individuo como integrante de una comunidad cristiana, es tener muy en claro que Jesús es “Nuestro Señor”. Esta declaración es lo que une al apóstol Pablo con sus lectores. Así como comparte su conflicto espiritual con ellos, también detalla el camino a la transformación bajo el señorío de Jesús. 

Desde el comienzo de la epístola Pablo habla de Jesús como Señor: 

1) Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol: apartado para el evangelio de Dios, 2) que él había prometido antes por medio de sus profetas en las Sagradas Escrituras, 3) acerca de su Hijo —quien, según la carne, era de la descendencia de David; 4) y quien fue declarado Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santidad por su resurrección de entre los muertos—, Jesucristo nuestro Señor (Romanos 1.1-4).

Aquí en letra negrita aparecen por vez primera términos y temas que se destacarán en la epístola: 1) evangelio, 2) el cumplimiento de profecías de las Sagradas Escrituras, 3) la “carne”, 4) la humanidad y divinidad de Jesús, 5) el “poder” de Dios 6) el Espíritu y 7) la resurrección de Jesús. Todos estos temas convergen en:  8) Jesús “nuestro Señor”. 

Estos elementos están imbricados entre sí en la Epístola a los Romanos y conducen a la siguiente conclusión:  tenemos paz con Dios por medio de Nuestro Señor, Jesucristo” (Romanos 5.1, NVI). ¿Pero cómo entender estas palabras? Si el cristiano está en “paz con Dios”, ¿por qué siente en su interior la angustia de una lucha entre “carne y espíritu”, un conflicto que el mismo apóstol Pablo experimentó? Si Dios quiere profundizaremos la respuesta en la próxima entrega.

Para poder prepararse para este estudio, será de mucha ayuda tomar un tiempo para pensar en los términos traducidos del griego que significan “señor” (κύριος = kurios) y “señorear” (κυριεύω = kurieúō) . Para hacerlo, recomendamos leer y meditar en los siguientes versículos donde aparecen alguna de estas dos palabras.2 

Agradecemos nuevamente a Juan Carlos, cuya pregunta nos motiva a continuar con esta serie de entregas.

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Parte 1 Carne y Espíritu: Lucha espiritual

Parte 1 Carne y Espíritu: Lucha espiritual

La lucha interior que Pablo describe en Romanos capítulo 7,

¿se refiere a su condición antes o después de convertirse en seguidor de Cristo?

Palabras de un hombre conflictuado. En Romanos capítulo 7.14b-20, el apóstol Pablo escribió acerca de su lucha interior: Pero yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado. Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Pero si hago lo que no quiero, con eso reconozco que la Ley es buena. Pero entonces, no soy yo quien hace eso, sino el pecado que reside en mí, porque sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne2. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí. (versión citada: Biblia de Jerusalén) La interpretación de estas palabras ha sido controvertida, probablemente desde el momento en que Pablo las escribió hace dos milenios. Los lectores preguntan si el apóstol describe su situación espiritual antes o después de convertirse.

¿Si habla Pablo de sí mismo antes de convertirse?

Algunos afirman que es totalmente comprensible lo que el apóstol escribió, sólo si él hablaba de su lucha contra el pecado antes de convertirse en seguidor de Jesús: este conflicto interior puede servir para describir a todo ser humano inconverso, ya que nadie alcanza a vivir siempre según sus propias expectativas éticas o código moral. No obstante, ¿por qué un hombre que ama al Señor afirmaría que el pecado “reside” en él? ¿Cómo podría Pablo, siendo ya cristiano con la esperanza de la vida eterna, pocos renglones después referirse a su mismo como un “desdichado” 2(7. 24)?

¿…Y si Pablo habla de sí mismo ya siendo cristiano?

Por otra parte, los que mantienen que el apóstol habla de su lucha espiritual después de llegar a la fe en Jesús como su Señor, suelen sacar una conclusión muy diferente. Toman estas palabras como un alicente para vivir con la esperanza de no tener que ser siempre perfectos después de bautizarse. Sienten alivio al saber que Pablo era, a pesar de ser apóstol, simplemente humano y sufría tentaciones capaces de traducirse en acciones contra la voluntad de Dios. Se han ofrecido argumentos a favor y en contra de ambas interpretaciones. ¿Cómo elegimos entre ellas?

La lucha entre “carne” y “espíritu”

Empezamos reconociendo que el gran tema de la lucha entre la “carne” y el “espíritu” ya había sido anteriormente un tema central de Pablo en su Epístola a los Gálatas. Allí, el término “carne” se usa para referirse a la naturaleza humana que tiende a rebelarse conscientemente contra Dios, es decir nuestra parte “carnal”. En cambio, en Gálatas el “Espíritu” suele entenderse o bien como una referencia al Espíritu Santo o si no, como “espíritu” (con “e” minúscula) para referirse a la tendencia espiritual del ser humano3. La lucha entre “carne” y “Espíritu” se manifestaba en la comunidad cristiana de Galacia como un conflicto entre personas con opiniones cruzadas en cuanto a una enseñanza fundamental cristiana: la libertad (tema que posteriormente se tratará). Por más que Pablo se pronuncia claramente a favor de la posición de una de las partes en esta contienda, aparentemente le preocupaba sobremanera el modo en que ambas se trataban entre sí. “Si ustedes se están mordiendo y devorando mutuamente, tengan cuidado porque terminarán destruyéndose los unos a los otros” (Gálatas 5.15, LPD4). Describiendo este conflicto dentro de la comunidad, Pablo afirma: “Porque el deseo de la carne se opone al Espíritu, y el del Espíritu se opone a la carne; y éstos se oponen entre sí para que ustedes no hagan lo que quisieran hacer” (Gálatas 5.17, RVC).

¿Quiénes no pueden hacer lo que “quisieran”?

Para describir el hecho de que estos cristianos de la iglesia de Galacia no podían hacer lo que “quisieran”, el apóstol emplea el verbo θέλω (thelō) que se traduce como “querer” o “desear”. Lo emplea con respecto a un mandamiento que todos los cristianos gálatas probablemente afirmarían que quisieran obedecer: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gálatas 5.16). Sin embargo, era tan profunda la controversia entre ambas bandas que les costaba tratarse con amor. No podían “hacer lo que quisieran”, i.e. amarse mutuamente. Corrían más bien el riesgo de “destruirse unos a otros”. Pablo emplea este mismo verbo y una idéntica expresión para hablar de su propia lucha en Romanos capítulo 7. “No puedo hacer lo que quiero” (= θέλω thelō). Quería hacer el bien, pero encontraba a su alcance el mal. Es decir, ambas situaciones se refieren a lo que es en el fondo el mismo conflicto espiritual: en Gálatas, dentro de la comunidad cristiana; en Romanos, dentro del hombre cristiano (A fin de cuentas las comunidades están formadas por los individuos que las integran). El hecho de usar la misma terminología en ambas situaciones indica que lo que Pablo describe en Romanos es su lucha interior, después de ser seguidor de Jesús durante años; aquí no hablaba de sus conflictos antes de convertirse, si bien sin duda los tendría. En ambas situaciones él describe una contradicción interior que experimentamos todos los que intentamos seguir a Jesús; el apóstol se ofrece a sí mismo como un ejemplo de lo que es una realidad universal que todos los cristianos vivimos5. La solución que ofrece en el capítulo 8 de Romanos, también es para todos los creyentes en Jesús como Señor y se tratará en la próxima entrega. Agradecemos a Juan Carlos por hacernos llegar esta inquietud.

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¿Realmente qué es la amistad?

¿Realmente qué es la amistad?

Sí. Es una pregunta profunda y difícil de contestar. Evidentemente tiene que ver con cercanía sobre todo. La cercanía puede basarse en distintas cosas. Las personas se acercan por gustos parecidos, similitudes, intereses o actividades en común. Este acercamiento puede ser por muchos motivos diferentes. Hasta por rivalidad. Por ejemplo, entendiendo la amistad como cercanía, ¿por qué dos enemigos, Pilato y Herodes, se hicieron amigos según Lucas 23.6-12? Traducido a nuestros tiempos diríamos que eran dos políticos rivales y, al reconocer cada uno el territorio del otro, se hicieron amigos. Esto sucedió cuando después de arrestar a Jesús, Pilato lo envió a ser procesado por Herodes. En medio de este momento injusto y trágico, dos gobernantes egoistas se hicieron amigos al acercarse como cómplices, dejando de lado su enemistad. Por otro lado, nuestra cercanía con Jesucristo puede considerarse una amistad pero solamente en la medida que reconozcamos que Él es Señor. Puede haber cercanía solamente si lo obedecemos porque su voluntad es la correcta y muestra lo que de veras necesitamos hacer y cómo realmente debemos vivir. Por eso El dijo a sus discípulos que serán sus «amigos» si obedecen sus mandamientos (Juan 15.14). Tal obediencia no es un requisito en una amistad común. Podemos tomar en cuenta lo que desea una persona con quien sentimos cercanía afectiva o con quien experimentamos una proximidad por tener cosas en común, pero no estamos obligados a obedecer a nuestros amigos. La voluntad del amigo puede o no estar más cerca de lo que nos corresponde vivir. La amistad con Jesús es diferente. Las cosas que Él nos manda hacer siempre son las que corresponden. No es posible, por lo tanto, tener cercanía con Él sin obediencia. No puede ser nuestro Amigo sin ser nuestro Señor. Así, cuando obedecemos, «su amor» y «su alegría» y «su paz» (Juan 15.7-17, 16.33) serán nuestras (ver Gálatas 5.22-23). ¿Tendremos éstas cualidades en común con Jesús?, El hecho de compartirlas señala la verdadera amistad.  ¿No serán los mejores amigos aquelllas  personas que entienden de esta manera la relación con Jesús y por lo tanto nos ayudan a acercarnos a El de la misma manera? De paso te comento que el libro de Proverbios da buenos consejos acerca de la amistad. Fue escrito hace casi tres mil años, evidencia que las relaciones humanas no han cambiado a lo largo de los siglos. Algunos proverbios acerca de la amistad: Proverbios 17.17, 18.19, 18.24, 22.24-25, 26.18-19, 27.6, 27.9, 27.17, 29.5. Muchas gracias, Yamil, por compartir esta pregunta!

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