Parte 1 Legitimidad en la relación de pareja: ¿en qué consiste?

Parte 1 Legitimidad en la relación de pareja: ¿en qué consiste?

Según el código civil argentino

En las últimas décadas, hemos vivido cambios sociales vertiginosos en la Argentina en cuanto a lo que constituye el matrimonio. Desde la primera unión civil en el 2003 hasta el casamiento de un legislador bonaerense con otro varón bajo la figura del “matrimonio igualitario” en abril del 2019 las relaciones de pareja entre personas del mismo sexo han ganado terreno y legitimidad. Cuestionarlas se considera -con cada vez más frecuencia- discriminatorio y hasta ilegal en algunas circunstancias. Incluso se ha legislado que en los casamientos civiles en la Argentina ya no se habla de “hombre y mujer”, sino de “contrayentes” sin especificar el sexo de las personas que contraen matrimonio. 

Esta práctica actual contrasta marcadamente con el concepto heterosexual tradicional judeocristiano del matrimonio. Podríamos preguntarnos… ¿no podrían ambos paradigmas convivir? ¿No apunta lo “igualitario” a lo que es justo y deseable? ¿Cómo podría considerarse como ilegítima una unión entre dos seres humanos conscientes y responsables de sus propias elecciones? ¿Quién decide en cuanto a lo que constituye la legitimidad en la relación de pareja?

¿Cómo se establece un paradigma en cuanto a lo que es aceptable o legítimo en una relación de pareja?

“Legítimo” significa en primer lugar legal, conforme a las leyes. No obstante, según la RAE también puede significar: “cierto, genuino y verdadero en cualquier línea”, es decir, no solamente en el ámbito de las leyes. Si bien los gobiernos establecen la legitimidad en muchos aspectos, en otros ámbitos la práctica determina lo que es normal y aceptable, dicho de otro modo, lo que es “legítimo”. Tanto en las leyes como en la práctica, en los últimos tiempos hemos visto el cambio en cuanto a la definición del matrimonio. No sería nada sorprendente si en el futuro se modificara aún más. Por otra parte, dentro de la sociedad, lo que es “legítimo” en el matrimonio según las leyes, sigue encontrando rechazo de parte de algunos ciudadanos que podrían considerarse como reaccionarios. De la misma manera, si uno se remontara casi dos milenios atrás, a un primer momento de la enseñanza cristiana sobre la legitimidad en las relaciones de pareja, podríamos notar que también apareció en un ámbito que le era hostil. ¿Cómo surgió? En su momento, ¿cómo estableció su legitimidad? ¿Cómo pasó a ser algo aceptable en un segmento de la cultura grecorromana del primer siglo d.C.?

Obsesionados por la legitimidad en el mundo clásico

Refiriéndose a la cultura helénica clásica, el autor Harper afirma que los “varones griegos estaban obsesionados por la cuestión de la legitimidad” 1. La solución de la sociedad era definir bajo qué condiciones una mujer era “libre”, i.e. una candidata aceptable para casarse y tener hijos “legítimos” quienes podrían heredar. Las mujeres en condiciones de casarse y las esposas eran libres, honorables. En cambio, prostitutas, esclavas y cortesanas no lo eran. Lejos de ser mal visto en la sociedad, recurrir a mujeres que no eran libres para satisfacerse sexualmente era una manera aceptable de evitar la violación de mujeres honorables, libres. El honor de las mujeres libres debía mantenerse para proteger la legitimidad. 

Verticalidad en la sexualidad

Las relaciones sexuales solían ser verticalistas; es decir, para satisfacerse sexualmente la persona con más poder tenía libre acceso al cuerpo de la persona de menos poder. La esclavitud, que desempeñaba un papel importante, es tal vez donde más se evidenciaba este aspecto verticalista de la sexualidad en la sociedad. El amo tenía poder sobre el cuerpo de sus esclavos: hombres o mujeres. 

En la sociedad romana, la mujer libre pasaba de la sujeción al padre a la del marido. “Jamás, mientras sobreviven los hombres, desaparece la sujeción femenina; ellas mismas aborrecen la libertad producida por la pérdida de su padre o maridos”2 según el historiador romano Tito Livio. 3

La “legitimidad” en una relación de pareja en la sociedad grecorromana clásica, se establecía con otras normas que la sociedad argentina del siglo veintiuno en gran medida no comparte. Por lo menos en lo que concierne a las leyes, la sociedad contemporánea es más igualitaria. Sin embargo, en tiempos de la cultura clásica se introdujo otra cosmovisión que definía de otra manera la legitimidad en la relación de pareja. Veremos en la próxima entrega lo que sucedió cuando los parámetros del cristianismo en cuanto a la pareja llegan por primera vez al mundo clásico. 

Agradecemos a Nicole por haber motivado el comienzo de la respuesta a esta pregunta.

Parte 1. La conversación entre Jesús y Nicodemo sobre el “nuevo nacimiento”, ¿enseña que el bautismo cristiano es necesario para la salvación?

Parte 1. La conversación entre Jesús y Nicodemo sobre el “nuevo nacimiento”, ¿enseña que el bautismo cristiano es necesario para la salvación?

Un encuentro entre dos maestros.

El evangelio de Juan es el único que registra tres viajes de Jesús a Jerusalén. En su primera visita un dirigente judío llamado Nicodemo se acerca de noche a verlo. El se dirige a Jesús como “Rabí” (Maestro) y afirma que él y los demás dirigentes judíos sabían que Jesús era un maestro enviado por Dios. Esto era evidente porque nadie podría hacer las señales que él hacía si Dios no estuviera con él (Juan 3.1-2).

Jesús por su parte trata a Nicodemo como un “maestro de Israel”, de manera que la conversación entre ellos es un diálogo entre dos rabinos; es decir, entre pares. No obstante,y muy probablemente Nicodemo no quiere que sus compañeros sepan que él trata a Jesús como igual, y para que ellos no se enteren de la visita, él elige ir de noche a verlo. De hecho, nosotros tampoco sabríamos de esta conversación si no fuera por el cumplimiento de la promesa que Jesús hizo a sus apóstoles de enviar al Espíritu Santo para “enseñarles todo y recordarles..,” todo lo que él les había dicho (Juan 14.26). El apóstol Juan, íntimo seguidor de Jesús, se vale de esta promesa; por eso es que a lo largo de su evangelio encontraremos extensos diálogos entre Jesús y otras personas.

 

¿”Creer” y “saber” son equivalentes?

Nicodemo se acerca para dialogar con un hombre que él y sus compañeros sabían que era un maestro venido de Dios, ya que los milagros que Jesús hacía señalaban claramente esta realidad. Sabían que Dios lo había enviado como maestro, pero….¿creía Nicodemo en Jesús? ¿Saber es lo mismo que creer? Veremos que no son equivalentes. Este evangelio nos enseña que es posible saber algo sin creerlo; y es posible no creer en alguien por el hecho de lo que sabemos. Solamente cuando creer en Jesús significa confiar en él, podemos acercarnos al aspecto de “creer” presente en el evangelio de Juan. De hecho, en esta primera visita a Jerusalén “muchos creían en el nombre de Jesus al ver las señales que hacía…” pero Jesús-“no creía” en estos supuestos creyentes, “porque él sabía lo que había en el interior del ser humano” (Juan 2.23-25). Juan utiliza aquí el verbo “creer” (pisteuō en griego) dos veces, aunque en el caso de Jesús, se suele traducir como “confiar” en vez de “creer”. Jesús no confiaba en la fe superficial de los que supuestamente creían por las señales que él hacía. Jesús no creía porque sabía. Nicodemo y sus compañeros “sabían” que Jesús era un maestro venído de Dios por las señales, ¿pero creían? Jesús no creía porque sabía…. Nicodemo sabía… ¿pero creía?

 

El significado de “creer” en Juan 3.16.

El diálogo entre los dos maestros termina en el versículo quizás más conocido de la Biblia, Juan 3.16: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”.

El “porque” al comienzo de esta cita es un nexo con lo que Jesús venía explicando a Nicodemo desde el comienzo de la conversación en Juan 3.1. Para entender Juan 3.16 debidamente, es necesario preguntarnos qué significa “creer para tener vida” eterna en el contexto de este diálogo.

Las enseñanzas enigmáticas de Jesús. ¿Cómo entenderlas?

Es necesario conocer una particularidad de la manera en que Jesús enseñaba para ayudarnos a interpretar correctamente. Muchas veces sus enseñanzas en el momento de pronunciarlas eran enigmas.4 Él solía decir cosas que, en el momento de pronunciarlas, sus más allegados no pudieron entender. Solamente las entenderían después de que Jesús muriera, resucitara, ascendiera al cielo y enviara desde allí al Espíritu Santo para guiarlos. Solamente a partir de ese momento los apóstoles podrían entender todo lo que Jesús había dicho, y a su vez, trasmitírselo a otros (Juan 15.26-27, Juan 16.12-15, Hechos 1.8).

Un claro ejemplo de esta manera enigmática de expresarse se encuentra en el capítulo anterior de Juan. En el capítulo 2 Jesús entra en el templo de Jerusalén y expulsa por primera vez a las personas que cambian dinero allí y venden mercadería (Juan 2.13-24). Cuando las autoridades le piden una señal de su autoridad para cometer semejante acción, Jesús responde “destruyen este templo y en tres días lo volveré a levantar” (Juan 2.19). Solamente después de la resurrección de Jesús pudieron los apóstoles entender que él se refería a su cuerpo, un templo en el sentido de que Dios moraba en él (Juan 1.1-2, 1.14). Ese templo, su cuerpo, volvería a la vida al tercer día después de su muerte. La resurrección de Jesús era la señal contundente de su autoridad para enfrentar tan enérgicamente la corrupción presente en el templo de Jerusalén.

 

El nuevo nacimiento, un enigma para Nicodemo.

De la misma manera, en la siguiente historia de este evangelio, no es posible para Nicodemo entender lo que Jesús quiso decir acerca de la necesidad de “nacer de nuevo….de agua y del Espíritu”. Reaccionó a estas palabras enigmáticas de Jesús de la misma manera que las autoridades judías cuando les habló de “volver a levantar este templo en tres días”. En este caso, ellos entendieron sus palabras en un sentido literal, pensando que se refería a un templo material. De la misma manera, Nicodemo pensó que el nuevo nacimiento era un nacimiento físico, “volver a entrar en el seno de la madre para nacer de nuevo” (Juan 3.4). Por más que Jesús aludiera al Espíritu Santo durante su ministerio público, todavía no era posible captar el significado de lo que decía. Nuevamente, solamente se podría entender después de su glorificación. Él hablaba de cómo sería la presencia del Espíritu en el creyente en el futuro; sería como “ríos de agua de vida que brotan de su interior” (Juan 7.37-38). Pero esto no sucedería hasta que Jesús volviera a la gloria del cielo para enviar al Espíritu a continuar el trabajo de Dios en el mundo (ver Juan 7.39). Primero el Señor Jesús debía resucitar, ascender al cielo y enviar al Espíritu Santo a la tierra. Luego se predicaría el hecho de la muerte y resurrección del Señor. Hasta que esto sucediera los seres humanos carecían de los elementos necesarios para interpretar debidamente lo que Jesús quiso decir al hablar de un nuevo nacimiento, de agua y del Espíritu.

 

El dicho misterioso resuelto.

Pero luego, estas palabras enigmáticas después se transforman en una clara referencia a los hechos centrales del evangelio: bautizarse para unirse a Jesús en su muerte y resurrección y comenzar a vivir nuevamente en unión con Él como Señor. Esta unión se logra por medio de la presencia del Espíritu Santo aquí en la tierra, mientras Jesús reina ahora como Mesías a la diestra de Dios. Desde el cielo envió al Espíritu Santo para comunicar el evangelio. Él da testimonio en conjunto con los apóstoles acerca de Jesús como Hijo de Dios (Juan 15.26-27). Es posible entender la necesidad de “nacer de nuevo…de agua y del Espíritu” solamente a la luz de la muerte de Jesús, su resurrección, y su ascensión a la diestra del Padre, de quien“recibió» al Espíritu a quien derramó sobre los apóstoles (Hechos capítulo 2). Solamente después de la llegada del Espíritu Santo, era posible entender la necesidad de “nacer de nuevo, del agua y del Espíritu”. Por eso ahora por medio del testimonio apostólico acerca de Jesús sabemos que, luego de un sincero arrepentimiento, nacemos de nuevo por la resurrección de Jesús al bautizarnos (1 Pedro 1.33.21). Este tema se profundiza en https://ibica.org/recursos/. Si usted se bautizó, o piensa bautizarse, en alguna iglesia evangélica, sugerimos leer la entrega sobre “El punto del perdón

Agradecemos a Iván por haber motivado esta entrega.

 


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Parte 1 Carne y Espíritu: Lucha espiritual

Parte 1 Carne y Espíritu: Lucha espiritual

La lucha interior que Pablo describe en Romanos capítulo 7,

¿se refiere a su condición antes o después de convertirse en seguidor de Cristo?

Palabras de un hombre conflictuado. En Romanos capítulo 7.14b-20, el apóstol Pablo escribió acerca de su lucha interior: Pero yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado. Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Pero si hago lo que no quiero, con eso reconozco que la Ley es buena. Pero entonces, no soy yo quien hace eso, sino el pecado que reside en mí, porque sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne2. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí. (versión citada: Biblia de Jerusalén) La interpretación de estas palabras ha sido controvertida, probablemente desde el momento en que Pablo las escribió hace dos milenios. Los lectores preguntan si el apóstol describe su situación espiritual antes o después de convertirse.

¿Si habla Pablo de sí mismo antes de convertirse?

Algunos afirman que es totalmente comprensible lo que el apóstol escribió, sólo si él hablaba de su lucha contra el pecado antes de convertirse en seguidor de Jesús: este conflicto interior puede servir para describir a todo ser humano inconverso, ya que nadie alcanza a vivir siempre según sus propias expectativas éticas o código moral. No obstante, ¿por qué un hombre que ama al Señor afirmaría que el pecado “reside” en él? ¿Cómo podría Pablo, siendo ya cristiano con la esperanza de la vida eterna, pocos renglones después referirse a su mismo como un “desdichado” 2(7. 24)?

¿…Y si Pablo habla de sí mismo ya siendo cristiano?

Por otra parte, los que mantienen que el apóstol habla de su lucha espiritual después de llegar a la fe en Jesús como su Señor, suelen sacar una conclusión muy diferente. Toman estas palabras como un alicente para vivir con la esperanza de no tener que ser siempre perfectos después de bautizarse. Sienten alivio al saber que Pablo era, a pesar de ser apóstol, simplemente humano y sufría tentaciones capaces de traducirse en acciones contra la voluntad de Dios. Se han ofrecido argumentos a favor y en contra de ambas interpretaciones. ¿Cómo elegimos entre ellas?

La lucha entre “carne” y “espíritu”

Empezamos reconociendo que el gran tema de la lucha entre la “carne” y el “espíritu” ya había sido anteriormente un tema central de Pablo en su Epístola a los Gálatas. Allí, el término “carne” se usa para referirse a la naturaleza humana que tiende a rebelarse conscientemente contra Dios, es decir nuestra parte “carnal”. En cambio, en Gálatas el “Espíritu” suele entenderse o bien como una referencia al Espíritu Santo o si no, como “espíritu” (con “e” minúscula) para referirse a la tendencia espiritual del ser humano3. La lucha entre “carne” y “Espíritu” se manifestaba en la comunidad cristiana de Galacia como un conflicto entre personas con opiniones cruzadas en cuanto a una enseñanza fundamental cristiana: la libertad (tema que posteriormente se tratará). Por más que Pablo se pronuncia claramente a favor de la posición de una de las partes en esta contienda, aparentemente le preocupaba sobremanera el modo en que ambas se trataban entre sí. “Si ustedes se están mordiendo y devorando mutuamente, tengan cuidado porque terminarán destruyéndose los unos a los otros” (Gálatas 5.15, LPD4). Describiendo este conflicto dentro de la comunidad, Pablo afirma: “Porque el deseo de la carne se opone al Espíritu, y el del Espíritu se opone a la carne; y éstos se oponen entre sí para que ustedes no hagan lo que quisieran hacer” (Gálatas 5.17, RVC).

¿Quiénes no pueden hacer lo que “quisieran”?

Para describir el hecho de que estos cristianos de la iglesia de Galacia no podían hacer lo que “quisieran”, el apóstol emplea el verbo θέλω (thelō) que se traduce como “querer” o “desear”. Lo emplea con respecto a un mandamiento que todos los cristianos gálatas probablemente afirmarían que quisieran obedecer: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gálatas 5.16). Sin embargo, era tan profunda la controversia entre ambas bandas que les costaba tratarse con amor. No podían “hacer lo que quisieran”, i.e. amarse mutuamente. Corrían más bien el riesgo de “destruirse unos a otros”. Pablo emplea este mismo verbo y una idéntica expresión para hablar de su propia lucha en Romanos capítulo 7. “No puedo hacer lo que quiero” (= θέλω thelō). Quería hacer el bien, pero encontraba a su alcance el mal. Es decir, ambas situaciones se refieren a lo que es en el fondo el mismo conflicto espiritual: en Gálatas, dentro de la comunidad cristiana; en Romanos, dentro del hombre cristiano (A fin de cuentas las comunidades están formadas por los individuos que las integran). El hecho de usar la misma terminología en ambas situaciones indica que lo que Pablo describe en Romanos es su lucha interior, después de ser seguidor de Jesús durante años; aquí no hablaba de sus conflictos antes de convertirse, si bien sin duda los tendría. En ambas situaciones él describe una contradicción interior que experimentamos todos los que intentamos seguir a Jesús; el apóstol se ofrece a sí mismo como un ejemplo de lo que es una realidad universal que todos los cristianos vivimos5. La solución que ofrece en el capítulo 8 de Romanos, también es para todos los creyentes en Jesús como Señor y se tratará en la próxima entrega. Agradecemos a Juan Carlos por hacernos llegar esta inquietud.
Parte 6 Resurrección. ¿Por qué es crucial saber que Jesús resucitó?

Parte 6 Resurrección. ¿Por qué es crucial saber que Jesús resucitó?

“…porque [Dios] ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia, por el hombre que ha destinado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos” (Hechos 17.31, Biblia de Jerusalén).

Con esta nota finalizamos la respuesta acerca de cómo acercarnos a Jesús ahora. Sabiendo que el Maestro era sumamente accesible durante su estadía terrenal, visto que él se disponía a “sentarse a la mesa de los pecadores”, ¿cómo podemos acercarnos a Jesús en la actualidad?

En esta serie la primera y quinta entrega  aportan razones para creer que Jesús resucitó. Concretamente vimos la “prueba paradójica” (entrega uno) y los cambios innegables de los más allegados a Jesús debido al impacto de su resurrección (entrega cinco). Dando por sentado que la resurrección sucedió, ¿qué nos quiso decir Dios con semejante acontecimiento?

 1) La resurrección es evidencia de un día de juicio universal. Nosotros vivimos en un mundo occidental que tradicionalmente ha sido inmerso en la idea de un juicio universal de la tierra al final de los tiempos. Esta idea acompañó al cristianismo en sus comienzos y ha sobrevivido a lo largo de los siglos posteriores. Es, no obstante, común no darle importancia o por lo menos vivir inconscientemente de que Dios ha prefijado el fin del universo como lo conocemos. En un primer momento, delante del público de Atenas, cuando el Apóstol Pablo anuncia que algún día habrá un juicio final, también afirma que la resurrección de Jesús es evidencia de que este juicio sucederá. ¿Cómo llega a esta conclusión?

2) Existe un solo Dios creador. Primero, cuando el apóstol Pablo habló con los atenienses en Hechos capítulo 17, empezó aclarándoles que hay un solo Dios Creador:no existía el panteón de los dioses, tan comunes en la cultura grecorromana de la época. Además, como Creador de todo, Dios también puede poner fin a su creación. Con la llegada de Jesús al mundo, la existencia de este único Dios deja de ser algo que solamente formaba una parte particular de la cosmovisión de un solo pueblo, el judío. A partir de “ahora” (Hechos 17.30), la realidad del único Creador sería anunciada a toda la humanidad: gracias a la resurrección de Jesús; personas paganas llegarían a creer que existe un solo Dios. Asimismo, el apóstol Pedro, dirigiéndose a cristianos que habían salido del politeísmo, resumió: “Por medio de Cristo, ustedes creen en Dios, el cual lo resucitó y lo glorificó; así que ustedes han puesto su fe y su esperanza en Dios” (1 Pedro 1.21). Por lo tanto, comenzando con aquel tiempo, se produce un cambio radical en cuanto a la disposición de Dios hacia los habitantes de este planeta: por medio del mensaje proclamado a partir de Jesús (su vida, muerte y resurrección), las naciones ya no tienen por qué ser ignorantes de la existencia del único Dios: “Por tanto, habiendo pasado por alto los tiempos de ignorancia, Dios declara ahora a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan, porque Él ha establecido un día en el cual juzgará al mundo en justicia, por medio de un Hombre a quien ha designado, habiendo presentado pruebas a todos los hombres al resucitarle de entre los muertos.”. (Hechos 17.30-31, Biblia de las Américas).

Una aclaración sobre la palabra traducida como “pruebas” en esta cita: pistis.Normalmente este término significa “fe”, “fidelidad” o “constancia”: el hecho de “creer” o “ser fiel”. Pero en este caso, la Biblia de las Américas traduce pistis como “pruebas”; la Biblia de Jerusalén como “evidencia”. En otras palabras, Dios “dio fe” de la realidad del juicio final resucitando a Jesús. El hecho histórico del Jesús Resucitado comprueba que llegará el final de la historia del mundo como nosotros la conocemos. Es un destino establecido por el Dios único que creó el universo.

3) Cualidades del único Dios. Dios es justo: no juzgaba a las naciones del mundo por algo que hacían en ignorancia, la adoración de ídolos. Pero existe un antes y un después de la resurrección de Jesús: La resurrección es evidencia de que hay un solo Dios, el único Creador, el que resucitó a Jesús. Por lo tanto, de aquí en más si los hombres siguen idólatras, son responsables de haber tomado esta decisión. Por este motivo los cristianos tenemos la responsabilidad de compartir el evangelio con todas las naciones (Mateo 28.18-20; Lucas 24.45-47), instándoles a abandonar a los dioses falsos para adorar al único Dios. Estos “dioses” pueden ser ídolos de oro, plata o piedra (Hechos 17.29 ). No obstante, “dioses” también pueden referirse a apetitos que nos dominan, “bajos deseos” (Filipenses 3.19, traducción PDT), el dinero y la avaricia (Lucas 16.13, Colosenses 3.5) o el poder y la fuerza física (Daniel 11.38). Estas obras de nuestra naturaleza caída jugarán en nuestra contra en el día del juicio final, impidiendo que tengamos parte en “el reino de Dios” (Gálatas 5.19-21).

4) El arrepentimiento. Puesto que Dios va a juzgar al mundo, Él “declara a todos en todas partes a que se arrepientan” (Hechos 17.30) El término en griego comúnmente traducido como “arrepentimiento” es una palabra compuesta ,“metanoia”, que significa“cambio de mente”. Se refiere a la adopción de otra forma de pensar y puede traducirse como un  “cambio de actitud” o “conversión”. ¿En qué consiste este cambio? En primer lugar consiste en tomar conciencia de que existe un único Dios. Segundo, ese Dios no es una fuerza sin mente; Él es personal y posee cualidades como “justicia”. “Va a juzgar al mundo con justicia…” (Hechos 17.31). De hecho, un aspecto fundamental del “evangelio” (=buenas nuevas) es la “justicia” de Dios. “En las buenas nuevas se revela la justicia de Dios…” (Romanos 1.16). La misma buena noticia que anuncia que Jesús resucitó, revela que Dios es justo. Sin embargo, su “justicia” no es como la nuestra. No tolera el mal, pero incluye un amor inalterable (ver por ejemplo, Romanos 5.1-10). La justicia de Dios presentada en el evangelio tiene la particularidad de poder motivar al ser humano a un cambio de mentalidad, i. e. al arrepentimiento.

La metáfora de un Juez insobornable de amor infinito.
Dios es como un juez que debe pronunciar un veredicto a favor o en contra de un ser amado…. quien precisamente, no es inocente (Romanos capítulos 1.18 al 3.23). El Creador ama a la humanidad, su creación, pero como juez no es sobornable, debe hacer lo que es justo (Génesis 18.25). Y con rectitud dicta que nuestros pecados nos separan de su presencia (Romanos 3.23). No obstante, en su sistema de justicia, prevalece el amor, el que lo motiva a Él a permitir que un voluntario inocente reciba el castigo del culpable (ver Romanos 3.24–8.39). Así, él se quita el ropaje de juez, se viste con la nuestra, haciéndose humano y recibe el castigo de nuestros pecados, los que nos “separan de su gloria” (Romanos 3.23).

La misión de Jesús.
¿Cómo puede Él mismo recibir ese castigo? En el principio Jesús “estaba con Dios y era Dios…,” pero se “hizo carne” (Juan 1.1-2, 14). Es decir, se quitó la ropa de Juez Divino y se hizo hombre. Jesús es el único ser mortal con raciocinio que es a la vez humano y totalmente justo e inocente, uno con el Padre (Juan 8.46, Juan 10.30, 1 Juan 3.5). En otras palabras, vivió sin pecado: sin nada que lo pueda separar de la presencia de Dios. En la terminología de la justicia de Dios, semejante separación se llama “muerte” (Romanos 3.23, 5.12). Por otra parte, en la justicia de Dios su amor obra por medio de la muerte de Jesús en la cruz para anular nuestra condición de muertos espirituales, i.e., nuestra separación de la gloria: “porque todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3.23, versión Reina Valera). Por medio de Jesús, Dios quiere dictar a nuestro favor en la muerte de Jesús y aún más, por medio de su vida resucitada quiere reconciliarnos con Él, “salvarnos de la ira” (Romanos 5.9-10), refiriéndose a la condenación en el momento del juicio final. De hecho, por medio de la fe en la muerte y resurrección de Jesús, podemos concientizarnos de nuestra condición perdida y buscar un sincero cambio de actitud ante Dios. Esta fe y este arrepentimiento pueden llevarnos a morir y resucitar con Jesús ahora, empezando una nueva vida eterna con Él como nuestro Señor. Así se entendía la entrega de fe y arrepentimiento en los primeros años del cristianismo, en el momento del bautismo, el comienzo de una nueva vida eterna con Jesús como Señor (ver Romanos capítulos 4 al 6).

El impacto de la justicia divina.
El arrepentimiento, entonces, es un cambio profundo en la forma de pensar, el que se produce como resultado del anuncio de la justicia de Dios con la cual Él juzgará al mundo por medio de Jesús. Él “manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17.30b-31, Reina Valera, 1960). En esto consiste el evangelio, “la buena noticia”: al resucitar Jesús venció la muerte para siempre, y no solo la muerte como condición física, sino también como un ente espiritual. Aprendemos por medio de esta buena noticia que hay un solo Dios, el Creador que nos hizo para ser justos como Él. Sin embargo, el evangelio, también señala nuestra falta de rectitud a los ojos de Dios, una condición que solamente puede ser anulada por la muerte de Jesús en nuestro lugar y su posterior resurrección. Tomar consciencia de las condiciones de la justicia de Dios nos lleva al arrepentimiento. Impacta profundamente nuestra manera de pensar y vivir. ¿Estamos dispuestos a cambiar el rumbo de nuestra vida y aceptar que Jesús sea nuestro Señor? ¿Queremos unirnos con Él en su muerte, su resurrección y su diario vivir sobre la tierra? Romanos capítulos 6 al 8 es un buen lugar para empezar a entender esta “nueva vida” con Jesús como Señor. El evangelio, la buena noticia, nos permite entender que sí podemos acercarnos a Jesús ahora en la actualidad. Jesús vive, y nosotros, podemos vivir con él aquí y ahora, y ser herederos del reino cuando venga a “juzgar el mundo con justicia”: el juicio final que fue evidenciado por la resurrección de Jesús. Si crees que resucitó, si las razones de su muerte y resurrección te impactan, puedes acercarte a Jesús como tu Señor. La nueva vida comienza con fe, arrepentimiento y bautismo, pero nunca deja de ser un proceso de permanente transformación (entrega 4).

Gracias nuevamente, Damian, por tu pregunta, la que damos por contestada con esta entrega, aunque aprenderás con el tiempo que el acercarse a Jesús como tu Señor es un proceso realmente interminable. Es nuestra esperanza que tu interrogante no haya sido solamente un planteamiento intelectual sino más bien el primer paso para empezar el camino hacia una vida cerca de Jesús en el aquí y ahora… y para siempre.

Parte 5 Resurrección: ¿Por qué fueron transformados los más allegados?

Parte 5 Resurrección: ¿Por qué fueron transformados los más allegados?

Como hemos observado, la historicidad de la resurrección de Jesús cuenta con una importante prueba:sus enseñanzas paradójicas. En la primera entrega de esta serie vimos que así como él enseña que el que se humilla será levantado, que el que da recibe y que el último será el primero, así también enseña que el que pierde la vida la encontrará. Este último dicho paradójico lo pronuncia en el contexto del primer anuncio de su muerte y resurrección. De la misma manera inverosímil que sus enseñanzas resultan ciertas, el maestro humilde se convierte en el Mesías poderoso por medio de su muerte y su posterior resurrección. Esta prueba paradójica es posiblemente la más convincente que se puede mencionar a favor de la veracidad del hecho de que resucitó (repasar aquí la “prueba paradójica”). Sin embargo, pueden deducirse otras evidencias.

De confusión a certidumbre.
Una prueba llamativa es el cambio en el carácter de los apóstoles. Durante los años del ministerio terrenal de Jesús, sus seguidores ocasionales y aún los más allegados permanentemente demuestran confusión frente a sus enseñanzas. Consideremos, por ejemplo, la reacción a su discurso sobre el “pan vivo que bajó del cielo”:

Al escucharlo, muchos de sus discípulos exclamaron: «Esta enseñanza es muy difícil; ¿quién puede aceptarla?» […] Y por causa de estas palabras de Jesús…  muchos de sus discípulos se apartaron y ya no andaban con El(Juan 6.60 y 66).

¿Qué provocó esta confusión y rechazo? Durante este discurso, Jesús había dicho que era necesario “comer su carne” y “beber su sangre” para tener vida eterna, frases que seguramente chocaban al público, por más que el Maestro explicara su valor metafórico. Consideremos la siguiente frase:

Jesús les dijo: Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed(Juan 6.35).

Aquí vemos que así como el hambre se mitiga con el pan, “venir a Jesús” sacia el hambre espiritual. Y así como el agua apaga la sed, “creer en Jesús” abastece la sed espiritual. Por lo tanto, “comer la carne” y “beber la sangre” de Jesús en el plano espiritual en el cual él se manejaba, significan “venir a él” y “creer en Él”, no solamente como ser humano sino, dentro de pocos meses, como Mesías que muere por los pecados de la humanidad y resucita para darnos vida eterna. Solamente ese Mesías podría “levantar en el último día” (Juan 6.39-40, 44, 54) a los que confían en su sacrificio y victoria sobre la muerte. Sin embargo, esa muerte y resurrección, la culminación del ministerio de Jesús, sucederán dentro de un año (o tal vez dos). Antes del evento de su muerte y resurrección nadie sospechaba que así terminaría la obra del rabino de Nazaret. Por eso sonaba como una locura la enseñanza de “comer mi carne y beber mi sangre”. Ahora, mirando con aquel ojo de la fe del que “cree” o “viene a Jesús”, sabemos que gracias al hecho de su muerte y resurrección, podemos acercarnos a Dios realmente, alcanzando el perdón continuo de nuestros pecados y una nueva vida eterna aquí en la tierra y después. Por eso la cruz y la resurrección de Jesús deben ser el alimento espiritual diario del cristiano, un alimento que lo fortifica en su caminata de fe aquí en la tierra, transformándolo en enfoque de vida (sobre esta transformación, ver la entrega anterior).

¿Entenderían los apóstoles estas palabras de Jesús acerca del consumo de su sangre y cuerpo? Seguramente no, no podían. Esto se  puede deducir al observar su reacción en otras oportunidades cuando hablaba de su muerte y resurrección antes de que ocurrieran

«Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres y le matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará. Pero ellos no entendían lo que decía, y tenían miedo de preguntarle«.
(Marcos 9.31-32, ver también Lucas 9.42-45).

​Sin embargo, podemos decir que a su manera los apóstoles “creían” en Jesús, aunque no entendían lo que Él les anticipaba acerca de su muerte y resurrección. Seguramente muchos otros seguidores lo abandonaron al escuchar que si uno “come su carne” y “bebe su sangre” podría acceder a la “vida eterna” ya durante esta vida y definitivamente en la resurrección del juicio final (ver Juan 6.39-40, 6.44, 6.53-54). Sin embargo, los apóstoles no sabían nada de la futura culminación del trabajo de Jesús, es decir, su muerte y resurrección. Por eso, es comprensible que Jesús les preguntara si también ellos dejarían de seguirle. Por esta razón es llamativa la respuesta a su pregunta. Pedro le contesta, “―Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído, y sabemos que tú eres el Santo de Dios.” (Juan 6.68-69, NVI). En vez de “hemos creído”, otra versión traduce “hemos confiado” en ti  Estos hombres habían convivido con Jesús, visto los milagros que hacía y escuchado sus enseñanzas; estaban convencidos de que era el “Santo de Dios”, probablemente refiriéndose a su identidad como Mesías. Confiaban en Él aunque no entendían lo que decía acerca de “comer su cuerpo y beber su sangre”. De hecho, la fe muchas veces se reduce a este hecho: confiar en Dios aunque no entendamos las circunstancias que nos rodean.


De manera que, a pesar de no entender con frecuencia lo que Jesús decía, los apóstoles confiaban en él, y su confusión se convierte en certidumbre después de que Él muere y resucita: ellos se convierten en los “testigos de su resurrección”, y se convierten en los encargados de explicar la necesidad de la cruz de Jesús y su victoria sobre la muerte para que los hombres alcancemos la salvación eterna. Como testigo ocular de la victoria de Jesús sobre la muerte, Pedro mismo explicará que los que nacen de nuevo por medio de  la fe en la resurrección de Jesús, alcanzan la vida eterna (1 Pedro 1.3-4, 3.21-22). Al participar de la muerte de Jesús mediante la fe en el momento de bautizarnos, somos “sanados” (1 Pedro 2.24), ya que morimos con respecto al pecado y con Jesús como Nuestro Señor, comenzamos a vivir como siervos de lo que es justo a los ojos de Dios (Romanos 6.3-23).


Cobardes transformados en valientes. 
Este notable cambio—desde la confusión con respecto a la misión de Jesús a la certidumbre posterior— y la certeza evidente en la enseñanza apostólica acerca de su muerte y resurrección—es una prueba convincente. Junto con este cambio encontramos otro: la transformación de cobardes en valientes. Cuando arrestan a Jesús la noche anterior a la crucifixión, “todos lo abandonaron y huyeron” (Marcos 14.50). Y aún al reunirse durante las primeras horas después de la crucifixión, los apóstoles se ocultaban “por temor a los judíos” (Juan 20.19). ¿Por qué algunas semanas después encontramos a estos hombres predicando con valentía frente al mismo Concilio que condenó a Jesús? Algo pasó para provocar esta transformación. Este enorme cambio es una prueba de que efectivamente fueron “testigos de la resurrección” (Hechos 1.21-22, 2.32, 3.15, 5.32, 10.39-41, 13.31). La cobardía que demuestran los apóstoles en el momento del arresto de Jesús, experimenta un vuelco descomunal. En vez de temor ahora evidencian osadía y valentía frente a los mismos integrantes del Sandhedrín quienes condenaron a su Señor. Los apóstoles les predican acerca de “Jesús de Nazaret, el mismo a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó” (Hechos 4.10). El cambio en su manera de ser era muy evidente a los que integraban el Concilio: “Cuando las autoridades vieron la valentía con que hablaban…se dieron cuenta de que eran hombres sin estudios ni cultura, se quedaron sorprendidos, y reconocieron que eran discípulos de Jesús” (Hechos 4.13, ver también 4.29, 14.3, 19.8).Los que meditamos la historia de Jesús, sus enseñanzas, sus milagros, su cruz y su resurrección y llegamos a seguirle ahora como Señor Crucificado y Resucitado, también experimentamos un cambio. Tenemos la capacidad por medio de la fe y por el poder del Espíritu Santo de vivir la transformación de la que hablamos en la entrega anterior. Empezamos a vivir la presencia de Jesús entre nosotros (Mateo 1.23-24, 18.20, 28.20) y esperar su segunda venida cuando juzgará a los vivos y a los muertos (1 Pedro 4.5). Dentro de este cambio que se va logrando por la fe y el arrepentimiento, vivimos el proceso de acercarnos a Jesús como Nuestro Señor. Sobre esta transformación remitimos a la parte 4 de esta serie.

El evangelio gira alrededor del eje de la muerte, entierro y resurrección del Señor Jesús (1 Corintios 15.1-3). Invitamos a nuestros lectores a repasar las cinco entregas de esta serie, las cuales pueden descargarse como e-book en PDF aquí. Por favor, háganos llegar sus dudas: consultas@bibliayteologia.org. Ofrecemos también enviarles el folleto «Conocer, aceptar y vivir el evangelio: nueve preguntas» a quienes desean seguir reflexionando más.

​Agradecemos a Damián nuevamente por querer saber cómo acercarnos a Jesús ahora. ¡Muchas gracias por hacernos reflexionar con tu pregunta! Ojalá que todos no solo entendamos cómo acercarnos a Jesús ahora sino también decidamos seguirle

En la siguiente entrega vamos a desarrollar el tema ¿Por qué es crucial saber que Jesús resucitó?

Parte 4 Resurrección: ¿Por qué es el paso necesario de una verdadera liberación?

Parte 4 Resurrección: ¿Por qué es el paso necesario de una verdadera liberación?

Seguimos respondiendo la pregunta que empezamos a contestar en tres entregas anteriores: ¿Cómo podemos acercarnos a Jesús en nuestra época? Cuando estaba en la tierra “se sentó a la mesa de los pecadores”. Fue un Maestro accesible. ¿Pero nosotros tenemos la misma posibilidad?

La obra del otro Defensor convencer y transformar.
En la entrega dos de esta serie vimos que la obra del Espíritu Santo es doble: convence transforma. Primero convence a la persona que escucha el evangelio que Jesús ha muerto y resucitado y hasta el día de hoy podemos seguirle como Nuestro Señor. Luego transforma al cristiano nuevo a la largo de la vida para ser como Jesús. Leemos de estas dos etapas de la obra del Espíritu en 2 Corintios 3.13-18. Para explicarlo, el autor, el apóstol Pablo recurre a un episodio de la vida de Moisés.

13 No hacemos como Moisés, quien se ponía un velo sobre el rostro para que los israelitas no vieran el fin del resplandor que se iba extinguiendo. 14 Sin embargo, la mente de ellos se embotó, de modo que hasta el día de hoy tienen puesto el mismo velo al leer el antiguo pacto. El velo no les ha sido quitado, porque solo se quita en Cristo.15 Hasta el día de hoy, siempre que leen a Moisés, un velo les cubre el corazón. 16 Pero, cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. 17 Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y, donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. 18 Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu. (2 Corintios 3.13-18)

Pablo hace alusión a un episodio del Antiguo Testamento que relata la experiencia de Moisés durante los años de Israel en el desierto. Como representante del pueblo de Israel, Moisés entraba en la carpa del encuentro para tomar contacto con la gloria de Dios y saber la voluntad divina (Éxodo 34.34-35). Después de entrar así en contacto con la gloria de Dios, al salir de la carpa el rostro de Moisés brillaba tanto que y era necesario taparlo con un velo hasta que desapareciera esta “gloria”.
Ahora el apóstol Pablo toma esta experiencia y la compara con la diferencia entre los dos pactos, el antiguo, de la ley de Moisés, y el nuevo pacto, el Nuevo Testamento que traía Jesús. El apóstol dice que los judíos que no han llegado a creer que Jesús es el Mesías, tienen la “mente cerrada”, es como si un velo les impidiera ver claramente. Aquí Pablo cambia la imagen, porque en el caso de Moisés el velo era para que no se viera la gloria en su cara. Pero en el caso de Jesús, es necesario que se quite el velo para que efectivamente se vea la gloria de Dios que brilla en la cara de Jesucristo (2 Corintios 4.6).

Quitarse el velo. 
    Cuando uno “vuelve al Señor” se le quita el velo. En esta parte de 2 Corintios, Pablo usa “El Señor” para referirse indistintamente a Jesús o al Espíritu Santo. Cuando el Espíritu “convence” a través de la prédica del evangelio de que Jesús es el Señor, y el pecador decide creer y seguir a Jesús, se quita el velo. Uno “se vuelve al Señor”. Pero es el Espíritu, el Señor, que da la libertad de ver a Jesús claramente. En este sentido, donde Él está, hay libertad. Aquí, como en la entrega 3 de esta serie, “ver” se usa en el sentido de “creer”. El Espíritu es el que permite ver a Jesús claramente y creer en él como nuestro Señor. 

Contemplando reflejamos. 
Luego, Pablo combina la imagen del velo que se corrió con la idea de mirar un espejo. Sin el velo que impide ver a Jesús, uno contempla a Jesús como si fuera la imagen de un espejo y a la vez lo refleja. Esta doble acción del Espíritu se entiende en el verbo que Pablo utiliza en el versículo 18 (katoptrítsō) que puede significar por un lado “contemplar” y por otro “reflejar”. Así en la versión NVI se traduce “Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto contemplamos/reflejamos como en un espejo la gloria del Señor”. Así el Espíritu hace su trabajo de “transformación” en el cristiano. Primero convence, y luego transforma. Donde está el Espíritu del Señor hay libertad; libertad para ser transformados. ¿Transformados en qué sentido?

¿En qué nos transformamos?
Siguiendo la metáfora del espejo, nos vamos transformando en su imagen. Al contemplar a Jesús, nos vamos transformando para ser como él. Es una transformación que no termina durante la vida del cristiano y para explicarla Pablo incorpora la idea de una nueva creación: “Porque Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo.” (2 Corintios 4.6). Aprendemos a reflejar en nuestras vidas su amor, su bondad, su entereza, su autenticidad.
La “gloria” de Dios se refiere a su poder, su presencia, su actuar. En el Antiguo Testamento se manifestaba a través de milagros o por otros medios físicos: en el desierto la gloria de Dios se manifestaba como una columna de fuego de noche y una columna de nube de día (Éxodo 13.21-22, Números 9.15). En el Nuevo se manifiesta en la vida de Jesús. En Juan 1.1, Jesús aparece con el nombre de “el Logos” (la Palabra), que estaba con Dios y era Dios. Luego, “la Palabra se hizo hombre e hizo su morada entre nosotros. Y hemos visto su gloria, la gloria como del unigénito del Padre, llena de gracia y bondad” (Juan 1.14). En el cristiano, la gloria de Dios se manifiesta en el desarrollo de las cualidades de Nuestro Señor en nuestra vida.

La glorificación de Jesús.
Jesús habla de su muerte y resurrección como la glorificación. En esa experiencia se manifestó el poder, la presencia de Dios manifestada en la entrega de Jesús. En la cruz Jesús hombre carga con los pecados de la humanidad; su condición infinita de Dios permite que este sacrificio sea para “todos”; luego, cuando resucita es el comienzo de una nueva creación, una nueva vida. Por eso, Pablo lo compara con la luz que brilló en la oscuridad en la primera creación; ahora al creer que Dios manifestó su gloria por medio de la cruz y la resurrección de Jesús, estamos libres para participar de una nueva creación. En esta nueva creación, el Espíritu nos libera para ser transformados a imagen de Jesús. 

Jesús resucitado es Señor.
Al resucitar a Jesús de entre los muertos, él fue hecho “Señor y Cristo” (Hechos 2.22-24, 2:36). Cuando confesamos que creemos en la resurrección de Jesús, estamos diciendo que reconocemos su derecho de ser Nuestro Señor (Romanos 10.9-10). “Señor” se usa en la Biblia con frecuencia para referirse a Dios. Si bien Jesús “se vació” al hacerse hombre, aparentemente esto quiere decir que se hizo “siervo” (Filipenses 2.5-8), i.e. que aprendió a ser obediente. Al ser igual al Padre desde la eternidad, Jesús jamás sabía lo que era obedecer. Dios por su naturaleza divina no obedece, y siempre había habido una coincidencia completa entre la voluntad del Padre y la del Hijo. Es solamente cuando se hizo hombre y llegó el momento en que en oración pidió alejar de él «la copa» (la crucifixión) que por única vez el Hijo no quería obedecer al Padre, y es en este instante cuando aprendió realmente lo que significaba “obediencia”. En ese momento oró: “Aléjate de mí esta copa, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Marcos 13.). “El Hijo, por medio del sufrimiento aprendió a obedecer” (Hebreos 5.8). Solamente así, Jesús aprendió lo que es ser “siervo”, ser “obediente”. Al resucitar vuelve plenamente a su rango de Señor, pero lleva con él la experiencia humana de la obediencia, la cual no podría haber adquirido sin hacerse carne.

Jesús puede ser Nuestro Señor.
Cuando tomamos conciencia de que somos responsables de nuestros pecados ante Dios, y que estos pecados nos separan de su gloria (Romanos 3.23), también nos enteramos que nos condena la justicia divina, ya que “el pago del pecado es la muerte” (Romanos 6.23). Sin embargo, cuando nos enteramos que el sacrificio de Jesús en la cruz puede quitar el castigo de esta condena y que su resurrección nos ofrece una nueva vida, podemos por medio de la fe aceptar su muerte y resurrección en nuestro lugar y él llega así a ser Nuestro Señor. Romanos capítulo 6 explica que esto sucede en el momento del bautismo por inmersión. La persona que se arrepiente de sus pecados y decide vivir con Jesús como su Señor, se bautiza para el perdón de los pecados y así recibe el don del Espíritu Santo en su vida (Hechos 2.38-39). Al sumergirse, por medio de la fe entra en la muerte de Jesús y resucita con él; empieza a vivir con él como su Señor (ver Romanos 6). Esta vida es una vida eterna: “El pago del pecado es la muerte; el regalo de Dios es vida eterna en unión con Jesucristo, Nuestro Señor” (Romanos 6.23).

¿Cómo es la relación con Jesús como Nuestro Señor?
Tener fe en Jesús como Señor significa que él tiene derecho a mandar en nuestra vida. Esto es la “obediencia de la fe” de la que habla Pablo en Romanos (Romanos 1.5, 16.26). Para explicar la relación del cristiano con Jesús como Señor, Pablo se remite a varias metáforas.

  • ·  La del esclavo con su amo o Señor es por ahí la más evidente (Romanos 6), sin olvidar que se trata de un Señor que ama a uno y dio la vida por él. Hablando de su propia experiencia después del bautismo, Pablo dice “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (Gálatas 2.20). 
  • ·  Pero también la relación es tan íntima como la del matrimonio (Romanos 7).
  • ·  Es también la relación como la del Hijo con su Padre; cuando recibimos al Espíritu del Hijo en nuestro corazón al bautizarnos (Hechos 2.38, Gálatas 3.26—4.6), podemos tratar a Dios como Padre; tratándolo de “Abbá” en medio de las pruebas de la vida, así como Jesús se dirigió a Dios como “Abbá” en medio de su angustia antes de ser arrestado (Marcos 14.32-36, Romanos 8.12-17, 8.26-27)
  • Como vimos en la entrega anterior, Jesús considera la relación con sus seguidores como una especie única de “amistad”.  
  • ·  Finalmente la relación con Jesús como Nuestro Señor se compara con la de hermanos. Jesús al resucitar llega a ser el primogénito entre muchos hermanos, y vamos transformándonos en su imagen (Romanos 8.29).

Esta transformación es la liberación que logra el Espíritu Santo en la vida del cristiano a medida que seguimos a Jesús. Mientras lo contemplamos, los reflejamos.
¿Cómo nos podemos acercar a Jesús ahora? Al creer que Él murió por nuestros pecados y resucitó para darnos nueva vida, nos arrepentimos de nuestra rebelión contra Dios y nos entregamos a Él en el bautismo. En ese momento la fe obra para que entremos en contacto con la muerte y resurrección de Jesús al sumergirnos en el agua y salir para andar en “novedad de vida” (Romanos 6.3). Esta nueva vida, es una vida eterna, en unión con Jesús, Nuestro Señor. Vamos transformándonos a su imagen a medida que lo contemplemos por medio del Evangelio. Este momento del bautismo también se llama “nacer de nuevo, del agua y del Espíritu” (Juan 3.3-5), es el momento en que el Espíritu Santo nos vuelve a crear a imagen de Jesús para comenzar una transformación durante el resto de nuestra vida para ir reflejándolo en nuestras existencias humanas. Es una vida con él que no termina, ya que es eterna. Es un acercamiento a Jesús en el aquí y ahora que no tiene fin. Todo comienza con creer que él murió por nuestros pecados y resucitó para darnos vida. La resurrección de Jesús es la evidencia del plan de Dios para una nueva humanidad. Si no te has acercado a él, no esperes más para hacerlo. Estamos a tus órdenes si podemos ayudarte a dar este paso (para contactarnos).

En la próxima entrega consideraremos algunas de las pruebas de la resurrección de Jesús.

Agradecemos nuevamente a Damián por su pregunta que dio origen a esta serie de entregas.

¿Realmente qué es la amistad?

¿Realmente qué es la amistad?

Sí. Es una pregunta profunda y difícil de contestar. Evidentemente tiene que ver con cercanía sobre todo. La cercanía puede basarse en distintas cosas. Las personas se acercan por gustos parecidos, similitudes, intereses o actividades en común. Este acercamiento puede ser por muchos motivos diferentes. Hasta por rivalidad. Por ejemplo, entendiendo la amistad como cercanía, ¿por qué dos enemigos, Pilato y Herodes, se hicieron amigos según Lucas 23.6-12? Traducido a nuestros tiempos diríamos que eran dos políticos rivales y, al reconocer cada uno el territorio del otro, se hicieron amigos. Esto sucedió cuando después de arrestar a Jesús, Pilato lo envió a ser procesado por Herodes. En medio de este momento injusto y trágico, dos gobernantes egoistas se hicieron amigos al acercarse como cómplices, dejando de lado su enemistad.

Por otro lado, nuestra cercanía con Jesucristo puede considerarse una amistad pero solamente en la medida que reconozcamos que Él es Señor. Puede haber cercanía solamente si lo obedecemos porque su voluntad es la correcta y muestra lo que de veras necesitamos hacer y cómo realmente debemos vivir. Por eso El dijo a sus discípulos que serán sus «amigos» si obedecen sus mandamientos (Juan 15.14). Tal obediencia no es un requisito en una amistad común. Podemos tomar en cuenta lo que desea una persona con quien sentimos cercanía afectiva o con quien experimentamos una proximidad por tener cosas en común, pero no estamos obligados a obedecer a nuestros amigos. La voluntad del amigo puede o no estar más cerca de lo que nos corresponde vivir. La amistad con Jesús es diferente. Las cosas que Él nos manda hacer siempre son las que corresponden. No es posible, por lo tanto, tener cercanía con Él sin obediencia. No puede ser nuestro Amigo sin ser nuestro Señor. Así, cuando obedecemos, «su amor» y «su alegría» y «su paz» (Juan 15.7-17, 16.33) serán nuestras (ver Gálatas 5.22-23). ¿Tendremos éstas cualidades en común con Jesús?, El hecho de compartirlas señala la verdadera amistad.  ¿No serán los mejores amigos aquelllas  personas que entienden de esta manera la relación con Jesús y por lo tanto nos ayudan a acercarnos a El de la misma manera?

De paso te comento que el libro de Proverbios da buenos consejos acerca de la amistad. Fue escrito hace casi tres mil años, evidencia que las relaciones humanas no han cambiado a lo largo de los siglos. Algunos proverbios acerca de la amistad: Proverbios 17.17, 18.19, 18.24, 22.24-25, 26.18-19, 27.6, 27.9, 27.17, 29.5.

Muchas gracias, Yamil, por compartir esta pregunta!

¿En qué consiste el bautismo bíblico?

¿En qué consiste el bautismo bíblico?

«…pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua«.

El Apóstol Pedro usó el ejemplo del arca de Noé para ayudarnos a entender cómo Dios nos ofrece la salvación. Según Pedro, Dios esperaba con paciencia mientras Noé construía el arca, ya que el arca iba a ser el instrumento para lograr la salvación de ocho personas:

…Dios esperaba con paciencia mientras se construía la barca, en la que algunas personas, ocho en total fueron salvadas por medio del agua. 1 Pedro 3.20

Normalmente cuando pensamos en la salvación de la familia de Noé, decimos que fueron salvados del diluvio por medio del arca. Sin embargo, esto no es lo que nos está diciendo Pedro. Dice claramente que Noé y su familia fueron salvados «por agua»* o «por medio del agua». ¿Cómo podrían ser salvados por medio del agua si era justamente el agua la que destruyó la tierra? El relato del diluvio en Génesis ayuda a aclarar esta duda:
Y fue el diluvio cuarenta días sobre la tierra; y las aguas crecieron, y alzaron el arca, y se elevó sobre la tierra. 
Génesis 7.17*

Aquella agua que destruyó la tierra, es la misma que levantó el arca encima de ella para que los ocho seres humanos que estaban adentro no perdieran sus vidas. El apóstol Pedro dice que la salvación de Noé y su familia «por medio del agua» representa nuestra propia salvación, también por medio del agua, hoy en día:

Y aquella agua representa el agua del bautismo, por medio del cual somos salvados. El bautismo no consiste en limpiar el cuerpo, sino en pedirle a Dios una conciencia limpia y nos salva por la resurrección de Jesucristo. 1 Pedro 3.21

¿Qué tiene que ver el bautismo con la salvación? Ya que Pedro dice que la historia del arca es una figura representativa del bautismo, podemos contestar esta pregunta con otra parecida: ¿qué tenían que ver el arca y el diluvio con la salvación de Noé y su familia? En primer lugar, la Biblia nos enseña que fue la fe de Noé la que lo motivó a construir el arca:

«Por fe, Noé, cuando Dios le advirtió que habrían de pasar cosas que todavía no podían verse, obedeció y construyó la barca para salvar a su familia. Y por esa misma
fe, Noé condenó a la gente del mundo y alcanzó la salvación que se obtiene por la fe
«. Hebreos 11.7

Aquí vemos claramente que la fe de Noé fue una fe obediente. Noé era «un hombre muy bueno, que siempre obedecía a Dios». Por eso, cuando Dios le dijo cómo debía construir el arca, «Noé hizo todo tal como Dios se lo había ordenado» (Génesis 6.9, 22). Noé no preguntó: «¿Por qué tengo que construir un arca para salvarme del diluvio? ¿No podría Dios llevarme a la montaña más alta del mundo para salvarme? ¿No podría yo ir a un país lejano para evitar el diluvio? ¿No bastaría el hecho de creer que Dios va a mandar un diluvio, y tomar mis propias medidas para evitarlo?». No, Noé creyó, y porque creyó realmente, evitó su destrucción de la manera que Dios le había especificado. De la misma manera no nos corresponde hoy en día preguntar por qué Dios nos salva por medio del agua del bautismo, y no antes de bautizarnos o sin bautizarnos. Así como sucedió en la época de Noé, Dios es el que pone las condiciones, no nosotros. Esta es la actitud de una fe obediente.

La Biblia aclara que es la fe la que obra en el momento del bautismo y nos salva, ya que el bautismo consiste en «pedirle a Dios una conciencia limpia» (1 Pedro 3.21). Colosenses 2.12 dice que cuando los hombres se sumergen en agua al bautizarse, son sepultados con Cristo y resucitados con El, «porque creyeron en el poder de Dios, que lo resucitó«. Pedro también dice que somos salvados al bautizarnos, «por medio de la resurrección de Jesucristo«. Verdaderamente, lo que nos salva en el momento del bautismo es la fe en la muerte y la resurrección de Jesucristo.

Esta pregunta: «¿Por qué nos salva el bautismo?» nos obliga a considerar otra: «Por qué nos salva la resurrección de Jesucristo?». En primer lugar, necesitamos ser salvados porque todo hombre se aleja de la presencia de Dios y muere espiritualmente. El Apóstol Pablo nos da a entender que hasta el momento en que él tomó conciencia de los mandamientos de Dios, tenía vida, pero al tomar conciencia de la voluntad de Dios, llegó a ser responsable de sus actos de desobediencia, muriendo espiritualmente:

«Hubo un tiempo en que, sin la ley, yo tenía vida; pero cuando vino el mandamiento, cobró vida el pecado, y yo morí…» Romanos 7.9

Cuando llegamos a una edad en que gozamos de libre albedrío y somos responsables de nuestros actos también en algún momento desobedecemos a Dios y pecamos.
Romanos 3.21 nos dice que «todos hemos pecados y estamos lejos de la presencia salvadora de Dios«. Al alejarnos de la presencia de Dios, nos alejamos de la fuente de la vida y morimos espiritualmente. Como Pablo acaba de decir, «cobró vida el pecado, y yo morí..» Por eso, Romanos 6.23 nos dice que «el pago que da el pecado es la muerte«.
Todo ser humano que es responsable de sus acciones, ha desobedecido a Dios y está bajo una sentencia de muerte. Si bien es cierto que Dios es Amor (1 Juan 4.8), no debemos olvidarnos de que Dios es como un «fuego que todo lo consume» (Hebreos 12.29). Si El dicta que el hombre debe morir por sus pecados, esa sentencia debe cumplirse. «Qué bueno es Dios, aunque también qué estricto» (Romanos 11.22). Ya que El es el Juez de toda la tierra (Génesis 18.25), Dios debe exigir el cumplimiento de la sentencia: «el pago del pecado es la muerte». Sin embargo, ya que El es amor, debido a su bondad, Dios no quiere que el hombre se pierda eternamente. Por lo tanto, El Mismo viene en forma de su Hijo, para recibir el pago del pecado. Aunque El mismo nunca pecó, murió en nuestro lugar para librarnos de la sentencia de muerte contra todo pecador:

«Cristo no cometió pecado alguno; pero por causa nuestra, Dios lo trató como al pecado mismo, para así, por medio de Cristo, librarnos de culpa» 2 Corintios 5.21

Luego, Jesús vence a la muerte, resucitando para darnos la posibilidad de una vida nueva.

Hemos visto el por qué de la muerte de Jesús. Su muerte termina en la resurrección, y entender la relación entre estos dos sucesos es necesario para poder contestar nuestra pregunta: «¿Por qué nos salva la resurrección de Jesucristo?» Nos salva porque si primero morimos con El, también volvemos a la vida con El, participando de una existencia en que nuevamente estamos en comunión con Dios (Ver Romanos 6.3–5).
Sin embargo, esta vida nueva, que empieza con el perdón de nuestros pecados, es solamente posible si tenemos una fe obediente como la que tenía Noé. ¿Cómo podemos entender la fe obediente de Noé y compararla con nuestra propia salvación?

  • Para salvarse del diluvio, Noé primero tenía que creer que Dios iba a mandar un diluvio para destruir la tierra. De la misma manera, no podemos obtener el perdón de nuestros pecados si no creemos que somos pecadores y que el pago del pecado es la muerte.
  • Con una fe obediente Noé confió en la promesa de Dios. Dios lo iba a salvar del diluvio por medio de las aguas que alzarían el arca por encima de la destrucción. Nosotros también debemos confiar en que Dios sí puede aceptarnos como justos por medio de la muerte y la resurrección de Jesús.

Pues, por nuestra fe, Dios nos acepta como justos también a nosotros, los que creemos en aquel que resucitó a Jesús, que fue entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para librarnos de culpa. Romanos 4.24-25

El hombre que no confía en el poder de Dios que resucitó a su Hijo y que nos acepta como justos, perdonando nuestros pecados, no puede tener una fe obediente: desconfía de la promesa de Dios.

  • El último elemento de la fe obediente de Noé fue la construcción del arca. Sin el arca, Noé no podría haberse salvado de la destrucción del diluvio, por más que hubiera huido a otro país, o subido hasta la cima del monte más alto. El arca fue el medio por el cual Dios envió la salvación a Noé y su familia. El puso las condiciones y no hubiese aceptado otras, por más que pareciesen lógicas y factibles. La obediencia es una parte fundamental de la fe en Dios como Señor y Amo del Universo. El merece nuestra obediencia por ser el único Dios. Si no aceptamos la salvación de la manera en que El la ofrece, nuestra fe no es una fe obediente, y por lo tanto no es el tipo de fe que nos puede salvar. De ahí que, cuando la Biblia nos dice que el bautismo nos salva por medio de la resurrección de Jesucristo, no podemos suponer que podemos ser salvados por medio de la resurrección de Jesucristo antes de bautizarnos, o sin el bautismo. Las condiciones que Dios pone no son discutibles.

Las tradiciones de los hombres

En la época en que Jesús vivía, dijo una vez a alguna personas muy religiosas: «De nada sirve que me rindan culto: sus enseñanzas son mandatos de hombres. Porque ustedes dejan el mandato de Dios para seguir las tradiciones de los hombres» (Marcos 7.7-8). Hoy en día muchas personas religiosas, con frecuencia bienintencionadas, siguen tradiciones humanas con respecto a la salvación que Dios nos ofrece por medio de Jesús. Especialmente han cambiado la importancia que Dios dio al bautismo como medio por el cual somos salvados. En esencia hay dos tradiciones humanas muy difundidas con respecto al bautismo: una que es practicada por la Iglesia Católica y otra que comúnmente se enseña en las Iglesias Evangélicas. Las dos son solamente tradiciones que utilizan parte de la verdad, pero dejan de lado otra parte. No son el bautismo que encontramos en el Nuevo Testamento. Consideremos ambas tradiciones:

  • La tradición católica. Según la Iglesia Católica, el bautismo nos salva, así como enseña la Biblia en 1 Pedro 3.21. Sin embargo, hemos visto que lo que nos salva en el bautismo es nuestra fe en la muerte y la resurrección de Jesucristo. «El bautismo no consiste en limpiar el cuerpo, sino en pedirle a Dios una conciencia limpia» (1 Pedro 3.21). Lógicamente, un bebé no puede pedirle a Dios una conciencia limpia, porque todavía no tiene noción de lo que es el pecado. «El bautismo no consiste en limpiar el cuerpo», y por más que algunas gotas de agua se deslicen sobre la cabeza del bebé que se bautiza, el rito del bautismo no pide una conciencia limpia a Dios, y por lo tanto, realmente no es un bautismo. Según la Iglesia Católica, el bebé debe bautizarse para evitar el castigo del pecado original. Sin embargo, la Biblia enseña que el pecado no puede heredarse: «Sólo aquel que peque morirá. Ni el hijo ha de pagar por los pecados del padre, ni el padre por los pecados del hijo» (Ezequiel 18.20). Solamente cuando entiendo que soy un pecador y necesito de la salvación de mi alma, y confío en que Dios sí puede salvarme por medio de su Hijo, sólo entonces puedo recibir la salvación mediante la fe, al morir y resucitar con Jesús al bautizarme.Vamos a suponer que Dios no destruyó el mundo por medio del diluvio y que nunca le dijo a Noé que debía construir el arca para salvarse. ¿No sería ridículo si un día a Noé se le ocurre construir una nave grande lejos de donde hay agua y meterse adentro para salvar su vida? Sin el diluvio, él no hubiera tenido por qué construir el arca. No obstante, algo parecido pasa con el bautismo de bebés. Según la Biblia, uno es responsable por sus pecados solamente cuando toma conciencia de los mandatos de Dios (Romanos 7.9). Debemos bautizarnos para que nuestros pecados sean perdonados, y antes de bautizarnos debemos arrepentirnos (Hechos 2.38). Lógicamente un bebé no puede arrepentirse de algo que no entiende, y si no es responsable de sus actos todavía, tampoco tiene pecados que pueden ser perdonados por medio del bautismo. El bautismo de bebés construye el arca sin la amenaza del diluvio.Vale la pena agregar que la palabra griega traducida como “bautizar” es baptizein, que significa “sumergir”, hecho que explica por qué la forma original del bautismo era “inmersión” en agua. Al sumergirse en el agua, por medio de la fe uno muere espiritualmente y es sepultado con Cristo, y también por medio de la fe, resucita con Él al salir del agua para comenzar otra vida (Colosenses 2.12, Romanos 6.1-11, Gálatas 3.20). Por lo tanto, la forma original y bíblica del bautismo, inmersión, es una entrega de fe para unirse con Jesús en la obra salvadora de su muerte y resurrección. Lo que la tradición más difundida practica no es una entrega de fe, puesto que el bebé no cree todavía. Posiblemente esta realidad explique en parte el cambio de la práctica original de «inmersión» por la actual de «aspersión» de agua encima de la cabeza, la cual no representa por medio de la acción la muerte y resurrección, y tampoco requiere fe de parte del niño para realizarse.
  • La tradición evangélica.Las iglesias evangélicas se llaman así porque dicen que predican el evangelio, o sea, las buenas noticias, y hasta cierto punto hacen exactamente eso. Predican que la salvación viene solamente por Jesucristo, que recibimos la salvación por medio de la fe en Él y que Dios nos da la salvación gratuitamente. Además, muchas iglesias evangélicas bautizan a personas que tienen fe, o sea, a adultos. También suelen bautizar por inmersión, práctica que coincide con el significado original de la palabra griega baptizein (sumergir).Todo esto está de acuerdo con lo que la Biblia nos enseña acerca de la voluntad de Dios.Sin embargo, muchas iglesias evangélicas dicen que el bautismo no salva. Enseñan que la persona que tiene fe antes de bautizarse, o sin bautizarse, se salva igual. Esto contradice 1 Pedro 3.21 que dice: «El bautismo nos salva».​Para muchas iglesias evangélicas el bautismo es un «testimonio» que da la persona que tiene fe, pero no es necesario para la salvación. La Biblia nunca dice que el bautismo es un testimonio. Es muy común en las iglesias evangélicas enseñar que el bautismo es un «acto de obediencia», pero que no nos salva. Sin embargo, para que el bautismo se realice con la fe obediente que Dios pide, debería hacerse con la convicción de que en ese momento se recibe por primera vez el perdón de los pecados, el Espíritu Santo, y la salvación. Si una persona cree que ya está salvada, que Cristo ya lavó sus pecados, antes de bautizarse, ¿puede recibir el perdón de sus pecados y la salvación en el momento de su bautismo? Según 1 Pedro 3.21 en el momento del bautismo la persona pide a Dios una conciencia limpia. Según Hechos 2.38 nos bautizamos para que nuestros pecados sean perdonados. Si uno cree que Dios ya lo ha perdonado, antes de bautizarse, si cree que ya está salvado sin bautizarse, lógicamente en el momento de su bautismo no puede tener fe en que Dios está limpiando su conciencia de todos sus pecados anteriores, ni que en ese momento Dios le da la salvación.Otra enseñanza muy común entre las iglesias evangélicas es que el bautismo solamente simboliza la muerte y la resurrección de Cristo. Sin embargo, la Biblia no dice que el bautismo es un simbolismo; dice más bien que cuando uno se bautiza, por medio de la fe muere y resucita con Cristo. No dice que es algo simbólico sino que por medio de la fe entramos en unión juntamente con Cristo en su muerte y su resurrección. Es una realidad espiritual hecha posible por medio de la fe; no es un simple simbolismo. «Al ser bautizados, ustedes fueron sepultados con Cristo, y fueron también resucitados con él, porque creyeron en el poder de Dios que lo resucitó» (Colosenses 2.12). El versículo siguiente, 2.13, nos dice que el momento de resucitar con Cristo, y empezar a vivir con El, es el punto del perdón, cuando Dios nos purifica de todo pecado.¿Puede una persona recibir el perdón de sus pecados antes de morir y resucitar con Cristo? Si un creyente evangélico piensa que el bautismo solamente simboliza una salvación que recibió antes de bautizarse, no puede pensar que está entrando en unión con Jesús en su muerte en el momento de bautizarse. Piensa más bien que esta unión se logró de alguna manera antes del bautismo. Según la «tradición evangélica», ¿cómo se logra la unión con Cristo sin bautizarse? Comúnmente se enseña que por medio de una oración uno puede «entregarse» al Señor o «recibir» al Señor. A veces esta oración se llama la «oración de entrega» o la «oración del pecador». La llamada «oración de entrega» no aparece en la Biblia; es parte de la tradición evangélica que sostiene que uno puede ser salvado antes de bautizarse, o directamente sin el bautismo. Si uno piensa que ya está salvado antes de bautizarse, tampoco puede, por medio de la fe pedir el perdón de sus pecados mediante el acto del bautismo. Según el Nuevo Testamento la única manera en que uno puede morir y resucitar juntamente con Cristo es mediante la fe en el momento de bautizarse.

    Volvamos al ejemplo de Noé. Supongamos que Dios le advierte a Noé acerca del diluvio y le dice cómo construir el arca para salvarse a sí mismo y a su familia. Y Noé efectivamente construye el arca, pero no lo hace todo tal como Dios se lo había ordenado. Sencillamente no sería como sucedió, porque sabemos que Noé sí «hizo todo como Dios se lo había ordenado» (Génesis 6.22). No sabemos lo que habría pasado si Noé no hubiera usado la madera resinosa que Dios mandó o si no hubiera tapado con brea todas las rendijas de la barca por dentro y por fuera (Génesis 6.14), o si hubiera hecho el arca con dimensiones distintas de las que Dios mandó. ¿Dios habría hecho que el arca flotara igual? No sabemos. Pero sí podemos afirmar que al construir el arca de una manera no ordenada por Dios, Noé no hubiera sido el hombre que siempre obedecía a Dios (Génesis 6.9). No podemos suponer que el amor de Dios nos salvará, sabiendo que El es también un fuego que todo lo consume. Si Dios nos ofrece la salvación gratuitamente, debemos aceparla de la manera que El nos la ofrece, es decir: en el momento de bautizarnos, no antes o después. Cambiar esta condición, es nuevamente, hacer pasar una tradición humana por un mandato de Dios.

¿Tradiciones humanas u obediencia a Dios? 

Según Efesios 4.5 existe «un bautismo», ¿pero lo que se suele practicar actualmente en las distintas ramas del cristianismo es ese único bautismo? ​La Iglesia Católica enseña que primero la persona se bautiza y se salva, y luego, en algún tiempo futuro llega a creer y confirma su bautismo. En cambio, muchas iglesias evangélicas enseñan que primero uno cree y es salvado y luego, en algún momento se bautiza, pero no para alcanzar la salvación, porque fue salvado antes. La Biblia NO ENSEÑA que uno se salva al bautizarse sin creer (la posición católica); TAMPOCO enseña que uno cree y es salvado y luego se bautiza (la posición evangélica). La Biblia sí ENSEÑA que al bautizarnos le pedimos a Dios una conciencia limpia (1 Pedro 3.21), lavándonos de nuestros pecados (Hechos 2.38; 22.16), cuando por medio de la fe en ese momento morimos y resucitamos con Jesucristo (Colosenses 2.12; Romanos 6.3-5), recibiendo la salvación (1 Pedro 3.21; Tito 3.3-7), al nacer de nuevo del agua y del Espíritu (Juan 3.3-5), pasando a formar parte del cuerpo de Cristo, o sea, la Iglesia (1 Corintios 12.13).

Dios es el que pone las condiciones de nuestra salvación; no tengamos la osadía de cambiarlas. Si usted se bautizó según las enseñanzas de alguna tradición humana, no es tarde para mostrar su amor y reverencia hacia Dios, aceptando la salvación que Él nos ofrece, respetando las condiciones que Él ha determinado. Antes de unirse a la muerte y resurrección de Jesús por medio de la fe en el momento de bautizarse, es importante que usted entienda bien el compromiso que asume con este acto. Estamos a su disposición para explicar mejor las bendiciones y las responsabilidades de la vida cristiana. También puede buscar más orientación comunicándose con una Iglesia de Cristo.

Para comentar esta nota o plantear dudas: consultas@bibliayteologia.org

Parte 3 Resurrección: Creer sin ver

Parte 3 Resurrección: Creer sin ver

Antes de comenzar la tercera entrega de esta serie, es aconsejable leer la primera y la segunda partes para saber cómo llegamos a este punto…

La misión de Jesús: la Luz del mundo que cura la ceguera espiritual.
    Hablando de su misión en la tierra, Jesús dijo, “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Juan 8.21). Poco después de pronunciar estas palabras, él sana a un ciego de nacimiento, devolviéndole la visión. No es inusual en los evangelios hallar la curación de un ciego como ilustración del despertar de la fe. De esta manera, al recuperar la visión física, se ejemplifica para el plano espiritual lo que es llegar a creer.

Un hombre que comenzó a ver dos veces. 
Veamos un caso. Al leer de la curación del ciego en el capítulo 9 de Juan, es importante entender que el hombre sanado no vio al que lo curó ni bien recuperó la vista, ya que Jesús lo envió a otro lugar para experimentar el milagro (Juan 9.1-7). No pasó mucho tiempo y el hombre, ya vidente, fue expulsado de la sinagoga por atribuirle el milagro a Jesús (Juan 9.8-34). Esta expulsión efectivamente lo marginó de la sociedad, ya que la sinagoga no era simplemente un lugar de culto sino también, en aquella sociedad, la sede de la vida comunitaria. Al enterarse de la expulsión, Jesús lo buscó; recordemos que hasta este momento, este ex-ciego no había visto a Jesús con sus propios ojos. Cuando lo encontró,  Jesús le preguntó:

“¿Crees en el Hijo del Hombre?”
El ciego lo dijo, “Señor, dime quién es, para que yo crea en él”.
Jesús le contestó: “Ya lo has visto: soy yo, con quien estás hablando”.
Entonces el hombre se puso de rodillas delante de Jesús y le dijo:
Creo, Señor”.

No perdamos el orden en este diálogo:

“¿Crees?”
Ya lo has visto.”
Creo”.

En otras palabras, ahora que puede ver físicamente, está más que dispuesto a ver en el plano espiritual, creyendo. Juan cierra este episodio con estas palabras de Jesús cuando se enfrenta con autoridades que se resisten a creer en él, “Yo he venido a este mundo para hacer juicio, para que los ciegos vean y para que los que ven se vuelvan ciegos” (Juan 9.39). En otras palabras, la manera en que uno responde a Jesús, creyendo o no, determina en el sentido espiritual la presencia de ceguera o visión. Captar quién es Jesús por medio de la fe, trae consecuencias eternas: por eso, Jesús dijo, “vine a este mundo para juicio”. Con nuestra respuesta a la luz que él trae nos autodefinimos como videntes o ciegos; y esa definición a la vez marca nuestro destino aquí en este mundo y en la eternidad. Nosotros no podemos ver a Jesús físicamente, pero a través de la fe, podemos verlo en el plano espiritual. Y si elegimos verlo, podemos acercarnos a la luz y no andar en tinieblas.

Tomás, el apóstol que creyó porque vio.
El mismo evangelio sigue enfatizando este concepto al relatar el encuentro entre Jesús resucitado y el  apóstol Tomás. Cuando Jesús se apareció a los apóstoles algunas horas después de resucitar, Tomás no estuvo presente. Por eso, afirmó que no creería en la resurrección a menos que viera las heridas de los clavos en las manos de Jesús y metiera su mano en el costado de su cuerpo que fue perforado por una lanza romana.

Este estado de incredulidad duró precisamente una semana. El domingo siguiente Jesús volvió a presentarse a los apóstoles reunidos…

    …sus discípulos estaban adentro otra vez y Tomás estaba con ellos.
Y aunque las puertas estaban cerradas, Jesús entró, se puso en medio y dijo:
¡Paz a ustedes!
    
    Luego dijo a Tomás:
Pon tu dedo aquí y mira mis manos, pon acá tu mano y métela en mi costado, y     no seas incrédulo sino creyente.

    Entonces Tomás respondió y le dijo:
¡Señor mío y Dios mío!

    Jesús le dijo:
¿Porque me has visto, has creído? ¡Bienaventurados los que no ven y creen!
(Juan 20.26-29)

¿Era fácil para los apóstoles creer en la resurrección de Jesús?
Es común criticar a Tomás por no creer sin la necesidad de ver; sin embargo, es importante recordar que a los apóstoles Dios les había impedido que entendieran cuando Jesús anunciaba de antemano que iba a resucitar (ver la parte 2 de esta serie). Incluso, una semana antes de que Tomás viera a Jesús resucitado, la primera vez que se les apareció el día que resucitó, “se asustaron mucho, pensando que estaban viendo un espíritu” (Lucas 24.37). Ante esta reacción, Jesús los invita a “mirar sus manos y sus pies. Tóquenme y vean…”. Sin embargo, “seguían tan asombrados y felices que no podían creerlo» (Lucas 24.41). ¡Cuántos sentimientos encontrados: incredulidad, asombro, alegría! Transportémonos al momento: ¿no sentiríamos lo mismo? Luego, Jesús les pide algo para comer, y comió en su presencia (Lucas 24.43). Es decir, la reacción de los otros apóstoles a la resurrección de Jesús no era más crédula que la de Tomás, quien también llegó a creer una semana después, después de ver la misma evidencia.
Durante cuarenta días, después de resucitar, Jesús dio pruebas a sus seguidores más allegados de estar vivo (Hechos 1.1-3, 10.41), y antes de ascender al cielo para enviarles al Espíritu Santo para acompañarlos en su prédica, les dijo “cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, serán mis testigos…hasta las partes más lejanas de la tierra” (Hechos 1.8).

Incrédulos que se convierten en testigos de la resurrección. 
Jesús no quiso que los apóstoles hablaran de él hasta después de su resurrección (Marcos 9.9-10). Solamente después de este hecho culminante de su existencia terrenal tomarían conciencia de quién era él realmente. Sólo después de este momento, sus apóstoles pudieron captar su verdadera identidad. Pudieron verlo, no solamente como un Maestro humano, sino también, así como lo resumió Tomás, como “mi Señor y mi Dios”. Antes de esta concientización, una “buena noticia” acerca de Jesús habría constatado de que él hacía milagros impactantes y enseñaba verdades profundas. Es decir, un profeta o maestro importantísimo. Pero comunicar sólo esto sería un evangelio truncado, una afirmación que hasta cierto punto se podía hacer acerca de varios profetas del Antiguo Testamento. Incluso, Dios había utilizado a algunos de estos profetas para resucitar a los muertos, pero en estos casos todos volverían a experimentar una muerte natural (ver por ejemplo, 1 Reyes 17.17-24, 2 Reyes 4.1-17). En cambio, una resurrección definitiva, para nunca más volver a morir, marcó la gran diferencia entre Jesús y el resto de los resucitados en la Biblia. Sólo él podía afirmar, “El Padre me ama porque doy mi vida para volver a tenerla. Nadie me quita la vida, sino que la doy libremente. Tengo el derecho de darla y de recibirla de nuevo. Eso es lo que me ordenó mi Padre” (Juan 10.17-18). Con su resurrección irreversible quedó más que evidente que él era mayor que un profeta poderoso. Por lo tanto, los apóstoles pocas semanas después de la ascensión de Jesús, ya convencidos de quién era él, y luego de la llegada capacitadora del Espíritu Santo, se convierten en “testigos de su resurrección” (Hechos 1.8, 1.21-22); el Espíritu Santo obraba por medio de las palabras de estos hombres para “convencer” al mundo (Juan 16.8-10), llevando a los oyentes de corazón sensible a “ser profundamente conmovidos”, “cambiar la manera de pensar y ser bautizados en el nombre de Jesús el Mesías para el perdón de sus pecados” (Hechos 2.36-39), así comenzar una vida nueva bajo el señorío de Jesús.

Un testimonio que sigue hasta el día de hoy: una obra sobrenatural. 
Nosotros hoy en día vivimos en un mundo donde se sigue anunciando las buenas nuevas que Jesús resucitó. Esta expresión, “buenas nuevas”, es la traducción del término griego “evangelio” (euanguélion ). Se tratan de las buenas noticias de la resurrección de Jesús que se encuentran todavía en el Nuevo Testamento (la segunda parte de la Biblia). Allí es donde quedó registrado el testimonio anunciado primeramente por los apóstoles. Como Palabra de Dios, el Nuevo Testamento es “viva y poderosa” (Hebreos 4.12, versión NVI). El término “poderosa”, en el griego que se emplea aquí es “energuēs”; en los escritos neotestamentarios esta palabra se emplea para referirse a algo o alguien que obra sobrenaturalmente, es decir, más allá de los esfuerzos humanos 6. Es “poderosa” porque en últimas instancias tiene su origen en Dios: es su palabra. Por eso, “La Palabra de Dios es viva y poderosa. Es más cortante que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4.12). Se refiere al poder sobrenatural del Espíritu Santo que obra por medio de las Escrituras, por medio de las cuales, directa y sencillamente “El Espíritu Santo dice…” (Hebreos 3.7). Ya que las Escrituras son “inspirados por Dios” (2 Timoteo 3.16-17) el Espíritu Santo sigue obrando por medio de ellas para “convencer” al mundo acerca de las buenas noticias de la resurrección de Jesús. Por medio de ellas podemos en el día de hoy ir un paso más allá que los apóstoles y “creer sin ver”, prestando atención a lo que el Espíritu Santo, el otro Defensor, proclama a nuestro corazón para convencernos acerca de Jesús. ¿Exactamente de qué nos quiere convencer acerca de él? Veremos que al sacarnos la venda que obstaculiza nuestra visión espiritual, nos libera para ser transformados. Los apóstoles fueron liberados de los miedos que los apresaron cuando Jesús fue arrestado (Marcos 14.44-50); se convirtieron en hombres valientes quienes enfrentaron las autoridades para dar su testimonio acerca de la resurrección de su Señor (Hechos 4.1-22). Y nosotros, cuando creemos, percibiendo claramente con el ojo de la fe al Jesús resucitado, el Espíritu Santo nos quita el velo que inhibe nuestra libertad e impide nuestra transformación. ¿De qué quiere y puede liberarte? ¿Cómo puedes caminar al lado de Jesús en la actualidad?

En la parte 4 de esta serie seguiremos contestando la pregunta de Damian acerca de cómo acercarnos a Jesús ahora. ¡Agradecemos su colaboración y la de todos que desean reflexionar acerca de la Biblia y la teología!

Parte 2. Resurrección de Jesús: despedida y venida.

Parte 2. Resurrección de Jesús: despedida y venida.

Seguimos respondiendo la pregunta que empezamos a contestar en la entrega anterior:

¿Cómo podemos acercarnos a Jesús en nuestra época? Cuando estaba en la tierra “se sentó a la mesa de los pecadores”. Fue un Maestro accesible. ¿Pero nosotros tenemos la misma posibilidad?

Un anuncio sorprendente.

Los que hemos pasado tiempo leyendo la historia de la actividad pública de Jesús entre los hombres, el período de dos o tres años en los que hacia milagros y transmitía la buena noticia del Reino de Dios, seguramente quedamos impactados por cómo era él como persona, por su…

  • apertura hacia los marginados (Lucas 15.1-2)
  • fuerza de carácter frente a la falsedad (Lucas 11.37-53)
  • capacidad de corregir (Lucas 10.41)
  • ternura con los niños y los desposeídos (Marcos 9.33-37, 10.13-16, 12.42-44)
  • compasión (Mateo 20.32-34)
  • tristeza y enojo frente a la falta de humanidad (Marcos 3.1-6)
  • celo por el honor de su Padre (Juan 2.13-17)
  • decepción ante la incredulidad de los que tendrían que creer (Marcos 4.35-40, Mateo 14.31)
  • sorpresa y admiración ante la fe de los con menos posibilidades de creer (Lucas 7.1-10, Mateo 15.21-28)
  • alegría por la revelación del secreto de Dios a las personas sencillas (Lucas 10.21)
  • amor por sus amigos y enemigos (Juan 11.3-4, Lucas 23.34; Marcos 3.5).
  • angustia al encontrarse con la cercanía de la crucifixión (Marcos 14.32-36; Juan 12.27)
  • tranquilidad en el momento de su arresto (Juan 18.3-9)
  • seguridad de su victoria sobre la muerte (Juan 10.17-18).

Solo podemos imaginarnos de qué manera el pequeño grupo de hombres a quienes Jesús eligió para andar en su compañía experimentaron lo que significaba vivir con “Aquel que es la Palabra, aquel que estaba con Dios… y era Dios”, pero se hizo carne, llegando a ser un hombre de carne y hueso. Su cuerpo era la casa de Dios, un templo que, si llegara a ser derribado, el mismo levantaría a los tres días (Juan 1.1 2 , 1.14, 1.50, [Génesis 28.12-18], Juan 2.19). La convivencia con Jesús seguramente era un laboratorio que produjo cambios en los apóstoles: pero esta transformación se experimentó solamente cuando finalmente sus ojos fueron abiertos en cuanto a la verdadera identidad de su Maestro.

Confundidos porque todavía no era el momento para entender

Por algún motivo, antes de la resurrección, Dios no permitió que los apóstoles entendieran cuando Jesús les anunció en distintas oportunidades que él sería arrestado, moriría a manos de los hombres y luego resucitaría. De hecho, él les anticipó varias veces lo que estaba por suceder, “Pero ellos no entendían lo que les decía, pues todavía no se les había abierto el entendimiento para comprenderlo; además tenían miedo de pedirle a Jesús que se lo explicara” (Lucas 9.45). Teniendo en cuenta que no entendían el plan de Dios, ¿no es lógica la tristeza que sentían aquella noche del arresto de Jesús cuando él les anunció: “Es mejor para ustedes que yo me vaya…” (Juan 16.6-7)?
¿Se sentirían abandonados? ¿Perplejos? ¿Impotentes? De cierta manera podemos imaginar su confusión, la misma que quizás algunos sientan ahora ante la posibilidad de acercarnos a Jesús en la actualidad. El abandono que ellos sentirían es el reflejo de la falta de esperanza de los que ahora admiran tal vez a Jesús como un maestro iluminado, pero creen que no es posible acercarse a él. No obstante, la razón por la cual era mejor que Jesús se fuera no tardó en aclararse: “Es mejor para ustedes que yo me vaya, porque si no me voy, el Defensor no vendrá, pero si me voy, yo se lo enviaré” (Juan 16.7). Además de beneficiar a los apóstoles, veremos que ese Defensor, traería a la vez el secreto para poder acercarse a Jesús en nuestro tiempo.

¿Por qué era mejor que Jesús se fuera?

En pocas horas Jesús sería arrestado, el primer paso del proceso que culmina con su muerte y resurrección. Una vez resucitado, luego de pasar unos cuarenta días con sus apóstoles dando pruebas de estar vivo, ascendería al cielo a la diestra de Dios. Ésta serie de eventos se llama la “glorificación” de Jesús; es a este proceso que Jesús se refería cuando les dijo a los apóstoles que “se iba”. Ascendido al cielo, como una semana después enviaría al Espíritu Santo a la tierra. El Espíritu no vendría hasta después de la glorificación (Juan 7.37-39). Él es el “otro Defensor” que Jesús enviaría. ¿Por qué era mejor que él se fuera y viniera el Espíritu Santo? Leamos la explicación que Jesús les dio en esa última charla…
Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que les mande otro Defensor, el Espíritu de la verdad, para que esté siempre con ustedes. Los que son del mundo no lo pueden recibir, porque no lo ven ni lo conocen; pero ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes”. (Juan 14.16-17).
Jesús se iba corporalmente dentro de pocos días, pero enviaría al “otro Defensor” en su lugar, para acompañarlos “para siempre”. Él estaría “con” ellos y “en” ellos. De hecho estaría con todos los que creerían en el Jesús glorificado a lo largo de los tiempos (Juan 7.37-39, 17.20-23).

¿Qué se entiende por Defensor?

Esta expresión traduce una palabra que en griego significa “uno llamado al lado”; en la cultura grecorromana se refería a una persona convocada al lado del acusado durante un juicio. Puede ser el abogado defensor, o sencillamente un amigo cercano que intercede por el incriminado y lo defiende. Al decir que enviaría a “otro Defensor”, Jesús da a entender que él mismo ejercía esta función durante su tiempo de convivencia con los apóstoles. Los protegió en vida (Juan 17.11-12, 18.2-9). De hecho, resucitado y en la presencia de Dios, ahora mismo él como abogado defensor ruega por los cristianos que confían en él para alcanzar la salvación eterna (1 Juan 2.1-2, Romanos 8.34). Ahora al irse físicamente, anuncia que envía a “otro” en su lugar.

El “otro Defensor”, el Espíritu de la Verdad.

Identificar al Espíritu Santo como “Espíritu de la Verdad” es sumamente importante para entender su misión como Defensor. Él enseñaría a los apóstoles “todas las cosas” y les recordaría todo lo que Jesús había dicho (Juan 14.26). Tomaría lo que Jesús había recibido del Padre para explicárselo a los apóstoles y guiarlos a una “verdad completa” (Juan 15.12-15). Dios Padre y Jesús lo envían para dar testimonio junto con los apóstoles de la muerte y resurrección (Juan 14.26, 15.26-27, Hechos 1.8, 2.1-41). Este testimonio y sus consecuencias son la “verdad” que el Espíritu transmite. Al hacerlo, el Espíritu “convence al mundo” de la veracidad del mensaje: la realidad del pecado, el juicio venidero, y la posibilidad de ser aceptados como justos ante Dios, puesto en la debida relación con él por medio de la muerte y resurrección de Jesús (Juan 16.8, cf Hechos 2.14-39, Romanos 1.16-17, Romanos 5.1-10).
Para los que el Espíritu de la Verdad convence de la realidad de la muerte y resurrección de Jesús, el impacto de este mensaje puede ser el primer paso hacia la fe que inicia una transformación. Es solamente al comenzarla que podemos realmente acercarnos a Jesús ahora. El evangelio revela un misterio profundo: el Espíritu Santo, el Padre y Jesús obran en conjunto (Juan 16.12-15, Mateo 28.18-20). El Espíritu de Cristo es Cristo; es a la vez el Espíritu de Dios (Romanos 8.9-11, Hechos 16.6-10). Así como Jesús y el Padre son uno (Juan 10.30, 10.38, 14.10-11); el Espíritu toma de lo que es del Padre y de Jesús y lo transmite a sus apóstoles (Juan 15.12-15), quienes a su vez lo dan a conocer al mundo.

El Espíritu de la Verdad convence…y transforma.

Por medio del evangelio, las buenas noticias transmitidas originalmente por los apóstoles acerca de la vida, muerte y resurrección de Jesús, el Espíritu de la Verdad sigue convenciendo al mundo que Jesús vive y podemos seguirle ahora como Nuestro Señor.
Además, una vez tomada la decisión de seguir a Jesús en el momento de la entrega del nuevo nacimiento (el bautismo bíblico, Juan 3.3-5), el Espíritu está a lado del cristiano y mora en él. Por medio de su presencia en la vida del cristiano es posible experimentar las palabras de Jesús: “Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mateo 28.20); por medio del Espíritu de la Verdad, Dios libera al cristiano para contemplar claramente a Jesús y ser transformado a su imagen (2 Corintios 3.14-18, Romanos 8.29). Como seguir a Jesús en la actualidad y comenzar esta liberación es el tema de la próxima entrega. Para asegurarse de recibirla, no olvide subscribirse a este blog. 2

Le agradecemos nuevamente a Damián, cuya pregunta motivó esta serie de respuestas.

Parte 1 Resurrección de Jesús: La prueba paradójica.

Parte 1 Resurrección de Jesús: La prueba paradójica.

¿Cómo podemos acercarnos a Jesús en nuestra época? Cuando estaba en la tierra “se sentó a la mesa de los pecadores” 3. Fue un Maestro accesible. ¿Pero nosotros tenemos la misma posibilidad?

Una muerte y una resurrección anunciadas de antemano.

Para contestar esta pregunta partimos de la convicción que Jesús no está muerto. Creemos que sigue siendo el Mismo Maestro cercano a los hombres que era, desde la época en que pisaba la tierra en un cuerpo humano, hasta ahora. Él mismo no consideraba que la muerte pondría un fin definitivo a su vida o su misión. De hecho, durante su vida terrenal en varias oportunidades predijo que sería entregado a las autoridades, sufriría y moriría a sus manos, pero luego resucitaría para nunca más volver a morir (ver por ejemplo, Marcos 8.31, 9.30-32, 10.32-34).  ¿Es lógico pensar que Jesús hizo estas predicciones? ¿Y si efectivamente las hizo, ¿por qué vamos a confiar en ellas?¿Se cumplieron? Iremos contestando por partes. La confiabilidad de la predicción de parte de Jesús de su propia resurrección, y su cumplimiento, pueden constatarse por medio de pruebas fehacientes. Hoy consideremos una, la que se encuentra dentro de los mismos evangelios 2 y puede llamarse la prueba paradójica.

¿Usaba paradojas Jesús?

Una paradoja es “un hecho o expresión aparentemente contrarios a la lógica”, o “frases que encierran una aparente contradicción entre sí, como por ejemplo, ‘mira al avaro, en sus riquezas, pobre’ ”. (Real Academia Española). Lo importante de esta aparente contradicción es que comunica una verdad. Un avaro tiene riquezas pero como ser humano puede ser considerado pobre, un miserable. En las palabras registradas de Jesús la paradoja es evidente. A veces estas aparentes contradicciones se ven en la manera en que Jesús mira las circunstancias cotidianas. Por ejemplo, una viuda pobre que ofrenda como limosna en el templo dos moneditas de escaso valor “da mucho más que los ricos”…porque dio todo lo que tenía para vivir. O una niña de doce años que acaba de morir, para Jesús “está dormida”, ya que sabe que en pocos minutos la resucitará. Otras veces lo paradójico se hace presente en las enseñanzas de sus sermones o en diálogos que surgen en distintas situaciones. Es como si él viera este mundo como el “reino del revés” y su visión del reino de Dios como la verdadera realidad. Es debido a la óptica de Jesús, que ve desde este segundo plano, que sus afirmaciones suelen ser verdaderas paradojas. Por ejemplo: “El último será el primero”     “El primero será el último”. “Amen a sus enemigos…” “Den y les será dado”. “El que se enaltece será humillado”. “El que se humilla será levantado”. “El más importante entre ustedes será su siervo”. “El que pierde la vida la encontrará”. Si nos ponemos a pensar, sabemos que en el mundo en que vivimos… …el último suele seguir siendo el último, y el que llega primero, el primero. …amor y enemistad son términos opuestos. …si uno “da”, ya no tiene lo que dio. No necesariamente recibirá algo para reemplazarlo. …los que se enaltecen no suelen bajar de su posición de supuesta superioridad. …los que se humillan, normalmente terminan quedándose abajo. …los que se consideran importantes no siempre sobresalen por una actitud de servicio. …y, el que pierde la vida….bueno, la perdió. No hay escapatoria.

Enseñanzas paradójicas, y la paradoja más grande de todas.

En “el reino de Dios” se ve que lo que habitualmente vivimos no corresponde a la realidad que Jesús transmitía.  Él incluyó la última paradoja mencionada, “el que pierde la vida la encontrará” dentro del contexto del primer anuncio de su propia muerte y resurrección. De las palabras registradas de Jesús, el hecho de afirmar que iba a morir para luego vivir son las más contrarias a la lógica. En esta primera vez que Jesús explica abiertamente a sus apóstoles que la misión del Mesías es ser rechazado, morir y resucitar, también agrega que el que quiere ser su seguidor debe “cargar” con su propia “cruz” 3 para,  de esta manera, “encontrar” la vida (Mateo 16.21, 24-25). Claramente una paradoja, pero totalmente coherente en el contexto de lo que Jesús acaba de decir acerca de su propia muerte y resurrección. En otras palabras, la misión contradictoria del discípulo, la de cargar con la cruz y así perder la vida para poder encontrarla, encaja perfectamente con la manera paradójica en que Jesús a veces enseña. Es una contradicción que encierra una verdad: así como el Mesías morirá y resucitará; sus discípulos deberán cargar con su propia cruz, morir, y así encontrar la vida. Es decir, dentro de esta práctica habitual de recurrir a lo aparentemente contradictorio, Jesús anuncia la paradoja más grande: para vivir para siempre él primero debe morir. Su propia muerte y resurrección se anuncian de una manera que se introduce perfectamente dentro de lo paradójico tan común de sus enseñanzas. Es decir, si sus enseñanzas son auténticas, el hecho histórico de la predicción de su resurrección también lo es. No podemos separar las enseñanzas de Jesús como Maestro, del hecho de que él mismo creía que iba a ser crucificado y luego resucitar. En realidad, si él consideraba que eran genuinas sus enseñanzas, también era completamente sincero en cuanto a la predicción que iba a volver de los muertos el tercer día. Muchos reverencian a Jesús solamente como Maestro; y él mismo no solamente aceptaba este título sino, además, pretendía identificarse con el único que podía vencer la muerte definitivamente: Dios mismo.

Una predicción que estaba presente desde el comienzo.

Desde el comienzo de su ministerio4 , la paradoja de una vida resucitada después de la muerte estaba en la mente de Jesús. Por ejemplo, la primera vez que corrió a los mercaderes corruptos del templo, las autoridades exigieron una señal de su autoridad para obrar así. Les contestó con palabras contrarias a la lógica: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar”. Para las autoridades que escucharon esta respuesta, pareció por lo menos un disparate. “Pero él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto y creyeron…” (Juan 2.21-22). Entendían que Jesús no se refería al templo que acaba de limpiar de mercaderes, sino del cuerpo humano donde el Logos 5 se hizo carne (Juan 1.1-2,14).

¿Qué importancia tiene?

Podemos sacar como conclusión que  Jesús estaba convencido que después de muerto volvería a la vida, resucitaría.  Esta predicción encaja demasiado bien con el frecuente estilo paradójico de Jesús para no ser auténtica. Y si sus enseñanzas son verdaderas, y dignas de nuestra confianza, ¿cómo separaríamos esta predicción del resto de sus palabras? Y si se cumplió, si está vivo, volvemos a la pregunta ¿cómo podemos encontrarnos con Él en la actualidad? El primer paso de nuestra respuesta es aceptar que vive. Y si está vivo, ¿por qué sería tan difícil encontrar a un Ser que no reconoce límites humanos? Pasaremos al “cómo” en la próxima entrega. Agradecemos a Damián por su pregunta que motivó esta serie. 
Parte 6 ¿Existe la iglesia verdadera? Sí. Efectivamente comenzó, ¿Pero, está?

Parte 6 ¿Existe la iglesia verdadera? Sí. Efectivamente comenzó, ¿Pero, está?

En la presente entrega llegamos a un punto esencial en nuestro camino de contestar la pregunta, ¿existe la iglesia verdadera? En esta etapa, basándonos en la información brindada en las entregas anteriores
(ver partes 1, 2, 3, 4, 5), demos por cierto que la iglesia verdadera existe y preguntemos más bien: ¿cuándo empezó?
Jesús, al decir “edificaré mi iglesia”, empleaba el tiempo futuro del verbo “edificar”: “edificaré”. ¿Hablaba el Señor de un futuro cercano o lejano? En otras palabras, ¿ya ha comenzado la construcción o debemos seguir esperándola? Porque si todavía no se inició, es evidente que la iglesia verdadera, la que Jesús dijo que iba a construir, no existe todavía.

 

​El futuro cercano como si ya fuera un presente.
Cuando analizamos el factor tiempo en los dichos de Jesús, nos encontramos con algo que para el lector moderno resulta desconcertante: a veces Él habló en términos del presente al referirse a hechos que se realizarían en un futuro cercano, pero aun no consumado. Tal vez el ejemplo más claro es cuando Jesús habla de la inminente llegada del Espíritu Santo. Vemos estas palabras de Jesús registradas por el apóstol Juan, palabras que el apóstol mismo interpreta en cuanto al tiempo de su cumplimiento:

37 En el último día de la fiesta, el más importante, Jesús se levantó y gritó:
—Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba. 38 Las Escrituras dicen que del interior del que cree en mí saldrán ríos de agua viva. 39 Jesús dijo eso acerca del Espíritu, que recibirían después los que creyeran en él pues aún no estaba el Espíritu, porque Jesús todavía no había sido glorificado.
(Juan 7.37-39, versión Palabra de Dios para Todos). 

¿Cuándo fue “glorificado” Jesús?

El Nuevo Testamento da a entender que Jesús fue glorificado al ser crucificado y resucitado para luego ascender al cielo donde reina junto a Dios Padre (ver por ejemplo Juan 12.16, 23; Juan 17.1-5;  Hechos 2.13, 33-36). Pocas semanas después, desde la presencia de Dios Mismo, Jesús envía al Espíritu para, de ahí en más, acompañar a todos sus seguidores (Hechos 2.33-39). Este “derramamiento del Espíritu” sucede durante la Fiesta de Pentecostés, una celebración judía que en el calendario bíblico se realiza unas siete semanas después de la Pascua, la fiesta anterior durante la cual Jesús murió y resucitó. Luego de su resurrección, después de unos cuarenta días, Jesús ascendió al cielo y aproximadamente una semana después, en Pentecostés, Él “derrama” al Espíritu sobre todos los que se entreguen con fe, arrepentimiento y bautismo después de escuchar el mensaje de su vida, muerte, entierro y resurrección (Hechos 2.33-40). Así se entiende cómo, según Juan 7.39, el Espíritu viene después de su “glorificación”.

Es decir, Jesús promete dar al Espíritu Santo a todo aquel que en Él cree, en Juan 7.37-39: “Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba” expresándose en el tiempo presente. Pero es necesario que el apóstol Juan aclare que se refiere a un momento posterior (pocos meses después durante la fiesta de Pentecostés). Sin esta aclaración el lector podría llegar a entender que cualquiera que creyera en Jesús en el mismo momento en que se pronunció la promesa del Espíritu Santo podría tener comunión con el Espíritu durante la vida terrenal de Jesús. Sin embargo, Juan aclara que no es así: primero Jesús tenía que ser glorificado. Solamente a partir de su inminente glorificación los sedientos espirituales podrán ir a Él para beber. Jesús habla de un futuro cercano como si fuera un presente.

Podemos ver esta misma tendencia de Jesús, de referirse a la próxima llegada del Espíritu como si ya estuviera presente, cuando habla con sus apóstoles acerca de la oración en Lucas 11.1-13. Allí Él termina diciendo, “si ustedes que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan”. Leyendo en el contexto, podríamos llegar a pensar que si los apóstoles en el momento de escuchar estas palabras hubieran pedido al Padre recibir al Espíritu Santo, ya se lo habría otorgado. Pero por lo que acabamos de leer en Juan 7.37-39, sabemos que era necesario que Jesús fuese glorificado primero. Si los apóstoles hubieran pedido recibir al Espíritu en este mismo momento que describe Lucas en que Jesús les enseñaba acerca de la oración, seguramente no lo habrían recibido. Tendrían que esperar algunos meses hasta que Jesús fuese glorificado por medio de su muerte, resurrección y ascensión a la diestra del Padre.

¿Cómo deducimos el momento del inicio de la Iglesia?

Sabiendo que Jesús a veces manejaba el tiempo de esta manera, podemos evaluar las dos oportunidades en que Él usa el término “iglesia” en Mateo 16.18 y 18.17. La primera vez habla directamente en el tiempo futuro, “construiré mi iglesia, pero en la segunda, en el tiempo presente, “díselo a la iglesia”. En esta segunda ocasión, habla de cómo humildemente encarar problemas de disciplina dentro de la comunidad de sus seguidores. El lector desprevenido podría entender que se trata únicamente del grupo los apóstoles, quienes en el 18.1 hacen una pregunta que a continuación Jesús responde, incluyendo en el 18.17 lo dicho acerca “decírselo a la iglesia”. ¿Los apóstoles son la iglesia? ¿Empezó en algún momento entre el 16.18 (cuando se habla de la construcciónfutura de la iglesia) y el 18.17 cuando leemos que los problemas no resueltos entre hermanos deben derivarse a la “Iglesia” (una orden transmitida en tiempo presente)? Veremos, sin embargo, que “Iglesia” en Mateo 18.17 tiene otro sentido; se trata de un futuro cercano, nuevamente expresado como si fuera el presente.

¿Dónde leemos del comienzo de la Iglesia?

En los cuatro evangelios solamente Mateo utiliza el término “iglesia”, empléandola en las dos oportunidades ya citadas. Para encontrar esta palabra nuevamente en la historia neotestamentaria debemos ir al libro de los Hechos, donde ya vimos que Jesús derramó su Espíritu en el Día de Pentecostés, unas siete semanas después de su resurrección luego de la Pascua. “Iglesia” aparece recién en el Hechos 5.11, donde vemos que “toda la Iglesia se llenó de miedo” al enterarse de la muerte repentina de un matrimonio que quiso engañar a Dios, “mintiendo al Espíritu Santo” (5.1ss). Los que se llenaron de miedo son los discípulos que integran la primera comunidad cristiana en la historia, la de Jerusalén. Estas son las personas que a partir del día de Pentecostés recibieron al Espíritu Santo en sus vidas luego de una sincera conversión (Hechos 2.37-39). Estos primeros conversos a la fe en el Cristo resucitado son, entonces, el comienzo de la iglesia que Jesús construye. Posteriormente leeremos que la iglesia es el cuerpo de Cristo (Efesios 1) y al ser integrados a este cuerpo en el momento de bautizarse, todos  “beben” del Espíritu Santo (1 Corintios 12.13).

La construcción comenzó en el día de Pentecostés. 

A partir de Pentecostés, entonces, unas siete semanas después de su resurrección, Jesús comienza a construir su Iglesia al enviar al Espíritu Santo para guiar a los apóstoles en la evangelización (Hechos 1.8). A partir de ese momento, los convencidos de que Él es el Mesías crucificado y resucitado, se arrepienten de sus pecados y se bautizan (se sumergen en agua) bajo la autoridad de Jesús para recibir el perdón de los pecados; así reciben al Espíritu Santo como un don de Dios (Hechos 2.37-40). También en ese momento son salvados de sus pecados (2.38-40, 2.47), y, en el ese instante Dios los agrega a esta comunidad, es decir, la iglesia. Es por este medio que se “pide” a Dios Padre recibir al Espíritu Santo, la promesa hecha como una realidad presente a los apóstoles en Lucas 11.13, aunque todavía quedaba en un futuro próximo: después de la muerte de Jesús, siete semanas después de su resurrección.

Construcción que empezó y continúa. 

Este es, entonces, el momento en que Jesús comienza a construir su iglesia. Ya no es un momento en el futuro, como lo fue en Mateo 16.18. Los que se agregan a la iglesia, los que se bautizan para ser discípulos de Jesús, son los que luego “aprenden a obedecer todo lo que Él enseñó” a los apóstoles (Mateo 28.18-20). Por eso, leemos que después de bautizarse en Pentecostés, los nuevos discípulos “eran fieles en conservar la enseñanza de los apóstoles…” (Hechos 2.41-42). La “enseñanza de los apóstoles” se refiere a “todo lo que Jesús les había ordenado” a los primeros discípulos (Mateo 28.19-20). Encontramos el registro de estas órdenes en los cuatro evangelios, específicamente en este caso en el de Mateo, que termina con la promesa de Jesús: “Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mateo 28.20). Como parte de esa enseñanza, por ejemplo, Jesús había previsto la necesidad de humilde disciplina dentro de la iglesia, hablando de esto en el tiempo presente (Mateo 18.17), aunque la iniciación de su iglesia todavía quedaba en un futuro próximo. Esto es porque esta y otras enseñanzas de Jesús a los apóstoles se convierten en la realidad continua de la construcción de la Iglesia. Esta construcción se sigue realizando, ya que Jesús añade que Él estará presente con sus discípulos “hasta el fin del mundo” (Mateo 28.20); en la presencia del Espíritu Santo, Él acompaña a su iglesia (Juan 14.25-27, 16.7-15).
Puesto que este mismo proceso continuará a lo largo de la historia, la manera de integrar la iglesia verdadera es la misma que vimos en Pentecostés: 1) creer en Jesús como el Mesías muerto por nuestros pecados, resucitado como el Señor, 2) ante esta realidad, arrepentirse, es decir cambiar profundamente la forma de pensar y vivir, 3) bautizarse (sumergirse) en el nombre Jesús para el perdón de los pecados y así recibir al Espíritu Santo como un don, 4) emprender así el camino de obedecer todo lo que Jesús ordenó (Hechos 2.38-40, Mateo 28.18-20). Hoy en día el movimiento que se llama las Iglesias de Cristo se identifica por enseñar que de esta manera uno recibe la salvación eterna y aprende a cuidarla. Ya que esta salvación es fundamental, es importante evaluar lo que cualquier grupo enseña al respecto si buscamos ser parte de la “iglesia verdadera”.
Puesto que Jesús está presente, Él sigue construyendo su Iglesia por medio de la formación de nuevos discípulos (Mateo 28.18-20). Una vez que ingresemos en ella, mientras estemos aprendiendo a obedecer lo que Él ordenó, formamos parte del proceso de la construcción.

¿Dónde encontrar la información necesaria para la construcción?

Gran parte de los mandamientos de Jesús aparecen en los cuatro evangelios, y los demás libros escritos del Nuevo Testamento que transmiten las enseñanzas de los apóstoles, quienes siguen comunicando las instrucciones de Jesús por medio del Espíritu Santo (Juan 16.12-15). Estos escritos apostólicos, provenientes de la época inmediatamente después del ministerio de Jesús, promueven  la fe “dada una vez para siempre” (Judas 3, versión Libro del Pueblo de Dios). Por eso, los primeros cristianos ya tenían “todo lo necesario para vivir como Dios manda” (2 Pedro 1.3, versión NVI). El registro en el Nuevo Testamento de las enseñanzas y manera de vivir de la Iglesia nos da el único modelo necesario para su continua construcción.

Parte 5 ¿Existe la iglesia verdadera? Se construye de discípulos.

Parte 5 ¿Existe la iglesia verdadera? Se construye de discípulos.

Si me aman, obedecerán mis mandamientos. Le pediré al Padre y les dará otro Consejero para que esté siempre con ustedes: El Consejero es el Espíritu de la verdad.
El mundo no lo puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes lo conocen porque vive con ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré huérfanos; volveré a ustedes.  Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes me verán. Ustedes vivirán porque yo vivo. Ese día, ustedes sabrán que yo estoy en el Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes. El que realmente me ama conoce mis mandamientos y los obedece. Mi Padre amará al que me ame, y yo también lo amaré y me mostraré a él. (Juan 14.15-21)
Vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado a ustedes.
Y les aseguro que yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”. (Mateo 28.19-20)
Ya que después de un lapso de varias semanas solamente ahora se continua con la respuesta a la pregunta acerca de la iglesia verdadera, es conveniente repasar las partes 1, 2, 3, 4 antes de leer la siguiente entrega. Si no, podría resultar difícil seguir los conceptos aquí expresados.

Retomando ideas anteriores…
Hemos visto que según lo que enseña Jesús en el evangelio de Mateo, su iglesia se “construye” de personas que aceptan el compromiso de aprender a obedecer sus enseñanzas. El compara tales personas con un hombre sensato que construye su casa sobre una roca. Así como una vivienda con buenos cimientos resiste las embestidas de las inundaciones, la persona que construye su vida sobre las enseñanzas de Jesus es un ser humano fuerte, capaz de enfrentar las pruebas de la vida (Mateo 7.24-28, refiriéndose a las enseñanzas en los capítulos 5 al 7 de Mateo). De manera que cuando el Señor Jesús habla de “construir su iglesia”, se refiere a una comunidad de personas quienes a su vez también construyen: edifican sus vidas sobre las sólidas enseñanzas de Jesús. Aceptan participar del proceso de “aprender a obedecer” todo lo que Jesús ordenó. Lo que les lleva a tomar semejante decisión, y mantenerla, es lo que debemos empezar a considerar de aquí en más.¿Qué plan tenía Jesús en mente para la construcción de su Iglesia? 
La palabras finales que Jesús transmite a sus apóstoles en este evangelio incluyen, a la vez, su última orden:

Así Mateo decide cerrar su evangelio, por más que sabe que después de pronunciar esta palabras, Jesús asciende al cielo (Lucas 24.50-53; Hechos 1.1-11). Allí se encuentra ahora, reinando sobre su Iglesia, la cual espera su venida gloriosa al final de los tiempos. Sin embargo, Mateo nos describe a un Señor presente con su pueblo “hasta el fin del mundo”. ¿De qué manera está presente? ¿Y que implica esta presencia, la cual es imprescindible para la construcción de su Iglesia?

Jesús, presente con sus discípulos. 
Podría resultar desmoralizador para este pequeño grupo de apóstoles pensar que deberán emprender solos la misión de hacer discípulos de todas las naciones. Pero estos once hombres saben que cuentan con el hecho de que su Señor estará presente con ellos. No lo podrán ver físicamente, pero la noche de la Última Cena Jesús ya les preparó a sus apóstoles para su partida. Les prometió enviar a Otro en su lugar. Ese Otro es el Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad. Jesús lo llamó “otro consejero” quién vendría en su lugar, y les explicó a los apóstoles que por medio de este otro Consejero, Jesús estaría con ellos. Así Jesús explica la misión del Espíritu Santo, el que hace posible que Jesús mismo esté espiritualmente presente con sus discípulos. Leamos estas palabras que Jesús compartió con ellos la noche de la Última Cena. De paso, vemos que la obediencia, que apareció en la cita que acabamos de ver, “enseñándoles a obedecer todo lo que yo les mandé”, nace de una relación de amor.

Una misma orden con dos pasos.
La última orden que dejó Jesús que vimos en Mateo 28.18-20, la de hacer discípulos, consta de dos pasos: 1) el bautismo cristiano y 2) el enseñar a obedecer “todo lo que Él mandó” a los apóstoles, los primeros discípulos. En otras entregas vamos a seguir analizando estas dos facetas de la construcción de la Iglesia de Jesús. Primero, es necesario entender que “bautizarse” proviene de una palabra griega que significa “sumergirse”; a su vez, “bautismo” significa en griego “inmersión”. En segundo lugar, dentro de “todo lo que Él mandó” no hay que olvidar esta última orden: ir y hacer discípulos, bautizando y enseñando. Es decir, parte del proceso de aprender a ser discípulo de Jesús es la obediencia en cuanto a la formación de otros para ser discípulos de Jesús. En ese proceso Él está presente “hasta el fin del mundo”. Así que actualmente los discípulos de Cristo estamos en una vida de aprendizaje, a la cual invitamos a otros a acompañarnos. Y tenemos la seguridad de que en este proceso Jesús está presente con nosotros y con los que decidan aceptar seguirle por medio de el bautismo luego de un arrepentimiento sincero, y el aprendizaje en cuanto a la obediencia. Se trata de un plan de construcción en cadena de una comunidad, la Iglesia, que se irá formando hasta que Jesús vuelva al fin del mundo.Ya que el primer paso para hacerse discípulo es bautizarse (y luego aprender a obedecer todo lo que Jesús ordenó), es importante preguntarnos ¿qué significado tiene el bautismo en la iglesia que Jesús construye? Sobre esto empezaremos a investigar en la próxima entrega de «preguntas y respuestas». ​
Parte 4 ¿Existe la iglesia verdadera?

Parte 4 ¿Existe la iglesia verdadera?

En la cuarta parte de esta respuesta, resumimos y ampliamos las partes 1, 2 y 3.

Repaso del significado de ekklesia.

El término “Iglesia” solamente aparece en uno de los cuatro evangelios, el de Mateo, donde podemos contextualizar esta pregunta para buscar su respuesta. Es allí donde encontramos las palabras de Jesús: “construiré mi iglesia” (Mateo 16.33).
Lo que Jesús construye en realidad es un pueblo, una comunidad, ya que la palabra “iglesia” (ekklesía en griego) significa asamblea y en la antigua versión griega del Antiguo Testamento, se empleaba para hablar del pueblo de Israel que estaba congregado para adorar o en momentos de crisis. En la antigua Grecia se utilizaba para hablar de la asamblea de una ciudad-estado compuesta de aquellos ciudadanos que gozaban de plenos derechos; es decir, una ekklesía era un cuerpo político. Toda esta etimología debe tenerse en cuenta al considerar la afirmación de Jesús en Mateo: “construiré mi iglesia”.

La metáfora de la construcción.
Aunque Jesús usa la imagen de un edificio para hablar de la “construcción de la iglesia”, en la Biblia una “iglesia” jamás es un edificio. Siempre es una reunión, una comunidad o el pueblo de Dios. Sí se vale de la metáfora de una “casa” o edificio para hablar de la construcción de esta comunidad.
Siguiendo, entonces, la terminología de esta metáfora edilicia, los materiales con los cuales se construye la iglesia son seres humanos. Jesús usa como “piedras vivas” para construir su pueblo a aquellas personas que reconocen la autoridad del Mesías. Dios interviene directamente en este proceso, revelando la identidad de Jesús como el Mesías a personas como Pedro (Mateo 16.16), en la medida en que este apóstol pensara como los que “son como niños”. Debido a que Jesús habla de esta revelación a los que son “como niños” en Mateo 11.25-27, en los versículos siguientes se puede ver que éstas personas son a las que convoca a formar parte de su pueblo: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana” (Mateo 11.28-30)

Los ciudadanos de la iglesia verdadera aceptan el compromiso del aprendizaje.
Un término clave en esta invitación es la palabra “aprendan” (del verboaprender, manthanō en griego). Las personas a quienes Dios revela la identidad de Jesús como Mesías, los que son como niños, reciben esta invitación de “venir a Jesús” y aprender. Aunque están cansados, paradójicamente Jesús les ofrece un “yugo”, un compromiso.
En la cultura agropecuaria de Palestina en tiempos de Jesús, el yugo se colocaba en el cuello de un animal para que pudiera soportar cómodamente la carga que su amo le imponía. Si el yugo no se moldeaba a la fisonomía del animal, cuando éste hacía un esfuerzo se podía lastimar. El yugo, también en este caso del compromiso de “aprender de Jesús”, tenía que ser diseñado pensando en su receptor.
En tiempos de Jesús, “cargar el yugo de alguien” también significaba someterse a su autoridad como maestro. Por eso se habla, por ejemplo, del “yugo” de la ley de Moisés como algo que era imposible cumplir adecuadamente (Hechos 15.10). Asimismo, Jesús decía de otros maestros de la época que “atan cargas pesadas y las ponen sobre la espalda de los demás, pero ellos mismos no están dispuestos a mover ni un dedo para levantarlas” (Mateo 23.4). Eran maestros que no moldeaban sus enseñanzas a las personas que las recibían; tampoco enseñaban con el ejemplo.
En cambio, los que deciden someterse al compromiso de aprender a los pies de Jesús se acercan a aprender de uno “apacible y humilde de corazón”, cuyas enseñanzas reflejan su modelo de vida. Es solamente por el carácter de Jesús que el compromiso del yugo puede dar descanso a personas “cansadas y agobiadas”. Una lectura del Sermón del Monte (Mateo capítulos 5 al 7), no nos deja la impresión de enseñanzas fáciles de seguir sino más bien de un compromiso meditado y constante. Pero los que toman la decisión de incorporar a sus vidas estas enseñanzas encuentran que justamente están diseñadas para los que las aprenden. Son el “yugo suave”, que les calza bien. Estos aprendices construyen sobre una roca (Mateo 7.24-25), la cual les da vidas sólidas en medio de las pruebas de la vida: “descansan sus almas”. Con estas personas Jesús construye su iglesia.

La iglesia está compuesta de discípulos, personas que aprenden para obedecer.
La idea de acercarse al Maestro de esta manera, no se realiza una sola vez sino como forma de vida. Jesús vuelve a hablar del tema de aprender al cierre de Mateo y define más la clase de aprendizaje a la que se refiere, la del discípulo:
18 Jesús se acercó entonces a ellos y les dijo: Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. 19 Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20 enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo. (Mateo 28.18-20)

Lo que nos puede enseñar la gramática acerca de hacer discípulos.
En el griego original de estas palabras, se destacan algunas formas verbales: tres participios “yendo, bautizando, enseñando”, y un verbo principal, “hagan discípulos”. Los tres participios pueden traducirse al español como imperativos o bien como modos en que se realiza el claro imperativo de “hacer discípulos”. Por ejemplo, el verbo principal “hacer discípulos” requiere una iniciativa de parte de los primeros discípulos de Jesús. Es solamente “yendo” (traducido aquí como imperativo: “vayan”) que estos once hombres pueden hacer otros discípulos. Si traducimos el participio como “modo” pueden entenderse como “mientras van” a todas las naciones.
A continuación encontramos que la orden de “hacer discípulos” encierra dos partes: “bautizando” y luego “enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado”. Estos “participios” son modos de hacer discípulos que a la vez se entienden como imperativos: no son optativos. Es notable que el fin de “enseñar” no es “aprender” sino más bien “obedecer”. No se “aprenden” las enseñanzas de Jesús para solamente saberlas de memoria, sino para vivirlas: son órdenes que dan “descanso para el alma” cuando tenemos en claro quién es Jesús, el que tiene “toda autoridad”. Los que “oyen” y “ponen en práctica” sus palabras son los que construyen sobre la roca (Mateo 7.24), la misma roca donde Él construye su iglesia (Mateo 16.18). Estas son las personas que reconocen su autoridad de Mesías (7.24-29, 16.16-17, 28.18), son con quienes Él, apacible y humilde de corazón, estará siempre para guiarlos en su aprendizaje. Son sus discípulos, la Iglesia que Jesús sigue construyendo.
En la próxima entrega sobre la iglesia verdadera hablaremos más del paso de asumir el compromiso de ser discípulo de Jesús: el bautismo.

Parte 3: ¿Existe la iglesia verdadera?

Parte 3: ¿Existe la iglesia verdadera?

Lo que vimos hasta ahora.

En las dos primeras partes de la respuesta a esta pregunta vimos que la verdadera iglesia es la que Jesús construye. Iglesia (ekklesía = asamblea, reunión) se refiere al pueblo del Mesías congregado delante de Él en reconocimiento de su autoridad. El hombre que reconoce esa autoridad es una de las “piedras vivas” que Jesús usa en la “construcción” de su pueblo, siendo Él mismo la piedra principal. Para poder entender mejor la entrega de hoy, es aconsejable repasar las partes una y dos.

Cuando Dios revela al Hijo de Dios a las personas, Jesús puede comenzar la construcción de su Iglesia. 

El hecho de que una persona reconozca a Jesús como Mesías es obra de Dios. Cuando Simón Pedro confesó su fe, Jesús dijo “Dichoso, tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo” (Mateo 16.17-19) y a continuación encontramos las palabras de Jesús acerca de la construcción de su Iglesia. En otras palabras, es evidente que la Iglesia nace de la iniciativa de Dios Padre, ya que Él reveló la identidad de Jesús como Mesías a Pedro, y, como vimos, Jesús construye su Iglesia con personas como Pedro que reconocen su autoridad.

Recordemos que Mateo, en su evangelio, relata primeramente un momento en que Jesús presenta un concepto y luego muestra cómo Él lo desarrolla en otra oportunidad.  Aquí encontramos otro ejemplo de esta particularidad, porque anteriormente Jesús ya había hablado de la manera en que el Padre revela su voluntad a determinadas personas:

25 En aquel tiempo Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo escondido estas cosas de los sabios e instruidos, se las has revelado a los que son como niños. 26 Sí, Padre, porque esa fue tu buena voluntad.

27 »Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo
 
(Mateo 11.25-27)

¿A quiénes revela Dios “estas cosas”? 

En el 11.25 y 11.27 encontramos el mismo verbo “apokaluptō” (“revelar”) que luego se repite en el 16.17 donde Dios Padre revela la identidad del Hijo a Pedro. En el Nuevo Testamento siempre encontramos que es Dios o Jesús que “revela”. Por ejemplo, en el 11.25 vemos que es el Padre quien revela “estas cosas” a “los que son como niños” (literalmente “a los niños”); luego en el 11.27 vemos que el Hijo, por tener toda autoridad, también revela quién es a estas personas.

La “revelación” acerca de “estas cosas” es a los “niños” (11.25) es decir, aquellos que reconocen su necesidad espiritual, y están dispuestos a depender de lo que Dios revela en la persona de Jesús. Pedro, en sus mejores momentos, es uno de los que son como “niños”, a quienes Dios revela (16.17), que Jesús es su Hijo el Mesías. En cambio, los “niños” no son los espiritualmente autosuficientes que rechazan depender de Jesús por ser “sabios e instruidos” (11.25). ¿Quiénes son estos supuestos “sabios”?

“Sabios y entendidos” a quienes Dios no se revela.

Podemos deducir el significado de este término del contexto inmediato.

Justamente en el párrafo anterior Jesús deploró la situación de las ciudades donde, a pesar de haber visto los milagros que hizo, no se arrepintieron (11.20-24).  Cambiar de corazón y depender de Jesús como un niño, no es sólo una cuestión de estar frente a clara evidencia acerca de Quién es (Él). Se trata de una toma de decisión. En las ciudades nombradas presenciaron pruebas milagrosas pero a pesar de esto, sencillamente no quisieron cambiar. Prefirieron mantenerse “sabios y entendidos” a su manera. Jesús advirtió que para los habitantes de estas ciudades el día del juicio sería terrible.

¿Nuestra responsabilidad o la elección de Dios?

Podemos apreciar en el caso de estas ciudades un ejemplo de la responsabilidad humana ante el hecho de Jesús. Sin embargo, en el párrafo siguiente vemos la soberanía de Dios, quien revela su voluntad a quienes Él determine. En las Escrituras encontramos esta paradoja: por un lado somos responsables de nuestra manera de responder ante lo realidad de Jesús; por otro, Dios elige a quienes revelar la identidad de su Hijo. Estas dos verdades aparecen juntas aquí: por una parte nuestra responsabilidad, y por otra, la soberanía de Dios para elegir. ¿Cómo se resuelve esta dicotomía? Es que Dios elige revelarse a los que están dispuestos a ser como niños: por su estado de dependencia espiritual están dispuestos a confiar en la autoridad de Jesús. Si no abandonamos nuestra autosuficiencia con respecto a Dios, no reconoceremos la autoridad del Mesías. Dios no va a revelarla a nosotros.  Volverse como niños es una condición para confiar en el Rey Humiilde, el Mesías, e ingresar en su reino, la Iglesia (Mateo 18.1-3, Juan 3.3-5). Y a estas personas Dios revela quién es Jesús y el Hijo les extiende una invitación, la que encontramos en los versículos siguientes:

28 »Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. 29 Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. 30 Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana.» (Mateo 11.28-30)

Estas son las personas que aprenden de Jesús. Son sus discípulos, las “piedras vivas” que Él usa para construir su iglesia, su pueblo. Sobre estas personas veremos más en nuestra próxima entrega acerca de la iglesia verdadera.

Parte 2 ¿Existe la iglesia verdadera?

Parte 2 ¿Existe la iglesia verdadera?

¿Nunca leyó la Biblia en forma organizada? Anotándose en la Introducción al mensaje de la Biblia es una buena manera de comenzar. Es gratuita, amena y totalmente disponible on line o en forma presencial. Es fácil anotarse, pero si necesita ayuda, vea este video o escribir a consultas@bibliayteologia.org

Construir sobre la roca

En la primera parte de esta respuesta partimos de las palabras de Jesús, “Construiré mi iglesia”, y analizamos el significado de la palabra “iglesia”. Se llegó a la siguiente conclusión:

La iglesia que construirá Jesús, será su pueblo, sus discípulos: congregados en reconocimiento de su autoridad”. Esta definición se deduce tomando en cuenta tanto el significado de la palabra iglesia en griego (ekklesía = asamblea), como el contexto específico del evangelio de Mateo.

En la presente entrega, ampliaremos el contexto original de las palabras de Jesús para incluir la palabra “roca”: “Sobre esta roca construiré mi Iglesia”, y veremos que nuevamente el contexto general del evangelio de Mateo nos ayuda a entender a qué se refiere Jesús. La definición de esta palabra es importante, ya que si podemos identificar a la “roca” en estas palabras de Jesús, estaremos más cercanos a la posibilidad de seguir con su plan original de construcción.

Interpretaciones tradicionales 

Ahora nos remitimos al contexto inmediato, Mateo 16.18: “Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia”.

Dos posiciones tradicionales con respecto a la identidad de la “roca” la identifican como: 1) Pedro, o si no,
2) lo que Pedro acaba de confesar en Mateo 16.16: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. ¿Podemos optar por una de estas dos posiciones?

Consideremos nuevamente la frase en Mateo 16.18, donde Jesús dice, “Yo también te digo que tú eres Pedro (petros), y sobre esta roca (petra) edificaré mi iglesia”. Las palabras entre paréntesis, petros y petra, ambas signfican “piedra” o “roca” en griego, el idioma en el cual escribe Mateo. Por una parte, es evidente que, así como el evangelista relata el momento, Jesús hace un juego de palabras entre el nombre que Él elige para Pedro (quien originalmente se llamaba Simón) y la “roca”. Por otra, las palabras petros y petra, son diferentes, no comunican exactamente lo mismo en griego, a pesar de compartir la misma raíz; de manera que se dificulta la elección entre las dos interpretaciones mencionadas.

Construir sobre la roca: dos veces en Mateo

Para entender lo que Jesús quiso decir al asociar la “roca” de alguna manera con Pedro, es conveniente recordar la manera en que Mateo ha captado las ideas y palabras de Nuestro Señor a lo largo de su evangelio. En esta obra encontramos reiteradas veces ideas que se presentan en un momento y luego vuelven a desarrollarse en otro contexto del ministerio de Jesús. Aquí justamente encontramos uno de los ejemplos más claros de este fenómeno. La relación entre “construir” y “la piedra” o “roca” se presentan por primera vez al finalizar el Sermón del Monte en el capítulo 7.24-28. Allí la metáfora del hombre prudente o sabio introduce el concepto de aquel que “construye su casa sobre la roca”. En ambos casos, Mateo 7.24 y 25 y Mateo 16.18, el concepto es el mismo: construir sobre la roca (petra).

En el contexto de Mateo 7.24-29 el hombre prudente que construye sobre la roca es aquel que escucha y hace lo que Jesús dice, es decir, uno que realmente se propone vivir como su discípulo. Se trata del momento cuando Jesús acaba de pronunciar el Sermón del Monte a la gente y a sus discípulos; al finalizar, la multitud reconoce la autoridad de Jesús para enseñar (Mateo 7.28-29). Esta misma autoridad para enseñar es la idea clave con la cual Mateo cierra su relato de la vida y las palabras de Jesús como Mesías en el 28.19-20. El discípulo reconoce la autoridad de Jesús como Mesías y por lo tanto aprende a “obedecer todo lo que manda” (Mateo 28.20). Este llamado a la obediencia a las enseñanzas de Jesús es el mismo que se describe al final del Sermón del Monte; el que responde a este llamado describe al sabio que “construye” sobre la “roca”. De manera que la roca representa el reconocimiento de la autoridad de Jesús para enseñar: como Maestro, Él tiene la autoridad única y propia del Mesías.

¿Gibraltar o gelatina?

En el 16.16, tomando en cuenta el contexto global del pensamiento de Mateo, podemos considerar a Pedro como representativo del hombre sabio: reconoce en Jesús la autoridad inconfundible del Mesías al afirmar: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Este reconocimiento es la roca sobre la cual Jesús construye su Iglesia. Ella está compuesta de seres humanos prudentes y sabios como Pedro, dispuestos a construir sus vidas a los pies de Jesús el Mesías. Estas personas son su pueblo, su Iglesia, sus discípulos. Lectores atentos al evangelio, sin embargo, seguramente no llegarán a la conclusión de que la cualidad más característica del apóstol Pedro es la prudencia, o la sabiduría. Efectivamente, pocos renglones después, cuando él quiere estorbar la voluntad de Dios (16.21-22), Pedro pasa a representar a los que se oponen a Dios, incluso al gran jefe de la oposición, Satanás (16.23). Podríamos decir que Pedro en un instante deja de ser el hombre sabio que construye sobre la roca para convertirse en otro personaje, el tonto que oye a Jesús hablar pero no le hace caso (Mateo 7.26-27). Para realmente merecer el nombre de “Piedra”, tiene que aprender a vivir según las normas del Sermón del Monte en capítulos 5 al 7. Como muchos discípulos modernos de Jesús, más que una roca inamovible de Gibraltar, Pedro suele asemejarse más a una masa de gelatina.

Construir = formar discípulos

Las claras coincidencias entre estas dos instancias, en las que se recurre a la “construcción sobre la roca” para hablar de la respuesta a la autoridad de Jesús como Mesías, seguramente reflejan el propósito de Mateo al escribir . Esto es un ejemplo de la importancia de leer su evangelio en su totalidad para entender mejor las distintas partes que lo componen. En ambos casos, cuando se reconoce la autoridad de Jesús, Él construye su iglesia: suma a discípulos. Este reconocimiento es lo que encontramos en la confesión de Pedro en el 16.16. Al asumir el compromiso de reconocer que Jesús realmente es el Mesías, Pedro, representa al discípulo, el que construye su vida sobre el hecho de seguir a Jesús como Rey. Según la metáfora que Pedro mismo utiliza algunos años después, él sería una sola “piedra viva” 6 , que, unida a otras, se aferra a la piedra principal, Jesús, para llegar a ser un “templo”: metáfora que este apóstol usa para hablar de un pueblo que anuncia las maravillas de Dios (1 Pedro 2.4-10). De manera que ambas interpretaciones tradicionales de la “roca” en Mateo 16.18, (Pedro, o si no, su confesión) reflejan solamente en parte lo que Mateo quiso comunicar, ya que para una interpretación acertada es necesario tomar en cuenta el contexto total de su evangelio.

Hemos agregado un elemento a nuestra definición de la iglesia verdadera: ya habíamos visto que lo que se construye es la Iglesia de Jesús, el pueblo compuesto de sus discípulos, a quienes Él vino para salvar de sus pecados. Ahora vemos que si no estamos dispuestos a someternos a su autoridad y aprender a obedecer todo lo que Él enseñó (Mateo 28.18-20), no podemos ser parte de la iglesia que Él construye. En nuestra próxima entrega, veremos el elemento imprescindible para que ese proceso de construcción comience: la iniciativa de Dios.

Parte 1 ¿Existe la iglesia verdadera?

¿Nunca leyó la Biblia en forma organizada? Anotándose en la Introducción al mensaje de la Biblia es una buena manera de comenzar. Es gratuita, amena y totalmente disponible on line o en forma presencial. Es fácil anotarse, pero si necesita ayuda, vea este video o escribir a consultas@bibliayteologia.org
Ante la multiplicidad de religiones en la actualidad, no es sorprendente que muchas personas se hagan esta pregunta. La situacion religiosa actual es confusa y no contribuye a que depositemos nuestra confianza en ningún movimiento en particular. ¿Será posible que todas las iglesias afirmen ser la verdadera? Obviamente no todas la pueden ser y de este dilema nace la presente confusión que aleja a muchas personas de la posibilidad de practicar una religión.¿Donde buscar la respuesta?
Para poder responder a dudas de cualquier índole, ante todo es necesario decidir cuáles son las fuentes pertinentes de información que consideramos valideras y aceptables. En el caso del mundo denominado “cristiano”, la mayoría de las iglesias pretenden remontarse a un inicio común, pocos días después del ministerio terrenal de Jesús. Ya que este período se relata únicamente en el Nuevo Testamento, es en este documento donde podemos esperar encontrar una fuente de información fidedigna. Es allí, entonces, donde iremos para buscar datos acerca de la posibilidad de una “iglesia verdadera”.

La iglesia que construye Jesús
Consideremos primeramente estas palabras claves de Jesús: “Sobre esta piedra construiré mi Iglesia” (Mateo 16.18). Jesús hace esta promesa después de escuchar la declaración del apóstol Pedro quien lo acaba de reconocer como el Mesías, el Cristo (Mateo 16.15-16). Nos enteramos, pues, que Jesús, como Mesías, pensaba construir su iglesia; entonces parece lógico pensar que “la suya” debe ser la “verdadera”. Ahora, como segundo paso, buscaremos en el contexto original del evangelio de Mateo para entender qué es lo que Él quiso decir con esta frase, “sobre esta piedra construiré mi iglesia”. Hoy vamos a considerar el significado de la palabra “iglesia”; en la siguiente entrega de este blog, las palabras “piedra” y “construir”.

Una asamblea que incluso puede recordar la de una ciudad-estado
¿Qué significa para Mateo la palabra “iglesia”? En primer lugar, es necesario tomar en cuenta que Mateo, aunque escribe en griego, frecuentemente comunica conceptos hebraicos. El sentido básico en griego de la palabra “iglesia”, ekklesía, es reunión o asamblea. ¿Encontramos esta idea aquí? ¿“Construiré mi iglesia” puede de alguna manera significar “construiré mi asamblea”? ¿Y en esta frase se encuentra algún elemento subyacente del mundo hebraico del autor?

En primer lugar es necesario destacar que Mateo ,cuando escribe, alude permanentemente al Antiguo Testamento, puesto que se dirige en primera instancia a un público judío. En en la época del Nuevo Testamento, el judaísmo se había dispersado por todo el mundo mediterráneo; por esa razón Mateo escribe en griego, el idioma internacional. Con frecuencia él expresa sus ideas en términos empleados en la traducción al griego de las Escrituras Hebreas realizada unos dos siglos antes de Cristo, la “Septuaginta”. En esta versión del Antiguo Testamento la palabra “Iglesia” (ekklesía) se usa como cien veces para referirse a la “congregación” de Israel, reflejando la idea helenísta de la asamblea de los ciudadanos de una ciudad-estado.

Congregados para reconocer al Mesías
Específicamente, la Septuaginta usa ekklesía en pasajes como Jueces 20.2 para hablar de “la asamblea del pueblo de Dios”. En esta instancia todo el pueblo de Israel se ha reunido para buscar la voluntad de Dios ante una crisis nacional. Trasferido este ejemplo al contexto del evangelio de Mateo 16.18, “iglesia” puede entenderse, entonces, como todo el pueblo de Dios convocado ante Jesús para reconocer su autoridad como Mesías, el Cristo, así como recién lo ha hecho el apóstol Pedro (Mateo 16.15-16). El Pueblo de Dios del Antiguo Testamento será ahora el Pueblo del Mesías, es decir: la congregación reunida delante de Emanuel, “Dios con nosotros” (Mateo 1.23).

Iglesia, pueblo, discípulos…
Este “pueblo”, la Iglesia, reunida en reconocimiento del Mesías, será fruto de la misión mesiánica: “salvar a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1.21). Al final de Mateo, Jesús en vez de llamar a los integrantes de este pueblo, “mi Iglesia”, se refiere a ellos como “mis discipulos” (Mateo 28.18-20). Cuando Jesús habla en primera persona, encontramos “mi Iglesia”, “mis discípulos”; cuando se habla de Él en tercera persona, leemos “su pueblo”. El pronombre posesivo se repite en los tres casos, la iglesia, el pueblo, los discípulos: las tres agrupaciones son suyas y se refieren a lo mismo. La iglesia que construirá Jesús, será su pueblo, sus discípulos: congregados en reconocimiento de su autoridad. A diferencia del pueblo de Dios del Antiguo Testamento, Jesús determina que “sus” discípulos sean no solamente de Israel, sino más bien de “todas las naciones” (Mateo 28.18).

Así que, la congregación del pueblo de Dios, en el evangelio de Mateo, es la asamblea, la iglesia del Mesías, el Cristo, y ya no es de una sola nación, Israel. Está compuesta de personas de todas las naciones a quiénes el Mesías salva de sus pecados. Sobre esta salvación, hemos hablado anteriormente en la serie, “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, a la cual remitimos al lector.

En la próxima entrega consideraremos las palabras “construir” y “piedra” en la frase de Jesús, “Sobre esta piedra construiré mi iglesia”.

¡Agradecemos a Juan Carlos y a Yamil  por la pregunta que motivó esta serie! 

Parte 10 ¿Qué debo hacer para ser salvo? «Cree en el Señor Jesús y serás salvo tú y tu familia».

Volviendo a la Parte 1 de esta serie, recordemos que la pregunta, «¿Qué debo hacer para ser salvo?» fue formulada en Filipos, Macedonia en el primer siglo de nuestra era (Hechos de los Apóstoles, capítulo 16.30). Ahora volvemos a este contexto original para entender la respuesta: “Cree en el Señor Jesús, y serás salvo tú y tu familia”.

Salvación en Filipos ¿física o espiritual?

En entregas anteriores hemos visto que la salvación tiene un aspecto material (la vida física) y espiritual (la vida eterna) y que ambos planos suelen relacionarse entre sí. ¿De cuál aspecto de la salvación se trata en este caso?

A primera vista podríamos pensar que se trata de la salvación física. En el relato leemos de unos misioneros cristianos encarcelados quienes alababan al Señor desde la prisión, cuando de repente se produjo un terremoto, las puertas de la cárcel se abrieron y las cadenas se les cayeron (Hecho 16.26). El carcelero sabía que debía responder con su vida si un preso se escapaba; por eso desenvainó su espada y estaba a punto de quitarse la vida. No obstante, cuando los presos le aseguraron que todos todavía se encontraban dentro de la cárcel, él abandonó sus intenciones de suicido y preguntó, “¿qué debo hacer para ser salvo?” ¿Con estas palabras se refería solamente al hecho de asegurar que ningún preso escapara de la prisión, para así no perder su propia vida física? O ¿se refería a algo más?

“Siervos del Dios Altísimo que anuncian el camino de salvación”.

El resto del relato nos permite estar seguros de que el carcelero estaba pensando en la salvación eterna. Primero, recordemos que los misioneros cristianos estaban presos como consecuencia de haber expulsado de una joven esclava a un “espíritu de adivinación” el cual, posiblemente contra su propia voluntad, señalaba a los misioneros como “siervos del Dios Altísimo que … anuncian el camino de la salvación” (Hechos 16.17). Es decir, el espíritu, el cual percibía a estos portavoces del evangelio desde el plano espiritual, no simplemente material, entendía que la salvación que anunciaban no era solamente para salvar la vida física. Era un “camino de salvación”, es decir, algo que señalaba una forma de vida diferente, o como decía Jesús de sí mismo, “el camino para llegar al Padre” (Juan 14.6).

Como la joven poseída anduvo detrás de los misioneros durante varios días, señalándoles reiteradamente como siervos de Dios que comunicaban un mensaje divino, es muy probable que toda la ciudad, y seguramente el carcelero que terminó guardándolos en la prisión, sabía que su encarcelamiento surgió a raíz de que anunciaban “el camino de la salvación”.

Es posible que el carcelero, por la emoción del momento, no haya entendido del todo el alcance de su propia pregunta, pero al decir, “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, seguramente sabía que los hombres que estaban presos podían no sólo enseñar en qué consistía la salvación, sino también explicarle cómo alcanzarla.

¿Qué significa “creer”?

La respuesta a la pregunta “qué debo hacer para ser salvo” fue:
Cree en el Señor Jesús y serás salvo, tú y tu familia” (Hechos 16.31-32).

¿Qué quiere decir esta respuesta?

  1.  “Creer”. Si es necesario “creer” en el Señor Jesús para ser salvo”, es fundamental entender que esta palabra significa más que solamente afirmar que algo es verdad. “Creer” en griego del Nuevo Testamento es “pistéuo”, un verbo que significa “creer, tener fe o confianza, confiar, ser fiel”. “Creer”, entonces, incluye más que solamente considerar que algo es cierto. La fe sí inicialmente establece una creencia como verídica, pero «creer» quiere decir más que esto.
  2. La fe, la confianza se deposita en el “Señor Jesús”. En la respuesta encontramos «Cree en el Señor Jesús… y serás salvo» (16.31) En seguida los misioneros “le hablaron la palabra del Señor” al carcelero y su familia (16.32). ¿Por qué llamamos a Jesús “Señor”? Los Hechos de los Apóstoles, desde un primer momento, nos aclara que Jesús fue declarado “Señor y Mesías” porque Dios lo resucitó de entre los muertos (Hechos 2.22-36). Si uno no cree que Jesús murió y resucitó para salvarnos, que realmente venció la muerte y llegó a ser Señor, no posee una fe que conduce a la salvación eterna. El relato de Filipos no es el único caso de oyentes que llegan a creer en un solo Dios por la evidencia de la resurrección de Jesús (comparar Hechos 17.22-31, 1 Pedro 1.21). Seguramente, entonces, “hablarles la palabra del Señor” incluía explicar que hay un Dios Creador quien levantó a su Hijo Único de entre los muertos, haciéndolo Señor y Cristo. De hecho, como el carcelero seguramente era politeísta, necesitaba “creer en Dios” (Hechos 16.34) como parte de aceptar el “mensaje del Señor”.
  3.  Creer que Jesús es el Señor significa reconocer que él merece sumisión y obediencia de parte de los seres humanos. Más que solamente pensar que es cierto que Jesús murió por nosotros y resucitó, “creer” encierra también la idea de sumisión a su autoridad como Señor Resucitado, Mesías (Cristo) e Hijo de Dios (Hechos 2.36, Romanos 1.1-3). O, como se explica en la primera prédica pública cristiana, “arrepentirse de los pecados y bautizarse en el nombre de Jesucristo” (Hechos 2.36-38). Solo de esta manera uno “invoca el nombre del Señor para ser salvo” (Hechos 2.21; Hechos 22.16). Solamente así los seres humanos podemos tener los pecados perdonados y “ser salvos” (Hechos 2.37-40). Por eso, como consecuencia de la prédica en que por primera vez se anunció a Jesús como Señor, “los que recibieron el mensaje se bautizaron” ese mismo día (Hechos 2.41). Esta promesa de salvación por medio de una fe arrepentida en el momento de bautizarse era para “todos los que el Señor Nuestro Dios quiera llamar” (Hechos 2.38-39).
  4.  Es evidente que “creer en el Señor Jesús” y escuchar “la palabra del Señor” incluía estos elementos de fe inicial, arrepentimiento, invocación de su nombre y bautismo por lo que sucede a continuación:

 

  • a) Hubo arrepentimiento: la misma hora el carcelero les lavó los pies a los presos, dando así evidencia de un genuino cambio de corazón y actitud (Hechos 16.33).

 

  • b) Bautismo para el perdón los pecados. Los que “oyeron el mensaje” inmediatamente se bautizaron, de manera que podemos sacar como conclusión que el “mensaje del Señor” que se les habló claramente incluía la necesidad de bautizarse para “perdón de pecados” (Hechos 2.38), una promesa “para todos que Dios quiera llamar” (Hechos 2.39). Ya que se trata de una promesa universal, no debe sorprendernos ver su cumplimiento en este caso.

 

  • c) Solamente pudieron “alegrarse” por haber creído en Dios después de bautizarse (Hechos 16.33-34). En otras palabras, los elementos de fe inicial, arrepentimiento, invocación de Jesús como Señor y bautismo para el perdón de los pecados son todos incluidos en la idea de “creer en el Señor Jesús”.

Creer = Ser fiel.

¿Esto es todo lo que tenían que hacer estas personas en Filipos para alcanzar la salvación eterna? Recordemos que en griego “creer” significa también “ser fiel”. Por más que hayan creído en Jesús para ser salvos, arrepintiéndose de sus pecados y bautizándose en su nombre, solamente creen en el sentido más exacto del término si posteriormente “son fieles”. Por ejemplo, el Apocalipsis usa este mismo verbo de la siguiente manera, “fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2.10). Este versículo también podría traducirse: “creyente hasta la muerte y te daré la corona de la vida”. Esta traducción es posible porque el verbo en griego significa “creer, ser fiel, tener fe, confiar”. Es cierto que la fe en el poder de Dios salva a la persona en el momento de morir y resucitar con Jesús por medio del bautismo (Colosenses 2.12, 1 Pedro 3.21). No obstante, después de este nuevo nacimiento de agua y del Espíritu, el momento en que por fe uno comienza la vida eterna (Juan 3.3-16), el nuevo hijo de Dios debe vivir en fiel sumisión a Jesús durante toda su vida, “creyendo en el Señor Jesús para ser salvo”.

Parte 9: ¿Qué debo hacer para ser salvo? ¿En qué consiste la vida eterna?

Parte 9: ¿Qué debo hacer para ser salvo? ¿En qué consiste la vida eterna?

En la Parte 8 vimos que la Biblia habla tanto de la salvación en el plano física como en el espiritual. Además, mencionamos un aspecto espiritual de la salvación que a veces se ignora: es eterna. ¿En qué consiste lo eterno? ¿Y por qué, si indagamos más a fondo en la Biblia, encontramos que salvar la vida se refiere a la salvación eterna? En otras palabras, ¿por qué la esencia de la salvación involucra la eternidad?

¿En qué consiste lo eterno? Primero, consideremos que el concepto de lo eterno no es algo que conozcamos por medio de evidencia empírica. Todo lo que en este mundo percibimos por los cinco sentidos tuvo un comienzo, es finito, y por lo tanto, no es eterno. La astronomía puede detectar evidencia que remonta a miles de millones de años, casi hasta el inicio del universo. Algunos científicos también proyectan su final en un futuro muy remoto, olvidando que el Creador llamará al cosmos a su consumación en el momento que Él disponga. Aquellos hombres que conciben del universo como eventualmente finito, postulan que no es eterno. Es decir, evidentemente por medio de nuestras propias experiencias y mediciones humanas la idea de la eternidad no es algo que naturalmente se nos ocurriría.

La eternidad: una huella digital del Creador en la mente humana.

La matemática y la lógica nos traen el concepto de lo infinito, ¿pero percibimos empíricamente algo que no tenga fin en la naturaleza? Si como raza no es nuestra propia realidad existencial lo que introduce el concepto de lo eterno en nuestras mentes, ¿de dónde proviene? “En su momento, Dios todo lo hizo hermoso, y puso en el corazón de los mortales la noción de la eternidad, aunque éstos no llegan a comprender en su totalidad lo hecho por Dios” (Eclesiastés 3.11).2 El Creador puso en la mente humana el concepto de la eternidad, “lo infinito”. Quedó como una huella digital en la mente de la criatura hecha a su imagen. Sólo Él naturalmente podría conocer lo eterno, ya que por su naturaleza Dios no tiene principio o fin. La vida eterna, por lo tanto, es la clase de vida que caracteriza a Dios.

La encarnación de lo eterno.

Cuando “la Palabra” preexistente “que estaba con Dios y es Dios….se hizo carne” en un hombre, Jesucristo (Juan 1.1, 14, 17), la vida eterna se manifestó en medio del mundo material (1 Juan 1.1-2). Sólo por medio de aquella vida humana, en un momento en la historia, determinados seres humanos afirmaron haber conocido lo eterno por “nuestras manos ….nuestros ojos” (1 Juan 1.1-2). El testimonio de estos testigos, su conocimiento personal, se transmite hasta el día de hoy por medio del evangelio. En Jesús se dio a conocer evidencia empírica de la Persona de Dios. En la Biblia los datos registrados acerca de Él están al alcance de todos.

La definición de Jesús de la vida eterna: conocer a Dios y a Jesús Mismo. 

Si la vida eterna es la clase de vida que caracteriza a Dios, no debe sorprendernos la siguiente definición pronunciada por Jesús la noche que fue entregado, mientras oraba al Padre: “La vida eterna consiste en que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo que Tú enviaste” (Juan 17.3).

Llama la atención que por más que entendamos la vida eterna como existencia sin fin, Jesús la define más bien como una relación: conocer al Padre y al Hijo. Lo eterno es propio de Dios, y como consecuencia, compartir una relación con Él, “conocerlo”, es definición de la vida eterna. Y ya que Dios es Espíritu (Juan 4.24), conocerlo a Él, lógicamente nos afecta espiritualmente, ¿pero también puede afectarnos en el plano físico? Si la vida eterna se manifestó de manera tangible en la persona de Jesucristo, (1 Juan 1.1-2) no debe sorprendernos si una relación con Él comienza no en el más allá sino ahora. Ya que la vida eterna se manifestó en este mundo, no es asombroso si podemos comenzar a vivirla aquí.

La vida eterna, conocer a Dios, se manifiesta en el aquí y ahora.

Muchas veces las palabras “vida eterna” nos traen a la mente vivir en el paraíso, el cielo, en presencia de Dios, el Hijo y sus ángeles, junto con aquellas personas afortunadas que alcancen la gloria celestial. Es decir, solemos suponer que la “vida eterna” tiene que ver con “conocer a Dios y a Jesucristo” en el sentido de ser aprobados frente al trono divino en el más allá. Si bien la Biblia afirma este aspecto futuro de la vida eterna, también insiste en otro que pertenece al presente: la persona que cree en Jesús “tiene vida eterna” y “ya ha pasado de la muerte a la vida” (Juan 3.36, 5.24). En las entregas siguientes hablaremos de lo que significa “creer” para tener vida eterna, y, veremos por qué la vida eterna es una realidad que comienza en el aquí y ahora, no solamente después de dejar nuestra presente vida terrenal. De hecho, veremos que si no comienza ahora, después será tarde. ¿Cómo podemos conocer a Dios y así comenzar la relación con El que nos permite ingresar ya en la vida eterna? De este aspecto de “qué debo hacer para ser salvo” comenzaremos a hablar en la próxima entrega.

Parte 8: ¿Qué debo hacer para ser salvo? A diferencia de un tratamiento que salva físicamente, la salvación en el plano espiritual es eterna.

Salvación experimentada en dos facetas diferentes de una misma realidad.  

En entregas anteriores sobre la pregunta ¿Qué debo hacer para ser salvo?, vimos que en las diversas obras que componen la Biblia sus autores suelen hablar de la “salvación” en el contexto de situaciones cotidianas y problemas concretos. Por ejemplo, uno se salva de una enfermedad, un enemigo personal, una invasión extranjera, un peligro mortal en alta mar e incluso la muerte misma. La salvación en un contexto puede ayudarnos a entenderla en otro. Por ejemplo, un salmista rodeado por personas que quieren hacerle daño se dirige a Dios de la siguiente manera: “Señor, tú eres mi Dios y mi Salvador. tú eres como un casco que protege mi cabeza cuando estoy en la batalla” (Salmo 140.7). Salvarse siempre encierra la idea de liberarse de algún peligro—sea protección de la cabeza contra golpes mortales o liberación de las malas intenciones de las personas.

Jesús y la salvación integral. 

Existe un nexo indisoluble entre lo que podemos llamar salvación visible y la posibilidad de salvarse espiritualmente. Forman dos facetas de una misma realidad. Por eso, en los evangelios, un milagro de curación provee el contexto en el cual por primera vez Jesús habla de “perdonar pecados”: sana a un paralítico, como evidencia visible de que tiene el invisible poder espiritual de perdonar a los pecados (Marcos 2.1-12). Luego, se presenta como un Médico que viene a “llamar a los pecadores al arrepentimiento” (Marcos 2.13-17, Lucas 5.31-32). De esta manera el evangelio pinta el “pecado” como una enfermedad espiritual de la cual Jesús puede curarnos por medio del perdón.

Por lo tanto es necesario afirmar que el pecado es una condición espiritual tan real como la enfermedad corporal, y como tal, exige imperiosamente nuestra atención tanto como se combate cualquier mal físico. Esta condición maligna delimita la misión de Jesús: Él vino para “llamar a los pecadores”; “salva a su pueblo de sus pecados”. O como dijo el apóstol Pablo, “Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1.15). Ya que esta enfermedad espiritual de la humanidad es lo que motivó la venida de Jesús al mundo, no es, entonces, un asunto menor. Esta necesidad humana impulsó al Hijo de Dios a hacerse hombre. Es menester que captemos que la peligrosidad del pecado no es menos real que el riesgo mortal que viven los hombres salvados del naufragio en Hechos capítulo 27, ni menos debilitante que el parálisis del hombre rengo sanado en Hechos capítulo 3. ¿En qué consiste este peligro?

El peligro de la muerte espiritual. 

El apóstol Pablo definió la amenaza que encierra el pecado de la siguiente manera: “Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron” (Romanos 5.12). Evidentemente Pablo aquí usa la palabra “muerte” de una manera que alcanza tanto el plano físico como el espiritual. En primer lugar, la muerte física entró en el mundo cuando la primera pareja humana pecó (Génesis, capítulo 3), ya que debida a su desobediencia la humanidad se volvió mortal. Luego, la “muerte” se transmite a todo ser humano en el momento en que cada uno peca, aquí refiriéndose a la muerte espiritual. El pecado, por definirse como la “infracción de la ley”, solamente existe cuando ocurre un acto de desobediencia. Al desobedecer, uno se aleja de la voluntad de Dios, el Dador de la vida y muere espiritualmente. Veamos como Pablo describe el momento de su propia “muerte” espiritual.

Pablo recuerda el momento cuando él mismo “murió”. 

Hubo un tiempo en que, sin la ley, yo tenía vida; pero cuando vino el mandamiento, cobró vida el pecado, y yo morí” (Romanos 7.9). La frase “yo tenía vida” se refiere evidentemente a la condición de “vida espiritual” que Pablo poseía “sin la ley”, es decir, antes de darse cuenta de la existencia de la ley. En otras palabras, en aquel tiempo, seguramente antes de llegar a una edad de poder distinguir entre el bien y el mal, él no podía infringir la ley divina, porque aún no tenía conciencia de su existencia. El apóstol, en su propio caso, pone como ejemplo el mandamiento “no codiciarás” (Romanos 7.7-8). Cuando él llegó a un punto en su vida en que realmente cobró conciencia de este mandamiento, lo desobedeció y “murió” (Romanos 7.9). Es decir, “murió” en un sentido espiritual, puesto que obviamente un hombre físicamente muerto no es capaz de registrar por escrito el momento de su muerte natural. Pablo todavía estaba vivo físicamente para poder escribir acerca de lo que pasó, aunque en el sentido espiritual podía decir, “yo morí”.

Por medio de este ejemplo vemos que los dos conceptos, “muerte física” y “muerte espiritual”, se encuentran en la Biblia, aunque las Escrituras simplemente emplean el término “muerte” indistintamente en ambos casos. Al no manifestar abiertamente la evidente dicotomía entre ambas acepciones de “muerte”, ¿será que la Palabra de Dios quiere que captemos que lo que sucede en el plano espiritual no es menos real que lo que sucede en el físico? Por ejemplo, un Mesías que sana físicamente a un paralítico con sólo decir, “levántate, toma tu camilla y anda”, de esta manera da evidencia fehaciente de que en realidad primero salvó espiritualmente al mismo hombre al decirle, “tus pecados están perdonados”.

Entender esta unión entre lo físico y lo espiritual, como componentes de una misma realidad, es primordial para entender cómo Jesús nos salva de nuestros pecados. Veremos que a diferencia de un tratamiento que salva físicamente, la salvación en el plano espiritual es eterna.  Sobre esto hablaremos más en la próxima entrega acerca de esta pregunta, “¿Qué debo hacer para ser salvo?”

¿Desea profundizar más sobre la existencia del plano espiritual? Recomendamos el curso: “En busca de la espiritualidad”.

Parte 7: ¿Qué debo hacer para ser salvo? La definición del pecado en la Biblia y en la sociedad.

Parte 7: ¿Qué debo hacer para ser salvo? La definición del pecado en la Biblia y en la sociedad.

Vimos anteriormente que la misión del Mesías es “salvar a su pueblo de sus pecados”, por lo que tenemos que preguntarnos: ¿en qué consiste el pecado? Por ejemplo, llama la atención que los evangelios suelen mencionar juntos a los “cobradores de impuestos y pecadores”. En la Parte 6 de ¿Qué debo hacer para ser salvo? mencionamos que los cobradores de impuestos en la época de Jesús eran “pecadores notorios” simplemente porque su condición pecaminosa era muy visible ante los ojos de la sociedad. ¿A qué se debe esta visibilidad? ¿Su “pecado” era peor que el de otras personas?

Funcionarios públicos deshonestos, traidores. 

En primer lugar, los cobradores de impuestos tenían fama de ser deshonestos, ya que solían cobrar de más y quedarse con la diferencia. Por ejemplo, el cobrador Zaqueo, en el momento de su conversión, reconoció que antes había sido deshonesto (Lucas 19.6-8). Es decir, las personas que ejercían este oficio abusaban de su posición como funcionarios públicos. Además, ya que eran judíos que trabajaban para el gobierno romano, la gente los veía como traidores. Estos factores contribuían a su visibilidad como pecadores, pero no nos definen el término “pecado”, el cual veremos a continuación.

La definición del pecado en la Biblia… y en el léxico popular. 

Uno comete pecado si infringe o quebranta la ley (1 Juan 3.4). Los maestros religiosos de Israel contemporáneos de Jesús, por “ley de Dios” correctamente entendían no solamente los Diez Mandamientos y las otras enseñanzas morales de la Ley de Moisés, sino también sus aspectos rituales y ceremoniales. Sin embargo, erraban al considerar que las tradiciones religiosas populares integraban la ley divina. Debido a estas mismas tradiciones solían chocar con Jesús (ver Marcos 7.1-23). Él, al dar a conocer en qué consistía el pecado, iba más al fondo de la cuestión, ya que lo percibía como un problema del corazón, una enfermedad espiritual que alejaba al ser humano de Dios y su voluntad: por eso el pecado infringe la ley divina. El Nuevo Testamento nos enseña que esta condición espiritual afecta a todo ser humano cuando alcanza una edad de ser responsable de sus acciones (ver por ejemplo Romanos 3.23, 5.12, 7.9-10). Puesto que afecta a toda persona consciente, es una condición casi universal (quedarían exentos, por ejemplo, los bebés). Por lo tanto, distinguir solamente a ciertos sectores sociales como “pecadores”, entre ellos los “cobradores de impuestos”, no es acorde con el concepto bíblico del pecado. ¿Por qué, entonces, en la sociedad judía en tiempos de Jesús sí se solían hacer tales diferenciaciones?

¿En qué sentido para la mentalidad popular los cobradores de impuestos sobresalían como “pecadores”? 

Sencillamente, había algunos sectores sociales que se veían como más pecaminosos por sus decisiones de vida. Por ejemplo, además de la habitual deshonestidad de los cobradores, su pecaminosidad era también una cuestión de impureza ceremonial. En la sociedad de la época en que vivía Jesús, un judío que entraba en contacto con los no judíos («gentiles»), u otras personas ceremonialmente “impuras”, se contaminaban y no podía participar de las ceremonias del judaísmo hasta no cumplir con un rito de purificación. El cumplimiento riguroso de los preceptos de ley de Moisés, y las tradiciones que la acompañaba, en la creencia popular aseguraba un estado de pureza ceremonial; por lo tanto, los que no se adherían a la ley, como los no los gentiles, estaban “impuros”. Entrar en contacto con tales personas transmitía la misma condición de impureza. Por este motivo, los sacerdotes que llevaron a Jesús al pretorio para ser interrogado por el gobernador romano Pilato, no quisieron entrar, ya que se trataba de un lugar profano, al ser frecuentado por gentiles. No querían contaminarse, porque deseaban participar de la fiesta de Pascua el día siguiente (Juan 18.28). En cambio, los cobradores de impuestos eran judíos que trabajaban para los romanos y como consecuencia, estaban permanentemente en contacto con gentiles. Por eso, vivían en un estado de impureza ceremonial frente a la ley mosaica. Es decir, por su mismo oficio demostraba públicamente un aparente desprecio hacia las leyes de Dios. Como consecuencia, la sociedad judía de la época evidentemente colocaban a los cobradores a un mismo nivel moral que las prostitutas (ver Mateo 21.31-32, Lucas 18.9-14). Sin embargo, Jesús notó que personas que pertenecían a estos dos “oficios” solían reconocer más fácilmente su necesidad de arrepentirse. Frecuentemente eran más sensibles al mensaje del reino de Dios que las personas religiosas, cuyas faltas, por ser menos notorias, quizás quedaran inadvertidas ante los ojos de los hombres. Y al contar con la aprobación de los demás, a veces las personas hasta el día de hoy no se sienten motivados a examinar su propio corazón. Jesús vino para llamar a los pecadores, pero solamente las personas que reconocen su enfermedad espiritual son capaces de escuchar su llamado.

Parte 6: “¿Qué debo hacer para salvo? La misión del Mesías en el evangelio de Mateo».

Salvarse como liberación de los enemigos.    

Antes en esta serie de notas vimos que una de las acepciones más comunes de la idea de salvar en el Antiguo Testamento es la de liberación del poder de una nación enemiga. Por ejemplo, los “jueces” de Israel salvan al pueblo de naciones invasoras. El profeta Isaías, a su vez, habla de la manera en que Dios libera a Israel de los ejércitos de Siria y Samaria.

El éxito militar en la historia de Israel en la Biblia seguramente alcanza su punto culminante con el Rey David, unos mil años antes de Jesús. Este rey no sólo salva a Israel de la amenaza de los filisteos, la mayor amenaza extranjera de la época, sino también él conquista nuevos territorios, llevando las fronteras israelitas a su máxima extensión geográfica.

El comienzo de la esperanza mesiánica.

Dios promete a David, “tu trono estará firme, eternamente”, palabras que inmediatamente se interpretan como el establecimiento eterno de la “casa” de David, la dinastía que él inició (2 Samuel 7.12-16, 27-29, 22.51). Profecías posteriores incluso hablan de uno de sus descendientes como un futuro “David” (p. ej. Ezequiel 34.23), es decir, el “Mesías”. Por lo tanto, siglos después, la esperanza popular en la época de Jesús es que la llegada del Mesías liberará a los judíos de su condición de pueblo vasallo en el Imperio Romano. Esta expectativa tiene su origen en la manera en que Dios anteriormente ha salvado a su pueblo durante siglos por medio de los “jueces”, reyes y especialmente, diez siglos antes por medio de David.

El pueblo espera otro tipo de liberación. 

Si imaginamos que somos ciudadanos comunes de Judea del siglo primero, súbditos involuntarios de Roma, ¿cómo nos impactará la idea que el Mesías “salvará a su pueblo de sus pecados”? (Mateo 1.21) Seguramente no es el tipo de liberación que estamos esperando y por eso, Mateo, al comienzo de su evangelio, aclara que la salvación tiene que ver con ser salvados de los pecados, no con una liberación geopolítica.

Empezar a entender la salvación desde el contexto de Mateo.

¿Qué significa ser “salvados de los pecados”? El mismo evangelio de Mateo ayuda a esbozar una respuesta. Como hemos visto en otros textos, en este evangelio el verbo “salvar” (sotso) puede referirse a salvarse de un inminente peligro natural (Mateo 8.23-27), sanarse de una enfermedad (Mateo 9.20-22) o salvar la vida física misma (Mateo 24.22).

El pecado como una enfermedad espiritual. 

Sin embargo, cuando se trata de la manera en que el Mesías “salva a su pueblo de sus pecados”, Mateo aclara que este tipo de salvación es por medio del perdón, un hecho que se clarifica cuando Jesús demuestra su autoridad para “perdonar pecados aquí sobre la tierra” (Mateo 9.1-8). En este relato de la curación de un paralítico, Jesús, por medio del poder visible de sanar a un enfermo, demuestra su autoridad invisible para perdonar pecados. En el párrafo siguiente se refuerza esta idea, ya que inmediatamente después Jesús llama como discípulo a Mateo mismo, a pesar de que éste pertenece a un notorio sector de “pecadores”. Al elegirlo, Jesús demuestra que el Mesías es una especie de médico que ha venido para los enfermos espirituales: “No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos …. no he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mateo 9.9-12). En este contexto el evangelio presenta, entonces, el “pecado” como una condición de enfermedad espiritual: el llamado de parte de Jesús es el primer paso de la salvación/curación. Este llamado, aclara el evangelista Lucas, invita dar el siguiente paso: “el arrepentimiento” (Lucas 5.32).

Por otra parte, hemos visto que la salvación puede referirse a liberación. Este aspecto liberador se evidencia cuando Jesús puntualiza que su misión es dar su propia vida como “rescate por muchos” (Mateo 20.28). Aquí el concepto de “salvación/liberación” está presente en la misión del Mesías presentada como un “rescate”, pero ya no en el ámbito militar, sino en el plano espiritual. En un momento culminante, a la mesa durante la última cena con sus discípulos, Jesús vuelve a hablar de dar su vida como “rescate” por muchos: la copa es “su sangre derramada por muchos para el perdón de pecados” (Mateo 26.27-28). La sangre derramada, el rescate, trae perdón de pecados, es decir, salvación. Así el Mesías “salva a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1.23). ¿Entienden los lectores originales de Mateo todo lo que involucra este tipo de salvación? Veremos este punto en la próxima entrega de “preguntas y respuestas».

Parte 5: ¿Qué debo hacer para hacer salvo? Salvación del peligro físico y en el plano espiritual.

En la parte 4 de esta serie vimos que en los Hechos de los Apóstoles el verbo “salvar” (sotso en griego) puede usarse para sanar o salvar la vida física, como por ejemplo en la curación de un hombre rengo o el relato de los pasajeros de un barco, y su tripulación, quienes sobreviven un naufragio llegando “sanos y salvos” a tierra. Es decir, la salvación en primera instancia para referirse a una realidad física, visible, tangible.

Asimismo, en la parte 3 vimos el concepto del “salvador” en la historia del Antiguo Testamento: Dios manda a un caudillo para salvar o liberar a su pueblo de naciones opresoras. Esta figura es alguien como San Martín en la historia argentina: un libertador. Los “libertadores” o “salvadores” en el Antiguo Testamento se llaman “jueces”. Los relatos que describen sus hazañas salvadoras abarcan varios siglos.

La idea de salvación de pueblos enemigos continúa en el siguiente período, el de los reyes de Israel y Judá. Por ejemplo, unos siete siglos antes de Cristo, el reino de Judá vive la amenaza de una invasión militar de parte de dos pueblos vecinos, Samaria y Siria. Dios envía al profeta Isaías para hablar con el rey de Judá, Acaz, prometiéndole una señal de que el pueblo será salvado de estas dos naciones enemigas. La señal prometida es el embarazo inminente de una joven y la presencia física de su hijo ante los ojos del rey Acaz. Se desconoce la identidad de la jóven; algunos consideran que se trata de la esposa del rey, otros, la esposa del mismo profeta Isaías (basándose en Isaías 8.18). Lo importante es que el niño que nace es una señal para el rey que lo ve crecer:  “antes de que el niño sepa elegir lo bueno y rechazar lo malo, la tierra de los dos reyes que tú temes quedará abandonada” (Isaías 7.16). Es decir, antes de que el niño tenga uso de razón (“saber elegir lo bueno y rechazar lo malo”), los países enemigos dejarán de representar un peligro para Judá. Efectivamente, unos tres años después (731 a.C.) Siria fue derrotada por los asirios y unos diez años después (721 a.C.) Samaria corre una suerte parecida. Isaías da a entender que Dios está presente para salvar a su pueblo, valiéndose de los asirios, a quienes Él permite conquistar a los enemigos de Judá. Esta presencia activa de Dios para salvar a su pueblo explica el nombre del niño/señal: Emanuel, que significa “Dios con nosotros”.

En el Nuevo Testamento, este ejemplo de liberación de una amenaza militar, es decir salvación de una realidad física, se cita para enfatizar que Dios también salva en el plano espiritual. Mateo cita al profeta Isaías porque otra vez el nacimiento de un niño será una señal del poder de Dios para salvar a su pueblo. Tres veces se menciona el nombre del niño. Primero, el niño se llamará “Jesús” (que significa “Yahvé salva”), porque “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1.21). Luego, vemos que se llamará “Emanuel” (Mateo 1.23), haciendo alusión a la historia del niño nacido en tiempos del Rey Acaz y citando a Isaías 7.14. En esta cita lo llamativo es que ahora es una virgen que da a luz el niño. Finalmente leemos que José “le puso por nombre Jesús” (Mateo 1.25).

El hecho de repetir tres veces la frase “llamarle por nombre…” en este orden es ejemplo de un “quiasmo” 2 o estructura invertida, un recurso literario común en la Biblia. La inversión se ve en: Jesús, Emanuel, Jesús (A-B-A). Esta estructura sirve para identificar y enfatizar una misma realidad: Jesús es Dios con nosotros, presente ya no para salvar a su pueblo de una invasión extranjera. Aquí la salvación ya pasa al plano espiritual. Dios, presente en Jesús, salvará a su pueblo de sus pecados.

La definición del término “pecado”, y por qué representa un peligro para la vida humana, será el tema de la próxima entrega de “preguntas y respuestas”.

Teología escatológica del momento actual. ¿Trompetas?

Teología escatológica del momento actual. ¿Trompetas?

Alrededor del 2010 comenzaron a circular videos en Youtube acerca de sonidos extraños que se interpretan como “trompetas”. Una de las versiones más recientes de este video se refiere al sonido como un “hum” (zumbido) y plantea si estas singulares vibraciones no serán las “siete trompetas del Apocalipsis”. Llama la atención que estos videos no aparecen en los noticieros de medios masivos. ¿Los consideran podo serios? Son llamativos por su carácter misterioso y sensacionalista; no obstante, hace un par de años, uno de ellos, subido a Internet en la Argentina fue cuidadosamente desmentido, no dejando duda que se trataba de un fraude. Da par pensar el trabajo técnico minucioso que se requiere no sólo armar semejante engaño sino también para desenmascararlo.

Uno no deja de preguntarse acerca de la verdadera motivación de los autores de semejantes videos. ¿Nacen del deseo de convencer acerca de una interpretación dada? ¿Son simples bromas? ¿Qué pasará si las personas condicionan su fe en la segunda venida de Jesús a la supuesta veracidad de estos videos y otras “pruebas” actuales? Si estos internautas quedan desilusionados en cuanto a esta evidencia moderna, ¿quedará afectada su fe en el Señor? Ya que lo que está en juego se trata de nada menos que la fe de los creyentes en Jesús, es conveniente detenernos a pensar primeramente en el carácter simbólico del Apocalipsis y, luego, desde esta perspectiva, preguntarnos qué significan las siete trompetas de esta profecía del Apóstol Juan.

Una profecía comunicada por medio de señales.

Desde el vamos en Apocalipsis 1.1, Juan recurre a un verbo “semaino” que se traduce como “indicar, dar a entender, dar a conocer” según la Sociedades Bíblicas Unidas. -Este primer versículo del libro se traduce en la Biblia de las Américas de la siguiente manera: «La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la dio a conocer, enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan”. En esta versión, la frase “dio a conocer” traduce el verbo “semaino”. Es necesario aclarar que este verbo también puede traducirse como “dar a conocer por medio de señales”. El Diccionario griego-español Vox registra las siguientes posibilidades: “señalar, indicar, apuntar; dar señal (a alguien de hacer algo); hacer señales; declarar, interpretar, explicar, referir; significar”. El verbo tiene la misma raíz que el sustantivo semeion (señal, signo), un término importante para el apóstol Juan en su Evangelio. Allí, por ejemplo, cuando Jesús devuelve la visión a un ciego (Juan, capítulo 9) es una “señal” de algo más profundo: “Jesús es la luz del mundo” (Juan 8.12) quien abre nuestros ojos espirituales para creer en el Hijo de Dios. Cuando llegamos al Apocalipsis, ya aprendimos que recurrir a “señales” para comunicar una verdad no es nada nuevo, ni para Jesús (Juan 6.26), ni para su apóstol, Juan.

Entonces, por más que el verbo semaino puede significar sencillamente “dar a conocer”, en Apocalipsis 1.1 el Señor probablemente quiere decir “comunicar por señales” a sus “siervos”. ¿Por cuál de los significados tendríamos que optar?

Afortunadamente, como suele ocurrir en el Apocalipsis en este versículo se encuentra una clara alusión a un evento del Antiguo Testamento, en este caso a Daniel, capitulo 2. El comentarista G. K. Beale ha demostrado que Apocalipsis 1.1 nos lleva directamente a Daniel 2.28-30, y 2.45 en la Septuaginta, la traducción al griego del Antiguo Testamento que circulaba en el siglo primero de nuestra era. El apóstol Juan con frecuencia recurre a la Septuaginta en sus alusiones al Antiguo Testamento en el Apocalipsis. En el capítulo 2 el Rey Nabucodonosor ha soñado con una estatua compuesta de cuatro materiales diferentes. Parte de la interpretación del sueño se encuentra en Daniel 2.45, donde el griego de la Sepuaginta puede traducirse de la siguiente manera:

“Así como viste desprenderse del monte, sin intervención de mano humana, la piedra que redujo a polvo el hierro, el bronce, la arcilla, la plata y el oro, El Dios grande //ha dado a conocer (o) ha comunicado con señales// al rey las cosas que serán en los últimos días.”

En esta cita las dos opciones para traducir “semaino” aparecen entre barras dobles : // //.

Otra frase en el 1.1 del Apocalipsis, “las cosas que deben suceder pronto”, reproducen exactamente las palabras “las cosas que deben suceder en los últimos días” en Daniel 2.28 y 2.30 en la Septuaginta, salvo que Juan introduce un importante cambio: estas cosas deben suceder “pronto”. Lo que iba a suceder en los “últimos días» desde la perspectiva de Daniel debe suceder “pronto” en la época de Juan. Es que los “últimos tiempos” son los que comienzan a partir de la resurrección de Jesús, y Juan, quien escribe varias décadas después de este inicio, sabe que el tiempo del cumplimiento “está cerca” (Apocalipsis 1.3). Jesús durante su vida anunciaba un reino que “se ha acercado” (Marcos 1.15, Biblia de las Américas). En cambio, en el momento en que Juan escribe, por haber resucitado Jesús efectivamente ya “hizo” el reino (Apocalipsis 1.6).

Elementos de un sueño, y de una visión, que comunican simbólicamente la realidad. 

Continuamos comparando Apocalipsis 1.1 con el sueño de Nabucodonosor (Daniel capítulo 2). En el contexto de este sueño, la estatua y la piedra que la pulveriza símbolizan (“señalan, comunican por señales”) reinos humanos que son vencidos por el reino de Dios (ver la explicación en Daniel 2.31-45). No son ni una estatua ni una piedra literales. Por eso, podemos sostener que es viable la traducción “Dios ha comunicado con señales al rey las cosas que serán en los últimos tiempos” de Daniel 2.45. La estatua del sueño no existió literalmente; fue un elemento relevante del sueño de Nabucodonosor; éste y los demás elementos del sueño tienen un significado simbólico que el profeta Daniel se ocupa de explicarle al Rey: en los últimos tiempos llegará el reino de Dios que conquistará a los reinos de los hombres. En cambio, en el momento en que se recibe la visión del Apocalipsis, el reino de Dios ya se ha acercado; Jesús ya ha creado y un reino de “sacerdotes” (su Iglesia) (Apocalipsis 1.6). Ahora falta solamente que Él juzgue definitivamente con su poder soberano cuando venga “en las nubes” (Apocalipsis 1.7) cuando Él se siente en su trono para juzgar (Mateo 25.31). Es de este estado del reino de Dios que se habla en el Apocalipsis. Lo que son los “últimos días” para Nabucodonosor, en la época de Juan ya es “pronto”.

Basándonos en esta interpretación claramente simbólica de Daniel 2, a la que se alude directamente en Apocalipsis 1.1, podemos afirmar que desde su inicio la profecía de Juan comunica la palabra de Dios por medio de símbolos. En otras palabras, la linea recta a Daniel 2 en el capítulo 1.1 de Apocalipsis, señala la intención de la profecía de darse a conocer de esta manera: “comunicando con señales”. Es más, Juan aclara que él escribe “en lenguaje espiritual” (Apocalipsis 11.7), es decir, no literal.

¿Cómo afecta este hecho la manera de interpretar las “trompetas” del Apocalipsis? Recordando que Apocalipsis se da a conocer simbólicamente conforme el modelo de Daniel 2, sencillamente no tenemos por qué pensar que habrá trompetazos más literales que la estatua y la piedra del sueño de Nabucodonosor. Así como Dios “señaló”, habló por signos, a Nabucodonosor, ahora “señala”, habla por signos, “a sus siervos”. Por lo tanto, desde la perspectiva de la comunicación simbólica, las siete trompetas pueden representar las variadas oportunidades en que Dios ha hablado en la historia de su pueblo con “voz de trompeta”. Por ejemplo, así Él habla a Moisés y el pueblo de Israel en Sinaí (ver Éxodo 19.18-19, 20.18;). Ciertamente podemos imaginar una alusión directa a las trompetas que suenan cuando se caen las murallas de Jericó. Esto sucede después de un período siete días. Siguiendo las indicaciones del Señor, los primeros seis días los israelitas diariamente dan una sola vuelta alrededor de la ciudad en silencio. Pero hay una énfasis especial el último día, el séptimo, cuando marchan alrededor de la ciudad siete veces (Josué 6.14-16, 6.20). Inmediatamente tocan las trompetas y las murallas de la ciudad se caen. Así con su obediencia el pueblo de Dios venció en el pasado, y de la misma manera, en los “últimos tiempos” los santos serán vencedores porque dan el testimonio de su fe al mundo que rechaza a Jesús (Apocalipsis 12.10-11). Este mundo, “en lenguaje espiritual”, el Apocalipsis llama “la gran ciudad”. Su caída, está anunciada por las trompetas de la profecía (que incluye el testimonio de “los santos”) de la misma manera que cayeron las murallas de Jericó.

Así como Dios ha intervenido en el pasado para salvar a su pueblo, sigue obrando en el presente y lo hará en el futuro, porque Él es “el que era, el que es y el que ha de venir” (Apocalipsis 1.4). Pero puesto que se trata de lenguaje simbólico, no tenemos por qué pensar que literalmente sonarán trompetas o que se escuchará un “zumbido fuerte” durante varios años en distintas partes del mundo. El símbolo de las trompetas comunica la realidad del juicio de Dios contra el mundo que no acepta a su Hijo Jesucristo. En el momento predeterminado, Dios interviene a lo largo de los años para juzgar, e intervendrá definitivamente en el día de la consumación universal: no habrá especulación ni harán falta videos que anuncien la segunda venida de Jesús y el juicio final: “Todo ojo lo verá” (Apocalipsis 1.7). Los juicios de Dios son irrevocables. Son anunciados por la proclamación de su Palabra, no por un zumbido misterioso que puede producirse por medio de la tecnología moderna y luego subirse a internet. Cuando el Señor inicie el juicio final, no nos quedarán dudas.

Parte 4: «¿Qué debo hacer para ser salvo? El contexto del libro de los Hechos».

En el Nuevo Testamento la palabra “salvar” se emplea en una variedad de situaciones y contextos. En entregas anteriores que tratan esta pregunta vimos que el término en griego koiné, sótso, quiere decir “salvar, preservar del peligro, librar, rescatar; conservar o llevar sano y salvo”.

Por ejemplo, en el Libro de los Hechos se emplea sótso una vez para describir la “salvación” que Dios brindó a los israelitas al librarlos de la esclavitud en Egipto (Hechos 7.25). Por otro lado, también se usa para referirse a la posibilidad de salvarse del peligro mortal durante una tormenta en alta mar (Hechos 27.31); los náufragos luego llegan “sanos y salvos” a tierra (Hechos 27.44). Sótso también puede significar “curar, sanar” físicamente como en el episodio de la curación del hombre rengo en Hechos 4.9: “Hoy se nos pide cuenta del bien que hicimos a un enfermo y de cómo fue curado” (compárese Hechos 14.9). Inmediatamente después de esta curación, con el mismo término en griego, se afirma que Jesús puede también salvar en un sentido definitivo, una salvación que supera tanto la curación de la salud como el rescate de la vida física: “Sepan ustedes y todo el pueblo de Israel: este hombre está aquí sano delante de ustedes por el nombre de nuestro Señor Jesucristo de Nazaret, al que ustedes crucificaron y Dios resucitó de entre los muertos….En ningún otro hay salvación, ni existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos” (Hechos 4.10 y 12).

De manera que, si bien sótso puede significar “sanar” o “salvar” la vida física, es en el plano espiritual donde “los Hechos de los Apóstoles” más emplea este término y sus derivados. Los sucesos en los Hechos todos transcurren a partir de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús. El libro mismo se redacta como consecuencia del asombroso hecho de que después de su resurrección, Jesús jamás vuelve a morir. Su vida indestructible demuestra que Dios ha obrado de forma definitiva para que los hombres podamos vencer la muerte y conocer la “vida
abundante” (Juan 10.10). Por lo tanto, después de su glorificación, los apóstoles de Jesús se convierten en “testigos de la resurrección” (Hechos 1.8, 1.22) quienes empiezan a proclamar las buenas noticias de “salvación” (Hechos 13.26) y a Jesús como el “Salvador” (Hechos 5.31). Anuncian que así como Jesús resucitó, Dios ofrece a los hombres salvación definitiva de la muerte; es decir, la vida eterna (Hechos 13.26-48). Este aspecto de la salvación será el tema de la próxima entrega de este blog.

Parte 2 ¿Qué es un ídolo? -Se considera que el culto a “San La Muerte” es idolatría? ¿La Biblia dice algo al respecto?

Descripción simbólica de la presencia demoníaca en la idolatría.
La primera parte de esta reflexión mencionó la influencia demoníaca que está presente en la idolatría. Por lo menos dos textos bíblicos más afirman esta idea. Uno se encuentra en el Apocalipsis, un libro sumamente simbólico que transmite importantes verdades espirituales por medio del relato de visiones que recibe el apóstol Juan. Por ejemplo, él ve a dos ejércitos identificables como demoníacos, ya que su descripción incluye elementos de “escorpiones y serpientes”, rasgos asociados en la Biblia con el diablo (comparar Lucas 10.17-20, Apocalipsis 9.5, 9.19, 12.9). El primer ejército demoníaco sube del “abismo”, el destino que les corresponde a los demonios (Apocalipsis 9.1-2, 9.11, Mateo 9.29, Lucas 8.31). Esta horda lleva a las personas que no gozan de un compromiso con Jesús a desesperarse de la vida, deseando morir aunque “la muerte huye de ellos” (Apocalipsis 9.6); luego, un segundo ejército demoníaco incluso inflige la muerte física (Apocalipsis 9.13-18). A pesar de esto, los seres humanos que siguen con vida, no se arrepienten y “no dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos…” (Apocalipsis 9.20). Es decir, siguen adorando a los mismos demonios que los llevan a desesperarse de la vida e incluso hasta la muerte misma. Rinden culto a lo que les hace daño. Este versículo nuevamente vincula la idolatría con la influencia demoníaca, como vimos en la primera parte de esta nota. Cabe mencionar que lo que se describe aquí coincide con lo que sabemos actualmente de las adicciones. Se sigue alimentando una adicción aunque daña al adicto. ¿Pueden, entonces, las adicciones encerrar un elemento demoníaco? ¿Pueden representar otro aspecto de la idolatría? Volvemos a recordar las palabras de Pablo, “no dejaré que nada me domine” (1 Corintios 6.12), refiriéndose al uso correcto del cuerpo para honrar al Señor. Solamente el Señor debe “dominarnos”. Los apetitos físicos pueden convertirse en una especie de dios que busca reemplazar al Señor en nuestra vida (Filipenses 3.18-19).

La lucha espiritual, cómo ganarla.
Como ya vimos en la carta de 1 Corintios, la lucha contra fuerzas malignas también ocupa un lugar relevante en los escritos del apóstol Pablo. Él enseñó que “La batalla que libramos no es contra gente de carne y hueso, sino contra principados y potestades, contra los que gobiernan las tinieblas de este mundo, ¡contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes!” (Efesios 6.12, Reina Valera Contemporánea). En este texto, por “principados y potestades” se entienden a fuerzas demoníacas poderosas. Aplicando este pasaje al tema de los dioses falsos, las Escrituras afirman que la lucha espiritual del cristiano no es contra los que practican, por ejemplo, alguna forma de idolatría (“gente de carne y hueso”), sino más bien las fuerzas que están detrás de este culto: sea adoración que se rinde a una imagen material, o bien, la avaricia, los apetitos desmedidos, las adicciones. En nuestra sociedad a veces se sincretiza por un parte, la adoración a Dios y Jesús, y por otra, el culto a seres creados, a sus imágenes y otras formas de idolatría. Recordemos que el Señor no quiere que intentemos tener comunión con Él por un lado y con los demonios por otro (1 Corintios 10.19-22). La veneración de santos populares como San La Muerte, u otros oficiales, puede parecer inocente e incluso atractiva. Sin embargo, al rendir culto a seres creados o sus imágenes, no dejan de ser formas de idolatría. Los seres demoníacos, al restarle adoración a Dios y transferírsela a seres creados o algo que se origina en este mundo, entablan una feroz batalla para la lealtad de las almas de los hombres. La lucha del cristiano no es contra “gente de carne y hueso” sino contra las fuerzas que inspiran éstas y otras manifestaciones del mal en el mundo. Las armas espirituales a favor de los cristianos fieles son poderosas: la verdad, la justicia, el evangelio de la paz, la fe, la salvación, la palabra de Dios y especialmente la oración (Efesios 6.10-20, Marcos 9.29, Apocalipsis 12.10-11).

Finalmente, es necesario recordar que las personas que promueven el culto a seres creados o sus imágenes pueden dar la apariencia de ser auténticas voces cristianas que abogan por un culto a imágenes aparentemente inofensivo e incluso benigno. No olvidemos que las apariencias pueden engañar: Satanás mismo “se disfraza de ángel de luz” (1 Corintios 11.14). No hay que dejarse engañar por cualquier culto a seres creados o sus imágenes. Es idolatría y una puerta abierta para la influencia demoníaca.

Parte 1 ¿Qué es un ídolo? -¿Se considera que el culto a “San La Muerte” es idolatría? ¿La Biblia dice algo al respecto?

Parte 1 ¿Qué es un ídolo? -¿Se considera que el culto a “San La Muerte” es idolatría? ¿La Biblia dice algo al respecto?

Apariencias que despiertan sospechas.

La imagen tallada de un esqueleto con guadaña en la mano suele inquietar al que, por vez primera, se cruza con un nicho donde se venera al personaje “San La Muerte”. Al ver algo con apariencia tan nefasta, uno razona, ¡no puede ser de Dios! Seguramente es certera dicha reacción a este extraño culto sudamericano, popular en el litoral argentino y con una presencia en auge en el Gran Buenos Aires. No obstante, la Biblia nos indicará que la certeza del rechazo no radica solamente en lo instintivo.

Cuenta la leyenda que un jesuita de la época de Carlos III realizaba obras de bien entre los leprosos, sin contar con la aprobación oficial de la iglesia. Finalmente fue encarcelado por no someterse a las autoridades religiosas. Como protesta, el jesuita hacía ayuno de pie, posición en la cual todavía se encontraba después de fallecer. Por su énfasis en las buenas obras realizadas por el jesuita, esta leyenda le atribuye un origen casi noble a “San La Muerte”. ¿Puede, entonces, haber algo positivo en el culto rendido a su imagen tallada?

Cuando las apariencias engañan: la idolatría.

Para evaluar el culto a San La Muerte es necesario primero entender el término “idolatría”, recurriendo a la Biblia en busca de una definición. Esta investigación nos lleva a la Epístola a los Romanos donde vemos que la idolatría consiste en rendir adoración a cualquier ser humano u otra criatura en vez del Creador. Los idólatras “han cambiado la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, y hasta por imágenes de aves, cuadrúpedos y reptiles” Romanos 1.23 (ver en el contexto del 1.18-23). “San La Muerte”, aun con su vestimenta de esqueleto con guadaña, no deja de ser la “imagen de un hombre”, y por lo tanto, al rendirle culto, uno incurre en idolatría. La definición que derivamos de la cita de Romanos para “idolatría” es, entonces: “la adoración de la imagen de un ser humano u otra criatura en vez del Creador”. Los únicos dignos de adoración en la Biblia son Dios Padre y el Hijo, por medio de quien “todas las cosas fueron hechas” (Juan 1.3; ver Apocalipsis 4.9-11, 5.11-13), y a quienes nos acercamos “en el Espíritu Santo” (Efesios 6.18). Todos los demás seres son criaturas, no Creador, y al adorarles se comete el pecado de la idolatría. Es más, la Biblia habla directamente de adorar al Padre y al Hijo, no a su “imagen”. En cuanto a “San La Muerte”, la idolatría no consiste en la apariencia posiblemente nefasta del ídolo, como en el caso de “San La Muerte”, sino en el hecho de la adoración en sí. Existen otras imágenes más atractivas, incluso oficialmente aprobadas, que también caen dentro de esta definición. Al venerar a un ser humano, u otra criatura (como por ejemplo, un ángel), se idolatra.

Ídolos vacíos, fachadas que ocultan fuerzas del mal.

En primer lugar, las Sagradas Escrituras no sólo condenan la idolatría sino también hacen hincapié en su inutilidad. Por ejemplo, el Salmo 115.3-8 señala que los ídolos no pueden oír o ver, y por este motivo es inútil intentar comunicarse con ellos. A pesar de que no hay otro Dios fuera del Señor, los hombres incluso fabrican falsos dioses de la misma madera que usan para calentarse (Isaías 44.6-20). En cambio, el Dios verdadero sí recompensa a quienes lo buscan (Hebreos 11.6).

Sin embargo, la inutilidad no es el único peligro que acarrea la adoración de ídolos. Aunque un ídolo no es en realidad más que un pedazo de piedra o madera, al rendirle culto, según la Biblia, se adora a un demonio. Esto lo sabemos por la enseñanza del apóstol Pablo en 1 Corintios 10.18-22. En este contexto primero él hace referencia a los legítimos sacrificios a Dios que se realizaban en el Antiguo Testamento. Estos sacrificios eran una especie de “comunión” con el Señor. En cambio el apóstol clarifica que aunque “el ídolo no es nada”, es decir, es solamente un pedazo de algo material, “cuando los paganos [le] ofrecen algo en sacrificio, se lo ofrecen a los demonios”. Pablo no quería que los cristianos de Corinto participasen de la comunión cristiana, por una parte, y por otra, de la comunión con los demonios presentes en la idolatría. Es decir un contacto con lo demoníaco se efectuaba al rendirle culto al ídolo. Debido al origen pagano de la mayoría de los cristianos de Corinto, y el medio ambiente en el cual todavía se movían, ellos tendrían amplias oportunidades para participar del culto a ídolos.

Ídolos que suelen no reconocerse como tales.

Sabiendo esto, cabe afirmar que la práctica de venerar imágenes de cualquier tipo no es justificable por la palabra de Dios, ya que adorar a seres creados resta honor al Creador, una actitud que favorece a las fuerzas espirituales malignas. Sin embargo, la idolatría no consiste solamente en adorar imágenes hechas de piedra, madera, yeso o pintadas en un cuadro. Por ejemplo, la Biblia incluye la avaricia dentro de las actividades que pueden considerarse como idólatras: es “una especie de idolatría” (Colosenses 3.5). El Señor Jesús enseñó: “No pueden servir a Dios y a las riquezas” (Lucas 16.13).

Nuestros “apetitos” pueden llegar a ser ídolos no hechos por manos humanas. Pueden llegar a ser nuestro “dios” (Filipenses 3.18-19). Por este motivo Pablo afirma que “no dejaré que nada me domine” (1 Corintios 6.12). El Señor Jesús es “para el cuerpo”, el templo de su Espíritu (1 Corintios 6.13, 6.19) por lo que debemos honrarlo en cuerpo y espíritu (1 Corintios 6.20). Es importante entender que no solamente ídolos materiales, hechos por manos humanas, pueden tener un origen demoníaco, sino también estas otras clases de “idolatría” cotidiana—la avaricia y el hábito de permitir que nuestros apetitos físicos nos dominen.

Agradecemos a Silvia su pregunta que motivó esta nota y la siguiente.

Esta nota continuará en una segunda parte.

Parte 3: ¿Qué debo hacer para ser salvo? “Hoy … les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lucas 2.11).

Quizás para algunos resulte obvio que para ser salvo hace falta un Salvador. Seguramente para otros, no. Creen que pueden por sus propios esfuerzos ser salvos y difícilmente se convencen de que no son capaces de salvarse ellos mismos. ¿Necesitamos o no de un Salvador? La historia bíblica plantea este interrogante siglos antes del nacimiento de Jesús.

Remontémonos al Antiguo Testamento a época de los Jueces, que comienza tal vez unos 1200 años antes de Cristo. La obra bíblica que lleva el mismo nombre, “Jueces”, nos revela un largo ciclo de altibajos políticos y espirituales. Se sitúa en los años cuando el pueblo de Israel ya habita la tierra que Dios había jurado darle. El poder disfrutar de la tierra de Canaán integra al pacto que Dios estableció con Israel al decirles: “Ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios” (Éxodo 6.7; Levítico 26.3-12 ). Sin embargo, Jueces relata que en numerosas oportunidades Israel rompe el pacto, volviéndose idólatra. Como consecuencia, la historia bíblica relata un círculo vicioso. Cada vez que la infidelidad al pacto con Dios se asienta entre los israelitas, Él permite que países enemigos los conquisten. Luego, cuando la situación de ser un pueblo conquistado se vuelve insoportable, se acuerdan de Dios y el pacto con Él y en medio de la angustia le piden auxilio. Durante mucho tiempo la respuesta divina es enviar caudillos para salvarlos de la opresión extranjera. Estos “salvadores” tienen el nombre de “jueces” aunque en realidad suelen ser más como libertadores a cargo de ejércitos reclutados espontáneamente.

Uno de los episodios que mejor ilustra este ciclo es el del caudillo/juez “Gedeón”, relatado  en los capítulos 6 al 8 de Jueces.  Cuando los israelitas vuelven a hacer lo malo a los ojos de Dios, rindiendo culto al ídolo Baal, Él permite que sean conquistados por la nación de Madián. Los madianitas oprimen severamente a los israelitas durante siete años. En su aflicción claman al Señor y Él levanta a Gedeón como caudillo para liberarlos. Jueces nos cuenta que el ejército madianita es enorme; cuentan con tantos soldados que ocupan un valle entero. De lejos parecen una horda de “langostas”. Cuentan con una “caballería” de tantos camellos “como la arena del mar”. Gedéon por su parte recluta un ejército más pequeño el cual, sin embargo, consta de 32.000 hombres. ¿Serán capaces de liberarse de los madianitas en una batalla convencional? Dios no permite que se verifique esta posibilidad. Le dice a Gedéon que el ejército israelita es demasiado grande. “La gente que te acompaña es demasiado numerosa para que yo ponga a Madián en sus manos. No quiero que Israel se gloríe a expensas mías, diciendo: ‘Es mi mano la que me salvó’. Por eso, proclama a oídos del pueblo: ‘El que tenga miedo o tiemble, que se vuelva’ . Así Gedón los puso a prueba, y veintidós mil hombres se volvieron quedando sólo diez mil” (Jueces 7.2-3). Sin embargo, para Dios seguían siendo demasiados. Por eso, por medio de una selección muy particular (Jueces 7.4-7), Él limita el ejército israelita a solamente 300 soldados. La acción militar de estos hombres, y la milagrosa intervención de Dios en la batalla, dan claras evidencias de que sin lugar a duda Él es el que los salva del enemigo. No hay lugar para pensar que se salvan a sí mismos. Lo que sí queda claro es para que Dios los salve, es necesario que confíen en Él y se entregan a su salvación bajo las condiciones que Él estipula.

Dos palabras claves “gloriarse” y “salvar” en Jueces 7.2-3 en la Septuaginta (la versión griega del Antiguo Testamento) vuelven a aparecer varios siglos después en en Nuevo Testamento, cuando el apóstol Pablo escribe a destinatarios cristianos en la epístola a los Efesios. Pablo es el autor que con mayor frecuencia advierte contra el peligro de “gloriarse”. En uno de los párrafos más citados de la epístola, Efesios 2.1-10, él escribe acerca de la salvación que Dios en su incomparable misericordia y gracia obra por medio de Jesús: “Porque ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes , sino que es un don de Dios; y no es el resultado de las obras, para que nadie se glorie” (Efesios 2.8-10). El evangelio declara que es necesario que entendamos que por nuestras propias obras no podemos salvarnos de la ira de Dios contra el pecado (Efesios 2.1-3). Sólo si entendemos esta realidad estaremos en condiciones de creer, tener fe en Él, confiar en su bondad, su amor: su “gracia” para salvarnos. De esta manera nadie puede “gloriarse”, es decir: jactarse, enorgullecerse, decir que por sus propios esfuerzos puede alcanzar la vida abundante, eterna que solo Dios puede regalar. Así como sucedió en el relato de Gedeón, es necesario saber que no podemos salvarnos a nosotros mismos: necesitamos de un Salvador. Si no entendemos esto, no tenemos fe en la obra que Dios realizó en la vida, muerte y resurrección de Jesús. Y es la fe en lo que Él hizo por medio de Jesús, la que nos puede salvar. La manera en que Dios nos salva por la fe en Jesús se explicará en otras entregas de este blog.

El apóstol Pablo conocía bien la historia de cómo Dios salvó a los israelitas de una fuerza militar superior madianita en tiempos de Gedeón. Pablo seguramente recordaba que Dios armó todo el escenario para que los israelitas vieran claramente que no podían “gloriarse” ya que que Él los “salvaba”. ¿Daban vuelta en su cabeza estas palabras de Jueces cuando escribió Efesios? ¿El Espíritu Santo le recordó la anarquía política y religiosa de la época de Gedeón para describir la necesidad espiritual de toda la humanidad? Quizás. Pablo, y también los ángeles que anunciaban el nacimiento de Jesús, entendían que realmente necesitamos de un Salvador.

¿Tienes en tu contra algún “ejército enemigo” que supera tus fuerzas? En la vida cotidiana, y el plano espiritual, todos lo tenemos. Por nuestros propios esfuerzos no hay esperanza de acceder a la debida relación con Dios, pero al tomar conciencia de que en Belén nació un Salvador, “el Mesías, el Señor”, contamos con lo que es realmente una “buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo” (Lucas 2.10-11). Solamente si sabemos que necesitamos de un Salvador, y que Él sí está presente y dispuesto a salvarnos, podemos realmente empezar a captar la alegría de Navidad. Una alegría que puede encaminar cada día de nuestra vida. ¡Feliz Navidad a todos! ¡No solamente en esta fecha: eternamente!

Parte 2: ¿Qué debo hacer para ser salvo? El contexto inmediato y la percepción del mundo espiritual.

Para entender a qué se refiere con esta pregunta, nos toca considerar el contexto inmediato en que se formuló.

Remontémonos a Grecia alrededor del año 50 de nuestra era, es decir, unos 20 años después de la resurrección de Cristo. Han comenzado a salir de Palestina los primeros promotores del cristianismo para divulgar su fe. El difusor más conocido de esta época, y de todas, es el apóstol Pablo. En el momento que estamos considerando (ver Parte 1) él se encuentra en la ciudad de Filipos. A los pocos días de llegar él y sus  compañeros de trabajo a la ciudad, una joven empieza a seguirles por todas partes gritando, “Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, y les anuncian a ustedes el camino de salvación” (Hechos 16.17, NVI). Es en este contexto algunos versículos después que escuchamos la pregunta que estamos analizando: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16.30).

¿Qué entiende la joven filipense por “el camino de salvación”? Para empezar, la narrativa nos aclara que ella tiene un “espíritu de adivinación” (Hechos 16.16), tratándose este “espíritu” (sabemos por el exorcismo posterior), de un espíritu malo el cual de alguna manera se ha posesionado de ella (Hechos 16.18). Siendo la condición social de la joven la de una esclava, sus amos aprovechan su habilidad de adivinar para ganar dinero. No obstante, seguramente no esperan que ella pase varios días siguiendo a los misioneros y señalándolos públicamente como anunciadores del “camino de salvación”.

Cabe aclarar que semejante situación evidentemente no es inusual en esta época. El Nuevo Testamento nos describe un mundo en el cual no es extraño que los espíritus impuros posean a las personas, y por boca de ellas, comuniquen una percepción de la realidad espiritual que transciende lo que está a simple vista del ojo humano. Es como si estos espíritus habitaran y percibieran otro plano del universo más allá del mundo material que vemos nosotros.

Por ejemplo, Jesús, enseñando en la sinagoga de Capernaum, es detectado por un espíritu “inmundo” como “el Santo de Dios”. Sorprendido por su presencia, el espíritu le  pregunta: “¿Has venido para destruirnos? Sé quiénes eres tú: ¡El Santo de Dios!” (Marcos 1.24). En otra oportunidad, un poseído distingue a Jesús de lejos, viene corriendo, se postra ante Él y grita que es “Hijo del Dios Altísimo” (Marcos 5.1-5), desafiándole: “¿Por qué te entremetes, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te ruego por Dios que no me atormentes!” 

Es decir, estos espíritus reconocen a Jesús como el Santo, el Hijo del Dios Altísimo, y entienden que Él representa para ellos una implacable oposición. Jesús, en numerosas oportunidades, los expulsa: de esa manera “ata al hombre fuerte”, el jefe de los espíritus impuros, Satanás, para luego “robar su casa” (Marcos 3.22-30). Este “robo”, la expulsión definitiva de Satanás, lo logrará Jesús por medio de su muerte y resurrección (Juan 12.31-33). Como cuatro años después, Pablo, aparentemente refiriéndose a poderes espirituales malignos que “gobernaban” el mundo, enseña que si ellos hubieran entendido lo que Dios pensaba hacer por medio de la muerte y resurrección de Jesús, “no habrían crucificado al Señor de la gloria” (1 Corintios 2.8). Con la cruz y la victoria posterior sobre la muerte, Jesús derrotó a Satanás y sus fuerzas (Hebreos 2.14-15, Colosenses 2.14-15). Podemos entender, entonces, un aspecto de la “salvación” como la liberación de las fuerzas del mal.

Cuando llegamos al relato en Hechos capítulo 16, han pasado unos veinte años después de la muerte y resurrección de Jesús, pero es evidente que las fuerzas que se oponen al Dios Altísimo todavía son capaces de reconocer a sus “siervos”:  ahora la joven poseída identifica a los misioneros cristianos como “siervos del Dios Altísimo”, así como el endemoniado de Gerasa dos décadas antes percibió que Jesús era el “Hijo del Dios Altísimo”.

Sucede algo curioso en los relatos aquí mencionados de los espíritus impuros que reconocen en el cuerpo humano de Jesús la presencia del Hijo del Dios. Nos dan la sensación de que declaran Quién es Él casi a regañadientes, como si fuera contra su voluntad. Al verlo, no pueden más que adivinar y decir Quién es. Deben someterse; no obstante, le ofrecen una feroz resistencia, no queriendo abandonar a los cuerpos que les han servido de anfitriones hasta el momento en que Él los expulsa. Ante una orden de Jesús, sin embargo, se ven obligados a salir.

Seguramente algo parecido pasaba en el contexto de Hechos 16. El “espíritu de adivinación” que habita en la joven no puede más que reconocer y anunciar a los misioneros cristianos como “siervos del Dios Altísimo” que “anuncian el camino de la salvación”. La joven los sigue por todas partes, como si fuera atraída a pesar suyo por la Fuerza que habita en ellos: el Espíritu Santo que vive en los que obedecen a Dios (Hechos 5.32).

Sin embargo, debemos entender que existe una gran diferencia entre lo que los espíritus impuros podían reconocer en la Persona de Jesús en época de su vida terrenal y el momento actual relatado en Filipos veinte años después. En el interim, Jesús ha muerto, resucitado, y ascendido a la gloria, creando la posibilidad, por medio de esta poderosa obra, de que los hombres subsanen completamente su relación con Dios. Esto es “el camino de la salvación”. Cuando llegamos a la época relatada en Hechos capítulo 16, los seres espirituales que se oponen al cristianismo ahora entienden lo que Dios tenía en mente con la llegada de Jesús al mundo. Vino para traer la salvación a la humanidad, un hecho que se ve obligado a confirmar el espíritu de adivinación en la joven esclava. ¿Pero en qué consiste esta salvación? En la próxima entrada a este blog, seguiremos viendo el significado de “salvación” y “ser salvados” en el contexto del libro de los Hechos, para así poder contestar la pregunta, “¿Qué debo hacer para ser salvo?”

Parte 1: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” El sentido léxico.

Parte 1: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” El sentido léxico.

Esta pregunta aparece en la Biblia (Hechos 16.30) en boca de un carcelero de la ciudad de Filipos, Grecia, en el primer siglo de nuestra época, hace unos dos mil años. En círculos donde se estudia la Biblia es relativamente común escucharla como una cita, pero sin tomar en cuenta su contexto original. Por lo tanto, si queremos entender lo que se preguntó y su respuesta, es conveniente plantearnos: ¿qué habría entendido por “ser salvo” la persona que expresó esta duda en un primer momento? Para captar el punto de vista particular del carcelero, y lo que le llevó a formular su interrogante, tenemos a nuestro alcance varias fuentes útiles. Recurriremos a ellas en la presente entrada de este blog, y las sucesivas, para poder 1) entender la pregunta, y luego, 2) su respuesta.

Como primer recurso tomaremos al idioma en el cual se expresó la pregunta, para poder averiguar el sentido de la misma. El carcelero habló en griego, es decir, el griego clásico, o para ser aun más exacto la variedad conocida como “koiné” (“común”); el griego koiné constituía la lengua franca de la cultura grecorromana del siglo primero de nuestra época. Según el “Diccionario Vox del Griego Clásico” “salvo” en el griego proviene del verbo “sótso” que quiere decir “salvar, preservar del peligro, librar, rescatar; conservar o llevar sano y salvo”. En el griego koiné específico del Nuevo Testamento, en el cual se registró el episodio en Hechos 16, también puede significar “curar, sanar” (fuente: “Diccionario conciso griego-español del Nuevo Testamento, Sociedades Bíblicas Unidas”).

En la pregunta ,¿qué debo hacer para ser salvo? la frase “ser salvo” en el griego es una sola palabra, expresada en la voz pasiva. Esta voz gramatical normalmente denota que el sujeto de la oración va a ser el receptor de la acción del verbo. Por lo tanto, sería quizás más correcto traducir la pregunta al español como: “¿qué debo hacer para ser salvado?” Es decir, salvado por alguien. El agente que logra esta salvación no está explícito en la oración. Lo primero que podemos deducir, entonces, es que el carcelero preguntaba qué es lo que él podía hacer para que otro, u otros, lo salvaran. ¿Pero se refería a ser rescatado de algún peligro por algún salvador? ¿Daba a entender que necesitaba ser curado de alguna enfermedad por algún doctor de medicina? ¿A qué se refería? Por lo menos, ya sabemos que por más que intuía que él mismo podía “hacer algo”, su rescate, salvación o sanación, dependía de algo más allá de sus propias fuerzas.

En la Parte 2, veremos la información que nos puede brindar el contexto inmediato en el cual la pregunta se formuló.

¿Por qué el domingo es considerado el día de Señor?

A diferencia del sábado en el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento introduce otro sentido para la frase «día del Señor» .

El día «Domingo» significa «día del Señor», pero no en el mismo sentido del Antiguo Testamento, puesto que no es un día de descanso. Fue más bien el día en el cual Jesús «dominó» la muerte cuando resucitó.

Día del Señor como intervención divina.
La frase «día del Señor» aparece en diferentes partes de la Biblia con distintas acepciones. En el Nuevo Testamento, la mayoría de las veces la frase que traducimos como «del Señor» es «tou kuriou» en griego y se refiere a la intervención de Dios para juzgar. Un día de intervención de Dios puede referirse a un juicio realizado en algún momento determinado en la historia. A lo largo del Antiguo Testamento el «Día del Señor» se refería a la intervención de Dios para juzgar a alguna nación (o naciones). Por otro lado, el «Día del Señor» también puede referirse al día del juicio final en la consumación de los tiempos.

Dia del Señor como día del Señor Jesús.
Sin embargo, hay otra expresión en el Nuevo Testamento, kuriakós, que se traduce como «del Señor». Este adjetivo podría expresarse quizás como «señorial» en español; sin embargo en las Biblias se traduce como «del Señor». Kuriakós aparece sólo dos veces en el Nuevo Testamento, en 1 Corintios 11.20, para referirse a la Cena del Señor, y en Apocalipsis 1.10 para hablar del Día del Señor. Hacia fines del primer siglo, Juan recibió su visión del Apocalipsis en el «Día del Señor», expresión que en aquella época ya se entendía como «domingo».  Al traducirse kuriakós al latín como dominicus, nos quedó en español la palabra «domingo» para referirse al día del Señor. Jesús llegó a ser reconocido como Señor ese día porque fue cuando señoreó sobre la muerte: la venció, la dominó. Al resucitar, Jesús fue declarado “Hijo de Dios con poder” (Romanos 1.3-4) y los que creemos en su resurrección creemos que Él es «el Señor» (Romanos 10.6-10) y recordamos su día.

¿Cuál es el «día de descanso» entonces para los cristianos?
La carta a los Hebreos nos ayuda a contestar esta pregunta. Esta epístola compara la ley de Moisés con el nuevo pacto que trajo Jesús. Lo nuevo supera ampliamente lo antiguo. Por ejemplo, en la carta a los Hebreos se afirma que ahora hay un nuevo sumo sacerdote, mejores sacrificios (el de Jesús en la cruz en vez de sacrificios de animales), un nuevo pacto, un nuevo camino y un nuevo día de descanso. Hebreos dice que en vez del séptimo día, Dios señala otro día: el día de «hoy» (ver Hebreos 4.1-7, donde dice que «Dios ha vuelto a señalar, o ‘decretar’, un día«). Nuestro día de descanso no es un día de la semana, como sucedía bajo el Antiguo Pacto. Es el «día de hoy«, la época del Nuevo Pacto, en el cual uno descansa de sus obras y tiene paz con Dios.  Y, «hoy» si uno es fiel al Señor, entra en su «reposo», la vida que comparte con el Señor. Así como no estamos con el antiguo sumo sacerdote o el antiguo pacto, sino con Jesús como sumosacerdote del nuevo pacto, ahora estamos con el nuevo día, «hoy», que se contrasta con el sábado (mencionado como ejemplo del antiguo orden) en esta epístola. Se encuentra el uso de «hoy» en Hebreos 3.7, 3.13, 3.15, 4.7).

¿Entonces…por qué nos reunimos los domingos?
Si el día de descanso es “hoy” y no en sí sábado o domingo, ¿por qué nos reunimos los domingos? Es sencillamente porque seguimos el ejemplo de los primeros cristianos, quienes se reunían en el «día del Señor» porque es el día que Jesús dominó la muerte como Señor, el Hijo de Dios. Al hacer esto, estamos siguiendo el ejemplo de los mismos apóstoles. Ellos estaban reunidos el día que Jesús resucitó (Juan 20.19) y nuevamente una semana más tarde (Juan 20.26 donde, según la costumbre de la época, «ocho días» significa una semana, contando a partir del domingo hasta el domingo siguiente inclusive). Conforme a este ejemplo apostólico, los primeros cristianos se congregan el «primer día de la semana» (domingo) para «partir el pan», una referencia a la Cena del Señor (Hechos 20.7). De manera que la Cena del Señor, que conmemora su muerte, se realiza el Día del Señor, el día que Él resucitó. El ejemplo de los primeros cristianos, entonces, es el de cumplir con la orden “hagan esto en mi memoria” (1 Corintios 11.24), participando de la conmemoración que llega a llamarse la “Cena del Señor” (1 Corintios 11.20). Se reúnen con esta finalidad el «Día del Señor», el día domingo, el día en el cual Jesús «señoreó sobre” la muerte: la venció. De manera que las dos veces que se utiliza el adjetivo kuriakós (señorial o «del Señor») en el Nuevo Testamento, se refiere a la conmemoración de la muerte del Señor y el día de su gloriosa resurrección: «Porque cada vez que comen este pan y beben de esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que él venga» (1 Corintios 11.26).

La relación entre «Hoy», la Cena del Señor y la reunión dominical.
Una de las citas mencionadas de Hebreos contribuye a entender mejor el por qué de reunirse: «Más bien, mientras dure ese ´hoy´, anímense unos a otros cada día, para que ninguno de ustedes se endurezca por el engaño del pecado«. Vemos que «Hoy», es muy ligado al concepto de la comunidad entre los seguidores de Cristo. Por medio de lazos estrechos de hermandad, se ayudan mutua y permanentemente a seguir hacia la meta de la salvación eterna. Encontramos esta idea del aliento mutuo más adelante en Hebreos 10.23-29 donde la costumbre de congregarse es con el fin de estimularse mutuamente a crecer en el amor y las buenas obras, «animándose unos a otros«. Al no reunirse, uno fácilmente olvida su compromiso, confirmado con «la sangre del pacto» (Hebreos 10.29). Estas palabras son una clara alusión a la última cena, cuando Jesús ordenó que recordemos su cuerpo sacrificado por nosotros y «la sangre del nuevo pacto». En este contexto, las reuniones que no debían abandonarse en Hebreos 10.23-29 incluían las dominicales cuando los hermanos se reunían para tomar la Cena del Señor. El hábito de no congregarse despreciaba la manera de recordar a Jesús cómo Él lo ordenó, por medio del Pan y del Vino. Recordemos, entonces, que cada domingo es parte del Hoy en el cual nos animamos unos a otros a recordar nuestro compromiso con el Señor, creciendo en amor y buenas obras.

¿Es compatible la reencarnación con la Biblia?  ¿Fue Juan el Bautista la reencarnación de Elías, ya que vino “con su espíritu y poder» según Lucas 1.17?

¿Es compatible la reencarnación con la Biblia? ¿Fue Juan el Bautista la reencarnación de Elías, ya que vino “con su espíritu y poder» según Lucas 1.17?

¿Es compatible la reencarnación con la Biblia?

Según algunas religiones provenientes de la India, los actos, actitudes, pensamientos de cada ser humano generan una energía (karma) que condiciona la reencarnación en vidas posteriores, produciendo un ciclo de muerte y nacimiento que continua hasta poder alcanzar la perfección. El cristianismo se contrapone completamente a esta creencia, ya que “el destino de los hombres es morir una sola vez, después de lo cual viene el juicio” (Hebreos 9.27, Libro del Pueblo de Dios). Puesto que morimos “una sola vez”, no reencarnamos para volver a morir.

¿Alcanzamos eventualmente la perfección como sostiene la reencarnación?

¿Podemos los seres humanos ser perfeccionados por nuestros propios méritos? Las Escrituras enseñan que ningún ser adulto, con la excepción de Jesús, ha vivido sin tacha a los ojos de Dios. Por nuestra faltas personales quedamos destituidos de la presencia salvadora de Dios ante Quien “no hay ningún justo” (Romanos 3.9-23) y en el día del juicio final seremos juzgados por nuestras acciones realizadas durante esta vida (Romanos 2.16, 14.10, 2 Corintios 5.10). Sin un salvador, nos esperaría solamente la condenación; no obstante, Dios puso a nuestro alcance semejante Salvador, Jesucristo, quien entregó su vida inmaculada por los pecados del mundo (Juan 1.29, Hebreos 4.14-15, 9.14). Las Escrituras afirman que no podemos ser salvados del juicio por nuestros propios esfuerzos (Tito 3.3-7); necesitamos de un Salvador.

En cambio, la reencarnación en el fondo afirma que uno mismo, por sus propios esfuerzos, eventualmente puede lograr la perfección a lo largo de una serie de vidas diferentes, y por lo tanto, no necesita de un salvador. Por consiguiente, es una creencia totalmente opuesta a la fe en Jesús como Salvador. No es posible, por una parte, confiar únicamente en Cristo para recibir la salvación, y por otra, apostar a reencarnaciones sucesivas para tener la oportunidad de alcanzar en lo personal una perfección espiritual. Es más, la reencarnación debe considerarse como una enseñanza no solamente falsa sino altamente peligrosa, puesto que crea una esperanza sin fundamento en vidas posteriores, dejando de lado el ser juzgados por Dios por nuestras vidas actuales, las únicas que vamos a vivir sobre esta tierra, ya que morimos “una sola vez”.

¿Qué entonces de la cita de Lucas 1.17, que a veces se emplea para afirmar que Juan el Bautista fue la reencarnación de Elías, ya que vino con “su espíritu y poder”?

Este párrafo del evangelio de Lucas alude a un episodio al final de la vida terrenal de Elías en el cual su discípulo Eliseo le pidió “una doble porción de su espíritu” (2 Reyes 2.9). Eliseo consideraba a su maestro como un padre (2 Reyes 2.11), y con esta petición Eliseo expresaba su deseo de ser el heredero espiritual de Elías, ya que una “doble porción” bajo la ley de Moisés era la parte reservada al hijo mayor o primogénito (Deuteronomio 21.17). Acto seguido, Elías ascendió al cielo en una carroza de fuego y Eliseo no lo volvió a ver (2 Reyes 2.11-12). Un poder milagroso terrenal como el de Elías, llamado en el texto “su espíritu”, empezó a manifestarse en Eliseo. A partir de aquel momento él pudo hacer milagros como hacía su maestro (2 Reyes 2.13-15). Cabe aclarar que la Biblia da a entender que Elías no murió; más bien fue llevado al cielo hasta que siglos después fue enviado para hablar con Jesús en el Monte de Transfiguración (Lucas 9.28-30). Al no morir Elías, su espíritu o alma no pudo haberse reincorporado en Juan el Bautista. Por lo tanto, el hecho de que Juan el Bautista tenía el “espíritu y poder” de Elías significa que, igual como sucedió con Eliseo, Juan fue un profeta cuyo poder era comparable al de Elías. Juan no hizo milagros (Juan 10.41), pero Dios le habló en el desierto, y lo que él escuchó del Señor, luego lo comunicó con un poder sobrenatural que atraía incluso a las multitudes hasta lugares deshabitados (Lucas 3.2, Marcos 1.5). Hablaba con el poder propio de un profeta que comunicaba la Palabra de Dios  Altísimo (Lucas 1.76).

¿Debemos rezar a María? Lucas 1.48

¿Debemos rezar a María? Lucas 1.48

Se responde a la siguiente sincera inquietud de parte de una persona que reza a María:

“El Espíritu Santo, quien inspiró las escrituras por boca de ella misma (María) dice, ‘desde ahora me llamarán bendita todas las generaciones’: No se le da en las iglesias protestantes el respeto debido que demanda el Espíritu Santo, no la BENDECIMOS, es asustante a mi parecer”.

Respuesta

La cita en latín en esta foto, «beatam me dicen omnes generationes» significa «me llamarán bendita todas las generaciones«. Seguidores del catolicismo suelen recurrir a esta cita de Lucas 1.48 para justificar la práctica de rezar a María. ¿Pero la palabra “bendita” en la cita se refiere a la oración? La palabra en griego es el verbo “makaritzo” que se define como: “tener por feliz, estimar dichoso” (fuente: Diccionario Vox greco-español), “considerar feliz o dichoso” (fuente: Diccionario conciso griego-español del Nuevo Testamento, Sociedades Bíblicas Unidas). La mayoría de las traducciones actuales traducen makaritzo de acuerdo a esta definición. Veamos por ejemplo, dos versiones católicas de amplia difusión:

En adelante todas las generaciones me llamarán feliz…
Lucas 1:48, Libro del Pueblo de Dios

“...desde ahora todas las generaciones me dirán feliz…
Lucas 1:48, Biblia Latinoamericana!

Este verbo aparece solamente dos veces en el Nuevo Testamento, aquí en Lucas 1.48 y en Santiago 5:11, que dice:

(10) Tomen como ejemplo de fortaleza y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor. (11) Porque nosotros llamamos felices a los que sufrieron con paciencia. Ustedes oyeron hablar de la paciencia de Job, y saben lo que hizo el Señor con él, porque el Señor es compasivo y misericordioso.
Santiago 5.10-11, Libro del Pueblo de Dios

En ambas citas, Lucas 1:48 y Santiago 5:10, se trata de llamar o considerar como felices o dichosas a personas que han sido bendecidas por Dios. Gracias a la especial intervención de Dios, estas personas son “felices”. Son seres humanos benditos porque Él los bendijo de manera especial. Santiago no nos insta a “rezar” a los profetas del Antiguo Testamento ni a los que sufrieron con paciencia, sino más bien a tomarlos como ejemplo, citando el caso de Job, cuya vida demostró que la paciencia y la perseverancia eventualmente recibieron su recompensa. Dios bendijo a estas personas del Antiguo Pacto; por eso, las llamamos “felices” (benditos). Pero no les rezamos. De la misma manera, la madre de Jesús, consciente de la manera en que Dios fue bondadosa con ella, dijo que todas las generaciones la considerán “feliz” (bendita). Pero no por esto reclamaba ella una veneración especial.

Ejemplos de «bienaventurados».

Aunque el verbo makaritzo (llamar o considerar feliz, dichoso) solamente ocurre dos veces en el Nuevo Testamento, el adjetivo correspondiente, makarios es más frecuente. Se traduce como “feliz, dichoso” o tradicionalmente, “bienaventurado”. Se emplea 48 veces, apareciendo por vez primera en las famosas “bienaventuranzas” del evangelio de Mateo capítulo 5:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos
Mateo 5.3, Biblia de Jerusalén. Comparemos ejemplos de otras traducciones modernas:

Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”.
Mateo 5.3, Libro del Pueblo de Dios

Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.
Mateo 5.3, Biblia Latinoamericana

Otra versión moderna, la Palabra de Dios para Todos, en Mateo 5.3 traduce makarioscomo “afortunado” con la siguiente aclaración: “Afortunado: Se refiere a la honra y felicidad que proviene de una bendición de Dios”.

Lía, la primera “bienaventurada”.

Encontramos una situación algo parecida a Lucas 1.48 en la historia de Lía en el Antiguo Testamento, así como se cita en la versión griega (La Septuaginta) de Génesis 30:13. Cuando su criada dio a luz un niño, Lia dijo, “Bienaventurada yo, porque bienaventurada me dicen las mujeres”, usando el mismo verbo que aparece en Lucas 1.48. La versión citada aquí de Génesis 30.13 es la traducción de la Septuaginta al castellano realizada por el presbítero católico Gillermo Junemann en el siglo 19. El verbo en la frase “me dicen bienaventurada” aquí en Génesis 30.13 es el mismo que se traduce como “me llamarán dichosa” (o feliz) en Lucas 1.48. En el caso de Lía la dicha era por tener un hijo por medio de su criada. La consideran dichosa otras mujeres. En el caso de María, no solamente las mujeres sino “las generaciones” la llamarán “dichosa”, “feliz”, “afortunada” o “bendita”, porque Dios la bendijo con una misión increíble: ser la madre por la cual llegaría el Hijo de Dios al mundo. Sin embargo, lo que María misma destaca con la palabra “bendita” (dichosa, feliz) es la bendición de Dios hacia ella. De la misma manera Santiago 5 hace hincapié en como Dios bendijo a los profetas que sufrieron en el Antiguo Testamento. Asimismo, en las bienaventuranzas en Mateo capítulo 5 vemos como Dios bendice de una manera especial a sus discípulos con la salvación eterna. En ningún caso la bendición de parte de Dios es una invitación a rezar a la persona bendecida.